Territorio del dolor (1 de 3)

Divendres, 12 Mai 2017 11:22 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 1220 vegades

Salvador Granero y su novia Olga Piles estaban sentados en la terraza del célebre café parisino Les Deux Magots. Salvador hojeaba el libro de Ernest Hemingway, París era una fiesta, que presentaba unas tapas muy ajadas y amarillentas, y ninguna página se salvaba de algún subrayado. Olga, mientras tanto, había desplegado sobre el velador un plano de la ciudad, obsequio del hotel, en el que trazó un círculo verde a la par que dijo, poniendo a prueba la elasticidad de su sonrisa: “Aquí está Shakespeare and Company”. Y Salvador, cuyos ojos se quedaron suspendidos de la sinuosa línea que formaba el libro abierto,  buscó con la mirada el lugar marcado por Olga.  Se terminaron el café au lait, llamaron al garçon, y abonaron la cuenta.

Salvador y Olga enfilaron en seguida el Boulevard Saint-Germain hasta el cruce con la rue Saint-Jacques, y siguiendo por esta calle alcanzaron pronto la librería que mencionaba en su obra el genial escritor de  la Generación Perdida; un establecimiento que se asomaba al río Sena y a la Île de la Cité, en donde, imaginariamente, se agrandaba la sombra de Claude Frollo mientras caía al vacío desde la torre de la catedral de Notre-Dame, arrojado por Quasimodo.

Antes de traspasar la puerta de la librería, los dos se hicieron una fotografía con la fachada y las cariátides de la fuente pública de fondo, y luego examinaron las pilas de libros que se exhibían en los baldes instalados en el exterior. Una vez dentro, ascendieron por la empinada y angosta escalera de madera y recorrieron morosamente las estancias de la planta superior, envueltas por la cadencia de las notas que le arrancaba al piano uno de los visitantes. En una pared, aparecía un retrato de Sylvia Beach, la que fuera propietaria de la librería, en su primera ubicación, la de la rue de l´Odéon, entre los años 1919 y 1941.

En la habitación del piano, había varias personas sentadas en un banco, y se las veía subyugadas por la sonata que interpretaba con mucho oficio el ocasional pianista. Una de esas personas era un anciano enteco, de cabello algodonoso y hundidas cuencas, a quien se le demudó el semblante en cuanto advirtió la presencia de Salvador. Desde entonces, no cejó de mirarlo fijamente ni un instante, entre el horror y la inquina. Olga, al reparar en esa circunstancia, extraña, embarazosa y turbadora, agarró del antebrazo a Salvador y lo sacó de allí. Al cabo de un instante, pisaron de nuevo la calle, que les recibió con una lluvia de finas gotas, como si del cielo colgase un cuadro puntillista.

El día de su regreso a casa, decidieron aprovechar las horas que les quedaban en París paseando por los jardines de Luxemburgo. Cuando Olga miraba por el visor de su cámara réflex para fotografiar a Salvador ante el bello estanque, se puso blanca como la cal, y la cámara se le resbaló de las manos, golpeándose bruscamente contra el suelo. Salvador corrió hacia Olga, aunque en un primer momento se quedó inmóvil, paralizadas las piernas por la sorpresa. Ella había atrapado en el encuadre del visor la figura del anciano de la librería, que permanecía sentado en una silla, al otro lado del estanque,  y no les quitaba ojo.  De modo que Salvador no perdió ni un segundo en avanzar precipitadamente hacia el tipo que Olga le señalaba con el mentón. Al llegar al lugar, el anciano había desaparecido, pero algo crujió bajo sus pies: un sobre cerrado, voluminoso, y en blanco. Salvador lo recogió y se lo guardó en la mochila, a la espera de poder devolvérselo a su propietario si la fortuna le deparaba la ocasión de que sus caminos se entrecruzasen de nuevo.  Pero su tercer encuentro resultó fatalmente estéril. El cuerpo del anciano pendía de una cuerda colgada de un árbol de los jardines de Luxemburgo, cerca de la salida a la rue Fleurus. 

 

Continuará

Enrique S.Cardesín Fenoll

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