Un asunto municipal en Shanghái (3 de 3. FIN)

Divendres, 23 Març 2018 12:10 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 319 vegades

El regidor y Suyin acabaron adentrándose en el barrio antiguo de Shanghái, y el recorrido por el bazar de Yùyuán, en busca de la tienda que regentaba un amigo de la intérprete, Tian, a quien la joven había telefoneado la noche pasada para solicitarle que les ayudase a salir del embrollo, y donde este vendía diferentes modelos de Rólex falsos, se hizo casi interminable, agotador, mareante. Pero, de improviso, un cordón policial les impidió seguir avanzando. Y Suyin volvió a agarrar al regidor del antebrazo y tiró con fuerza de él, impeliéndole a cambiar la dirección de la marcha. Al girar su cabeza, el concejal pudo vislumbrar de refilón la tienda que sellaban tres o cuatro policías, y se horrorizó ante la imagen entrevista: un joven nativo inclinado sobre un mostrador repleto de relojes dorados, el torso y la cabeza bien visibles, porque el resto del cuerpo lo ocultaban los tableros de madera verticales, y un viscoso reguero de sangre se extendía a la altura de su garganta, que mostraba un profundo corte de lado a lado, como el que acostumbran a ejecutar los diestros matarifes en el matadero en las operaciones de degüello. 

Suyin y el concejal de Urbanismo consiguieron recobrar el resuello durante el trayecto de metro entre las estaciones de Yuyuan Garden y Xintiandi, que era la estación más cercana al apartamento de la chica. Pero el rostro del regidor se demudó cuando ella le reveló que uno de los policías que acordonaban la tienda de su amigo Tian era el mismo que reconoció en la matanza del antiguo Palace Hotel. “Uno de los tres pistoleros que asesinaron a sangre fría al magnate”-dijo. De igual forma le provocó sudores fríos al concejal la hipótesis que, a renglón seguido, aventuró Suyin: “Es evidente que la banda de mafiosos conoce de antemano nuestros movimientos y se anticipa a ellos”. Luego, la muchacha se ensimismó, aunque resurgió en seguida formulándole a él una pregunta directa, al tiempo que hundía su mirada en esos ojos del representante municipal a los cuales ya les era imposible sustraerse al espanto: ¿Te has puesto tú en contacto con alguien en las últimas horas? Y al concejal de Urbanismo no le hizo falta meditarlo demasiado: “Sí, he hablado esta noche con el intermediario de la operación que me ha traído hasta Shanghái, un financiero colombiano. Entendía que debía saber lo que le había ocurrido al magnate”. “¿Y le desvelaste alguna cosa más?” –se impacientó ella, aunque pudo refrenar a tiempo un acceso de irritación. El concejal, humillando la cerviz, repuso: “Le conté que nos íbamos a reunir esta mañana con tu amigo Tian en el bazar de Yúyuán”.

Los muebles volcados, los cajones revueltos, los cojines rasgados, los colchones destripados, los armarios vacíos, la ropa desperdigada por las habitaciones; un ciclón no hubiera causado tantos estragos al apartamento de Suyin como la catástrofe que ella y el concejal de Urbanismo contemplaban en esos momentos y que sin lugar a dudas había sido originada por la acción destructora del hombre. Solo una mesita auxiliar permanecía intacta, y en su superficie de metacrilato reposaba un cenicero de recuerdo en el que aún humeaba un cigarrillo, y al lado había una caja de cerillas gentileza del restaurante La Provincia de la ciudad de Medellín. De suerte que el regidor, asaltado por un negro presentimiento, corrió raudo a la habitación que había ocupado la noche anterior. Y pronto corroboró sus malos presagios: la lustrosa cartera de piel había desaparecido y con ella, todos los documentos concernientes a la construcción del mayor centro de ocio de Europa, su pasaporte y el billete de avión de vuelta a España. En cualquier caso, como su organismo ya estaba ahíto de sobresaltos, no pudo ni siquiera concentrar fuerzas para configurar su voz y proferir alguna maldición o lamento. El concejal de Urbanismo había pasado de ese modo a convertirse en un indocumentado en China. Y eso no era lo peor; lo peor, por el momento, pues sabía que todo es siempre susceptible de empeorar, era que una organización criminal, probablemente dedicada al blanqueo de capitales, con conexiones con algún cartel colombiano y con policías corruptos de Shanghái a sueldo, quería darle caza. Entonces el concejal de Urbanismo se acercó a Suyin, enjugó con sus dedos las lágrimas que se deslizaban por el rostro desolado y abatido de la intérprete, le dio un tímido beso en los labios, y le preguntó: “¿Te apetece una taza de té?” Pero la respuesta de Suyin vino a silenciarla el estruendo de los fuegos artificiales que comenzaron a dispararse desde el río Huangpu como acto final de la celebración del Día Nacional de la República Popular China.

FIN

Deixa un comentari

Assegura't d'omplir la informació requerida marcada amb (*) . No està permés el codi HTML. La teua adreça de correu NO serà publicada.