Divendres, 12 abril 2019 12:35

Matar a la virreina

Una lucha encarnizada entre las tropas reales al mando del capitán Diego Ladrón de Guevara  y el exhausto y menguado regimiento de agermanats liderados por el tejedor Vicente Peris, que tuvo como campo de batalla las calles de Valencia, puso fin a la revolta de les Germanies, que ya se prolongaba tres años. Un conflicto armado que se originó, entre otras causas, por las protestas de los elevados impuestos. Vicente Peris, tras el incendio de su casa natal, situada cerca de la iglesia de San Juan del Mercado (parroquia de los Santos Juanes), se rindió al oficial monárquico. En cambio, el torrentí Pere Compte, otro de los dirigentes agermanats, propietario de una herrería en el carrer Vora Sèquia, pudo sortear el cerco realista y huir de la ciudad. Al cabo de unos días, alcanzó la Serra Perenxisa, donde se escondió junto a otros artesanos que también combatieron a las órdenes de Vicente Peris y saborearon las mieles de la gloria bélica con su victoria sobre el ejército del virrey Diego Hurtado de Mendoza en la batalla de Gandía.

 

Germana de Foix, hija de una hermana del monarca francés Luis XII, contrajo matrimonio con Fernando II de Aragón, que había enviudado hacía poco de la reina Isabel la Católica. Germana de Foix contaba 18 años y él frisaba los sesenta. Era delgada y de extraordinaria hermosura. Fernando el Católico murió en el empeño de lograr sucesión de Germana. Algún tiempo después, el nieto primogénito de Fernando el Católico, Carlos I de España, todavía un adolescente, conoció en Valladolid a su abuelastra, quien ya tenía 30 años, y se quedó prendado de su belleza y mantuvo con ella un apasionado y oculto romance, que sembró de rumores los pasillos de la corte. Para acallar los dimes y diretes de la aristocracia, Carlos I decidió casar a Germana de Foix, su abuelastra y fogosa amante, con un caballero alemán que integraba su séquito, Juan de Brandenburgo; además, la nombró virreina de Valencia.  Germana de Foix sucedió al virrey Diego Hurtado de Mendoza y no tardó en desatar una brutal represión contra los sublevados de les Germanies, con cientos de ejecuciones y la confiscación de sus bienes. Según una especie que circuló en la época, las horcas de madera se tuvieron que sustituir por horcas de piedra para aguantar el incesante ritmo de ejecuciones ordenadas por la virreina y su marido, que ostentaba el cargo de capitán general del Reino de Valencia. El 3 de marzo de 1522, acusado de un ‘crim de germania’, fue ejecutado Vicente Peris, el velluter.

 

Al torrentí Pere Compte le confiscaron sus bienes y propiedades: la herrería y la casa. Lo perdió absolutamente todo. Aunque lo que de verdad le revolvió las tripas, con tal saña que el dolor se le hizo insoportable, fue averiguar cómo malvivían su mujer y sus dos hijos de corta edad. Expulsados del domicilio familiar y acogidos en casa de unos parientes muy pobres, subsistían merced a las verduras, las frutas y las hortalizas que desechaban los agricultores los días de mercado. Pere Compte siguió escondido en la Serra Perenxisa, y no le quedó otra salida que echarse en brazos del bandolerismo. Él, un reputado herrero, convertido en asaltante de caminos y de heredades rurales. Al igual que sus compañeros de infortunio, finos artesanos que abarcaban los diferentes gremios. Pere Compte comenzó, de esta manera, a penar una existencia de extrema dureza y acechante de peligros. La muerte le rondaba a cada paso por las serpenteantes trochas que recorría. Pues eran frecuentes las escaramuzas con las milicias creadas por las autoridades municipales para combatir el bandidaje. Los perseguidos agermanats estaban mal alimentados y peor pertrechados. Las armas de fuego que colgaban de sus hombros o portaban en bandolera databan de los tiempos en que los gremios del Reino de Valencia fueron armados ante la amenaza de la piratería turca.       

 

Otro Fernando, Fernando de Aragón, duque de Calabria, se convirtió en el tercer esposo de Germana de Foix, a raíz del fallecimiento del marqués de Brandenburgo. La virreina de Valencia aún conservaba su hermosura, pero había adquirido una irrefrenable tendencia a la obesidad. Con el duque de Calabria, el Palacio Real, sede oficial de los virreyes, se pobló de fiestas poéticas y musicales.  Supuso una época de esplendor de la cultura valenciana. A escasos días para la Semana Santa, Germana de Foix ordenó enviar un mensajero a Torrent para que transmitiese a las autoridades municipales y eclesiásticas su decisión de presidir ese año el Encuentro Glorioso, cuya representación se escenificaba frente a la medieval Torre. El mensajero, antes de su regreso a Valencia, se pasó por la taberna del Coixo para recobrar fuerzas. Y se echó al coleto varios chatos de un buen moscatel torrentí, que le soltaron la lengua. Uno de los parroquianos abandonaría en seguida el local y, a lomos de su montura, enfilaría hacia la Serra Perenxisa.  

 

Al amanecer del Domingo de Resurrección, Pere Compte y otros tres agermanats se adentraron en Torrent por el Barranc de l´Horteta y luego se encaminaron por parejas a sus escondrijos. Aguardarían allí hasta que comenzasen a procesionar los pasos de la Virgen y de Jesús Resucitado, protagonistas del Encuentro Glorioso. Los agermanats habían planeado formar parte del cortejo que habitualmente acompaña a esos pasos, y así ocultarían sus rostros bajo la tela del capirote y las armas de fuego bajo el hábito de nazareno. Un plan concebido para matar a la virreina. 

 

Un suntuoso carruaje decorado en pan de oro y tirado por cuatro caballos se detuvo a la puerta del consistorio municipal. Germana de Foix, virreina de Valencia, se apeó del vehículo y saludó una a una a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas que permanecían protocolariamente  alineadas y enfundadas en sus mejores galas.  A continuación, la virreina ascendió la empinada escalera que conducía al salón de recepción de invitados ilustres, donde el alcalde le ofreció un presente. Nada menos que un miembro de la cuadrilla de Pere Compte.  Era un platero de mediana edad. Había bajado también de la Serra Perenxisa. A hurtadillas y sin decírselo a nadie. Al entrar en el salón, encadenado de pies y manos, el agermanat se arrojó a los pies de la virreina y le imploró clemencia. Germana de Foix le preguntó qué deseaba en pago de su defección. Él, humillando la cabeza, respondió: “Salvar mi vida y recuperar mi taller de platería”.

 

Mientras se acercaban a la muchedumbre congregada en torno al paso de la Virgen, Pere Compte y su compañero se dieron cuenta en seguida de que habían caído en una trampa. Ningún nazareno, aparte de ellos dos,  llevaba el capirote puesto. No tuvieron tiempo de echar mano de sus escopetas. Cayeron abatidos al instante. La misma suerte corrieron los otros dos agermanats, a pocos metros del paso de Jesús Resucitado. 

 

Germana de Foix no dejó de recibir vítores y aplausos de la gente durante todo el recorrido. También hubo murmullos de admiración por la larga capa de terciopelo que lucía. El Encuentro Glorioso culminó ante la histórica Torre. En su interior, en la primera planta, el platero pendía de una soga. Sin vida. Y a sus pies, esparcidas, había treinta piezas de plata.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Dimecres, 13 Març 2019 15:33

La noche del 18 de marzo

Encarna y Amparo eran íntimas amigas. Se conocían desde la infancia, toda vez que vivían muy cerca una de la otra. Encarna en la calle Bellido y Amparo en la calle Virgen del Carmen. Ambas habían cursado sus estudios de primaria en el colegio de las Trinitarias, emplazado en su propio barrio. También se apuntaron al mismo tiempo en la Falla San Roque. Y el año anterior, en el baile dominical de la piscina Las Delicias,  una de las terrazas que estaban en pleno apogeo en Torrent aquel verano de 1956, las dos se habían atrevido a bailar agarrado con un chico. Al ritmo de las melodías del grupo de pop Los Truenos, cuyos componentes eran vecinos de la ciudad. Y Encarna y Amparo se rieron como unas descosidas cuando, solo con mirarse a los ojos, sin articular palabra, descubrieron que estos chicos les habían hecho tilín. A las pocas semanas, ya se habían emparejado y salían a todas partes los cuatro juntos. Ellos eran primos hermanos. Y residían en una casa de dos plantas de la calle Toledo. La pareja de Encarna se llamaba Paco y la pareja de Amparo, Adrián. Con la llegada del otoño y el invierno, los domingos solían ir al cine Cervantes o al Salón Parroquial. Pero si no les atraía ninguna película de la cartelera, se pasaban la tarde paseando arriba y abajo la avenida de los Mártires; de la Plaza Obispo Benlloch, conocida popularmente como la plaza de los tranvías, a la Fuente de las Ranas y de la Fuente de las Ranas a la Plaza Obispo Benlloch. Y algunas veces se aventuraban a pasear cogidos de la mano, aunque ellas siempre prestas a soltarse si avistaban algún familiar. Antes de esto, Encarna y Amparo esperaban a sus ‘novios’ junto a la puerta de Ca Lluïset, una cafetería situada en la Plaza del Caudillo, frente a la histórica Torre, donde ellos gustaban de acudir los fines de semana después de la comida para echar unas partidas al truc o al dominó. El segundo domingo de marzo, al salir del Salón Parroquial de ver una de vaqueros y otra de amor, con los acostumbrados cortes del celuloide cada vez que tocaba la escena del apasionado beso, el cuarteto se dispuso a realizar planes para las inminentes veladas falleras. Y acordaron que se repartirían las noches entre los bailes programados por la comisión de ellas, San Roque, y la comisión de ellos, Toledo.   

 

A la misma hora, en la rectoría de la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, el párroco don José sostenía una charla con don Arturo, el alcalde. Se diría mejor un soliloquio. La fámula del clérigo había dispuesto sobre una mesa baja de la sala de estar una bandeja plateada con sendas jícaras de chocolate bien espeso y unos dulces de convento con los que don José tentaba a la autoridad municipal siempre que se reunían en la casa parroquial. El sacerdote lo había citado en esta ocasión para tratar el asunto de los festejos falleros. El alcalde asintió con la cabeza, de la que descollaban unos carrillos inflados, en seguida que oyó decir a don José: “No creo que haga falta recordarte que nos encontramos en tiempo de Cuaresma. El miércoles de ceniza ha sido este pasado 6 de marzo”. Después, sin regatear una mueca de regocijo, vista la revalidada glotonería del alcalde, el párroco prosiguió: “También doy por descontado, Arturo, que eres ampliamente conocedor de la postura de la Iglesia ante los bailes modernos; esos bailes en los que hombres y mujeres se arriman en demasía. La Iglesia considera que son contrarios a la pureza moral. ¡Y muy peligrosos para la juventud!” –recalcó de tal forma esta última frase el cura, que provocó que el alcalde se atragantase con un pedazo grande de dulce generosamente bañado en chocolate. Al día siguiente, don Arturo, sentado a la mesa de su despacho en el ayuntamiento, le dictó una breve carta a su secretaria. Sus destinatarios eran el presidente de la Falla Toledo y la Junta Local Fallera, flamante organismo creado ese mismo año de 1957. El  alcalde les notificaba que había tomado la firme decisión de prohibir el baile durante las fiestas falleras, puesto que coincidían con el periodo de Cuaresma y no quería, claro está, incomodar a la jerarquía eclesiástica. Nadie ignoraba el gran peso e influencia que poseía don José dentro del régimen franquista. 

 

A partir de la plantà, las noches transcurrían terriblemente aburridas. La prohibición de los bailes había perturbado el ambiente expansivo y jovial de las veladas falleras. Encarna y Amparo no guardaban memoria de unas fiestas tan tediosas y anodinas. Y para más inri, se lamentaban Paco y Adrián, los  bares también permanecían cerrados por orden gubernativa. La noche del 18 de marzo, víspera de San José, no arrancó de manera distinta a las noches precedentes. Las dos chicas y los dos chicos, con escaso entusiasmo y mucha resignación, iniciaron el habitual recorrido por las seis fallas plantadas en Torrent: San Roque, Plaza del Caudillo, Toledo, Poble Nou, Avenida de los Mártires y Ramón y Cajal. Sin embargo, a punto de alcanzar la rotonda de la plaza de los tranvías, observaron a una muchedumbre que se dirigía hacia allí promoviendo una excesiva algarabía y gritando a pleno pulmón: “Anem a tombar les falles!”. Adrián se acercó a un hombre entrado en la cincuentena, que chillaba con tanto ahínco que las venas del cuello se le hinchaban con grave riesgo de reventar, y le preguntó: “¿Qué ocurre?”. El tipo, con ojos inyectados en sangre y blandiendo a modo de estandarte el brazo rajado de un ninot, le dijo: “Han visto esta noche al alcalde  bailando con su mujer en un parador de Valencia. Él, que ha decretado la prohibición de los bailes en Torrent…”. Interrumpiéndolo, un joven rollizo que estaba a su lado exclamó: “Si serà roí, el malparit!”.  “…De modo que los falleros nos hemos conjurado para destruir nuestras propias fallas” –remató el primero su respuesta. Pero no tardaron en sonar las sirenas de los vehículos de la Guardia Civil. Un extraordinario contingente comenzó a descender de los Land Rover de color verde. Venía aleccionado a sofocar la revuelta fallera sin ningún tipo de reparos ni contemplaciones. De improviso, se produjo un apagón total en la ciudad. En medio de la enorme confusión se oyeron gritos, golpes e incluso disparos al aire. Encarna y Amparo corrieron a refugiarse dentro de un portal que ya empezaba a estar atestado de gente. Apenas se distinguía nada en la oscuridad. Simultáneamente, en el ayuntamiento, el teniente de alcalde, máxima autoridad de la ciudad en ausencia del alcalde, y el comandante de la Guardia Civil valoraban la grave situación. El teniente de alcalde, de nombre Vicente, solicitó al comandante que ordenase a sus fuerzas que localizaran de inmediato a los propietarios de los bares. “Hay que abrirlos. Un par de rondas calmarán sin duda el ánimo encolerizado de los falleros- dijo Vicente. Y así se procedió. Al rato volvió la luz. Entonces se fue restableciendo poco a poco la normalidad en Torrent. A través de los cristales del portal, Encarna y Amparo vieron pasar fugazmente un Land Rover. No obstante tuvieron tiempo de vislumbrar en su interior las figuras mohínas de Paco y Adrián. Se habían producido muchos arrestos indiscriminados. Y los seis monumentos falleros prácticamente desaparecieron. La tombà, que así se conocería este hecho insólito en la historia de las fallas, acarreó a Torrent la prohibición de plantar fallas durante diez años. Los ‘novios’ de Encarna y Amparo precisaron menos tiempo, afortunadamente, en aliviarse de sus contusiones y hematomas. 

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 15 Febrer 2019 11:54

El duelo

Lluís Fuster enfiló la calle Don Juan de Austria de la ciudad de Valencia. Sudoroso y sofocado, la camisa blanca adherida al cuerpo como una segunda piel, y bien visible en la frente el cerco de la badana de su sombrero panamá en cuya cinta llevaba sujeta todavía la tarjeta con la palabra prensa. Pronto accedió a la redacción del diario El Pueblo, donde trabajaba como redactor en la sección de Local. Su jefe, el periodista Félix Azzati, lo había enviado aquella bochornosa mañana de julio de 1903 a cubrir la noticia de un nuevo y violento enfrentamiento entre blasquistas y sorianistas. El movimiento político republicano valenciano denominado blasquismo había surgido en torno a la figura del escritor, periodista y político Vicente Blasco Ibáñez. Un movimiento que ostentaba la hegemonía política en la capital desde 1889 y, por ende,  resultaba victorioso en todas las elecciones. El éxito radicaba en su identificación con la cultura popular y republicana. Pero el donostiarra Rodrigo Soriano, número dos del blasquismo y aspirante a ocupar el lugar del líder, provocaría la escisión del movimiento blasquista a raíz de un artículo suyo, ‘Revolucionarios de entretiempo’, que había aparecido en el propio diario El Pueblo, del que Soriano era su editor y Blasco Ibáñez su fundador y director. Y la corriente política valenciana que lo secundó pasó a llamarse sorianismo. A partir de la ruptura, los acérrimos partidarios de uno y otro se habían lanzado a una alocada escalada de terribles escaramuzas callejeras, saldadas hasta el momento con tres muertos y numerosos heridos. Aún no había acabado Lluís Fuster de encajar la hoja en el rodillo de la máquina de escribir,  dispuesto a plasmar la secuencia de los hechos ocurridos en la Plaza de Emilio Castelar, ante la asustadiza mirada de los concejales asomados al balcón del Ayuntamiento, cuando Félix Azzati a grito pelado reclamó su presencia en el despacho de dirección. Blasco Ibáñez, que ocupaba por Unión Republicana  un escaño en el Congreso de los Diputados, se pasaba prácticamente todo el tiempo en Madrid. Así que a Félix Azzati le tocaba ejercer también las funciones de director de El Pueblo. Lluís Fuster reparó en seguida en el gesto apesadumbrado que exhibía Azzati, quien retorcía entre sus manos un telegrama, como quien exprime una media naranja para sacarle todo el jugo. Azzati no le leyó a Lluís ni una letra del telegrama, sino que se aprestó a decirle que se debía personar a toda prisa en la oficina de administración del periódico para recoger el billete del tren correo con destino a Madrid que partía de la Estación del Norte a primera hora de la noche. “Te tienes que subir inexcusablemente a ese tren”-Azzati imprimió a su voz un tono de dureza para ahuyentar cualquier queja o lamento-. “Tras recoger el billete –prosiguió-, te acercarás a la vivienda de Blasco Ibáñez en la playa de la Malvarrosa, donde una empleada te hará entrega de un estuche. Constituirá el único equipaje que portarás contigo y bajo ninguna circunstancia lo soltarás de la mano. En ningún momento ni lugar”. Y el periodista nacido en Cádiz puso un especial énfasis al pronunciar la palabra lugar, que acompañó de un esclarecedor guiño. “De modo que no te quedes ahí parado como un pasmarote. Lárgate de una vez”–bramó Azzati. Justo en el instante en que Lluís empuñaba el pomo de la puerta del despacho, su jefe de sección y director en funciones de El Pueblo le susurró: “A ver, Fuster, un nimio detalle; un  colaborador de Vicente Blasco Ibáñez te estará esperando en el vestíbulo de la estación de Atocha”. 

 

Lluís Fuster viajaba solo en su compartimento del tren. No llevaba leídas ni veinte páginas de la última novela de Blasco Ibáñez, La catedral, publicada ese mismo año, y ya no pudo sustraerse por más tiempo a la insana curiosidad de descubrir el contenido del estuche de noble madera que parecía revestir una importancia capital. Se palpó la llave, que le colgaba del cuello. Y nada más abrir el estuche y contemplar su interior, Lluís Fuster dio un respingo tan sonoro que él mismo se sobresaltó al oírlo. Tenía a la vista dos artesanales pistolas de chispa, de cañones patinados y las cachas de nogal, y los aperos necesarios para su uso y mantenimiento. De improviso, volvió a resonar en su cabeza la advertencia –aunque él juraría que la expresión le sonó en su momento más bien a una amenaza- proferida por Félix Azzati: “No sueltes el estuche de la mano bajo ninguna circunstancia…”. Y desde entonces Lluís Fuster sostuvo una enconada contienda con sus párpados para que no se le cerrasen. El periodista y político valenciano Luis Morote era la persona que lo aguardaba en el vestíbulo de Atocha. Mientras salían fuera de la estación, Morote no podía disimular el sentimiento de asombro que le producían esos ojos despiertos y resplandecientes que ofrecía Lluís Fuster. Nunca hubiera dicho que el redactor de El Pueblo había pasado la noche en vela. 

 

Era el 13 de julio de 1903. Llovía en Madrid desde el alba. Sin tregua y a cántaros. Lluís Fuster, sentado en el pescante de una berlina tirada por dos caballos, se cubría con un saco de arpillera para no calarse. El conductor de la berlina, en cambio, manejaba diestramente las riendas desentendido por completo del tremendo aguacero que caía. Tres personas ocupaban la caja: Vicente Blasco Ibáñez, Luis Morote y el director del semanario El Evangelio, Ignacio Santillán. Se dirigían a una quinta del barrio de Hortaleza. Era el sitio acordado por Blasco Ibáñez y Rodrigo Soriano para batirse en un duelo con pistolas. El campo de honor. No era el primer desafío para Blasco Ibáñez. Tres años antes se había retado con el director del diario La Correspondencia Militar, Fernández Arias, disputa de la que resultó levemente herido en un muslo. El autor de La barraca y Entre naranjos vestía un impecable traje de algodón con su habitual pañuelo blanco de bolsillo. Se había recortado ligeramente el bigote y su semblante no transmitía ninguna inquietud. Sin embargo, no sucedía así en el caso de sus dos padrinos de duelo. Ignacio Santillán y Luis Morote lucían un aire circunspecto que delataba una innegable ansiedad. Sobre el regazo de Luis descansaba el estuche de noble madera con las dos pistolas de chispa. Entrando en la quinta, Lluís Fuster distinguió a lo lejos el mostacho con puntas hacia arriba que caracterizaba al otro contendiente, Rodrigo Soriano, quien se hacía acompañar igualmente por sus dos representantes. La berlina se detuvo a unos veinte metros de este grupo, y solo se apearon de ella los tres ocupantes de la caja; Lluís Fuster y el conductor permanecieron sentados en el pescante. Al cabo, los duelistas se saludaron cortésmente aunque sin apretón de manos. El íntimo escozor de la querella que les había llevado hasta allí se mantenía muy vivo. Rodrigo Soriano escogió pistola. Luego, él y Blasco Ibáñez comenzaron a caminar en sentido opuesto hasta una distancia de 29 pasos. La torrencial lluvia formaba delante de ellos una tupida cortina de agua que les dificultaba enormemente la visión. Rodrigo Soriano disparó al aire. Vicente Blasco Ibáñez se tomó su tiempo para fijar bien la puntería. Pero erró el disparo.   

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 18 Gener 2019 11:06

El tercer acto

Joan formaba parte de una pequeña compañía de teatro itinerante. Recorría con ella la geografía valenciana. Su repertorio estaba compuesto de clásicos del Siglo de Oro. A Joan le gustaba definirse a sí mismo como un humilde sucesor de los cómicos de la legua; aunque, por suerte, la ley no le obligaba a él a acampar a una legua de la población en la que iba a actuar, triste y penosa circunstancia que sí padecieron los comediantes nómadas durante el Renacimiento español, debido a su mala reputación.

 

La compañía de Joan ponía en escena aquella noche en Torrent, con motivo de las fiestas patronales, la obra de Lope de Vega, Fuenteovejuna. Joan encarnaba a uno de los personajes principales de la pieza, Frondoso, el fiel enamorado de Laurencia. Su actuación recibía invariablemente en todos los pueblos de su ruta una ovación cerrada y prolongada. En cuanto finalizó la representación teatral, accedió al improvisado camerino donde Joan se despojaba de sus ropajes medievales, un viejo amigo suyo, Senén, a quien no veía desde la marcha de este a Madrid, hacía casi un lustro, para cursar la carrera de arquitectura. Necesitaron aguardar a recobrar la calma, una vez desvanecida la emoción y el fuerte impacto por el reencuentro, para dejar de hablarse atropelladamente y dar paso a una inteligible conversación aderezaba de cariñosas palmaditas en la espalda. Senén comenzó a relatarle a Joan que había conocido a Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes y, desde el verano de 1932, él se encargaba junto con otros estudiantes de arquitectura de los montajes escénicos del grupo de teatro universitario La Barraca, fundado por el joven poeta y dramaturgo granadino, gracias al patrocinio del gobierno de la República, fundamentalmente del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Fernando de los Ríos, amigo de Lorca desde la época en que fue su profesor de sociología en la universidad de Granada.

 

Senén decidió prescindir en seguida de la hojarasca biográfica y no tardó en deslumbrar y sorprender a Joan con la buena nueva de la que era portador. La Barraca tenía previsto actuar dentro de dos días en  la ciudad de Valencia, en el marco del III Congreso de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos. Por decisión personal de Lorca, la obra elegida para la ocasión sería Fuenteovejuna. Pero había surgido un doble contratiempo. El actor que daba vida a Frondoso, a raíz de un desgraciado accidente doméstico, se había visto obligado a permanecer en reposo en Madrid. Después, en el vestíbulo de Atocha, se enteraron de que tampoco podía viajar a Valencia su sustituto, aquejado de un repentino ataque de ciática. Así que nada más arribar el elenco actoral y técnico de La Barraca a la Estación del Norte, Lorca entabló contacto con el escritor Max Aub, del que sabía que estaba enfrascado en la creación de otro grupo de teatro universitario ambulante en Valencia, que llevaría por nombre El Búho, y le imploró la urgente recomendación de un actor para interpretar a Frondoso. Max Aub, un par de semanas atrás, había visto representar este papel a Joan en la localidad de Xátiva y, claro, también él se sumó de manera entusiasta a las aclamaciones y el aplauso del público.

 

De golpe y porrazo, Senén abrió un paréntesis en su largo monólogo, sólo para comprobar en las facciones de Joan el efecto que le estaban causando sus palabras. Al cabo, estalló en una estruendosa carcajada, luego se abrazó con ímpetu a Joan y le dijo: “Federico García Lorca te espera mañana a las once en el teatro La Princesa”.  

 

El teatro La Princesa estaba emplazado en la calle Moro Zeit, en el barrio de Velluters. Joan se había presentado allí con tanta antelación que se encontró con las puertas cerradas a cal y canto. De modo que optó por buscar una cafetería donde ocupar el tiempo de espera con un refrescante café con hielo, pues la sensación de bochorno ya empezaba a hacerse sentir a esa hora de la mañana. Se decidió finalmente por un establecimiento que mostraba una conmovedora apariencia de desamparo, como si se hallara extraviado en aquel dédalo urbanístico. Joan se sentó a una mesa agazapada detrás de una gruesa columna.

 

De inmediato, un guirigay de voces acompañado de un fastidioso y rudo taconeo captó su atención. Ladeó un poco la cabeza hacia abajo para salvar el obstáculo de la columna y pudo observar las siluetas de varios jóvenes que se recortaban en el contraluz de la puerta de entrada. Pronto descubrió que todos ellos vestían la camisa azul de la Falange, con el yugo y las flechas en rojo sobre el corazón. El que andaba más rezagado ni siquiera procuraba disimular el objeto metálico que sobresalía de la correa de su pantalón: la culata de una pistola. Joan, instintivamente, se pegó aún más a la columna para ponerse a resguardo de las torvas miradas de los jóvenes falangistas. Estos comenzaron a hablar sin disimulo, seguramente ajenos a la cercana presencia de Joan, separado de ellos por el ancho elemento arquitectónico. Entonces, Joan distinguió un perceptible chasquido de dedos a la par que alguien confesaba: “Al poeta socialista, masón y homosexual le daremos matarile mañana en el teatro, entre bambalinas, durante la representación de Fuenteovejuna”. Y otro del grupo, la voz grave y aguardentosa, añadió: “Senén me dijo anoche que hemos tenido un golpe de fortuna, lo que va a propiciar que dispongamos del chivo expiatorio perfecto: el nuevo actor que se pondrá en la piel del personaje de Frondoso, un simpatizante comunista y, como Lorca, al parecer también homosexual. Creo que me mencionó su nombre… Ah, sí, Joan”.

 

A estas alturas de la conversación de los desalmados falangistas, el rostro anguloso de Joan ya se había mimetizado con la palidez del mármol de su velador y el miedo se le desbordaba por la comisura de sus ojos. “Así que en esto consiste el plan, en que la investigación policial concluya que el móvil del crimen ha sido pasional… Una riña de maricas, ja,ja,ja…”,  remachó un tercero. En ese mismo momento, y solapando la risotada de su camarada, el de la voz aguardentosa exclamó: “Mirad, aquí llega Senén”. Y sus acompañantes celebraron la noticia tamborileando con los dedos la marmórea superficie de la mesa. Senén apareció en la cafetería enfundado en el mono azul característico de los integrantes de La Barraca. De pronto se detuvo, fijando su mirada en la gruesa columna: “Joan, ¿qué haces tú aquí?, ¿no tenías que estar reunido ya con Federico García Lorca? Apenas unos segundos más tarde, se oyó una detonación. Seguidamente, un estrépito de sillas chocando contra el suelo. La cafetería se vació en un santiamén. El horrorizado dueño del local se acercó apresuradamente al cuerpo moribundo de Joan, cubierto el torso de sangre. Y vio que movía tenuemente los labios. Joan recitaba, con un hilillo de voz, el parlamento final de Frondoso: “Su majestad habla, en fin, / como quien tanto ha acertado. / Y aquí, discreto senado, / Fuenteovejuna da fin.” 

 

 

Enrique S. Cardesín

 

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 16 Novembre 2018 10:48

La visita de Sara

Unos vándalos se desplegaron como una exhalación por las instalaciones de la fábrica de hielo Nicolás Andreu Mora, que estaba situada en la calle Cervantes, cerca de la estación del trenet. Vestían monos de trabajo de color negro, ocultaban sus rostros tras máscaras de cartón y empuñaban imponentes hachas. Era la mañana del día 6 de junio de 1957. Sucedió todo tan rápido, que los trabajadores de la fábrica de hielo no tuvieron tiempo a reaccionar. Solo a contemplar, impotentes, la determinación y la ferocidad de unos desconocidos que la emprendieron a hachazos contra los compresores y las cámaras frigoríficas. El resultado de su fechoría, visible, espeluznante y devastador, puso los pelos como escarpias a los testigos: el dueño y los trabajadores de la fábrica. Y regueros de agua helada empezaron a fluir hacia la calle.

Hacía mucho calor esa mañana. La temperatura era más propia de los meses de julio o agosto que de las postrimerías de la primavera. Pepe trabajaba en la redacción de la revista Torre, donde se ocupaba de escribir las reseñas cinematográficas de las películas que se programaban en los cinco cines de Torrent: Cervantes, Gran Cinema Avenida, Montecarlo, Liceo y Salón Parroquial. Dentro de la redacción regía un ambiente sofocante que perlaba las frentes de gotas de sudor. Aun así, don Gregorio, el director de la publicación, se negaba testarudamente a poner en marcha “el albatros”. De esta manera habían bautizado, Pepe y otro redactor –el plantel completo de la revista-, al desvencijado y vetusto ventilador de techo. Y es que el rotor de sus aspas les evocaba el batir de las majestuosas alas de esa ave marina de gran envergadura. Don Gregorio, que se mostraba inflexible ante sus quejas y protestas, repetía cada año la misma cantinela: que el uso del ventilador comenzaba a partir del solsticio de verano. De modo que los programas de mano de la cartelera torrentina, que los exhibidores ya le habían hecho llegar a la redacción, se le quedaban a Pepe adheridos a sus manos húmedas, pegajosas, cual si fueran goma de mascar. En el ínterin, don Gregorio dejó encima de la mesa de Pepe un sobre en el que aparecía escrito su nombre familiar, al tiempo que le pedía disculpas por haberse olvidado de entregárselo ayer, cuando lo recogió del apartado de correos. Pepe rasgó el sobre con una plegadera y extrajo de su interior una tarjeta de invitación y una nota manuscrita, cuya autoría identificó sin lugar a dudas. Era la letra picuda característica de la caligrafía del señor Baviera. El señor Baviera era socio de uno de los tres cines emplazados en la Avenida: el Montecarlo, que en breve cumpliría nueve años desde su apertura. Pepe no se cansaba nunca de admirar la belleza de su fachada, con su torre alta y estrecha, su galería porticada y las tres formidables farolas que colgaban de lo alto de la amplia entrada entoldada. El salón contaba con un novedoso sistema de refrigeración. De ocho a diez barras de hielo se colocaban delante del ventilador instalado en el local y, a través de unos canalones, se expandía la sensación de aire fresco por el patio de butacas. En una sesión se podían consumir entre trescientas cincuenta y cuatrocientas barras de hielo. La nota manuscrita del señor Baviera que Pepe pinzaba con dos dedos, rezaba así: “Querido amigo, prepárate para una extraordinaria noticia, que seguro que te va a llenar de alborozo. Mañana por la tarde viene invitada por mí a nuestra ciudad la popular actriz española Sara Montiel. Vamos a presentarla al público torrentí en el salón del cine Montecarlo. La fábrica Nicolás Andreu Mora me ha garantizado que tiene sus cámaras frigoríficas a rebosar de barras de hielo. Así que tendremos el local refrigerado durante todo el evento. Junto a esta nota te envío tu invitación. Un saludo”.  Pero no fue hasta releer la nota, a renglón seguido de acordarse de la disculpa de su director, cuando Pepe reparó en que el señor Baviera la había escrito el día anterior. Lo que significaba que Sara Montiel se desplazaba a Torrent esa misma tarde. Y abrió unos ojos como platos. Y se puso a dar brincos y a hacer aspavientos, y a corretear de extremo a extremo de la redacción como pollo sin cabeza. Hasta que el rapapolvo de don Gregorio -su cara de esfinge permaneció inalterable pese a la excelente noticia-, lo hizo bajar de la nube en la que Pepe ya se felicitaba por la brillante entrevista a la actriz que habría de publicar en el próximo número de la revista Torre.  

En los cines de la ciudad de Valencia se había estrenado recientemente la película “El último cuplé”, protagonizada por la artista manchega de fama internacional, Sara Montiel. No en vano venía de rodar en Hollywood dos aclamados western, Veracruz, de Robert Aldrich y Yuma, de Samuel Fuller. Y de compartir títulos de crédito nada menos que con Gary Cooper, Burt Lancaster o Charles Bronson. La cinta del director Juan de Orduña estaba cosechando un inmenso éxito de público. Las salas valencianas que la proyectaban agotaban en cada sesión los billetes de la taquilla. No había tertulia de café en la que no se hablase de la escena en la que Sara Montiel cantaba el tango “Fumando espero” arrellanada en un ‘chaise longue’. Desde luego unas imágenes predestinadas a pasar por la fragua del ensueño y a ser grabadas a hierro en la memoria visual de los espectadores. No obstante, la película también había desatado una guerra sin cuartel entre los gerentes de los cines Capitol, Oeste, Coliseum y Lys. Cada uno de ellos quería ser el primero en conseguir que la actriz Sara Montiel estuviera presente físicamente en su sala para que el público valenciano le dispensase un merecido homenaje. De forma que desempolvaron el muestrario de sus malas artes: propagaron bulos, mancillaron reputaciones, reclutaron matones para amedrentar y escarmentar… Si bien la víspera del día 6 de junio de 1957 los cuatro gerentes serían depositarios a la vez de una confidencia: la Saritísima había aceptado la invitación de un empresario de cine torrentí. Enfurruñados y furiosos,  los exhibidores capitalinos acordaron el cese de sus hostilidades y se confabularon para urdir un malévolo plan que diera al traste con la visita de la estrella a Torrent.    

Pero los actos vandálicos en la fábrica de hielo no lograron su infame propósito. Pepe sería notario del aplauso y el cariño que le otorgaron a Sara Montiel sus admiradores durante su sosegado recorrido por una repleta Plaza Mayor. El señor Baviera, urgido por las desdichadas circunstancias, había permutado el salón del cine Montecarlo por la céntrica cafetería ‘Ca Peña’, propiedad de su familia, donde la gloriosa actriz haría alarde de su belleza, gracia y sensualidad, mientras compartía copa y conversación con el selecto grupo de invitados; entre ellos, Pepe, el hechizado redactor de la revista Torre.  

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

 

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 26 Octubre 2018 11:15

El engaño

Nochebuena de 1961. En la tarde de ese día, un comandante de infantería, embutido en ropa de civil, irrumpió con ímpetu castrense en un taller de taxidermia situado en el casco antiguo de Torrent. Cuando el militar acabó su monólogo autoritario, breve y áspero, el taxidermista, la tez cerúlea, opaca la mirada, y los movimientos torpes y lentos, guardó en una vitrina los productos químicos de uso reciente, colgó de una percha el mandil, apagó las luces del taller y aseguró con un grueso candado de acero la persiana metálica que sellaba el establecimiento; entretanto el comandante de infantería, sin disimular su impaciencia, no dejaba de remangarse la gabardina para consultar la hora en su reloj de pulsera. El taxidermista no regresó a su casa para la tradicional cena navideña. A bordo de un avión del Ejército del Aire, ya prevenido en la base aérea de Manises, voló a la capital de Rusia. En la pista del aeropuerto internacional de Moscú, alfombrada de nieve, lo esperaba el embajador español, abrigado con un forro polar y tocado con el típico gorro con orejeras. Juntos se trasladaron en el vehículo oficial de la embajada hasta la Plaza Roja, donde se apearon. Fugazmente y sin estorbar la marcha, el taxidermista tuvo ocasión de extasiarse contemplando las iluminadas y coloridas cúpulas de la catedral de San Basilio y las torres y almenas de la muralla del Kremlin. De inmediato, el embajador y el taxidermista accedieron al mausoleo de Lenin, escoltados por el jefe policial responsable de la custodia del monumento funerario y por el experto embalsamador que cuidaba de la conservación de la momia del líder de la revolución rusa. El embajador cruzó unas palabras en ruso con el experto embalsamador; palabras apenas susurradas, puesto que guardar silencio dentro del mausoleo era de obligado cumplimiento. Sin embargo, el taxidermista cazó al vuelo el nombre de un lugar de sobra conocido por él: Palacio de El Pardo.    

El taxidermista, llamado Vicente, había continuado la tradición familiar. Nada más concluir la enseñanza primaria, y de común acuerdo con su padre, decidió aprender el oficio de disecar animales; el mismo que tuvo su abuelo y el mismo que aún desempeñaba su padre, quien había heredado de su progenitor el taller de la Plaza Mayor. Y pronto el joven taxidermista comenzó a desarrollar unas habilidades innatas, y sus primorosos trabajos cobraron rápidamente fama más allá de la provincia. A la muerte de su padre, Vicente se convirtió en el dueño del taller, e inauguró la etapa de mayor esplendor del negocio. La trastienda se fue poblando de una variada fauna de cadáveres de animales, mayormente mascotas que sus propietarios deseaban seguir conservando en el domicilio; una vez disecadas, claro. Aquel año de 1961, en el Antiguo Convento de Santo Domingo, sede de la Capitanía General de Valencia, el personal militar andaba a esas horas de la tarde ajetreado con los preparativos de la cena de Nochebuena. Pero una inesperada llamada telefónica, efectuada desde la residencia oficial del Jefe del Estado, alteró la monocorde rutina; aunque, en realidad, solo la del despacho del capitán general, ya que este recibió la tajante orden de discreción absoluta. De modo que un comandante de infantería, hombre de su máxima confianza, vestido de paisano y en su propio coche, dejó atrás la Capitanía General. Poco después, cruzaría el umbral del  taller de Vicente.

El taxidermista, una vez instruido adecuadamente en la técnica de embalsamar, pasó el resto de la noche en una habitación del mastodóntico Hotel Ukraina, que se asomaba a las aguas del río Moscova. El hotel fue construido en el periodo estalinista y era conocido popularmente como uno de los siete rascacielos de Stalin. Al romper el alba, el taxidermista repitió vuelo en el mismo avión de la fuerza aérea española, en sentido inverso, aunque el aparato no tomó tierra en Manises sino que lo hizo en la base aérea de Torrejón de Ardoz. Un automóvil negro con los cristales tintados y sin ningún signo externo que sirviera para identificarlo, lo acabó depositando en la zona de aparcamiento del Palacio de El Pardo. Salió a recibirlo una exigua comitiva formada por varios militares de alta graduación y un civil: el influyente marqués y cardiólogo que llenaba tantas páginas satinadas de las revistas del corazón. Vicente fue conducido sin tardanza a una dependencia del palacio habilitada como sala de curas, y en una cama de hospital, aún manchada de sangre, se topó con el cuerpo inerte, frío y yerto del Caudillo. El taxidermista estuvo en un tris de caerse redondo a causa de la terrible impresión, pero la mano de un militar, que le asió con nervio del brazo, salvó la delicada situación. Una voz sonora, curtida en el ejercicio de dar órdenes a mucha gente, brotó de la boca de un almirante cuyo blanquísimo uniforme refractaba la luz de una lámpara de quirófano, y conminó al taxidermista a que se dejara de tantos remilgos y se aplicase a la tarea de embalsamar el cadáver del Generalísimo. A continuación, Vicente se quedó solo, y al recorrer con la mirada el cuerpo sin vida del jefe del Estado, pudo observar las quemaduras en la cara y en el pecho, como si algún artefacto le hubiera estallado muy cerca. ¡Soberbio trabajo! –le dijo alguien a su espalda-. El taxidermista, al darse la vuelta, se sobresaltó y dio un sonoro respingo. ¡Oh, cómo…, pero… pero si es usted… y está … está vivo!    -balbuceó Vicente a la par que se restregaba los ojos-. No te inquietes, amigo. Que no soy ningún espectro. Sólo soy el doble de ese –dijo un individuo señalando el cuerpo acabado de embalsamar con un gesto de la cabeza-. ¡Maldita sea!, esta facinerosa tropa va a continuar alargando la siniestra dictadura hasta que yo me muera –sentenció el sosias del jefe del Estado, y luego se alejó de allí examinando el aparatoso vendaje que cubría su mano izquierda.

A la mañana siguiente, 26 de diciembre, y a punto de coger el tren expreso de retorno a Valencia, el taxidermista se acercó al quiosco de prensa y echó una ojeada a la primera plana de los diarios nacionales. Todos publicaban la escueta nota de la agencia de noticias EFE: “Su excelencia el jefe del Estado sufre leves heridas en la mano izquierda, como consecuencia de un accidente de caza en los montes del Pardo”. [Se omitía que su escopeta había explosionado]. Y a Vicente de nuevo le volvió a martillear las sienes la mafiosa amenaza que el almirante profirió a modo de despedida: “¡No habrá piedad para los delatores. Ni para su familia!” 

El 20 de noviembre de 1975, el taxidermista vio en la televisión la capilla ardiente con el cadáver del jefe del Estado. Y no le cupo la menor duda: aquel era el cuerpo que él embalsamó en 1961. De súbito, sintió una punzada de  tristeza al pensar en la suerte que habría corrido el doble del dictador. Y musitó: “Descanse en paz”.  

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 05 Octubre 2018 11:15

Tu lejano recuerdo me viene a buscar*

Desde que recibió el whatsapp, a primera hora de la noche, no había parado de darle vueltas al asunto mientras deambulaba por la sobria habitación del hotel, con la inquietud propia del preso que fatiga la exigua extensión de su celda a la espera del inminente anuncio de la sentencia. Tampoco le dio ni un momento de respiro a su memoria, ya exhausta, como consecuencia del minucioso repaso al concienzudo plan que había puesto en ejecución unas horas antes de la recepción del mensaje telefónico. Si no hubiera leído ese conciso y extraño texto, ahora mismo estaría persuadido de que el desarrollo de su plan había sido intachable, sin ningún cabo suelto. ¡Pura perfección! Por el contrario, el whatsapp había conseguido hacer tambalear aquella convicción que le había acompañado durante la travesía en vaporetto de regreso a su hotel monástico. Un vaporetto al que se subió después de abandonar un suntuoso edificio y arrojar sus guantes al interior de una góndola amarrada a un noray del cercano embarcadero de la laguna. 

 Llevaba en Venecia poco más de un día. Estaba alojado en un antiguo convento reconvertido en hotel, próximo al barrio judío. Como disponía de algo de tiempo antes de realizar el trabajo que le había traído a la capital de la región véneta, decidió conocer la ciudad como otro turista más. Eso sí, buscaba los sitios de mayor afluencia de visitantes para pasar completamente desapercibido. Era una estricta norma de conducta suya, que cumplía a rajatabla en todas sus misiones: exponerse lo justo. No hubiera alguien dotado de ojo clínico que pudiera recordar su presencia al examinar las hojas de esos álbumes fotográficos que tanto gustan de coleccionar a los cuerpos policiales como los carabinieri. Hizo fotografías con la cámara de su smartphone desde el pórtico y los arcos del Puente Rialto, disfrutando de las vistas del Gran Canal, cuyas aguas agitaban toda clase de embarcaciones. De pronto, advirtió que una mujer, de ojos claros y larga cabellera rubia, lo miraba fijamente desde el asiento rojo de una góndola, cosa que le causó una ligera desazón; si bien esa pesadumbre se desvaneció tan rápido como las pompas de jabón que un niño hacía asomado al pretil del puente. Al cabo se incorporó a un nutrido grupo de alemanes que no perdían de vista al guía que levantaba en el aire un paraguas cerrado de color granate chillón, y caminando en comandita por calles serpenteantes y de poca anchura, desembocó junto a ellos en una abarrotada Piazza San Marco, en la que se erigía majestuoso y rígido el Campanile, con sus cinco campanudos vigías en lo alto. El guía primero situó al grupo frente a la fachada occidental de la bizantina basílica, y después comenzó a dar sus pormenorizadas explicaciones sobre el soberbio mosaico que la adornaba, de modo que él aprovechó la ocasión para alejarse con discreción del grupo, aunque aún pudo percatarse de la aviesa mirada que le echó de soslayo el malhumorado guía. Enfiló hacia el Caffè Florian, famoso por ser el primer café de Europa, donde tomó asiento en una de las mesas de la terraza y se entretuvo un buen rato contemplando el bullicio de la plaza en tanto que degustaba un spritz, la bebida típica veneciana. De repente chocó contra su mesa la mujer de ojos claros y larga cabellera rubia. Tras decir ella “I am sorry”, los dos se sostuvieron la mirada un instante que pareció eterno. Luego, la mujer desapareció por el fondo del local. Como ya faltaba poco para ponerse manos a la obra, él regresó al hotel remontando a pie sucesivos y variados canales. Y le resultó muy curioso el hecho de que las bolsas con la basura colgasen de las puertas de las casas. 

Un coleccionista de arte torrentí le había adelantado una cuantiosa suma de dinero -y quedó pendiente de desembolsarle otra cantidad similar a la entrega del codiciado objeto-, para que se desplazara al Palacio Ducal de Venecia. Allí se había inaugurado una exposición temporal con cuadros procedentes de la Hispanic Society of America, con sede en Nueva York. El coleccionista de arte sólo estaba interesado en uno de ellos, que había visto en el catálogo publicado de la exposición: el retrato de un varón vestido con el típico traje torrentí que esgrimía en una mano la vara de mando de alcalde. Era obra del pintor granadino José López Mezquita, y llevaba por título The Major of Torrente (1929). Fue un encargo del señor Huntington, fundador de la Hispanic Society, y el retrato correspondía a una serie de caracterizaciones de tipos valencianos. José López Mezquita lo pintó en Torrent. La ejecución del robo le salió a él a pedir de boca. Neutralizó las sofisticadas alarmas. Doblegó la resistencia de las cerraduras de alta seguridad. Cegó las cámaras de vigilancia. Descolgó el cuadro de la pared y extrajo el lienzo del marco, que enfundó en su mochila. Finalmente, salió del Palacio Ducal y arrojó sus guantes al interior de una góndola que le pilló de paso en su vuelta en vaporetto al hotel. En ese mismo momento, una mujer surgía de las sombras de los soportales y atravesaba la Piazza San Marco en dirección al embarcadero. Más tarde, al salir él de la ducha, oyó el sonido característico de un mensaje de whatsapp. Se sentó al borde de la cama y cogió el teléfono, que reposaba en la mesita de noche. Observó la pantalla. Una foto identificaba a su remitente. Y la sorpresa lo catapultó de la cama como impulsado por un muelle. Era la mujer de ojos claros y larga cabellera rubia. Él leyó el texto: “Do you want to have a drink in the hotel bar? Bring the picture, of course”. Y tradujo en un susurro: “¿Quiere tomar una copa en el bar del hotel? Traiga el cuadro, por supuesto”. 

Al año siguiente se volvieron a reunir los dos en Venecia. Pero en esta ocasión se alojaron juntos en el mismo hotel. La mujer era la jefa de seguridad del museo de la Hispanic Society of America. Por mediación de ella él fue contratado como responsable de prevención de robos en el Guggenheim de Nueva York. El coleccionista torrentí no fue denunciado pero tampoco recuperó el dinero adelantado para el robo. Con este dinero la pareja se compró un pequeño apartamento en el SoHo de Manhattan. Después de unos días en Venecia, ambos se trasladaron a Torrent para que ella cerrase los flecos del evento cultural más importante en años. Por primera vez se expondría en nuestra ciudad, concretamente en el Emat, el cuadro The Major of Torrente (1929). 

 

(*) Letra de la canción Venecia sin ti, de Charles Aznavour

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 21 Setembre 2018 11:28

En la ciudad roja

—Salam aleikum.  [La paz sea contigo]

—Aleikum salam.

Mohamed entrecruzó saludos con el dueño de la cafetería que frecuentaba en la calle Nicolás Andreu y luego ocupó una de las mesas emplazadas en la terraza del local. Pidió lo de costumbre: un té de menta. Mohamed ya llevaba algunos años residiendo en Torrent. Era natural de Marrakech, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, junto a Fez, Mequinez y Rabat. Allí había sido maestro de una escuela primaria, donde enseñaba el amazigh (lengua bereber).  Y muchas tardes, cuando el ocaso le arrancaba irisados destellos al minarete de la Koutoubia, acudía a la cercana plaza Jmaa el-Fna, incomparable marco urbano de las tradiciones culturales populares marroquíes, y relataba viejas leyendas ante un nutrido y heterogéneo público que se sentaba en círculo sobre el suelo de mosaico, a escasa distancia de un encantador de serpientes y de las cabriolas de un mono amaestrado con el que se fotografiaban los turistas por unos pocos dírhams. Mohamed se desprendió de la mochilla que llevaba sobre un hombro -no le gustaba cargarla a la espalda-, extrajo un libro y una libreta moleskine de su interior, y después la colgó del respaldo de la silla. Mientras Mohamed realizaba esta última acción, se dirigió hacia su mesa otro cliente habitual del café, que hasta ese momento había permanecido acodado en la barra. Este se llamaba Ibrahim y era originario de Fez. Saludó a Mohamed de una manera informal y se sentó a su lado. Por edad, hubiera pasado sin duda por hijo de Mohamed. Antes de venirse a España, Ibrahim ejerció durante un breve tiempo de guía turístico en la medina Fez el-Bali (antiguo Fez), que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981, aunque antes anduvo de aprendiz en una curtiduría de la medina, soportando el hedor de los excrementos de paloma que se empleaban para fijar el color de las pieles. Siempre que Ibrahim evocaba la medina Fez el-Bali insuflaba en el ánimo de sus oyentes el deseo vehemente de conocer ese laberinto de calles estrechas trufadas de comercios de todos los gremios que abarcaba una extensión que parecía no tener fin; de ese abigarrado espacio de colores, olores y sensaciones que saturaban placenteramente los sentidos; y de ese intrincado lugar en el que hasta el más osado forastero acababa desorientándose y perdiéndose sin remedio, como en épocas pretéritas se extraviaban los ejércitos invasores de la ciudad y quedaban fatalmente a merced de los habitantes que la defendían. Ibrahim tomó el libro de Mohamed en sus manos y lo abrió por la hoja que seguía a la portada, y se demoró leyendo la dedicatoria: “Para Mohamed por sus extraordinarias narraciones orales que tanto me han servido de inspiración. Un abrazo. Juan Goytisolo”. Ibrahim, antes de devolver el libro a la mesa, se fijó de nuevo en el título, “Señas de identidad”, y esbozó una amplia sonrisa, como si tensase la cuerda de un arco. Porque sabía lo que iba a ocurrir a continuación. Sabía que Mohamed, nostálgico de su pasado de cuentacuentos, se dispondría a contarle los pormenores de su entrañable amistad con el escritor español nacido en Barcelona en 1931. Pero Ibrahim también tenía otra certeza: que no rechistaría ni un ápice pese a haber oído tantas veces esa misma historia. Y no lo haría, desde luego, porque disfrutaba mucho de la compañía del maestro y de sus portentosas capacidades como narrador oral.

  «Un día de hace veinticinco o treinta años –comenzó Mohamed su relato-, entré en una librería del barrio de Guéliz y estuve curioseando entre sus anaqueles. Al cabo de un rato captó poderosamente mi atención una novela cuyo título estaba escrito en español. Aunque la novela no me atrajo porque estuviese escrita en ese idioma, lo cual, por otra parte,  no era nada raro, puesto que se encontraba en la sección de Literatura Española, sino por la fotografía del autor que aparecía en la contraportada. La observé con detenimiento y morosidad, y en seguida una mueca de estupefacción se asomó a mi rostro. Yo estaba seguro de que conocía a esa persona. Los rasgos de su cara me resultaban familiares. Hice memoria, y no tardé en visualizar mentalmente el rostro del europeo que escuchaba con reconcentrada atención mis relatos sentado en cuclillas sobre las losas de la plaza Jmaa el-Fna. Pagué el libro y salí de la librería. Por la noche, cuando terminé de narrar una leyenda que hincaba sus raíces en una aldea de la cordillera del Atlas, decidí acercarme al Café de France, que está situado en uno de los vértices de la triangular plaza Jmaa el-Fna, a tiro de piedra de la entrada al zoco. Yo conocía el hábito del europeo de acomodarse en la terraza del Café de France en cuanto se disolvía el círculo de mis espectadores. Sujeta por el brazo a mi costado portaba su novela, “Señas de identidad”. Al verme él, alzó una mano y me señaló con el mentón la silla vacía a su lado. No hicieron falta las presentaciones. El escritor español me dedicó su libro. Después de esa noche, vinieron muchas otras noches de amenas y literarias conversaciones en el Café de France frente a un té de menta. Y así me enteré de que Juan Goytisolo había fijado su residencia en Marrakech, en la ciudad roja…». 

La cartera advirtió que Mohamed estaba pegando la hebra en un café de la calle Nicolás Andreu. Ella llevaba en el carrito con ruedas una carta certificada  para él en la que había anotado la palabra ‘ausente’ después de llamar a  su casa. De modo que, al plantarse ante su mesa, le dijo a Mohamed que  agradeciese su buena fortuna por haberlo encontrado allí, “pues así te vas a evitar la molestia de tener que desplazarte a la estafeta para recoger la carta certificada que llevo para ti”. Cuando Mohamed averiguó que la carta estaba matasellada en Madrid, se le demudó el semblante y un perceptible temblor de sus manos provocó un regular y persistente aleteo del sobre. El aspecto oficial de la carta era la causa de su sobresalto. Ibrahim, que vislumbró en los ojos de Mohamed la geografía del pánico, intentó ahuyentar de su cabeza los malos presagios: “Serán buenas noticias. Ya lo verás”.  

A Mohamed lo condujeron hasta una butaca de las primeras filas. Desde allí gozaba de una óptima visión del atril. Se encontraba en el paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares. Juan Goytisolo había iniciado su discurso tras recoger de manos del rey Felipe VI el galardón como Premio Cervantes 2014.  Aparte de dos sobrinos del escritor, solamente Mohamed había asistido la víspera a la cena privada con Juan Goytisolo en un lujoso restaurante del centro de Madrid. El autor de “Reivindicación del conde don Julián”, a la hora de los postres, le rogó a Mohamed que les deleitara con una de sus legendarias fábulas.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

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El regidor y Suyin acabaron adentrándose en el barrio antiguo de Shanghái, y el recorrido por el bazar de Yùyuán, en busca de la tienda que regentaba un amigo de la intérprete, Tian, a quien la joven había telefoneado la noche pasada para solicitarle que les ayudase a salir del embrollo, y donde este vendía diferentes modelos de Rólex falsos, se hizo casi interminable, agotador, mareante. Pero, de improviso, un cordón policial les impidió seguir avanzando. Y Suyin volvió a agarrar al regidor del antebrazo y tiró con fuerza de él, impeliéndole a cambiar la dirección de la marcha. Al girar su cabeza, el concejal pudo vislumbrar de refilón la tienda que sellaban tres o cuatro policías, y se horrorizó ante la imagen entrevista: un joven nativo inclinado sobre un mostrador repleto de relojes dorados, el torso y la cabeza bien visibles, porque el resto del cuerpo lo ocultaban los tableros de madera verticales, y un viscoso reguero de sangre se extendía a la altura de su garganta, que mostraba un profundo corte de lado a lado, como el que acostumbran a ejecutar los diestros matarifes en el matadero en las operaciones de degüello. 

Suyin y el concejal de Urbanismo consiguieron recobrar el resuello durante el trayecto de metro entre las estaciones de Yuyuan Garden y Xintiandi, que era la estación más cercana al apartamento de la chica. Pero el rostro del regidor se demudó cuando ella le reveló que uno de los policías que acordonaban la tienda de su amigo Tian era el mismo que reconoció en la matanza del antiguo Palace Hotel. “Uno de los tres pistoleros que asesinaron a sangre fría al magnate”-dijo. De igual forma le provocó sudores fríos al concejal la hipótesis que, a renglón seguido, aventuró Suyin: “Es evidente que la banda de mafiosos conoce de antemano nuestros movimientos y se anticipa a ellos”. Luego, la muchacha se ensimismó, aunque resurgió en seguida formulándole a él una pregunta directa, al tiempo que hundía su mirada en esos ojos del representante municipal a los cuales ya les era imposible sustraerse al espanto: ¿Te has puesto tú en contacto con alguien en las últimas horas? Y al concejal de Urbanismo no le hizo falta meditarlo demasiado: “Sí, he hablado esta noche con el intermediario de la operación que me ha traído hasta Shanghái, un financiero colombiano. Entendía que debía saber lo que le había ocurrido al magnate”. “¿Y le desvelaste alguna cosa más?” –se impacientó ella, aunque pudo refrenar a tiempo un acceso de irritación. El concejal, humillando la cerviz, repuso: “Le conté que nos íbamos a reunir esta mañana con tu amigo Tian en el bazar de Yúyuán”.

Los muebles volcados, los cajones revueltos, los cojines rasgados, los colchones destripados, los armarios vacíos, la ropa desperdigada por las habitaciones; un ciclón no hubiera causado tantos estragos al apartamento de Suyin como la catástrofe que ella y el concejal de Urbanismo contemplaban en esos momentos y que sin lugar a dudas había sido originada por la acción destructora del hombre. Solo una mesita auxiliar permanecía intacta, y en su superficie de metacrilato reposaba un cenicero de recuerdo en el que aún humeaba un cigarrillo, y al lado había una caja de cerillas gentileza del restaurante La Provincia de la ciudad de Medellín. De suerte que el regidor, asaltado por un negro presentimiento, corrió raudo a la habitación que había ocupado la noche anterior. Y pronto corroboró sus malos presagios: la lustrosa cartera de piel había desaparecido y con ella, todos los documentos concernientes a la construcción del mayor centro de ocio de Europa, su pasaporte y el billete de avión de vuelta a España. En cualquier caso, como su organismo ya estaba ahíto de sobresaltos, no pudo ni siquiera concentrar fuerzas para configurar su voz y proferir alguna maldición o lamento. El concejal de Urbanismo había pasado de ese modo a convertirse en un indocumentado en China. Y eso no era lo peor; lo peor, por el momento, pues sabía que todo es siempre susceptible de empeorar, era que una organización criminal, probablemente dedicada al blanqueo de capitales, con conexiones con algún cartel colombiano y con policías corruptos de Shanghái a sueldo, quería darle caza. Entonces el concejal de Urbanismo se acercó a Suyin, enjugó con sus dedos las lágrimas que se deslizaban por el rostro desolado y abatido de la intérprete, le dio un tímido beso en los labios, y le preguntó: “¿Te apetece una taza de té?” Pero la respuesta de Suyin vino a silenciarla el estruendo de los fuegos artificiales que comenzaron a dispararse desde el río Huangpu como acto final de la celebración del Día Nacional de la República Popular China.

FIN

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 12 Gener 2018 11:21

Un hijo en Berlín (4 de 5)

Varios días después, Uwe recibió una carta escrita por el abuelo de Adolfo. En ella, el viejo camarada de Wolfgang le daba las condolencias por la muerte de su padre, y a continuación le hablaba de las cuitas de su hijo Francisco y de su nuera. “No pueden tener hijos. Ninguno de los dos. Los repetidos análisis que les han hecho coinciden en el mismo resultado. Y son concluyentes. Están hundidos. El árbol genealógico se marchita irremediablemente con mi hijo Francisco. Es un golpe duro. Yo me siento tremendamente desolado”. El viejo camarada de Wolfgang se desnudaba emocionalmente en el texto para conmover a su destinatario. Eludía hablar en él de cobrar ninguna deuda. Pero se veía que era un propósito implícito de la cruz a la fecha. 

Uwe, al acabar de leer la carta, desvió su mirada hacia el retrato de su padre, que colgaba de la pared del fondo de la habitación donde tomaba el café en la sobremesa, y exhaló un sonoro suspiro. Su cara comenzó gradualmente a iluminarse, como si un fino polvo que sobrevolara la estancia fuera depositándose en ella y le inoculara una desbordante alegría. Dijo: “Voy a poder cumplir mi promesa, padre”. Y sonrió aviesamente.  

Esa misma noche, convocó en su despacho a la criada y a Esther. Cuando las tuvo delante, se deshizo en atenciones hacia ellas, y les anunció que él se iba a ocupar de todo, siempre y cuando las dos mantuvieran en secreto el embarazo. Dijo que Esther tendría que ocultarse en la buhardilla, y la criada, además de hacer circular la noticia de que ‘su hija’ había abandonado la casa para irse a vivir con su novio, tomaría en su poder las llaves y asumiría la responsabilidad de que ninguna otra persona tuviera acceso a la buhardilla, salvo él. “Pero si alguna de vosotras –miró fijamente a la criada y a Esther, con unos ojos de hielo susceptibles de hacer tiritar a sus oyentes- comenta este asunto con alguien, ahora o en el futuro, aparte de que os echaré a patadas de mi casa, sin consentir que os llevéis otra cosa que lo puesto, no dudaré en complicaros la vida de tal modo que desearéis no haber nacido”.  Ninguna de ellas osó contradecir a Uwe, ni oponer objeción alguna. No obstante, se vio a Esther mordiéndose los labios con saña, y al cabo un hilillo de sangre, como un mínimo pincel, se los fue pintando de rojo. La criada permaneció inmutable todo el rato: la cabeza humillada y los brazos pegados al cuerpo, como si hubiera nacido así: una compacta masa de carne constituida por el tronco y las extremidades superiores.

Cuando Esther salió de cuentas, Uwe ya había prevenido al camarada de su padre y al hijo de este, Francisco –el padre de Adolfo-, quienes aguardaban el alumbramiento en la casa que Uwe Schreck había heredado de su padre, ubicada en el número 58 de Oranienburger Strasse, y que había estado cerrada hasta la caída del muro. Unos días antes, Uwe había depositado en la caja fuerte de su despacho los documentos que acreditaban una adopción legal. Se los había proporcionado un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores, de quien Uwe conocía ciertos secretos inconfesables que al otro no le convenía que decidiera airearlos, puesto que eso entrañaría el final de su carrera política y, peor aún, daría fatalmente con sus huesos en la cárcel.

Esther tuvo un niño, que nació en la misma buhardilla donde la parió a ella su madre, Sara Shabat, aunque eso no lo sabría hasta algún tiempo después. La criada le contaría a Esther la infeliz y triste historia de Sara la primera noche que durmieron a la intemperie. A pesar de que las dos mujeres mantuvieron siempre un hermético silencio, Uwe las echó sin contemplaciones de casa, de la que salieron con el leve peso de un hatillo de ropa vieja, al día siguiente de que Francisco y su padre se llevaran al niño, tras el visto bueno de la enfermera no titulada que asistió al parto. Francisco, de regreso en España con el niño, le dijo a su mujer que habían logrado la adopción gracias al poder y a la influencia de Uwe Schreck, el hijo del antiguo camarada de su padre, Wolfgang Schreck. Le pusieron al niño de nombre Adolfo. Uwe fue su padrino de bautizo. Sería la última vez que este pisaba España. 

 

continuará...

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
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