Divendres, 08 Juny 2018 11:52

El cuaderno de Machado

Hace unos días llamé por teléfono al hispanista Ian Gibson. Le dije que quería conocer su autorizada opinión sobre un cuaderno de notas que había llegado a mis manos con textos autógrafos del poeta Antonio Machado. El señor Gibson se deshizo en seguida en disculpas ante la imposibilidad de poder desplazarse a Valencia, pero me emplazó a reunirme con él en un restaurante de Lavapiés, que es el barrio de Madrid donde el también biógrafo de Lorca reside en la actualidad.  Ayer me subí a un AVE. Después, desde la estación de Atocha, puesto que iba algo apurado de tiempo, cogí un taxi que me trasladó hasta la calle de la Encomienda. Ian Gibson ya me esperaba sentado a una mesa del restaurante. 

El hispanista, que se saltó los preámbulos que dan pátina a una primera toma de contacto personal, no se demoró ni un segundo en reclamarme que le mostrara el cuaderno “objeto de nuestra cita”. Nada más empezar a hojearlo, advertí un brillo especial en sus ojos, como si alguien hubiera atizado con un badil invisible las ascuas de sus pupilas. Ian Gibson se detuvo en una página al azar, y recitó quedamente. A medida que lo hacía, se fueron extinguiendo, en el salón del restaurante, el murmullo de las voces de los comensales y el sonido de los cuchillos al rozar con los platos. <<Valencia de finas torres/ y suaves noches, Valencia,/ ¿estaré contigo,/ cuando mirarte no pueda,/ donde crece la arena del campo/ y se aleja la mar de violeta?   

Aunque no hubiera pronunciado palabra alguna, yo habría adivinado, por la expresión risueña de su cara, que el señor Gibson había reconocido esos versos. Pero él se animó: “Son versos del poema titulado ‘Canción’, que Antonio Machado escribió en mayo de 1937, en el pueblo valenciano de Rocafort, donde permaneció alojado entre finales de 1936 y abril de 1938, en una antigua casa tradicional conocida como Villa Amparo”. Y fijando otra vez su atención en el texto manuscrito, Gibson afirmó tajante: “Es la caligrafía de Antonio Machado.  No hay duda de que este cuaderno fue suyo”.

Desde que accedí al restaurante de la calle de la Encomienda y me senté frente a Ian Gibson, estaba temiendo esa pregunta que acabó por verbalizar el hispanista: “¿Cómo ha llegado este cuaderno a sus manos?” Carraspeé. Y, balbuceando ostensiblemente, no tuve mejor idea que interrogar por mi parte a Gibson: “¿Ha visto usted la película Medianoche en París, de Woody Allen?”. Sin embargo, rectifiqué a la velocidad de la luz y opté por no aguardar su respuesta, ya que observé con preocupación que mi juego dialéctico estaba tiñendo su rostro con una mezcla de impaciencia y de enojo. Así que proseguí yo con la génesis del hallazgo del cuaderno. “A ver…, a semejanza del protagonista de esa película, un escritor norteamericano que deambulaba por las calles de París soñando con los felices y bohemios años veinte, yo también fui transportado misteriosamente a tiempos pasados... Una noche, cuando vagaba por la calle de la Paz, me metí a tomar una copa en un local que, durante la guerra civil del 36, era el sitio predilecto de reunión de escritores, periodistas, fotógrafos y corresponsales extranjeros. Me extrañó que estuviera tan concurrido. Y más raro me pareció aún su atmósfera insólitamente cargada de humo. Sobre el velador contiguo al mío, reposaba un periódico. Era El Mercantil Valenciano, y traía en portada la noticia del acto de clausura del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, organizado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Una fotografía mostraba a un orador sobre una tarima instalada en la entonces Plaza de Emilio Castelar. El pie de foto decía: “Antonio Machado leyendo su discurso titulado ‘El poeta y el pueblo’. Por eso no tardé en reconocer a aquel hombre, de amplia frente despejada, “con algo de alcalde republicano y bueno de la ciudad, haciendo versos mentalmente y contando las sílabas por los dedos“(Francisco Umbral), que se encontraba sentado cerca de la puerta. Era Antonio Machado en persona, que escribía de rato en rato en un cuaderno de notas. Los fotógrafos Gerda Taro y Robert Capa charlaban animadamente en la barra.  Ella disparó su Leica para inmortalizar al boxeador de Torrent, Sangchili, que le narraba por enésima vez al artista fallero Regino Mas el desarrollo de su combate, a quince asaltos, con el panameño de color, Panamá Al Brown, también conocido como ‘la araña negra”, en la plaza de toros de Valencia, en la que el púgil valenciano se proclamó campeón de los pesos gallo, en junio de 1935.  De súbito, un horrísono estrépito de sirenas, que vino acompañado de la irrupción en el local de varios tipos que vestían al uso de los milicianos y que vociferaban: “La Legión Cóndor, la Legión Cóndor”, dejó vacío el café. A mí, sin embargo, la sorpresa me atenazó a la silla. Pasados unos minutos, conseguí salir a la calle, y apretaba contra mi pecho el cuaderno de tapas azules que se había olvidado con las prisas Antonio Machado. Nada había cambiado en la ciudad. Fuera del café, seguíamos estando en 2018. Me lo confirmó la enorme pancarta que colgaba de la fachada del edificio de la Fundación Bancaixa en la que se anunciaba la exposición del pintor Ignacio Zuloaga, del 13/04/2018 al 26/08/2018”.   

Ahora permanezco en un calabozo de una comisaría del centro de Madrid. Y se han incautado del cuaderno de notas del poeta Antonio Machado. Dicen que Ian Gibson  ha denunciado que yo se lo había sustraído mientras comíamos en un restaurante del barrio de Lavapiés.  Además, para mayor escarnio, he tenido yo que abonar  la cuenta de los dos.    

 

Enrique S. Cadesín Fenoll

 

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 20 abril 2018 11:57

La maestra (1 de 2)

A las maestras republicanas

 

No hay un solo día que pase que no me acuerde de mi antigua maestra. Si hoy tengo la fortuna de ser un reconocido poeta, todo, absolutamente todo, se lo debo a esa extraordinaria mujer. Ella, en aquellos años oscuros, tristes y peligrosos de la posguerra, me abrió de par en par las ventanas a una literatura por la que la dictadura franquista sentía verdadera repulsión y hacia la que no ocultaba su saña. De hecho, cuando a los fascistas se les presentaba la ocasión de incautarse de ejemplares de esos textos que habían previamente proscrito, los reducían a cenizas tras alzar públicas piras muy celebradas por sus entusiastas partidarios.

Al cabo de varios años de finalizada la contienda civil, provocada por el golpe de estado concienzudamente planificado y ejecutado por los militares sublevados contra el legítimo gobierno de la Segunda República, volví a ver a la mujer que había sido mi maestra durante la enseñanza primaria. Por aquel entonces yo contaba quince años. Y el encuentro casual se produjo un domingo por la tarde, en el Cine Cervantes. Yo había ido a ver la película La fiera de mi niña, dirigida por Howard Hawks e interpretada en sus papeles protagonistas por Katharine Hepburn y Cary Grant. Aún no se habían encendido por completo las luces de la sala, y seguían proyectándose en la pantalla los títulos de crédito del filme, cuando la reconocí. Permanecía sentada en la butaca de madera de una de las esquinas de la última fila. Un pañuelo estampado le cubría la cabeza. Estaba absorta, ensimismada, con la mirada extraviada en algún punto de la luminosa pantalla. Mientras me dirigía hacia ella, con el rostro enardecido por la emoción, comencé a rememorar un terrible suceso acontecido en el aula -y ahora que lo escribo, setenta años después, no atino a acertar qué misterioso engranaje mental pudo desencadenar ese recuerdo que, naturalmente, se me quedó grabado a fuego en la memoria. La maestra nos estaba recitando unos versos del Romancero gitano de Federico García Lorca,  en concreto del poema Muerte de Antoñito el Camborio:

Lo que en otros no envidiaban, / ya lo envidiaban en mí. / Zapatos color corinto, / medallones de marfil… De súbito, la añosa puerta del aula se abrió de golpe y chocó ruidosamente contra un pupitre arrumbado detrás de ella. Lo primero que pudimos ver los colegiales fue una mano blanquecina agarrada del picaporte del lado exterior de la puerta, una blanda mano que sobresalía de la bocamanga de una sotana tan negra como el plumaje de un cuervo. Acto seguido, la reconocible figura del párroco se plantó ante el encerado y se quedó mirando fijamente, con ojos inyectados en sangre, el contorno que había dejado el crucifijo descolgado de la pared. Farfulló algo ininteligible y, a renglón seguido, se encaró con la maestra, a quien le espetó: “Me lo habían dicho, pero no me lo podía creer de usted. Pero ya veo que es verdad. Esto es un sacrilegio que más pronto que tarde tendrán que pagar con creces ustedes dos; su marido, el director del colegio, por dar la orden, y usted, por acatarla”, y abandonó el aula dejando un vago aroma a agua bendita, ya que aún aferraba de forma distraída en su mano un hisopo, y además lo hizo sin acabar de oír el argumento de la maestra acerca de que la República había dado instrucciones precisas al respecto de ese símbolo religioso que presidía las aulas de los colegios públicos, a tenor de la legislación que estaba desarrollando para crear una escuela pública, obligatoria, laica, mixta y de pensamiento libre.

Salimos juntos del cine y yo la acompañé hasta su casa, situada al final de la calle Campoamor. La maestra me invitó a entrar y me ofreció un vaso de leche en un pequeño plato donde también reposaban unos pasteles con exiguo relleno de boniato. Menos mal que el relato de cómo había transcurrido su vida desde la última vez que nos vimos, lo narró ella después de que yo diera buena cuenta de la merienda -la maestra solo ingirió una tacita de café de recuelo-, pues ese nudo que me oprimía la garganta desde sus primeras palabras, no me hubiera permitido de ninguna manera tragar alimento ni líquido alguno. Violeta, que así se llamaba mi maestra, me desveló que varios individuos toscos, vocingleros y malencarados, embutidos en uniformes de falangista, y ocupantes de los tristemente célebres coches de la muerte, irrumpieron una noche en su casa y sacaron a su marido a golpes de la cama y luego lo condujeron, vestido únicamente con el pantalón del pijama, a culatazos y a empellones hasta el vehículo parado en la puerta y con el motor en marcha. Un familiar lejano de la maestra bien relacionado con los jerarcas provinciales de Falange, le diría, algún tiempo más tarde, que a su marido lo habían fusilado contra la tapia trasera del cementerio de Paterna; sin embargo, ella jamás tuvo noticia del lugar exacto de la fosa común donde supuestamente lo enterraron. Por la mañana, casualmente, la maestra y su marido habían oído hablar en la radio al obispo de Salamanca, Pla y Deniel, el cual propugnaba “aniquilar la semilla de Caín”, en velada alusión a los maestros republicanos. De modo que a ella, según me dijo, no le cabía la menor duda de quién les había denunciado (y a mí, al oírle decir eso, se me apareció nítida la imagen de aquel clérigo protagonista de mi flash-back en el Cine Cervantes). Los falangistas, proseguiría Violeta,  también fueron aquella noche en busca de su único hijo, de poco más de veinte años, que había combatido en la guerra con el 5º Regimiento de Milicias Populares, pero el joven, alertado de que su nombre figuraba en las listas que manejaban los encargados de llevar a cabo la vengativa y cruenta represión tras la victoria de las tropas franquistas, hacía semanas que había huido con su máuser al monte y se había unido a los maquis que componían la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. La maestra, desde luego,  tampoco salió bien parada. No solo fue sancionada con la pérdida de empleo y sueldo, sino que menudearon sus visitas al cuartelillo de la Guardia Civil, donde le infligieron severos castigos físicos con el objeto de sonsacarle el paradero de su hijo, aunque los castigos siempre resultaron estériles. “Esta misma mañana -me dijo, al tiempo que se descubría la cabeza-, ha sido mi última visita obligada al cuartelillo”. Y en seguida reparé, horrorizado, que le habían rapado el pelo al cero. “Así que me refugio en el cine, para evadirme de la nefasta y cruel realidad”, remachó su relato.

Continuará...

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 23 Febrer 2018 12:36

Un asunto municipal en Shanghái (1 de 3)

El concejal de Urbanismo, con su lustrosa cartera de piel en la mano, salió a primera hora de la mañana del Hotel Mercure, en el que permanecía alojado desde la tarde anterior, tras su llegada a Shanghái, en vuelo procedente de París con la compañía Air France. Despuntaba una mañana espléndida, incluso calurosa, ese último día de septiembre, víspera de la Fiesta Nacional de la República Popular China. El concejal se subió a un convoy del metro de la línea 2 y se apeó en la céntrica Plaza del Pueblo. Consultó su reloj. Aún le quedaba algo más de una hora para su cita con el magnate asiático. Esta era la persona que, por medio de los buenos oficios de un financiero de origen colombiano, había propuesto al consistorio de Torrent levantar en la Ronda del Safranar el mayor centro de ocio de Europa. De modo que el concejal se dispuso a pasear plácidamente por la bulliciosa y peatonal East Nanjing Road, flanqueada por comercios de todo tipo y grandes almacenes nutridos de conocidísimas marcas occidentales. “Un país, dos sistemas”, que diría el Pequeño Timonel Deng Xiaoping. East Nanjing Road es una larga arteria que desemboca en el barrio del Bund, donde se encuentra emplazado el antiguo Palace Hotel, y en su renovada cafetería el regidor se debía reunir con ese importante hombre de negocios que albergaba la firme decisión de invertir una extraordinaria suma de dinero en la ciudad torrentina. Una llamada telefónica a la habitación de su hotel le desveló anoche el sitio y la hora del encuentro.

El representante municipal observó, realmente perplejo, la afición de los habitantes de Shanghái a consumir yogures naturales mientras seguían deambulando y contemplando escaparates. Así que se detuvo en una tienda de alimentación y se compró también él un yogur, en envase de vidrio, que ingirió con ayuda de la pajita que se clavaba en la tapa de aluminio. Y curioseando aquí y allá, acabó frente al malecón, con vistas al río Huangpu; y al dirigir su mirada hacia la otra orilla del río, el concejal de Urbanismo se extasió ante la visión del deslumbrante, espectacular y ‘neoyorquino’ distrito de Pudong, el área más moderna de la ciudad, corazón financiero de China, una constelación de rascacielos, entre los que destaca el conocido popularmente como ‘el abrebotellas’, porque su remate arquitectónico, que se ilumina por la noche, tiene la forma propia de un abridor de cervezas. El concejal se entretuvo un buen rato haciendo fotografías con la cámara de su smartphone, para enviarlas a su familia y a sus colegas en el Ayuntamiento por whatsapp cuando regresara al cabo de unas horas a su hotel. Después, enfiló hacia la fachada del antiguo Palace Hotel, un edificio que fue el más grande del país cuando se terminó de construir en 1909, y pulsó de nuevo el disparador de la cámara del teléfono móvil. Dentro del encuadre de la pantalla, inopinadamente, se materializó un vehículo berlina BMW de color negro que acababa de dar un brusco frenazo frente a la puerta de entrada, y un olor a goma quemada se expandió por los alrededores. Del amplio habitáculo del automóvil se bajaron, presurosos, tres individuos pertrechados con armas largas, posiblemente fusiles de asalto AK-47. Las ráfagas de disparos que sucedieron a la irrupción violenta de esos tipos en el hotel provocaron el pánico entre los viandantes del malecón, que comenzaron a correr en todas direcciones como gallinas a las que les hubieran cortado la cabeza. Al concejal de Urbanismo, por su parte, le acometió una parálisis de sus extremidades inferiores en cuanto pisó el último escalón de uno de los tramos de escalera que descienden del malecón, y no recuperó la movilidad hasta que el BMW, de nuevo con todos sus ocupantes dentro, abandonó el lugar con un agudo chirrido de ruedas, que dejó una vibración en el aire como un diapasón en una prueba de audiometría. 

El regidor se extrañó sobremanera de que pudiera acceder sin trabas al vestíbulo del antiguo Palace Hotel pero, de súbito, alguien le tomó del antebrazo, una húmeda y trémula mano, y lo sacó precipitadamente de su interior. Quien lo llevaba prácticamente a rastras por la calle que discurría paralela al malecón era la joven china que ayer lo recogió en el aeropuerto internacional de Shanghái y lo acompañó al Hotel Mercure, y le ayudó con todos los trámites del check-in. Ella hablaba un español bastante fluido y le informó al concejal, mientras ambos se dirigían en taxi al hotel, que trabajaba en una empresa privada de traducción e intérpretes, cuyos servicios había contratado el magnate con quien estaba previsto que el regidor se reuniera al día siguiente. 

 

Continuará...

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 26 Gener 2018 11:19

Un hijo en Berlín (5 de 5. FIN)

La criada no aguantó ni una semana viviendo en la calle. No murió a causa de ninguna enfermedad. Solo que ya no tenía ganas de vivir. Expiró como un pichón caído del nido. En cambio, Esther albergaba una gran fuerza de voluntad, y de resistencia. No lo achacaba únicamente a su juventud. Pero alejaba de su mente, como si espantara moscas con las manos, cualquier pensamiento que no tuviera que ver con salir adelante, con su mera supervivencia.  Desempeñó muchos trabajos. Pero nunca descendió al barro de aquellos que no antepusieran la salvaguarda de su dignidad y de su decencia. Con el paso de los años, conoció de nuevo la comodidad de un hogar, de su propio hogar: muy humilde, sí, pero suyo, sufragado con el fruto de su esfuerzo, de su inexpugnable empeño. Sin embargo, en su fuero interno sabía que jamás sería feliz mientras que no volviera a reencontrarse con su hijo.   

Adolfo jamás habría creído que un día abrazaría tan efusivamente a su padre, y le daría ese beso tan sonoro en la cara. Pero sucedió la mañana en que Francisco, que sostenía unos papeles en su mano izquierda, le confesó a Adolfo que había enviado su currículo académico a la empresa Bayer en Berlín. “Toma, aquí tienes tu contrato de trabajo” -y Adolfo cogió los documentos con un gesto cargado de sorpresa y emoción a partes iguales. Las llaves de la casa de Oranienburger Strasse las recibió el propio Adolfo el mismo día de su presentación en la sede principal de Bayer en Berlín. Uwe, que heredó el sillón de su padre en el Consejo de Administración de la compañía, había dado órdenes al departamento de recursos humanos para que incluyeran la cláusula de la cesión de la vivienda en el contrato laboral. Sin embargo, no tuvo nada que ver en la progresión de Adolfo en la empresa. Los informes favorables de sus sucesivos jefes bastaron por sí solos para acreditar sus méritos.

Una tarde del verano anterior, Esther, la hija de Sara Shabat, vio a su hermanastro Uwe y al padre de Adolfo sentados a la mesa de una cafetería ubicada en la elegante Kurfürstendamm. A pesar de los años transcurridos, ella no había olvidado la cara de Francisco. Esther aún recordaba, y siempre que lo hacía un agudo pinchazo estremecía su cuerpo, que Francisco fue la maldita persona que se llevó a su hijo de su lado, con el permiso de su hermanastro Uwe, y valiéndose de documentos de adopción falsos. Aquella tarde Esther siguió a Francisco hasta la calle Oranienburger Strasse y lo vio atravesar la puerta del número 58. Unas semanas después, Esther hizo indagaciones sobre el inquilino de esa vivienda, y una vecina, ávida de conversación, le dio detalles del joven español que residía en ella, y también le informó que Adolfo, casualmente –esto lo dijo formando con sus brazos un amplio arco–, buscaba una asistenta. Y así es como Esther consiguió el trabajo en casa de Adolfo… ¡En casa de su hijo! 

Y el plan largamente urdido por ella entró en su fase definitiva. “¿Tendrá mi recobrada felicidad los días contados?” –se preguntó mentalmente Esther, un segundo antes de oírse decir a sí misma, frente al tablero de cuadros blancos y negros donde disputaba una partida de ajedrez con Francisco: “jaque mate”.  Esa misma mañana, cuando el padre de Adolfo daba su acostumbrado paseo por las calles más populares y populosas de Berlín, Esther llamó a un mensajero y le depositó en sus manos una nota para que la entregase en casa de su hermanastro, Uwe Schreck, en la que supuestamente Francisco lo convocaba urgentemente en Oranienburger Strasse. Un hecho inaudito. Porque Uwe jamás había puesto los pies en esa casa. El contenido de la nota era escueto pero alarmante: “Ven, amigo, deprisa. Acaba de ocurrir un espantoso suceso”; y también depositó en las manos del mismo mensajero un paquete con un DVD, donde se había grabado a sí misma narrando su triste y desgraciada vida, para que lo recibiese personalmente Adolfo en su oficina, en unión de una nota de su puño y letra: “Míralo. Es la historia real de tu auténtica madre”. 

Ahora, mientras departía con Francisco, tras guardar en un cajón del mueble aparador el tablero de ajedrez, Esther no perdía de vista la puerta de entrada a la casa. No tardarían en llegar su hijo Adolfo y su hermanastro Uwe Schreck. 

FIN

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 29 Desembre 2017 11:13

Un hijo en Berlín (3 de 5)

Si no hay peor cuña que la de la misma madera, el hijo legítimo de Wolfgang, Uwe Schreck, era un vivo ejemplo. Cursó sus estudios en los colegios más elitistas del Berlín occidental. Aún adolescente, se afilió al Partido Nacionaldemócrata de Alemania, la principal formación de ultraderecha del país. Pero él no aspiraba a ocupar ningún cargo orgánico, menos aún institucional; sino que se consideraba un hombre de acción. Pensaba que no era bastante con el ejercicio de la política para conseguir la implantación del Cuarto Reich. Así que se integró pronto en uno de los grupos neonazis más violentos. Esta organización clandestina se reunía en la taberna Mesón del Verdugo, donde almacenaba el arsenal bélico y preparaba minuciosamente sus ataques contra los establecimientos regentados por inmigrantes: rotura de escaparates, incendio, género volcado y pisoteado… En ocasiones agredían físicamente a las personas con bates de béisbol. Wolfgang estaba al corriente de todas las actividades de su hijo, y las aplaudía con delectación. Pero lo que ignoraba es que muchas noches Uwe se colaba de rondón en la habitación de una de las criadas, Esther, varios años mayor que él. Wolfgang aún no le había contado su secreto.   

Wolfgang y su hijo Uwe visitaron con frecuencia en España al abuelo y al padre de Adolfo. A la llegada o al regreso de su destino turístico en la Costa del Sol. Allí tenían atracado durante todo el año un yate de gran eslora. Francisco y Uwe eran de la misma edad. Y compartían la misma ideología ultraderechista. Francisco se integró, también en su juventud, en el grupo neofascista Guerrilleros de Cristo Rey. A Uwe lo invitaban siempre a sus reuniones, y el alemán les enseñaba diferentes técnicas para ejecutar con éxito las acciones violentas. Los radicales españoles lo escuchaban con rendida admiración. Ejercía de traductor Francisco, que hablaba con mucha soltura el idioma germano. Uwe se hacía cruces ante la permisividad de las autoridades franquistas. “Al contrario de las alemanas -se quejaba agriamente-, que nos someten a nosotros y a otros grupos neonazis a una vigilancia y control férreos, y son implacables en nuestra persecución y desarticulación”. 

Wolfgang le había relatado muchas veces a su hijo el desventurado lance de la trinchera en el frente ruso. Y se palpaba la prótesis de la pierna izquierda siempre que lo recordaba. En el lecho de muerte, estrechándole las manos con las pocas energías que le quedaban, le arrancó a Uwe la promesa de acudir en auxilio del viejo camarada que le salvó la vida aquel aciago día de la explosión de la granada. “Cuando se te presente la oportunidad -le dijo-, cosa que a mí no me ha sucedido nunca; y eso que, bien lo sabe Dios, lo he deseado muy vivamente”.  Con los ojos velados por las lágrimas, el hijo asintió con la cabeza; la intensa emoción no le dejó pronunciar palabra, solo gruñidos, como si alguien le hubiera agarrado del cuello y lo estuviera asfixiando. Al final, casi a punto de expirar, con un hilo de voz, Wolfgang le reveló a Uwe que había tenido una hija con una mujer judía. “Esther es hija mía”. Pero ya no le quedó tiempo para reparar en la súbita palidez de Uwe.

En el velatorio de Wolfgang, la sirvienta que simulaba ante los restantes miembros de la casa, incluido el servicio, que era la madre de Esther (se hizo cargo de la crianza de la niña desde el mismo día en que Sara, su madre verdadera, fue arrestada por la Gestapo), se acercó a Uwe y le susurró al oído: “Su hermanastra, señor, está embarazada. Y ella dice que el padre es usted”.  Uwe clavó su manaza en el brazo de la criada y la atrajo enérgicamente hacia sí, hasta pegar la oreja de ella en su boca, y silabeó calmosamente: “Yo no tengo nada que ver con una judía. Entérate. Y no vuelvas a decirme nunca más que es mi hermanastra”

 

Continuará...        

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 24 Novembre 2017 10:28

Un hijo en Berlín (1 de 5)

Adolfo vivía en Berlín, en el número 58 de la calle Oranienburger Strasse, a escasos metros de la Nueva Sinagoga. Era un piso de techos altos, pero de pocos metros cuadrados. Se accedía al portal de la casa atravesando el patio interior, ajardinado, del edificio. 

Adolfo era doctor en Química. Debido a la falta de oportunidades en España, tuvo que emigrar a Alemania, donde había conseguido un empleo en la empresa farmacéutica Bayer. Ahora ocupaba un puesto de responsabilidad en el departamento de innovación. Ya llevaba más de seis años en Berlín. Pero Adolfo ignoraba que no fue su currículo académico el que le abrió tan rápidamente las puertas de esa empresa puntera en su sector, sino una vieja amistad de su padre: un ciudadano alemán. Ni su padre ni su madre le habían hablado nunca de esa persona. 

La convivencia doméstica entre Adolfo y su padre en España nunca fue fácil. Y los años de fricciones constantes y de mayor distanciamiento entre los dos, coincidieron con la etapa universitaria del hijo: invariable protagonista de todas las huelgas y manifestaciones contra la política educativa del gobierno de Aznar, y militante de Izquierda Unida. Las comidas familiares eran el habitual campo de batalla. Siempre que Adolfo criticaba acerbamente la falta de derechos y libertades durante la larga y oprobiosa dictadura franquista, el padre se encolerizaba mucho y el tono de la disputa verbal se elevaba hasta extremos peligrosos. Así que a la madre, temerosa de que pudieran llegar en cualquier instante a las manos  -que era lo que presagiaba el aumento gradual de la intensidad de sus voces-, le tocaba templar gaitas, hasta que retornaba la paz a la mesa. Luego, el resto de la comida transcurría en un duro y afilado silencio, con padre e hijo sin levantar la mirada del plato; los ojos allí clavados como la puntilla en la testuz de un toro. La madre era consciente de que ninguno de los dos daría nunca su brazo a torcer. Su marido, que se llamaba Francisco,  había heredado el ideario de su suegro: falangista de la primera hora, que combatió en los frentes más encarnizados de la guerra civil española, y después se marchó a Rusia enrolado en la División Azul, y en el sitio de Leningrado le salvó la vida a un oficial de las Wafen-SS que estuvo en un tris de morir desangrado por las graves heridas sufridas en una pierna a raíz de la explosión de una granada de mano en la trinchera, toda alfombrada de nieve, en la que estaban parapetados junto a otros soldados alemanes y españoles. El abuelo de Adolfo era, además, un redomado antisemita. 

Adolfo se licenció con matrícula de honor en la Facultad de Química. Y logró un sobresaliente cum laude en su tesis doctoral. Esto propició que el padre se sintiera cada vez más orgulloso de su hijo. De modo que las discusiones entre Adolfo y Francisco fueron perdiendo virulencia, aunque continuaron latentes. La madre permanecía al quite y sacaba en seguida el capote cuando alguna noticia publicada en la prensa, en alusión a la situación política del momento, volvía a colocarlos uno frente a otro: ceñudos, agresivos y vocingleros.    

El padre de Adolfo, tras su reciente viudedad, acudió ese verano él solo a visitar a su hijo en Berlín. Los veranos anteriores lo había hecho siempre en compañía de su esposa.  A Francisco, cuando no se daba su largo paseo por el tradicional bulevar Unter den Linden, hasta alcanzar la Puerta de Brandenburgo, y desde aquí, vuelta a casa de Adolfo en sentido inverso, le gustaba quedarse en casa a pegar la hebra con la mujer que su hijo había contratado el último otoño para que se encargara diariamente de las labores del hogar, habida cuenta de que su trabajo no le dejaba apenas tiempo para tales menesteres. Adolfo le dijo a su padre que había tenido una inmensa suerte con la aparición de la mujer, la señora Sabath, pues era muy hacendosa y cariñosa; y atribuía a su hado teutón el hecho de que ella llamara un día a su puerta y le preguntara si necesitaba una asistenta. Justo en el momento en que él ya se podía permitir ese gasto. La señora Sabath lo cuidaba como a un hijo.

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 10 Novembre 2017 10:12

Torrent distópico

A Diana Gimeno

 

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…”  

Por eso quiero contarlas, para que no se pierdan en el tiempo presente. Porque mi historia sucedió un día del año 2052. Supongo que os resultará extraño, quizá hasta inverosímil, o, sencillamente, un disparate más de tantos que emborronan las páginas de los burdos textos de ciencia ficción. Pero tenéis que creerme. ¡Yo vivo en el futuro! ¡Diantre!, después de esta asombrosa confesión mía, no es difícil imaginar que estéis deseando saber cómo he regresado hasta 2017. Solo os puedo confirmar que no existe ninguna máquina del tiempo. Hollywood ha hecho mucho daño con sus películas pseudocientíficas y de medio pelo. Sin embargo,  tengo prohibido transmitir cualquier otra información relevante. Lo siento. No es una excusa barata. Es que firmé un contrato de confidencialidad con la compañía que ha desarrollado la tecnología punta que ha convertido en realidad la fantasía humana de viajar al pasado. Si me voy de la lengua, según dispone la letra pequeña del contrato, los técnicos de la compañía procederán de inmediato al borrado del disco duro de mi cerebro, y acabaré vagando eternamente por la inmensidad de algún agujero negro, que ahora son de peaje; no os digo más. 

Aquel día, al levantarme de la cama, y luego descorrer la cortina de la ventana  y subir la persiana, tuve la certeza de que no iba a ser un día normal; porque, os adelanto, y esto sí que estoy autorizado a confesarlo, el futuro es tan monótono, gris y aburrido como el presente. Y los chuletones de Ávila solo se venden en las farmacias, con receta médica; la dosis recomendada es un chuletón de Pascuas a Ramos, que ha de tomarse  con dos gotas de vino tinto de Requena, que es el caldo que mejor marida con esas píldoras.

Lo primero que me sorprendió, al echar un vistazo por la ventana de mi habitación, fue la anómala tonalidad del cielo. Ni Jackson Pollock, aun vapuleado por una buena cogorza de expresionismo abstracto, hubiera sido capaz de pintar un cielo así. Una lámina de mercurio, eso es lo que parecía.  Y a ratos, aquel cielo emitía unos destellos intensamente rojos. Un parpadeo lumínico semejante al que emitían aquellas antiguallas que recibieron el nombre de aviones y que desaparecieron por culpa del globalizado ‘low cost’. En el futuro, del que yo vengo, cuando una especie se encuentra en peligro de extinción, se dice que está en modo Ryanair; no os digo más.

Al pisar la calle,  un chirimiri comenzó a empapar mi nueva cazadora vintage que había comprado ex profeso para este viaje al pasado, aunque pronto advertí que el líquido que estaba arruinando el basto tejido de mi cazadora no era agua sino una sustancia oleaginosa, como si el cielo estuviera perdiendo aceite. De modo que alcé la mirada, y un segundo después me quedé de una pieza. Ahí arriba, suspendida sobre mi cabeza, se hallaba lo que sin duda era una nave espacial, que ocupaba todo el cielo de Torrent, hasta donde se perdía la vista. Un número se repetía a lo largo de su base estriada: el 155.

Corrí a refugiarme bajo una de las múltiples marquesinas que inundaban la ciudad, en cuya pared vertical de cristal translúcido había instalada una televisión de plasma, que difundía noticias locales durante las veinticuatro horas. Pero el locutor que aparecía en esos momentos en la pantalla, anunciando un rimero de medidas parar restaurar el orden municipal,  era un completo desconocido para mí. Y el sonido de su voz, grave y oscuro, que parecía provenir de ultratumba, no solo me metía bien adentro el miedo en el cuerpo sino que me infligía unos escalofríos que recorrían mi espinazo a la misma velocidad que la banda ancha de mi nuevo móvil del tamaño de una mochila; no os digo más.            

Pero lo que me aterró de veras fueron las imágenes que ilustraban las palabras de ese sosias del monstruo del doctor Frankestein. Esas imágenes describían el instante preciso del desalojo del alcalde y de los concejales del consistorio municipal, sin darles tiempo a recoger los retratos de la familia. Y en seguida se vio a unas extrañas criaturas vestidas con ternos de color gris estatal pasando a ocupar los despachos, y en un plis plas cambiaron el mobiliario, el color de las paredes y las placas de las puertas. También comenzaron a desfilar por la cóncava pantalla las escenas de derribo de los símbolos identitarios de  la ciudad: las esculturas del xocolater y el granerer, y las cuatro ranas de su emblemática fuente.

He regresado a 2017, al año del origen del 155. Soy un Terminator, y me han encomendado una misión; no os digo más.   

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 27 Octubre 2017 09:55

The Major of Torrente (4 de 4. FIN)

 

El chino se llamaba Sang Chi Li. Y a él le gustó este nombre. También le desveló que en abril pelearía en Valencia contra un púgil apellidado Casanovas.  José López Mezquita también trabó amistad con un granerer. A veces se cruzaba con él de camino al chalet de Vicente. El granerer, de nombre familiar Pep, conducía un carro cargado de palmas que recogía en El Palmar, y siempre que reconocía al pintor soplaba ruidosamente una trompeta que llevaba consigo. José López Mezquita le pidió un día que le hiciera una demostración de su oficio, y el pintor se quedó estupefacto de la habilidad del granerer, que montó una granera en medio de la calle en un pispás, sirviéndose de los pies para tensar el cordel de esparto que ceñía la palma al palo de caña. He aquí los protagonistas principales de esta historia. Pero falta uno. El malo de la película. Un tipo malencarado y facineroso. No exento de muy malas pulgas. Todos sus convecinos lo conocían por el apodo de “el Lladre”. José López Mezquita había dado por concluido un viernes el retrato. De modo que le propuso al abuelo de usted que cocinara el domingo en el chalet una paella de pollastre y conill [en esta ocasión su fonética fue insólitamente aceptable] para sus nuevos amigos: Sangchili y Pep.  “A cargo de mi propia faltriquera”, zanjó el pintor para que no se suscitara ninguna controversia al respecto. En el transcurso de la locuaz sobremesa de ese festivo día, mediada ya la tercera botella de mistela, oyeron unos ruidos extraños procedentes  de la luminosa buhardilla. Solo les dio tiempo a ver cómo el Lladre, a quien conocían de sobra los tres torrentins, ponía pies en polvorosa acarreando en un saco de arpillera el retrato del abuelo de usted. El Lladre sin duda no contaba con la presencia de los dos invitados. Había estado vigilando durante días el chalet y se había cerciorado de que solamente lo ocupaban el abuelo de usted y José López Mezquita. Sangchili salió en seguida corriendo a toda mecha en persecución del manilargo [el conservador jefe sonreía ufano cuando usaba este lenguaje a sabiendas de que era algo trasnochado]. El granerer, en cambio, prefirió primero ir en busca de su serón y proveerse de una de las hoces que empleaba para recortar las palmas hasta darles la genuina forma de campana. El abuelo de usted, mientras tanto, se había quedado en el chalet para atender al pintor que se encontraba al borde de un ataque de nervios. El granerer, cuando alcanzó a Sangchili, certificó pronto la inutilidad de su acción preventiva. Sangchili había noqueado al ladronzuelo de un certero y contundente derechazo al mentón, recuperando el lienzo sin daño aparente alguno. Así que ya ve, gracias a la decisiva actuación de Sangchili y de Pep, el granerer, hoy podemos contemplar en este museo de la Hispanic Society el retrato del abuelo de usted pintado por José López Mezquita: The Major of Torrente>>. 

Cuando nos despedíamos en la puerta, teniendo a la vista las numerosas esculturas que poblaban la plaza de las Bellas Artes, el señor Burke aún conservaba el gesto contrariado y mohíno por mi terca negativa a discutir la posible venta a la Hispanic Society de los bocetos del retrato de mi abuelo paterno. De modo que, para que le sirviera de consuelo, le dije que tendría la ocasión de verlos siempre que gustara si decidía visitar el Museo de Bellas Artes San Pío V de Valencia, a cuya institución pensaba donárselos tras aterrizar en mi tierra. Y otra vez el enérgico apretón me dejó condolida la mano.

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 06 Octubre 2017 10:32

The Major of Torrente (3 de 4)

¡Pues si a lo más lejos que él llegó en toda su vida fue a la ciudad de Valencia!” Luego nos desplazamos a la cafetería y, tras inspeccionar los bocetos con delicado esmero y sumo detenimiento, el señor Burke efectuó un leve gesto de asentimiento con la cabeza que confirmaba sin necesidad de palabras la autoría del pintor José López Mezquita. Acto seguido, y después de dar varios sorbos a su café americano, que parecía contener más agua que un cuartillo de vino en tiempos de Quevedo, comenzó a narrarme la historia comprometida, en un castellano con marcado acento yanqui:  

<< El pintor José López Mezquita se trasladó a Valencia en 1929. El señor Huntington le había encargado una serie de retratos de carácter etnográfico. Se alojó en el Hotel Inglés, junto al bello Palacio del Marqués de Dos Aguas, en la entonces Plaza Canalejas. “Pinto en Torrente por la mañana, bañado por este sol incomparable, que ustedes aún no saben apreciar“, comentó José López Mezquita cierta embriagadora noche a un crítico de arte en una sala de baile de la calle Ribera. En El Vedat el pintor conoció a Vicente, el personaje del retrato The Major of Torrente, o sea, al abuelo paterno de usted [cuando aludió a mi abuelo una finísimo velo nubló mi mirada], a quien le preguntó si le gustaría posar para él vestido con el traje típico torrentí y portando en una mano la vara de alcalde. Forjaron ambos una estrecha amistad. En más de una ocasión, el artista prolongó la estancia en la casa veraniega de Vicente, donde tenían lugar las agotadoras sesiones de trabajo, para disfrutar de la gastronomía nativa. De vuelta en Nueva York, el pintor siempre ensalzó un arroz genuino de Torrent, el rossejat [en boca del conservador jefe el nombre del arroz sonó tan fuerte y alargado como una palabra alemana]. José López Mezquita, antes de echar cada mañana mano de los pinceles, acostumbraba a pasear por El Vedat,  y uno de esos días pegó la hebra con un joven de pequeña estatura que veía correr muy a menudo por las trochas que serpenteaban entre la frondosa pinada. El joven estaba entrenándose para boxeador.  Le dijo que se llamaba Baltasar Berenguer Hervás, pero que había escogido como nombre profesional “Sangchili”. Baltasar le confesó al pintor que había elegido este nombre para que su padre no se enterara de que había decidido consagrarse al boxeo. Su padre quería que estudiara, pero él sabía que no valía para los estudios. Un comandante de la guerra de Cuba había montado un gimnasio enfrente de su casa. Tenía un asistente chino. 

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 22 Setembre 2017 10:50

The Major of Torrente (2 de 4)

Yo no desaproveché la ocasión de admirarlos cuando se expusieron en la Fundación Bancaja. Pero aún hubo de transcurrir bastante tiempo hasta que yo me decidiera a mantener contacto con la Hispanic Society, y cuando por fin lo hice, no confiaba mucho en obtener respuesta. El escepticismo no me fallaba nunca en los momentos cruciales que jalonaban mi existencia. Sin embargo, al cabo de un par de días  recibí un ‘mail’ firmado por Marcus B. Burke, conservador jefe del museo, quien manifestaba encontrarse enormemente interesado en examinar los bocetos de The Major of Torrente que obraban en mi poder; y además, acotaba el señor Burke, “estaría encantado de autentificarlos, desde luego sin ningún ánimo crematístico”. En todo caso,  lo que de verdad me espoleó la curiosidad fue el epílogo de su mensaje: “Y yo por mi parte le contaré a usted una curiosa historia, que seguramente usted desconoce, que tiene que ver con un incidente acontecido en Torrent [lo escribía con la nomenclatura correcta] en torno al cuadro en cuestión y en el que se vieron implicados, aparte del pintor, varios lugareños, entre ellos su abuelo paterno”. De modo que, con los bocetos dentro de un cartapacio marrón cerrado con gomas bajo el brazo, me encaminé sin demora hacia la estación de metro de Times Square. Pasé por debajo de un descomunal “Subway” inscrito en la marquesina de la entrada. Me subí a un convoy de la línea 1, con final de trayecto en El Bronx, y me apeé en la parada  157 th Street, a tiro de piedra de la Avenida Broadway, donde está enclavada la sede de la Hispanic Society, entre las calles 155 y 156.  Antes de entrar en el imponente edificio, solo me entretuve observando una escultura del Cid Campeador. Un amable empleado del museo me acompañó hasta las oficinas del señor Burke. El conservador jefe salió a recibirme y nos dimos un fuerte apretón de manos. Casi diría que con demasiada energía por su parte. Y sin solución de continuidad el señor Burke me condujo a la sala donde estaba colgado el retrato de mi abuelo, con una placa al pie que decía: “The Major of Torrente, 1929. José López Mezquita”. El señor Burke cazó al vuelo el esbozo de sonrisa que se perfiló en mi boca y no me quedó otra que aclararle el motivo: “Mi abuelo aquí, en Nueva York! No se lo creería él ni aunque pudiera verlo. 

 

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

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