La maestra (2 de 2. FIN)

Divendres, 18 Mai 2018 11:42 Escrit per  Enrique S. Cadesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 327 vegades

Antes de irme de casa de mi antigua maestra, esta me pidió que subiera con ella hasta un altillo de la vivienda, al que se ascendía por una empinada escalera de hormigón. Y de un escondite secreto, extrajo un atadijo de libros que ceñía una cinta de color verde.  Me lo entregó y yo, sujetando el paquete con un leve temblor de manos, leí, en voz queda, el título y el autor del libro que ocupaba la parte de arriba, cuya portada era visible: “Versos y oraciones de caminante”, de León Felipe. Después, eché una rápida ojeada a los lomos de los restantes libros, y advertí que sus autores eran todos ellos republicanos, muertos o en el exilio. Mientras nos abrazábamos calurosamente, bajo el dintel de la puerta y con la calle a la vista, la maestra me susurró al oído: <<“Caracortada”. Así nombró uno de los falangistas a otro de sus camaradas. Es un apodo que no olvidaré en tanto me quede un aliento de vida>>. 

   A partir de ese día, nuestras citas en su casa y las frugales meriendas se repetirían de manera periódica. Yo le retornaba los libros, devorados más que leídos, y ella me abastecía de nuevas obras de los mismos o distintos autores. Recuerdo que nos pasamos toda una tarde de lo más entretenida comentando las impresiones que nos había causado a cada uno la lectura del cuento Cándido, del escritor y filósofo francés Voltaire. Ella, que veía que el aguijón de la poesía me había inoculado una desbordante y arrebatadora pasión, comenzó a animarme a escribir mis propios poemas. Y yo no tardaría en mostrarle mi escueta cosecha lírica. Y aunque ella se divertía adoptando una fingida actitud de sesuda e inflexible crítica, ahora es el momento de poner negro sobre blanco mi eterna gratitud hacia sus certeros análisis. Pues me educó el gusto por la palabra y la imagen.  

Un sábado por la noche mi hermano mayor organizó una timba con sus amigos en casa, aprovechando que nuestros padres se habían marchado a pasar el fin de semana a la Sierra Calderona.  Entre mano y mano de cartas, los jugadores se tomaban un descanso y las copas de coñac se apuraban en un par de tragos. Yo presenciaba la escena desde mi habitación, a través de la puerta entornada. A medida que los efluvios del alcohol y la franca camaradería que reinaba en el ambiente comenzaron a soltarles la lengua y sus conversaciones, aderezadas de vocablos gruesos y soeces, estallaban en cada punto y aparte arrancando una polvareda de enérgicas risotadas y una algarabía incontenible, ya no pude yo postergar por más tiempo la decisión de cerrar mi cuaderno de tapas de hule, en el que intentaba plasmar inútilmente el fruto de mi perezoso estro. Entonces, uno de los amigos de mi hermano, con la mirada vaporosa y la voz entrecortada, se dispuso a declamar párrafos del mitin que pronunció el líder de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, en el Teatro de la Comedia de Madrid el 29 de octubre de 1933. Al finalizar su declamación, los demás se levantaron con torpeza y brusquedad de sus sillas, que derribaron y acabaron esparciendo a patadas por el suelo, y efectuaron de manera sorprendentemente sincronizada el saludo fascista brazo en alto. Espoleado por la nostalgia, mi hermano asumió el relevo de su camarada e inició el relato del día en que se las tuvieron tiesas en la batalla de Teruel contra el Ejército Popular de la República, y un proyectil de mortero explosionó cerca de él y una esquirla le sajó la mejilla dejándole como recuerdo indeleble la cicatriz que lucía en la cara. Otro de sus camaradas, prorrumpiendo en una descomunal carcajada, puso la coda al sucedido narrado por mi hermano mayor: “¡Es nuestro Caracortada! Como el mafioso de la película Scarface”. 

  Un irrefrenable llanto me estorbaba de continuo la terrible confesión que consideré de justicia hacerle al día siguiente a mi maestra en su casa. Yo apoyaba la cabeza sobre su regazo. Ella me acariciaba delicadamente el pelo y se afanaba en consolarme. Pero era en vano. Mis lágrimas manaban como si mis ojos contuvieran un venero inagotable. A mi hermano mayor sus camaradas falangistas le habían puesto el apodo de “Caracortada”. Y yo no podía soportar la sospecha de que él hubiera sido uno de los individuos toscos, vocingleros y malencarados que irrumpieron en casa de mi maestra y se llevaron a la fuerza a su marido, sin escatimarle ningún gratuito sufrimiento, y luego lo fusilaron contra la tapia trasera del cementerio de Paterna. “Mi hermano se merece correr la misma suerte”, dije, y no me sorprendió en absoluto ni el desapego ni la dureza con que pronuncié esa frase, así como tampoco que mis ojos estuvieran repentinamente secos. 

  Dejé de ir por casa de Violeta. Aunque no interrumpí las visitas porque me arrepintiera de mi confesión. No. Claro que no. Sin embargo, mentiría si dijera que no aguardaba con inquietud, temor y espanto el fatal desenlace del ajusticiamiento de mi hermano falangista, “Caracortada”, a manos de la partida del maquis de la que era miembro el hijo de mi maestra.  Siempre que regresaba del instituto cada tarde a mi domicilio escudriñaba desde la distancia si las luces de la vivienda se encontraban todas encendidas en señal de duelo y un tropel de vecinos accedía a ella para velar el cadáver de mi hermano.  

  Después de varios meses, volví a ir al Cine Cervantes. Mi hermano mayor aún seguía vivo. Al terminar la proyección de la película La máscara de hierro, de James Whale, salí apresuradamente de la sala. Pero en el vestíbulo se encontraba mi maestra. Se acercó a mí y me entregó un grueso paquete de libros. “Mi hijo lleva meses combatiendo junto a la Resistencia francesa contra los nazis.  Pero si hubiera seguido en el monte con los maquis, yo nunca le habría contado nada de lo que tú me revelaste. Puedes estar seguro de que mi mayor recompensa será enterarme algún día de que has alcanzado la gloria literaria que sé que te aguarda”. Estas palabras fueron las últimas que le escuché a mi maestra. Murió dos días más tarde. Yo nunca supe que padecía, aun antes de nuestro primer reencuentro, una enfermedad terminal.

 

FIN

Enrique S. Cadesín Fenoll

 

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