A veces compensa

Viernes, 07 Diciembre 2018 09:40 Escrito por  Rafael Escrig Publicado en Rafael Escrig Visto 160 veces

El espectáculo estaba a mi izquierda, al final de la calle, en un espacio abierto que dejaba ver el cielo. Giré la cabeza y me quedé parado, atrapado por la belleza del cielo. Un paréntesis para ver una obra de arte que me era regalada por sólo unos momentos: el cielo tenía un color turquesa clarísimo, brillante, charolado. Algunas nubes lejanas, alargadas y blanquísimas se recortaban y estaban sostenidas por el fondo azul y un resplandor rojizo por debajo. La rúbrica la ponían las líneas inclinadas que hizo algún avión. La visión era de una belleza extrema y apenas cambió en los cinco minutos que estuve admirándola. Pero aquello no fue lo sorprendente, lo realmente extraordinario fue que la gente que pasaba por delante y por detrás de mí continuara andando sin pararse, sin sentir la curiosidad por lo que yo miraba allí parado. Sin girar la cabeza, sin inmutarse, cruzaban tropezando conmigo y hablaban por el móvil o miraban hechizados su pantalla. Cargaban con sus compras o le hacían señas a un taxi. Estaba claro que aquel espectáculo era para mí en exclusiva, que las prisas y el móvil con sus infinitas y poderosas aplicaciones, resultaba más atractivo, y que preferían estar conectados a Internet que a la realidad que tenían delante. Ello me hizo recordar aquella imagen que nos mostraron por televisión, cuando el presidente Obama le dio un beso a su mujer en pleno partido de baseball, y que todos los que había a su alrededor, prefirieron mirarlo en la pantalla del estadio donde se retransmitía en tiempo real, antes que mirar en directo a la pareja. ¿Qué nos ha hecho el móvil y cómo nos cambió Internet, que ya no existe otra cosa que no pase por su filtrada realidad? Aquel cielo que estuve mirando cinco minutos esa tarde, si alguien lo hubiera filmado, seguro que se hacía viral en las redes, pero al natural sólo lo vi yo. A veces compensa haberse dejado el móvil en casa. 

 

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