La tejería (5 de 9)

Divendres, 08 Juliol 2016 10:51 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 751 vegades

Luego, y en el mismo tono grave y estentóreo, reclamó la presencia de un tal Heriberto. Al cabo, apareció el mismo hombre que el día anterior condujo en carro al maestro desde Ademuz a Sesga. Pedro se volvió a fijar en el muñón de su mano derecha. El alcalde, abriendo exageradamente los brazos, anunció: “Aquí está mi hombre de confianza. En el ayuntamiento y en la tejería. Siempre dispuesto a cumplir todas mis órdenes sin rechistar”. Heriberto, al oír estas palabras, se cuadró militarmente. “A ver, Heriberto, esta mañana te toca hacer de pregonero”, dijo don Manuel, “así que agarra la cornetilla y proclama a los cuatro vientos que ya ha llegado el nuevo maestro y que mañana se abren de nuevo las puertas de la escuela”. Sin embargo, el alcalde hubo de frenar en seco las débiles protestas de Pedro, que había expresado su deseo de iniciar las clases esa misma mañana. 

De vuelta en casa de Felisa, el maestro le dijo a la mujer que no tenía ganas de comer y que prefería subir a su habitación a descansar un poco. Felisa se percató de su mirada turbia y de su voz pastosa y entrecortada.  El alcalde, después de la visita a la tejería, se había llevado al maestro a la fonda, donde estuvieron trasegando unas cuantas frascas de vino. Antes de acostarse, Pedro se cercioró de que la pistola –la misma que recogió la noche pasada en la escuela- seguía en el mismo sitio donde la había escondido. Y acabó sumido en un profundo y pesado sueño. 

El primer día de clase transcurrió anodino, pero sin la machadiana “monotonía de lluvia tras los cristales”. Asistieron a la escuela cerca de veinte alumnos, entre ellos Gustavo, que lo hizo después de acompañar a su madre al lavadero público y ayudarla a tender la ropa. Por la noche, mientras el maestro y el muchacho se encontraban ya sentados a la mesa para cenar, la aparición de Felisa los dejó boquiabiertos. Llevaba un vestido precioso, de predominante color rosa. Los dos hombres la miraban fascinados. Gustavo no recordaba el tiempo que hacía que no veía a su madre tan guapa. El maestro se levantó y, galantemente, ayudó a Felisa a acomodarse en su silla. Los tres se rieron a gusto.

 

Continuará...

 

 

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