El preso de la Torre (1 de 2)

Divendres, 30 Juny 2017 11:44 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 703 vegades

Un estrépito de cerrojos que abrían y cerraban sólidas puertas metálicas alertó a los reclusos del Reformatorio de Adultos de Ocaña, en la provincia de Toledo. Aún no eran las seis de la mañana de ese día de principios de verano de 1941. La implacable y trágica rutina de cada madrugada. Por eso los internos se incorporaron de un salto de sus catres y luego se abrazaron a las rejas de sus celdas con la inesperada fuerza que les procuraba la desesperación, también el miedo; o quizá el íntimo deseo de escapar de aquel duro encierro. Se les marcaba la angustia a todos ellos en sus macilentos rostros, como  surcos recién roturados en una tierra de labranza. Al eco de los apresurados pasos de los guardias civiles se añadía en las lucernas una nube de suspiros de alivio cuando los uniformados seguían adelante con su taconeo y el frufrú de sus correajes. Tampoco  me toca esta vez –era el susurro general de los penados que se mantuvieron fieles al legítimo gobierno de la Segunda República mientras se derrumbaban sobre sus lechos bajo el abrumador peso de la tensión vivida. El cabo primero al mando de la benemérita escuadra se detuvo por fin ante una celda, y antes de proferir orden alguna, volvió a releer el último párrafo de la hoja de conducción que esgrimía en la mano derecha: “Se halla vacunado reglamentariamente”. Acto seguido, y señalando con su prominente mentón a la cerradura, requirió al carcelero que abriese la celda. Allí dentro aguardaba, impasible, sereno e inexpresivo, el solitario preso que la ocupaba. Este había sido avisado el día anterior de que su petición escrita de traslado de prisión había sido aceptada y se iba a cumplimentar a primera hora de la mañana siguiente. Era un joven de treinta años, pero su aspecto físico, precozmente avejentado, desmentía esa edad y el cabo primero, nada más verlo, le calculó diez o quince años más como poco. Además, el guardia civil observó, en una punta de la almohada que aún conservaba la leve depresión producida por la cabeza del joven, una especie de florecilla roja, que en realidad eran unas mínimas manchas de sangre. El cabo primero sabía que el preso había pasado no hacía mucho tiempo por la cárcel de Yeserías, en Madrid, para ser atendido de una afección pulmonar. Cuando la comitiva alcanzaba la puerta de salida de la galería, un atronador grito quebró el espeso silencio que envolvía el recinto, como si alguien hubiera desgarrado enérgicamente una sábana para practicarle con una de sus tiras un torniquete en la pierna a un herido que perdía a chorros la sangre. ¡Viva el poeta de la revolución! –se oyó nítidamente.

 

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

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