Un hijo en Berlín (4 de 5)

Divendres, 12 Gener 2018 11:21 Escrit per  Enrique S.Cardesín Fenoll Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 216 vegades

Varios días después, Uwe recibió una carta escrita por el abuelo de Adolfo. En ella, el viejo camarada de Wolfgang le daba las condolencias por la muerte de su padre, y a continuación le hablaba de las cuitas de su hijo Francisco y de su nuera. “No pueden tener hijos. Ninguno de los dos. Los repetidos análisis que les han hecho coinciden en el mismo resultado. Y son concluyentes. Están hundidos. El árbol genealógico se marchita irremediablemente con mi hijo Francisco. Es un golpe duro. Yo me siento tremendamente desolado”. El viejo camarada de Wolfgang se desnudaba emocionalmente en el texto para conmover a su destinatario. Eludía hablar en él de cobrar ninguna deuda. Pero se veía que era un propósito implícito de la cruz a la fecha. 

Uwe, al acabar de leer la carta, desvió su mirada hacia el retrato de su padre, que colgaba de la pared del fondo de la habitación donde tomaba el café en la sobremesa, y exhaló un sonoro suspiro. Su cara comenzó gradualmente a iluminarse, como si un fino polvo que sobrevolara la estancia fuera depositándose en ella y le inoculara una desbordante alegría. Dijo: “Voy a poder cumplir mi promesa, padre”. Y sonrió aviesamente.  

Esa misma noche, convocó en su despacho a la criada y a Esther. Cuando las tuvo delante, se deshizo en atenciones hacia ellas, y les anunció que él se iba a ocupar de todo, siempre y cuando las dos mantuvieran en secreto el embarazo. Dijo que Esther tendría que ocultarse en la buhardilla, y la criada, además de hacer circular la noticia de que ‘su hija’ había abandonado la casa para irse a vivir con su novio, tomaría en su poder las llaves y asumiría la responsabilidad de que ninguna otra persona tuviera acceso a la buhardilla, salvo él. “Pero si alguna de vosotras –miró fijamente a la criada y a Esther, con unos ojos de hielo susceptibles de hacer tiritar a sus oyentes- comenta este asunto con alguien, ahora o en el futuro, aparte de que os echaré a patadas de mi casa, sin consentir que os llevéis otra cosa que lo puesto, no dudaré en complicaros la vida de tal modo que desearéis no haber nacido”.  Ninguna de ellas osó contradecir a Uwe, ni oponer objeción alguna. No obstante, se vio a Esther mordiéndose los labios con saña, y al cabo un hilillo de sangre, como un mínimo pincel, se los fue pintando de rojo. La criada permaneció inmutable todo el rato: la cabeza humillada y los brazos pegados al cuerpo, como si hubiera nacido así: una compacta masa de carne constituida por el tronco y las extremidades superiores.

Cuando Esther salió de cuentas, Uwe ya había prevenido al camarada de su padre y al hijo de este, Francisco –el padre de Adolfo-, quienes aguardaban el alumbramiento en la casa que Uwe Schreck había heredado de su padre, ubicada en el número 58 de Oranienburger Strasse, y que había estado cerrada hasta la caída del muro. Unos días antes, Uwe había depositado en la caja fuerte de su despacho los documentos que acreditaban una adopción legal. Se los había proporcionado un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores, de quien Uwe conocía ciertos secretos inconfesables que al otro no le convenía que decidiera airearlos, puesto que eso entrañaría el final de su carrera política y, peor aún, daría fatalmente con sus huesos en la cárcel.

Esther tuvo un niño, que nació en la misma buhardilla donde la parió a ella su madre, Sara Shabat, aunque eso no lo sabría hasta algún tiempo después. La criada le contaría a Esther la infeliz y triste historia de Sara la primera noche que durmieron a la intemperie. A pesar de que las dos mujeres mantuvieron siempre un hermético silencio, Uwe las echó sin contemplaciones de casa, de la que salieron con el leve peso de un hatillo de ropa vieja, al día siguiente de que Francisco y su padre se llevaran al niño, tras el visto bueno de la enfermera no titulada que asistió al parto. Francisco, de regreso en España con el niño, le dijo a su mujer que habían logrado la adopción gracias al poder y a la influencia de Uwe Schreck, el hijo del antiguo camarada de su padre, Wolfgang Schreck. Le pusieron al niño de nombre Adolfo. Uwe fue su padrino de bautizo. Sería la última vez que este pisaba España. 

 

continuará...

Enrique S.Cardesín Fenoll

Deixa un comentari

Assegura't d'omplir la informació requerida marcada amb (*) . No està permés el codi HTML. La teua adreça de correu NO serà publicada.