Divendres, 24 Novembre 2017 10:28

Un hijo en Berlín (1 de 5)

Adolfo vivía en Berlín, en el número 58 de la calle Oranienburger Strasse, a escasos metros de la Nueva Sinagoga. Era un piso de techos altos, pero de pocos metros cuadrados. Se accedía al portal de la casa atravesando el patio interior, ajardinado, del edificio. 

Adolfo era doctor en Química. Debido a la falta de oportunidades en España, tuvo que emigrar a Alemania, donde había conseguido un empleo en la empresa farmacéutica Bayer. Ahora ocupaba un puesto de responsabilidad en el departamento de innovación. Ya llevaba más de seis años en Berlín. Pero Adolfo ignoraba que no fue su currículo académico el que le abrió tan rápidamente las puertas de esa empresa puntera en su sector, sino una vieja amistad de su padre: un ciudadano alemán. Ni su padre ni su madre le habían hablado nunca de esa persona. 

La convivencia doméstica entre Adolfo y su padre en España nunca fue fácil. Y los años de fricciones constantes y de mayor distanciamiento entre los dos, coincidieron con la etapa universitaria del hijo: invariable protagonista de todas las huelgas y manifestaciones contra la política educativa del gobierno de Aznar, y militante de Izquierda Unida. Las comidas familiares eran el habitual campo de batalla. Siempre que Adolfo criticaba acerbamente la falta de derechos y libertades durante la larga y oprobiosa dictadura franquista, el padre se encolerizaba mucho y el tono de la disputa verbal se elevaba hasta extremos peligrosos. Así que a la madre, temerosa de que pudieran llegar en cualquier instante a las manos  -que era lo que presagiaba el aumento gradual de la intensidad de sus voces-, le tocaba templar gaitas, hasta que retornaba la paz a la mesa. Luego, el resto de la comida transcurría en un duro y afilado silencio, con padre e hijo sin levantar la mirada del plato; los ojos allí clavados como la puntilla en la testuz de un toro. La madre era consciente de que ninguno de los dos daría nunca su brazo a torcer. Su marido, que se llamaba Francisco,  había heredado el ideario de su suegro: falangista de la primera hora, que combatió en los frentes más encarnizados de la guerra civil española, y después se marchó a Rusia enrolado en la División Azul, y en el sitio de Leningrado le salvó la vida a un oficial de las Wafen-SS que estuvo en un tris de morir desangrado por las graves heridas sufridas en una pierna a raíz de la explosión de una granada de mano en la trinchera, toda alfombrada de nieve, en la que estaban parapetados junto a otros soldados alemanes y españoles. El abuelo de Adolfo era, además, un redomado antisemita. 

Adolfo se licenció con matrícula de honor en la Facultad de Química. Y logró un sobresaliente cum laude en su tesis doctoral. Esto propició que el padre se sintiera cada vez más orgulloso de su hijo. De modo que las discusiones entre Adolfo y Francisco fueron perdiendo virulencia, aunque continuaron latentes. La madre permanecía al quite y sacaba en seguida el capote cuando alguna noticia publicada en la prensa, en alusión a la situación política del momento, volvía a colocarlos uno frente a otro: ceñudos, agresivos y vocingleros.    

El padre de Adolfo, tras su reciente viudedad, acudió ese verano él solo a visitar a su hijo en Berlín. Los veranos anteriores lo había hecho siempre en compañía de su esposa.  A Francisco, cuando no se daba su largo paseo por el tradicional bulevar Unter den Linden, hasta alcanzar la Puerta de Brandenburgo, y desde aquí, vuelta a casa de Adolfo en sentido inverso, le gustaba quedarse en casa a pegar la hebra con la mujer que su hijo había contratado el último otoño para que se encargara diariamente de las labores del hogar, habida cuenta de que su trabajo no le dejaba apenas tiempo para tales menesteres. Adolfo le dijo a su padre que había tenido una inmensa suerte con la aparición de la mujer, la señora Sabath, pues era muy hacendosa y cariñosa; y atribuía a su hado teutón el hecho de que ella llamara un día a su puerta y le preguntara si necesitaba una asistenta. Justo en el momento en que él ya se podía permitir ese gasto. La señora Sabath lo cuidaba como a un hijo.

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 10 Novembre 2017 10:12

Torrent distópico

A Diana Gimeno

 

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…”  

Por eso quiero contarlas, para que no se pierdan en el tiempo presente. Porque mi historia sucedió un día del año 2052. Supongo que os resultará extraño, quizá hasta inverosímil, o, sencillamente, un disparate más de tantos que emborronan las páginas de los burdos textos de ciencia ficción. Pero tenéis que creerme. ¡Yo vivo en el futuro! ¡Diantre!, después de esta asombrosa confesión mía, no es difícil imaginar que estéis deseando saber cómo he regresado hasta 2017. Solo os puedo confirmar que no existe ninguna máquina del tiempo. Hollywood ha hecho mucho daño con sus películas pseudocientíficas y de medio pelo. Sin embargo,  tengo prohibido transmitir cualquier otra información relevante. Lo siento. No es una excusa barata. Es que firmé un contrato de confidencialidad con la compañía que ha desarrollado la tecnología punta que ha convertido en realidad la fantasía humana de viajar al pasado. Si me voy de la lengua, según dispone la letra pequeña del contrato, los técnicos de la compañía procederán de inmediato al borrado del disco duro de mi cerebro, y acabaré vagando eternamente por la inmensidad de algún agujero negro, que ahora son de peaje; no os digo más. 

Aquel día, al levantarme de la cama, y luego descorrer la cortina de la ventana  y subir la persiana, tuve la certeza de que no iba a ser un día normal; porque, os adelanto, y esto sí que estoy autorizado a confesarlo, el futuro es tan monótono, gris y aburrido como el presente. Y los chuletones de Ávila solo se venden en las farmacias, con receta médica; la dosis recomendada es un chuletón de Pascuas a Ramos, que ha de tomarse  con dos gotas de vino tinto de Requena, que es el caldo que mejor marida con esas píldoras.

Lo primero que me sorprendió, al echar un vistazo por la ventana de mi habitación, fue la anómala tonalidad del cielo. Ni Jackson Pollock, aun vapuleado por una buena cogorza de expresionismo abstracto, hubiera sido capaz de pintar un cielo así. Una lámina de mercurio, eso es lo que parecía.  Y a ratos, aquel cielo emitía unos destellos intensamente rojos. Un parpadeo lumínico semejante al que emitían aquellas antiguallas que recibieron el nombre de aviones y que desaparecieron por culpa del globalizado ‘low cost’. En el futuro, del que yo vengo, cuando una especie se encuentra en peligro de extinción, se dice que está en modo Ryanair; no os digo más.

Al pisar la calle,  un chirimiri comenzó a empapar mi nueva cazadora vintage que había comprado ex profeso para este viaje al pasado, aunque pronto advertí que el líquido que estaba arruinando el basto tejido de mi cazadora no era agua sino una sustancia oleaginosa, como si el cielo estuviera perdiendo aceite. De modo que alcé la mirada, y un segundo después me quedé de una pieza. Ahí arriba, suspendida sobre mi cabeza, se hallaba lo que sin duda era una nave espacial, que ocupaba todo el cielo de Torrent, hasta donde se perdía la vista. Un número se repetía a lo largo de su base estriada: el 155.

Corrí a refugiarme bajo una de las múltiples marquesinas que inundaban la ciudad, en cuya pared vertical de cristal translúcido había instalada una televisión de plasma, que difundía noticias locales durante las veinticuatro horas. Pero el locutor que aparecía en esos momentos en la pantalla, anunciando un rimero de medidas parar restaurar el orden municipal,  era un completo desconocido para mí. Y el sonido de su voz, grave y oscuro, que parecía provenir de ultratumba, no solo me metía bien adentro el miedo en el cuerpo sino que me infligía unos escalofríos que recorrían mi espinazo a la misma velocidad que la banda ancha de mi nuevo móvil del tamaño de una mochila; no os digo más.            

Pero lo que me aterró de veras fueron las imágenes que ilustraban las palabras de ese sosias del monstruo del doctor Frankestein. Esas imágenes describían el instante preciso del desalojo del alcalde y de los concejales del consistorio municipal, sin darles tiempo a recoger los retratos de la familia. Y en seguida se vio a unas extrañas criaturas vestidas con ternos de color gris estatal pasando a ocupar los despachos, y en un plis plas cambiaron el mobiliario, el color de las paredes y las placas de las puertas. También comenzaron a desfilar por la cóncava pantalla las escenas de derribo de los símbolos identitarios de  la ciudad: las esculturas del xocolater y el granerer, y las cuatro ranas de su emblemática fuente.

He regresado a 2017, al año del origen del 155. Soy un Terminator, y me han encomendado una misión; no os digo más.   

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Dilluns, 06 Novembre 2017 11:16

Los bastones

Me resisto a creer que todas las personas mayores, léase tercera edad, necesiten un bastón para andar. De acuerdo, probablemente lo necesiten muchos de ellos, pero me da la impresión de que un buen número de ellos, lo usa sólo para demostrar alguna cosa. No sé exactamente si quieren demostrar que están jubilados y ya tienen todo el derecho, o que han conseguido un estatus superior, algo así como si ganaran un galón en el escalafón de su existencia. Permítaseme esta observación no exenta de maldad, lo reconozco. 

Hay un argumento a favor del uso del bastón, argumento esgrimido por los facultativos que recomiendan su uso para no tener que arreglar piernas rotas después, y argumento al que se acogen los “pacientes” que esgrimen el miedo a caer, evitando así la posibilidad de romperse una cadera, por ejemplo. Pero seamos sinceros ¿verdad que muchas de estas personas llevan el bastón como si llevaran la bolsa de Mercadona? Los hay que realmente necesitan un apoyo para andar y ello es evidente. Los ves delante de ti andando con dificultad y entiendes que, por desgracia, lo necesitan de verdad. Pero muchos de ellos, cuando alcanza esa edad crítica en la que, probablemente, su amigo lleva un bastón, ellos también quieren llevar el suyo. Por imitación, por celos o por vaya usted a saber. Recuerdo ahora “El cochecito”, esa película de Marco Ferreri, interpretada magistralmente por José Isbert. Es el mismo caso que estamos hablando. Los celos llevan al protagonista a enemistarse con su familia hasta que les obliga a comprarle un cochecito de inválido sin hacerle ninguna falta. La película no hace más que reflejar a ese porcentaje de personas mayores que, por celos o por emulación, caen en el uso de un adminículo innecesario. Seguro que muchos de ustedes están reprochando mis palabras y probablemente sea con razón. Tal vez mi crítica les parezca que va demasiado lejos, pero sólo me estoy basando en lo que veo por la calle. Me estoy basando en las comprobaciones que hago a diario, cuando veo a esas personas mayores acompañadas de un bastón que arrastran a su lado, sin más –mi mujer me dice que siempre estoy mirando a los viejos, que por qué no miro a las chicas jóvenes, ¿verdad que tiene gracia?- No le falta razón. A veces es un poco obsesivo, pero es así como he podido constatar el sobreuso del bastón y tantas otras cosas que, evidentemente, no sirven para nada. Lo único que nos sacaría de dudas sobre su verdadera necesidad sería una encuesta a pie de calle, como ahora se dice. Aunque estoy convencido de que nadie iba a admitir que lleva el bastón por el simple hecho de llevarlo, para nada, lo mismo que el bolígrafo que suele adornar el bolsillo de pecho de sus camisas. Quien se dé por aludido con todo esto le pido disculpas. Peor es lo mío que tengo la maldición del observador. ¡Ya me gustaría a mí mirar sólo a las chicas jóvenes!

ÚLTIMAS NOTICIAS: Editado en el periódico LAS PROVINCIAS del pasado martes 24/10/2017: “Muere tras ser agredido a garrotazos por otro anciano en una residencia de Manises”. De donde se colige uno de los bonitos servicios que el bastón puede ofrecer a los susodichos ancianos desvalidos.

 

Rafael Escrig

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Divendres, 27 Octubre 2017 09:55

The Major of Torrente (4 de 4. FIN)

 

El chino se llamaba Sang Chi Li. Y a él le gustó este nombre. También le desveló que en abril pelearía en Valencia contra un púgil apellidado Casanovas.  José López Mezquita también trabó amistad con un granerer. A veces se cruzaba con él de camino al chalet de Vicente. El granerer, de nombre familiar Pep, conducía un carro cargado de palmas que recogía en El Palmar, y siempre que reconocía al pintor soplaba ruidosamente una trompeta que llevaba consigo. José López Mezquita le pidió un día que le hiciera una demostración de su oficio, y el pintor se quedó estupefacto de la habilidad del granerer, que montó una granera en medio de la calle en un pispás, sirviéndose de los pies para tensar el cordel de esparto que ceñía la palma al palo de caña. He aquí los protagonistas principales de esta historia. Pero falta uno. El malo de la película. Un tipo malencarado y facineroso. No exento de muy malas pulgas. Todos sus convecinos lo conocían por el apodo de “el Lladre”. José López Mezquita había dado por concluido un viernes el retrato. De modo que le propuso al abuelo de usted que cocinara el domingo en el chalet una paella de pollastre y conill [en esta ocasión su fonética fue insólitamente aceptable] para sus nuevos amigos: Sangchili y Pep.  “A cargo de mi propia faltriquera”, zanjó el pintor para que no se suscitara ninguna controversia al respecto. En el transcurso de la locuaz sobremesa de ese festivo día, mediada ya la tercera botella de mistela, oyeron unos ruidos extraños procedentes  de la luminosa buhardilla. Solo les dio tiempo a ver cómo el Lladre, a quien conocían de sobra los tres torrentins, ponía pies en polvorosa acarreando en un saco de arpillera el retrato del abuelo de usted. El Lladre sin duda no contaba con la presencia de los dos invitados. Había estado vigilando durante días el chalet y se había cerciorado de que solamente lo ocupaban el abuelo de usted y José López Mezquita. Sangchili salió en seguida corriendo a toda mecha en persecución del manilargo [el conservador jefe sonreía ufano cuando usaba este lenguaje a sabiendas de que era algo trasnochado]. El granerer, en cambio, prefirió primero ir en busca de su serón y proveerse de una de las hoces que empleaba para recortar las palmas hasta darles la genuina forma de campana. El abuelo de usted, mientras tanto, se había quedado en el chalet para atender al pintor que se encontraba al borde de un ataque de nervios. El granerer, cuando alcanzó a Sangchili, certificó pronto la inutilidad de su acción preventiva. Sangchili había noqueado al ladronzuelo de un certero y contundente derechazo al mentón, recuperando el lienzo sin daño aparente alguno. Así que ya ve, gracias a la decisiva actuación de Sangchili y de Pep, el granerer, hoy podemos contemplar en este museo de la Hispanic Society el retrato del abuelo de usted pintado por José López Mezquita: The Major of Torrente>>. 

Cuando nos despedíamos en la puerta, teniendo a la vista las numerosas esculturas que poblaban la plaza de las Bellas Artes, el señor Burke aún conservaba el gesto contrariado y mohíno por mi terca negativa a discutir la posible venta a la Hispanic Society de los bocetos del retrato de mi abuelo paterno. De modo que, para que le sirviera de consuelo, le dije que tendría la ocasión de verlos siempre que gustara si decidía visitar el Museo de Bellas Artes San Pío V de Valencia, a cuya institución pensaba donárselos tras aterrizar en mi tierra. Y otra vez el enérgico apretón me dejó condolida la mano.

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 29 Setembre 2017 09:40

Agosto

Cada mes del año tiene un nombre propio y ese nombre un significado, pero ¿ese significado llega a influir en dicho mes? Obviamente que no.

¿Ocurre lo mismo con el nombre de las personas? Evidentemente el nombre de las personas se pone a priori de conocer el carácter o los detalles que van a marcar la singularidad de cada individuo. Será el sobrenombre o el apodo el que lo diferenciará de los demás, bien por algún rasgo distintivo de su carácter o bien por su fisonomía. Aunque todos sabemos que a veces, ese mismo nombre, por su rareza o su significado, puede convertirse en el apodo que marque a la persona para toda su vida. Pensemos en nombres como Tolomeo, Pepón, Silvestre o Calígula. Pero volvamos al nombre de los meses del año. Este agosto pasado, que hemos recorrido sufriendo sus terribles calores y su implacable sequía, ¿por qué debe su nombre al emperador romano Augusto Octavio?

Si repasamos la biografía de este personaje veremos que Augusto fue el primer emperador romano, que reinó entre el 27 y el 14 a.C., que se enfrentó a Marco Antonio, que amplió y afianzó las fronteras del imperio hasta el Danubio. No tuvo hijos varones de ninguno de sus tres matrimonios, por lo que adoptó a su yerno Tiberio para sucederle en el trono. Para que se comprenda la relación del nombre con el mes, hemos de aclarar que fue Octavio Augusto quien cambió el nombre de ese mes, hasta entonces denominado sextilis, por el de augustus, a imitación de su tío Julio César veintiún años antes con el mes quinctilis, que pasó a llamarse iulius. En la actualidad, la mayoría de los padres tiene un serio problema a la hora de elegir el nombre de sus vástagos. Generalmente no tenemos padrinos como Julio César, ni el senado nos homenajea con ningún título de augustus. Así que hemos de contentarnos con repetir el nombre de un familiar, ir al santoral caiga quien caiga, o poner nombres raros, por no decir absurdos y que las más de las veces más parece otra cosa que un nombre propio. A este respecto, siempre me ha hecho gracia el nombre de Adrián, por cierto, uno de los más populares últimamente. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los padres que colgaron ese nombre a su hijo, desconocen que su significado es: “juanete, inflamación en el dedo gordo del pie” (ver RAE).

Espero que nadie se encuentre ofendido por esta aclaración y que sigan viendo a su hijo con los mismos ojos de siempre, ¡faltaría más! Pero hemos de saber que los estudios de lexicografía nos indican que la polisemia es válida y aceptada en nombres comunes y que, cuando se da esa polisemia en los nombres propios, no establece que hayan de tener el mismo sentido, pero sí que existe una clara referencia. Así que, cuidado con el nombre que ponemos a nuestros hijos.

 

Rafael Escrig

 

Publicat en Rafael Escrig
Divendres, 22 Setembre 2017 10:50

The Major of Torrente (2 de 4)

Yo no desaproveché la ocasión de admirarlos cuando se expusieron en la Fundación Bancaja. Pero aún hubo de transcurrir bastante tiempo hasta que yo me decidiera a mantener contacto con la Hispanic Society, y cuando por fin lo hice, no confiaba mucho en obtener respuesta. El escepticismo no me fallaba nunca en los momentos cruciales que jalonaban mi existencia. Sin embargo, al cabo de un par de días  recibí un ‘mail’ firmado por Marcus B. Burke, conservador jefe del museo, quien manifestaba encontrarse enormemente interesado en examinar los bocetos de The Major of Torrente que obraban en mi poder; y además, acotaba el señor Burke, “estaría encantado de autentificarlos, desde luego sin ningún ánimo crematístico”. En todo caso,  lo que de verdad me espoleó la curiosidad fue el epílogo de su mensaje: “Y yo por mi parte le contaré a usted una curiosa historia, que seguramente usted desconoce, que tiene que ver con un incidente acontecido en Torrent [lo escribía con la nomenclatura correcta] en torno al cuadro en cuestión y en el que se vieron implicados, aparte del pintor, varios lugareños, entre ellos su abuelo paterno”. De modo que, con los bocetos dentro de un cartapacio marrón cerrado con gomas bajo el brazo, me encaminé sin demora hacia la estación de metro de Times Square. Pasé por debajo de un descomunal “Subway” inscrito en la marquesina de la entrada. Me subí a un convoy de la línea 1, con final de trayecto en El Bronx, y me apeé en la parada  157 th Street, a tiro de piedra de la Avenida Broadway, donde está enclavada la sede de la Hispanic Society, entre las calles 155 y 156.  Antes de entrar en el imponente edificio, solo me entretuve observando una escultura del Cid Campeador. Un amable empleado del museo me acompañó hasta las oficinas del señor Burke. El conservador jefe salió a recibirme y nos dimos un fuerte apretón de manos. Casi diría que con demasiada energía por su parte. Y sin solución de continuidad el señor Burke me condujo a la sala donde estaba colgado el retrato de mi abuelo, con una placa al pie que decía: “The Major of Torrente, 1929. José López Mezquita”. El señor Burke cazó al vuelo el esbozo de sonrisa que se perfiló en mi boca y no me quedó otra que aclararle el motivo: “Mi abuelo aquí, en Nueva York! No se lo creería él ni aunque pudiera verlo. 

 

 

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Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 08 Setembre 2017 11:07

The Major of Torrente (1 de 4)

Era mi primera visita a la ciudad de Nueva York. Así que, como cualquier otro turista de nuevo cuño,  no perdí ripio durante todo el trayecto en taxi desde el aeropuerto John F. Kennedy a mi hotel, el Row NYC,  ubicado en la Octava Avenida, entre las calles 44 y 45, a un paso de Times Square. En mi habitación, la leyenda “OPEN 24 HRS” cubría por entero la pared donde estaba encajada la ancha y cómoda cama. Me di una reparadora ducha. Retrasé mi reloj de pulsera seis horas, pues su plateada esfera de titanio aún lucía la hora de España, y me dispuse a aprovechar el hermoso tiempo que por mor de los husos horarios había podido recobrar. Además, estaba impaciente por reunirme con el conservador jefe del museo de la Hispanic Society of America, con quien había contactado meses atrás por correo electrónico después de mi descubrimiento. Un descubrimiento que sucedió mientras exploraba un desvencijado baúl del desván de la casa veraniega que mi abuelo paterno se hizo construir en El Vedat. En su interior encontré varios bocetos de un retrato suyo, en plano americano o de tres cuartos, en el que aparecía vestido con el típico traje de torrentí y esgrimiendo en una mano la vara de mando de alcalde. Algún tiempo después de ese singular hallazgo, yo visitaría una exposición en el Centre del Carme, dedicada al pintor granadino José López Mezquita. En ella contemplé un cuadro titulado Alcalde de Torrente (The Major of Torrente, 1929). Huelga decir la abracadabrante sorpresa que me llevé al reconocer la figura del retrato. ¡Era mi abuelo paterno! Los bocetos del baúl del desván de su chalet correspondían a ese retrato, al que en la versión definitiva se le había añadido como fondo un mural confeccionado con azulejos de Manises que representaba a San Vicente Mártir, patrón de la ciudad de Valencia. Desde ese día me puse a hacer indagaciones y averigüé que el retrato de mi abuelo había sido un encargo del señor Huntington, fundador de la Hispanic Society, al pintor José López Mezquita, dentro de una serie de caracterizaciones de tipos valencianos. De la misma manera que unos años antes, y también por encargo del propio señor Huntington, el pintor valenciano Joaquín Sorolla ejecutó los catorce lienzos de enormes dimensiones que tituló genéricamente Las regiones de España, y que forman parte asimismo de la colección del museo de la Hispanic Society. 

 

 

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Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Dijous, 03 Agost 2017 12:50

La tarea de escribir

No tengo nada que escribir, nada que decir. No se me ocurre nada. Estoy en blanco. Estas frases se suelen escuchar corrientemente entre los que escribimos algo. En realidad, decir, se pueden decir muchas cosas, pero sin sustancia. Son las cosas de interés las que a veces no salen de nuestra mollera. Otra cosa es que con el ejercicio de escribir vaya saliendo algo poco a poco. De hecho, una de las técnicas que se emplea en los talleres de escritura es la conocida como “cascada de ideas” que se obtiene dejando a la mano que escriba libremente. Se trata de escribir todo aquello que te venga a la cabeza, aunque no tenga sentido ni ilación. Al final puede servirte para perder ese miedo al papel en blanco tan coreado entre los escritores. Todos recordamos haber visto esa imagen en las películas en que el protagonista, escritor en este caso, empieza su relato frente a una máquina de escribir, pero siempre acaba sacando el papel, rompiéndolo y tirándolo a la papelera. Cosa que me parece un disparate con lo caro que es el papel y conforme está el asunto con el ecologismo. Por suerte, ahora, con los teclados del ordenador se puede escribir y corregir cien veces sin usar papel. Alguna ventaja habría de tener un ordenador, digo yo. Aunque esta ventaja no te asegura que te cueste empezar, que dudes y que rehagas lo escrito. En mi caso, yo siempre tengo hilvanadas un par de ideas que suelo escribir a mano en mi libreta de escribidor, esa que suelo llevar siempre encima con un bolígrafo Faber-Castell, que así de pijo soy. Y para empezar, siempre recuerdo lo que dijo el maestro Azorín con su habitual laconismo: “Escribir es tan sencillo como poner una palabra detrás de otra. Eso es todo”. Y ya que estamos en estas y suponiendo que alguien habrá entre los lectores de esta columna, con su corazoncito de escritor, que quiere comenzar a hacerlo o ya lo hace de una u otra forma, para él o ella van mis consejos: 1º Tener prevista alguna idea. 2º Empezar escribiendo en la cara B de un folio usado y 3º Pasarlo a limpio en el ordenador. No iban a creer ustedes que les contaría la técnica de Vargas Llosa o de Pérez-Reverte para conseguir una novela de éxito, verdad. Lo que sí les digo es que ellos empezaron igual: sin saber, con muchas dudas y practicando una y mil veces. Al final, el mejor tiene que corregir y corregir, después dejar lo escrito “en la nevera” como decía mi profesor y a la semana siguiente volver a repasar. Como última prevención imprimir y leerlo en papel (reciclado, por supuesto), esto se traducirá en un par de correcciones más. No te importe. Ha llegado ese momento en que lo que escribiste se ha mutilado por varios sitios y ha engordado por otros. Otro repaso, otra corrección y dalo a leer a tu persona de confianza. Después, si hace falta, le das el último toque y ¡por Dios, déjalo ya! porque si no lo haces se puede estar corrigiendo toda la vida. Ya puedes empezar. Todo es cuestión de ponerse. Ya sabes: “una palabra detrás de otra. Eso es todo.”

 

Rafael Escrig

 

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Divendres, 14 Juliol 2017 11:12

El preso de la Torre (2de 2, fin)

A las ocho de la mañana el preso partía de tierras manchegas en un vehículo oficial escoltado por varios guardias civiles. Uno de ellos, antes de que el recluso se aupara al Land Rover de color verde, lo cacheó minuciosamente y le sacó de un bolsillo del pantalón un sobre arrugado y manoseado, y leyó en voz alta el nombre que figuraba en el remite: Josefina. Se lo devolvió de malos modos y dijo: Seguro que es la mujeruca con la que está arrejuntado el quemaconventos éste -y su apostilla arrancó las carcajadas de sus compañeros a la par que celebraban la ocurrencia con extravagantes contorsiones de sus cuerpos.

A punto de arribar a la ciudad de Valencia, el motor del Land Rover comenzó a emitir unos broncos sonidos que presagiaban una inminente avería. El cabo primero, que mostraba en su rostro el gesto característico de quien ha masticado con saña una fruta agria, aceptó a regañadientes la recomendación del conductor de efectuar una parada a fin de que un mecánico le echase cuanto antes un vistazo al vehículo. Y en seguida desdobló sobre la guantera el mapa de carreteras y averiguó que podían detenerse en la población de Torrente, donde existía una construcción conocida popularmente como la Torre que albergaba calabozos para poder ingresar al preso hasta que un mecánico revisase y reparase lo que en su caso hubiera que reparar a fin de reanudar el viaje sin más contratiempos hacia el Reformatorio de Adultos de Alicante, que era su destino final. 

El vehículo transitó por una ancha vía arbolada y con algunas casas residenciales a sus flancos. Y el preso distinguió a través de la lona entreabierta que sellaba la parte posterior del Land Rover el rótulo que lucía un edificio encalado de dos plantas y con balcón enrejado: Gran Cinema Avenida. Al cabo de unos minutos se detuvieron frente a una torre medieval de base cuadrangular  que tenía adheridos unos porches.      

Confinado en un angosto habitáculo, el preso recordó aquellas palabras cervantinas, “en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”, y esbozó una sonrisa tan amplia como las que se colgaban de sus labios cuando pensaba en su bebé Manolillo. Y volvió a leer por innúmera vez la carta de la que no se separaba nunca y en la que su compañera Josefina le contaba que ella y el bebé sólo tenían para comer pan y cebolla. A continuación el  preso extrajo del bolsillo de la camisa el carboncillo que le regalara su amigo Antonio Buero Vallejo a la conclusión del retrato que le hizo cuando coincidieron en la cárcel de Torrijos, en Madrid, y se puso a escribir sobre la pared: “En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba.”

 

FIN

Enrique S.Cardesín Fenoll

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Divendres, 30 Juny 2017 12:26

Una verdadera tortura

Que yo recuerde nunca dejó de quejarse, pero fue en los últimos años cuando más me afectaron sus protestas. Me indignaba cuando íbamos por la calle y no dejaba de refunfuñar por todo lo que veía, criticando a todos con quien se cruzaba. Era tal su intolerancia hacia todo el mundo que daban ganas de volverse a casa corriendo. Te imaginas lo que es estar todo el tiempo criticando a derecha e izquierda. Nadie se escapaba a su mirada inquisitorial y yo no era una excepción: los jóvenes porque eran jóvenes, los viejos porque eran viejos y yo porque no pensaba como él. Se quejaba del tráfico, de los móviles, de la televisión, de la política, de las modas, del servicio de autobuses, de los vecinos de escalera, de la suciedad de las calles, de los grafitis en las paredes, de los fumadores...

Según él, todo el mundo era sucio y vulgar. La mala educación era la norma y la tan cacareada amistad era una falacia ¡fíjate hasta qué punto! Pero el caso es que no sabía vivir solo. Una persona que ve un mundo tan horrible a su alrededor lo lógico sería buscar la soledad, el aislamiento de sus semejantes aunque sólo fuera por no ver sus tremendas imperfecciones. Pero no, él necesitaba tener a alguien al lado para que su crítica fuese oída, cosa que, al mismo tiempo le excitaba más, y conforme mostraba su enfado general se encolerizaba más y más sólo de oírse. Vivir con alguien así es un verdadero martirio, créanme. Una mañana me dijo que el café no sabía a nada. Se echó dos cucharadas más de azúcar y se lo dejó diciendo que sabía a papel mojado. Desde ese día le dio por comer sólo bocadillos de anchoas; a ninguna comida le encontraba sabor. Después llegó lo del oído. Empezó sintiendo unos fuertes pitidos. Le pusieron un aparato de esos que llamaban de última generación; se quedó sordo como una tapia. El día de su cumpleaños precisamente amaneció con una sombra en los ojos. Me dijo que lo veía todo gris oscuro. –Tengo la sensación de que me han tirado a los ojos un espray de color gris- dijo gritando. Ya era bastante torpe con la luz apagada, ahora tropezaba por todas partes. De qué se quejará ahora que no ve nada, me preguntaba yo. Pues se quejaba de sí mismo, de su mala suerte y, por supuesto, de mí que era quien estaba más cerca.

Terminó por sentarse en un sillón delante de una ventana, sin decir nada. Cerraba los ojos y dormitaba todo el tiempo. Durante aquellos días de profunda soledad, creo que llegué a echar de menos su insoportable conversación. Supongo que sufrí algo así como una especie de síndrome de Estocolmo. Terminó por no comer apenas, sólo estaba allí, sin moverse, sin hablar, sin ver ni oír. Yo, de una forma mecánica, le humedecía los labios y le cambiaba el pañal. Al principio de esa última etapa solía abrir las cortinas para que le entrara luz, después me di cuenta de que no servía de nada y la sala se convirtió poco a poco en una estancia vacía, lúgubre y gris, tan gris como el espray de sus ojos grises. Pasamos así cinco años, cinco años de agotadora inercia. Fue fácil ponerle un almohadón delante de la cara; no hizo ninguna fuerza. Siempre me he preguntado si ya habría dejado de respirar antes de eso. El problema ahora es que he heredado sus manías y no dejo de quejarme por todo y de criticar a todo el mundo. Nadie se escapa a mi mirada inquisitorial. Pienso que todo es horrible, que todo es feo e insoportable. No aguanto a la sociedad ni a las personas que la forman y, puesta a heredar, espero ese momento en que me quede sorda y ciega, como él,  y me deje caer abandonada sobre el sillón, solo que entonces nadie estará allí para cambiarme el pañal ni me pondrá una almohada en la cara que acabe con mi tortura. 

 

Rafael Escrig

 

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