Un hijo en Berlín (2 de 5)

Divendres, 15 Desembre 2017 11:33 Escrit per  Enrique S.Cardesín Fenoll Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 694 vegades

Wolfgang Schreck era el oficial de las Waffen-SS que el abuelo de Adolfo salvó de una muerte segura. El torniquete que le practicó en la pierna destrozada por una granada de mano cortó la hemorragia, impidiendo que se desangrara. Así se lo aseguró a Wolfgang el cirujano que lo atendió en el hospital de campaña, y quien después se vio obligado a amputarle la pierna izquierda por encima de la rodilla. Desde entonces surgió una relación de amistad inquebrantable entre el abuelo de Adolfo y el soldado alemán. “Tengo una deuda de gratitud tan grande hacia ti -le dijo un día Wolfgang a su antiguo camarada-, que no voy a tener suficiente con una vida para compensarte”.

Wolfgang Schreck se encaprichó de joven de una muchacha judía muy bella, que vivía con su madre viuda en Orianenburger Strasse, en el barrio de Mitte, donde estaban asentados la mayoría de los judíos en el Berlín de antes de la Segunda Guerra Mundial. Tras la llegada al poder de los nacionalsocialistas, se desató la jauría y comenzó la implacable persecución del pueblo judío.  El futuro oficial de las Waffen-SS se las arregló para que unos ‘camisas pardas’, amigos suyos, le despejaran el camino. Estos siniestros personajes se presentaron la noche de los Cristales Rotos en el número 58 de Orianenburger Strasse, mientras Wolfgang y la muchacha judía permanecían en la sala de un cine al otro lado de la ciudad. Al salir a la calle, la pareja se encontró con el estremecedor paisaje urbano: calles cubiertas de vidrios rotos, y los escaparates de las tiendas de propiedad judía hechos añicos. Sara, la chica judía, sufrió un repentino ataque de pánico, y le pidió a Wolfgang que la llevara sin falta a su casa, porque quería comprobar que no le hubiera sucedido ningún percance a su madre. Wolfgang conducía un Mercedes Benz. Su padre era uno de los socios de referencia de la compañía Bayer, y descendiente de una de las familias más ricas de Alemania. Wolfgang y Sara treparon el corto tramo de escalera a grandes zancadas. La puerta del piso apareció desencajada, y con el símbolo nazi pintado en su parte superior, junto a la leyenda “Muerte a los judíos”. La chica se quedó paralizada. No podía controlar el temblor de sus piernas. Se temía lo peor. Wolfgang entró el primero en la casa. Y en seguida descubrió a la madre de Sara. Estaba tumbada en el suelo del salón-comedor, inerte y desnuda, con su cabeza aureolada de sangre. Sin embargo, no se preocupó lo más mínimo en detener a Sara para privarle de la dolorosa visión de esa trágica escena. Y la chica acabó desmayándose. Cuando Sara recobró la consciencia, no acertó a discernir si estaba despierta de verdad o sumida todavía en algún sueño, ya que no reconocía el lugar donde se hallaba. Wolfgang se abrazó con fuerza a ella y le dijo que no se inquietara, porque su seguridad no corría ningún peligro. La había traído a su casa. Y ninguna otra persona de su familia poseía la llave de aquella buhardilla. La estancia donde se encontraban era de su uso exclusivo. Él velaría por ella. Nadie le haría daño. Sara, entonces, se acordó de su madre muerta, y se echó a llorar angustiosamente. Wolfgang, adivinando el pensamiento de la chica, la consoló diciéndole que había llamado anónimamente a la policía para denunciar el terrible crimen. Le mintió. Meses después, Sara dio a luz en la buhardilla; una niña a la que le puso el nombre de Esther. Wolgfang se alistó en las Waffen-SS. La tarde antes de su marcha le dijo a Sara que quería que conservara un excelente recuerdo de su despedida, y se trasladaron ambos a una exquisita cafetería-pastelería situada a poca distancia de Alexander Platz. Él se excusó un momento para ir al baño. Entonces irrumpieron en el local varios miembros de la Gestapo y se llevaron detenida a la chica judía. La niña, Esther, se quedó al cuidado de una criada de la casa, que juró por su vida que nunca desvelaría la verdad. Sara Shabat murió en el campo de exterminio de Treblinka.        

Continuara

Enrique S.Cardesín Fenoll

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