Territorio del dolor (2 de 3)

Divendres, 26 Mai 2017 10:02 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 893 vegades

Salvador era catedrático de Historia Moderna y Contemporánea. Había publicado ya algunos libros acerca de su materia, muy elogiados por la crítica especializada. Por eso pensaba que ya había llegado el momento de materializar la obra que siempre había deseado escribir, aun antes de iniciar sus estudios universitarios: la biografía de su propio padre, Abdón Granero, que combatió en el maquis, formando parte de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, en el 11º Sector, que comandaba Florián García, “Grande”. Su padre, sin embargo,  jamás quiso hablar de su remoto pasado; se negaba tercamente a revivirlo. También le pidió a su hijo que, mientras él viviera, no escribiese nada sobre ese asunto.  Sin dar más explicaciones. Así que las pocas cosas que Salvador sabía de él, referentes a aquel desdichado y trágico tiempo,  se  las  había contado su madre. Algo que acrecentaba todavía más la admiración que el hijo sentía por su padre. Pero, como Abdón había fallecido unos años antes, en un accidente de coche, en el que también murió su mujer, Salvador ya no veía ningún obstáculo para sumergirse de lleno en la investigación de aquellos dramáticos hechos protagonizados por su padre; y luego, claro, plasmarlos en un libro biográfico. 

Olga y Salvador se conocieron en un acto de homenaje a los guerrilleros antifascistas. El padre de ella cayó muerto en el campamento de la guerrilla en Cerro Moreno, provincia de Cuenca, tras ser asaltado por la Guardia Civil. Olga y Salvador coincidieron posteriormente en nuevos homenajes. Lo que les llevó a otro tipo de citas.  Salvador pudo al fin vencer su timidez, que achacaba a la genética, y el destello que irradiaba el anillo de rubíes que ciñó al dedo corazón de ella, en el restaurante El Mosset, se convirtió en la íntima escenografía que dio brillo a su declaración de amor. Un día que Salvador visitó la casa de Olga,  ella le enseñó una fotografía, en tono sepia, en la que su padre aparecía junto a otros guerrilleros. Y Salvador, tras observarla con detenimiento, se quedó estupefacto. Apenas un hilo de voz sostuvo su revelación. Abdón Granero, su padre,  también integraba ese grupo de guerrilleros. Olga, admirada, le confesó a Salvador el extraordinario parecido que guardaba con su padre. “Si no fuera porque sé que la foto es ciertamente antigua,  juraría que sois la misma persona”, añadió. No salía de su asombro. 

Olga no necesitó pensárselo en exceso. Consideraba que el libro que se proponía escribir Salvador no sólo era oportuno en esos momentos, sino necesario para recuperar la memoria de los hombres y mujeres que dieron su vida en su lucha contra la dictadura franquista, tan desigual y encarnizada. Y entonces comenzó a ayudar a Salvador en las arduas labores de investigación y documentación.  Su exaltación corría paralela a la de él. No así la tenacidad; veta inagotable en ella. Una tarde, el descubrimiento que realizaron en un archivo municipal, vetusto y desvencijado, los dejó sumidos en un profundo estado de abatimiento; pero, paradójicamente, también esperanzados ante la posibilidad de haber dado con  la pieza que podría completar el puzle biográfico de Abdón Granero. El documento oficial informaba del asalto, “ejecutado con éxito”, al   campamento   de   la  guerrilla  en  Cerro  Moreno.  En  ese  ‘parte de vicisitudes’,  se narraba que habían sido liquidados todos “los bandoleros de la partida” -entre ellos, Severino Piles, el padre de Olga; constaba la identificación de todos los muertos-; si bien, casi al pie del texto mecanografiado, y bajo la anotación “no comunicar a la prensa”, se corregía dicha información, y se consignaba que “dos de los criminales de la partida habían conseguido sortear el cerco y huir”. Uno era Brian McCoy, un exbrigadista de nacionalidad británica; sin embargo,  el documento no facilitaba ningún dato del otro guerrillero superviviente: una espesa niebla de misterio lo cubría. Olga, después de enjugarse las últimas lágrimas, se abrazó con dulzura a Salvador,  y dijo: “Quizá sea tu padre”. 

Salvador se encontraba bastante desanimado, y aherrojado por un negro pesimismo. Tras varias semanas de pesquisas, aún seguían sin poder descorrer el velo que ocultaba al otro guerrillero que pudo escapar de la matanza. Por así decirlo, no se habían movido de la casilla de salida. De ahí que el haber podido conseguir, días atrás, dar con la pista de Brian McCoy, no le había infundido excesivo entusiasmo. En los archivos del Partido Comunista de España, se registraba que el exbrigadista salió hacia Francia en 1952, en un grupo al mando de Florián García. También averiguaron que Brian no regresó nunca a su país sino que se quedó a vivir en París, y su vida allí estuvo marcada por los sucesivos ingresos en centros psiquiátricos.

 

Continuará

Enrique S.Cardesín Fenoll

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