Divendres, 27 Octubre 2017 09:55

The Major of Torrente (4 de 4. FIN)

 

El chino se llamaba Sang Chi Li. Y a él le gustó este nombre. También le desveló que en abril pelearía en Valencia contra un púgil apellidado Casanovas.  José López Mezquita también trabó amistad con un granerer. A veces se cruzaba con él de camino al chalet de Vicente. El granerer, de nombre familiar Pep, conducía un carro cargado de palmas que recogía en El Palmar, y siempre que reconocía al pintor soplaba ruidosamente una trompeta que llevaba consigo. José López Mezquita le pidió un día que le hiciera una demostración de su oficio, y el pintor se quedó estupefacto de la habilidad del granerer, que montó una granera en medio de la calle en un pispás, sirviéndose de los pies para tensar el cordel de esparto que ceñía la palma al palo de caña. He aquí los protagonistas principales de esta historia. Pero falta uno. El malo de la película. Un tipo malencarado y facineroso. No exento de muy malas pulgas. Todos sus convecinos lo conocían por el apodo de “el Lladre”. José López Mezquita había dado por concluido un viernes el retrato. De modo que le propuso al abuelo de usted que cocinara el domingo en el chalet una paella de pollastre y conill [en esta ocasión su fonética fue insólitamente aceptable] para sus nuevos amigos: Sangchili y Pep.  “A cargo de mi propia faltriquera”, zanjó el pintor para que no se suscitara ninguna controversia al respecto. En el transcurso de la locuaz sobremesa de ese festivo día, mediada ya la tercera botella de mistela, oyeron unos ruidos extraños procedentes  de la luminosa buhardilla. Solo les dio tiempo a ver cómo el Lladre, a quien conocían de sobra los tres torrentins, ponía pies en polvorosa acarreando en un saco de arpillera el retrato del abuelo de usted. El Lladre sin duda no contaba con la presencia de los dos invitados. Había estado vigilando durante días el chalet y se había cerciorado de que solamente lo ocupaban el abuelo de usted y José López Mezquita. Sangchili salió en seguida corriendo a toda mecha en persecución del manilargo [el conservador jefe sonreía ufano cuando usaba este lenguaje a sabiendas de que era algo trasnochado]. El granerer, en cambio, prefirió primero ir en busca de su serón y proveerse de una de las hoces que empleaba para recortar las palmas hasta darles la genuina forma de campana. El abuelo de usted, mientras tanto, se había quedado en el chalet para atender al pintor que se encontraba al borde de un ataque de nervios. El granerer, cuando alcanzó a Sangchili, certificó pronto la inutilidad de su acción preventiva. Sangchili había noqueado al ladronzuelo de un certero y contundente derechazo al mentón, recuperando el lienzo sin daño aparente alguno. Así que ya ve, gracias a la decisiva actuación de Sangchili y de Pep, el granerer, hoy podemos contemplar en este museo de la Hispanic Society el retrato del abuelo de usted pintado por José López Mezquita: The Major of Torrente>>. 

Cuando nos despedíamos en la puerta, teniendo a la vista las numerosas esculturas que poblaban la plaza de las Bellas Artes, el señor Burke aún conservaba el gesto contrariado y mohíno por mi terca negativa a discutir la posible venta a la Hispanic Society de los bocetos del retrato de mi abuelo paterno. De modo que, para que le sirviera de consuelo, le dije que tendría la ocasión de verlos siempre que gustara si decidía visitar el Museo de Bellas Artes San Pío V de Valencia, a cuya institución pensaba donárselos tras aterrizar en mi tierra. Y otra vez el enérgico apretón me dejó condolida la mano.

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 08 Setembre 2017 11:07

The Major of Torrente (1 de 4)

Era mi primera visita a la ciudad de Nueva York. Así que, como cualquier otro turista de nuevo cuño,  no perdí ripio durante todo el trayecto en taxi desde el aeropuerto John F. Kennedy a mi hotel, el Row NYC,  ubicado en la Octava Avenida, entre las calles 44 y 45, a un paso de Times Square. En mi habitación, la leyenda “OPEN 24 HRS” cubría por entero la pared donde estaba encajada la ancha y cómoda cama. Me di una reparadora ducha. Retrasé mi reloj de pulsera seis horas, pues su plateada esfera de titanio aún lucía la hora de España, y me dispuse a aprovechar el hermoso tiempo que por mor de los husos horarios había podido recobrar. Además, estaba impaciente por reunirme con el conservador jefe del museo de la Hispanic Society of America, con quien había contactado meses atrás por correo electrónico después de mi descubrimiento. Un descubrimiento que sucedió mientras exploraba un desvencijado baúl del desván de la casa veraniega que mi abuelo paterno se hizo construir en El Vedat. En su interior encontré varios bocetos de un retrato suyo, en plano americano o de tres cuartos, en el que aparecía vestido con el típico traje de torrentí y esgrimiendo en una mano la vara de mando de alcalde. Algún tiempo después de ese singular hallazgo, yo visitaría una exposición en el Centre del Carme, dedicada al pintor granadino José López Mezquita. En ella contemplé un cuadro titulado Alcalde de Torrente (The Major of Torrente, 1929). Huelga decir la abracadabrante sorpresa que me llevé al reconocer la figura del retrato. ¡Era mi abuelo paterno! Los bocetos del baúl del desván de su chalet correspondían a ese retrato, al que en la versión definitiva se le había añadido como fondo un mural confeccionado con azulejos de Manises que representaba a San Vicente Mártir, patrón de la ciudad de Valencia. Desde ese día me puse a hacer indagaciones y averigüé que el retrato de mi abuelo había sido un encargo del señor Huntington, fundador de la Hispanic Society, al pintor José López Mezquita, dentro de una serie de caracterizaciones de tipos valencianos. De la misma manera que unos años antes, y también por encargo del propio señor Huntington, el pintor valenciano Joaquín Sorolla ejecutó los catorce lienzos de enormes dimensiones que tituló genéricamente Las regiones de España, y que forman parte asimismo de la colección del museo de la Hispanic Society. 

 

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

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Divendres, 14 Juliol 2017 11:12

El preso de la Torre (2de 2, fin)

A las ocho de la mañana el preso partía de tierras manchegas en un vehículo oficial escoltado por varios guardias civiles. Uno de ellos, antes de que el recluso se aupara al Land Rover de color verde, lo cacheó minuciosamente y le sacó de un bolsillo del pantalón un sobre arrugado y manoseado, y leyó en voz alta el nombre que figuraba en el remite: Josefina. Se lo devolvió de malos modos y dijo: Seguro que es la mujeruca con la que está arrejuntado el quemaconventos éste -y su apostilla arrancó las carcajadas de sus compañeros a la par que celebraban la ocurrencia con extravagantes contorsiones de sus cuerpos.

A punto de arribar a la ciudad de Valencia, el motor del Land Rover comenzó a emitir unos broncos sonidos que presagiaban una inminente avería. El cabo primero, que mostraba en su rostro el gesto característico de quien ha masticado con saña una fruta agria, aceptó a regañadientes la recomendación del conductor de efectuar una parada a fin de que un mecánico le echase cuanto antes un vistazo al vehículo. Y en seguida desdobló sobre la guantera el mapa de carreteras y averiguó que podían detenerse en la población de Torrente, donde existía una construcción conocida popularmente como la Torre que albergaba calabozos para poder ingresar al preso hasta que un mecánico revisase y reparase lo que en su caso hubiera que reparar a fin de reanudar el viaje sin más contratiempos hacia el Reformatorio de Adultos de Alicante, que era su destino final. 

El vehículo transitó por una ancha vía arbolada y con algunas casas residenciales a sus flancos. Y el preso distinguió a través de la lona entreabierta que sellaba la parte posterior del Land Rover el rótulo que lucía un edificio encalado de dos plantas y con balcón enrejado: Gran Cinema Avenida. Al cabo de unos minutos se detuvieron frente a una torre medieval de base cuadrangular  que tenía adheridos unos porches.      

Confinado en un angosto habitáculo, el preso recordó aquellas palabras cervantinas, “en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”, y esbozó una sonrisa tan amplia como las que se colgaban de sus labios cuando pensaba en su bebé Manolillo. Y volvió a leer por innúmera vez la carta de la que no se separaba nunca y en la que su compañera Josefina le contaba que ella y el bebé sólo tenían para comer pan y cebolla. A continuación el  preso extrajo del bolsillo de la camisa el carboncillo que le regalara su amigo Antonio Buero Vallejo a la conclusión del retrato que le hizo cuando coincidieron en la cárcel de Torrijos, en Madrid, y se puso a escribir sobre la pared: “En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba.”

 

FIN

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 24 Febrer 2017 10:47

La memoria de la democracia

Durante días no supimos nada de nuestro ‘amado’ líder. Las autoridades, en realidad el pequeño grupo de personas de su confianza, tomaron las riendas del país. Se cancelaron las visitas protocolarias al extranjero y los encuentros con otros mandatarios de estado. No era una agenda muy apretada. Nuestro presidente había alcanzado el poder tras derrocar a un sangriento dictador, pero en pocos años, y con la aprobación de controvertidas leyes a su favor, se había transformado en otro casi peor para su pueblo. Se desmantelaron libertades, se empobrecieron regiones, se obedecía sin rechistar por miedo a las represalias. Las cárceles se llenaron de presos políticos, como se les llamaba. En realidad, se trataba de personas que en algún momento habían expresado su opinión contraria al régimen o habían querido huir solos o con su familia. Peor suerte corrían quienes quisieron denunciar los atropellos a la democracia, ya fueran periodistas o simples vecinos en tertulias clandestinas, como el hijo de Mamá Rosa, a estos no se les volvía a ver. Ni ella dejó de buscarle ni de llorarle. Tampoco al líder se le vio durante semanas, que fueron meses, corrió el rumor de que estaba enfermo. Más tarde, que a causa de un accidente había perdido la memoria. No se acordaba de quién era, ni quién su mujer, su familia o los ministros que ahora dirigían la nación por él, como él. Nuestro amado líder no recordaba ya las decisiones que había tomado durante décadas, ni las torturas ni la hambruna forzada ni los presos en las cárceles ni la represión de las ideas y de las palabras. Al final, los ministros fueron abriendo el puño, las cosas comenzaron a cambiar lentamente. Se reestableció la democracia que debimos haber disfrutado durante todo ese tiempo. Regresó la felicidad y la alegría a los pueblos y ciudades, fue como comenzar a despertar de una larga pesadilla. Un día, en nuestro barrio, apareció un coche negro del que se bajaron varias personas trajeadas. Una de ellas lo miraba todo con curiosidad, los otros le acompañaban en silencio. Tardamos en reconocerle. Perecía un tipo normal, un turista, hubo quien le saludó afable. Mamá Rosa salió a hablarle con la mirada crispada, los tipos la detuvieron. Después nos gritó que no entendía, le pareció que éramos nosotros los enfermos, no él, que era a nosotros a quienes se nos hubiera borrado la memoria por accidente.

 

Ginés Vera

Publicat en Ginés Vera