La maestra (1 de 2)

Divendres, 20 abril 2018 11:57 Escrit per  Enrique Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 447 vegades

A las maestras republicanas

 

No hay un solo día que pase que no me acuerde de mi antigua maestra. Si hoy tengo la fortuna de ser un reconocido poeta, todo, absolutamente todo, se lo debo a esa extraordinaria mujer. Ella, en aquellos años oscuros, tristes y peligrosos de la posguerra, me abrió de par en par las ventanas a una literatura por la que la dictadura franquista sentía verdadera repulsión y hacia la que no ocultaba su saña. De hecho, cuando a los fascistas se les presentaba la ocasión de incautarse de ejemplares de esos textos que habían previamente proscrito, los reducían a cenizas tras alzar públicas piras muy celebradas por sus entusiastas partidarios.

Al cabo de varios años de finalizada la contienda civil, provocada por el golpe de estado concienzudamente planificado y ejecutado por los militares sublevados contra el legítimo gobierno de la Segunda República, volví a ver a la mujer que había sido mi maestra durante la enseñanza primaria. Por aquel entonces yo contaba quince años. Y el encuentro casual se produjo un domingo por la tarde, en el Cine Cervantes. Yo había ido a ver la película La fiera de mi niña, dirigida por Howard Hawks e interpretada en sus papeles protagonistas por Katharine Hepburn y Cary Grant. Aún no se habían encendido por completo las luces de la sala, y seguían proyectándose en la pantalla los títulos de crédito del filme, cuando la reconocí. Permanecía sentada en la butaca de madera de una de las esquinas de la última fila. Un pañuelo estampado le cubría la cabeza. Estaba absorta, ensimismada, con la mirada extraviada en algún punto de la luminosa pantalla. Mientras me dirigía hacia ella, con el rostro enardecido por la emoción, comencé a rememorar un terrible suceso acontecido en el aula -y ahora que lo escribo, setenta años después, no atino a acertar qué misterioso engranaje mental pudo desencadenar ese recuerdo que, naturalmente, se me quedó grabado a fuego en la memoria. La maestra nos estaba recitando unos versos del Romancero gitano de Federico García Lorca,  en concreto del poema Muerte de Antoñito el Camborio:

Lo que en otros no envidiaban, / ya lo envidiaban en mí. / Zapatos color corinto, / medallones de marfil… De súbito, la añosa puerta del aula se abrió de golpe y chocó ruidosamente contra un pupitre arrumbado detrás de ella. Lo primero que pudimos ver los colegiales fue una mano blanquecina agarrada del picaporte del lado exterior de la puerta, una blanda mano que sobresalía de la bocamanga de una sotana tan negra como el plumaje de un cuervo. Acto seguido, la reconocible figura del párroco se plantó ante el encerado y se quedó mirando fijamente, con ojos inyectados en sangre, el contorno que había dejado el crucifijo descolgado de la pared. Farfulló algo ininteligible y, a renglón seguido, se encaró con la maestra, a quien le espetó: “Me lo habían dicho, pero no me lo podía creer de usted. Pero ya veo que es verdad. Esto es un sacrilegio que más pronto que tarde tendrán que pagar con creces ustedes dos; su marido, el director del colegio, por dar la orden, y usted, por acatarla”, y abandonó el aula dejando un vago aroma a agua bendita, ya que aún aferraba de forma distraída en su mano un hisopo, y además lo hizo sin acabar de oír el argumento de la maestra acerca de que la República había dado instrucciones precisas al respecto de ese símbolo religioso que presidía las aulas de los colegios públicos, a tenor de la legislación que estaba desarrollando para crear una escuela pública, obligatoria, laica, mixta y de pensamiento libre.

Salimos juntos del cine y yo la acompañé hasta su casa, situada al final de la calle Campoamor. La maestra me invitó a entrar y me ofreció un vaso de leche en un pequeño plato donde también reposaban unos pasteles con exiguo relleno de boniato. Menos mal que el relato de cómo había transcurrido su vida desde la última vez que nos vimos, lo narró ella después de que yo diera buena cuenta de la merienda -la maestra solo ingirió una tacita de café de recuelo-, pues ese nudo que me oprimía la garganta desde sus primeras palabras, no me hubiera permitido de ninguna manera tragar alimento ni líquido alguno. Violeta, que así se llamaba mi maestra, me desveló que varios individuos toscos, vocingleros y malencarados, embutidos en uniformes de falangista, y ocupantes de los tristemente célebres coches de la muerte, irrumpieron una noche en su casa y sacaron a su marido a golpes de la cama y luego lo condujeron, vestido únicamente con el pantalón del pijama, a culatazos y a empellones hasta el vehículo parado en la puerta y con el motor en marcha. Un familiar lejano de la maestra bien relacionado con los jerarcas provinciales de Falange, le diría, algún tiempo más tarde, que a su marido lo habían fusilado contra la tapia trasera del cementerio de Paterna; sin embargo, ella jamás tuvo noticia del lugar exacto de la fosa común donde supuestamente lo enterraron. Por la mañana, casualmente, la maestra y su marido habían oído hablar en la radio al obispo de Salamanca, Pla y Deniel, el cual propugnaba “aniquilar la semilla de Caín”, en velada alusión a los maestros republicanos. De modo que a ella, según me dijo, no le cabía la menor duda de quién les había denunciado (y a mí, al oírle decir eso, se me apareció nítida la imagen de aquel clérigo protagonista de mi flash-back en el Cine Cervantes). Los falangistas, proseguiría Violeta,  también fueron aquella noche en busca de su único hijo, de poco más de veinte años, que había combatido en la guerra con el 5º Regimiento de Milicias Populares, pero el joven, alertado de que su nombre figuraba en las listas que manejaban los encargados de llevar a cabo la vengativa y cruenta represión tras la victoria de las tropas franquistas, hacía semanas que había huido con su máuser al monte y se había unido a los maquis que componían la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. La maestra, desde luego,  tampoco salió bien parada. No solo fue sancionada con la pérdida de empleo y sueldo, sino que menudearon sus visitas al cuartelillo de la Guardia Civil, donde le infligieron severos castigos físicos con el objeto de sonsacarle el paradero de su hijo, aunque los castigos siempre resultaron estériles. “Esta misma mañana -me dijo, al tiempo que se descubría la cabeza-, ha sido mi última visita obligada al cuartelillo”. Y en seguida reparé, horrorizado, que le habían rapado el pelo al cero. “Así que me refugio en el cine, para evadirme de la nefasta y cruel realidad”, remachó su relato.

Continuará...

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