El preso de la Torre (2de 2, fin)

Divendres, 14 Juliol 2017 11:12 Escrit per  Enrique S.Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 720 vegades

A las ocho de la mañana el preso partía de tierras manchegas en un vehículo oficial escoltado por varios guardias civiles. Uno de ellos, antes de que el recluso se aupara al Land Rover de color verde, lo cacheó minuciosamente y le sacó de un bolsillo del pantalón un sobre arrugado y manoseado, y leyó en voz alta el nombre que figuraba en el remite: Josefina. Se lo devolvió de malos modos y dijo: Seguro que es la mujeruca con la que está arrejuntado el quemaconventos éste -y su apostilla arrancó las carcajadas de sus compañeros a la par que celebraban la ocurrencia con extravagantes contorsiones de sus cuerpos.

A punto de arribar a la ciudad de Valencia, el motor del Land Rover comenzó a emitir unos broncos sonidos que presagiaban una inminente avería. El cabo primero, que mostraba en su rostro el gesto característico de quien ha masticado con saña una fruta agria, aceptó a regañadientes la recomendación del conductor de efectuar una parada a fin de que un mecánico le echase cuanto antes un vistazo al vehículo. Y en seguida desdobló sobre la guantera el mapa de carreteras y averiguó que podían detenerse en la población de Torrente, donde existía una construcción conocida popularmente como la Torre que albergaba calabozos para poder ingresar al preso hasta que un mecánico revisase y reparase lo que en su caso hubiera que reparar a fin de reanudar el viaje sin más contratiempos hacia el Reformatorio de Adultos de Alicante, que era su destino final. 

El vehículo transitó por una ancha vía arbolada y con algunas casas residenciales a sus flancos. Y el preso distinguió a través de la lona entreabierta que sellaba la parte posterior del Land Rover el rótulo que lucía un edificio encalado de dos plantas y con balcón enrejado: Gran Cinema Avenida. Al cabo de unos minutos se detuvieron frente a una torre medieval de base cuadrangular  que tenía adheridos unos porches.      

Confinado en un angosto habitáculo, el preso recordó aquellas palabras cervantinas, “en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”, y esbozó una sonrisa tan amplia como las que se colgaban de sus labios cuando pensaba en su bebé Manolillo. Y volvió a leer por innúmera vez la carta de la que no se separaba nunca y en la que su compañera Josefina le contaba que ella y el bebé sólo tenían para comer pan y cebolla. A continuación el  preso extrajo del bolsillo de la camisa el carboncillo que le regalara su amigo Antonio Buero Vallejo a la conclusión del retrato que le hizo cuando coincidieron en la cárcel de Torrijos, en Madrid, y se puso a escribir sobre la pared: “En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba.”

 

FIN

Enrique S.Cardesín Fenoll

Modificat el Divendres, 14 Juliol 2017 11:21

Deixa un comentari

Assegura't d'omplir la informació requerida marcada amb (*) . No està permés el codi HTML. La teua adreça de correu NO serà publicada.