Un hijo en Berlín (5 de 5. FIN)

Divendres, 26 Gener 2018 11:19 Escrit per  Enrique S.Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 498 vegades

La criada no aguantó ni una semana viviendo en la calle. No murió a causa de ninguna enfermedad. Solo que ya no tenía ganas de vivir. Expiró como un pichón caído del nido. En cambio, Esther albergaba una gran fuerza de voluntad, y de resistencia. No lo achacaba únicamente a su juventud. Pero alejaba de su mente, como si espantara moscas con las manos, cualquier pensamiento que no tuviera que ver con salir adelante, con su mera supervivencia.  Desempeñó muchos trabajos. Pero nunca descendió al barro de aquellos que no antepusieran la salvaguarda de su dignidad y de su decencia. Con el paso de los años, conoció de nuevo la comodidad de un hogar, de su propio hogar: muy humilde, sí, pero suyo, sufragado con el fruto de su esfuerzo, de su inexpugnable empeño. Sin embargo, en su fuero interno sabía que jamás sería feliz mientras que no volviera a reencontrarse con su hijo.   

Adolfo jamás habría creído que un día abrazaría tan efusivamente a su padre, y le daría ese beso tan sonoro en la cara. Pero sucedió la mañana en que Francisco, que sostenía unos papeles en su mano izquierda, le confesó a Adolfo que había enviado su currículo académico a la empresa Bayer en Berlín. “Toma, aquí tienes tu contrato de trabajo” -y Adolfo cogió los documentos con un gesto cargado de sorpresa y emoción a partes iguales. Las llaves de la casa de Oranienburger Strasse las recibió el propio Adolfo el mismo día de su presentación en la sede principal de Bayer en Berlín. Uwe, que heredó el sillón de su padre en el Consejo de Administración de la compañía, había dado órdenes al departamento de recursos humanos para que incluyeran la cláusula de la cesión de la vivienda en el contrato laboral. Sin embargo, no tuvo nada que ver en la progresión de Adolfo en la empresa. Los informes favorables de sus sucesivos jefes bastaron por sí solos para acreditar sus méritos.

Una tarde del verano anterior, Esther, la hija de Sara Shabat, vio a su hermanastro Uwe y al padre de Adolfo sentados a la mesa de una cafetería ubicada en la elegante Kurfürstendamm. A pesar de los años transcurridos, ella no había olvidado la cara de Francisco. Esther aún recordaba, y siempre que lo hacía un agudo pinchazo estremecía su cuerpo, que Francisco fue la maldita persona que se llevó a su hijo de su lado, con el permiso de su hermanastro Uwe, y valiéndose de documentos de adopción falsos. Aquella tarde Esther siguió a Francisco hasta la calle Oranienburger Strasse y lo vio atravesar la puerta del número 58. Unas semanas después, Esther hizo indagaciones sobre el inquilino de esa vivienda, y una vecina, ávida de conversación, le dio detalles del joven español que residía en ella, y también le informó que Adolfo, casualmente –esto lo dijo formando con sus brazos un amplio arco–, buscaba una asistenta. Y así es como Esther consiguió el trabajo en casa de Adolfo… ¡En casa de su hijo! 

Y el plan largamente urdido por ella entró en su fase definitiva. “¿Tendrá mi recobrada felicidad los días contados?” –se preguntó mentalmente Esther, un segundo antes de oírse decir a sí misma, frente al tablero de cuadros blancos y negros donde disputaba una partida de ajedrez con Francisco: “jaque mate”.  Esa misma mañana, cuando el padre de Adolfo daba su acostumbrado paseo por las calles más populares y populosas de Berlín, Esther llamó a un mensajero y le depositó en sus manos una nota para que la entregase en casa de su hermanastro, Uwe Schreck, en la que supuestamente Francisco lo convocaba urgentemente en Oranienburger Strasse. Un hecho inaudito. Porque Uwe jamás había puesto los pies en esa casa. El contenido de la nota era escueto pero alarmante: “Ven, amigo, deprisa. Acaba de ocurrir un espantoso suceso”; y también depositó en las manos del mismo mensajero un paquete con un DVD, donde se había grabado a sí misma narrando su triste y desgraciada vida, para que lo recibiese personalmente Adolfo en su oficina, en unión de una nota de su puño y letra: “Míralo. Es la historia real de tu auténtica madre”. 

Ahora, mientras departía con Francisco, tras guardar en un cajón del mueble aparador el tablero de ajedrez, Esther no perdía de vista la puerta de entrada a la casa. No tardarían en llegar su hijo Adolfo y su hermanastro Uwe Schreck. 

FIN

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

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