El cuaderno de Machado

Divendres, 08 Juny 2018 11:52 Escrit per  Enrique Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 451 vegades

Hace unos días llamé por teléfono al hispanista Ian Gibson. Le dije que quería conocer su autorizada opinión sobre un cuaderno de notas que había llegado a mis manos con textos autógrafos del poeta Antonio Machado. El señor Gibson se deshizo en seguida en disculpas ante la imposibilidad de poder desplazarse a Valencia, pero me emplazó a reunirme con él en un restaurante de Lavapiés, que es el barrio de Madrid donde el también biógrafo de Lorca reside en la actualidad.  Ayer me subí a un AVE. Después, desde la estación de Atocha, puesto que iba algo apurado de tiempo, cogí un taxi que me trasladó hasta la calle de la Encomienda. Ian Gibson ya me esperaba sentado a una mesa del restaurante. 

El hispanista, que se saltó los preámbulos que dan pátina a una primera toma de contacto personal, no se demoró ni un segundo en reclamarme que le mostrara el cuaderno “objeto de nuestra cita”. Nada más empezar a hojearlo, advertí un brillo especial en sus ojos, como si alguien hubiera atizado con un badil invisible las ascuas de sus pupilas. Ian Gibson se detuvo en una página al azar, y recitó quedamente. A medida que lo hacía, se fueron extinguiendo, en el salón del restaurante, el murmullo de las voces de los comensales y el sonido de los cuchillos al rozar con los platos. <<Valencia de finas torres/ y suaves noches, Valencia,/ ¿estaré contigo,/ cuando mirarte no pueda,/ donde crece la arena del campo/ y se aleja la mar de violeta?   

Aunque no hubiera pronunciado palabra alguna, yo habría adivinado, por la expresión risueña de su cara, que el señor Gibson había reconocido esos versos. Pero él se animó: “Son versos del poema titulado ‘Canción’, que Antonio Machado escribió en mayo de 1937, en el pueblo valenciano de Rocafort, donde permaneció alojado entre finales de 1936 y abril de 1938, en una antigua casa tradicional conocida como Villa Amparo”. Y fijando otra vez su atención en el texto manuscrito, Gibson afirmó tajante: “Es la caligrafía de Antonio Machado.  No hay duda de que este cuaderno fue suyo”.

Desde que accedí al restaurante de la calle de la Encomienda y me senté frente a Ian Gibson, estaba temiendo esa pregunta que acabó por verbalizar el hispanista: “¿Cómo ha llegado este cuaderno a sus manos?” Carraspeé. Y, balbuceando ostensiblemente, no tuve mejor idea que interrogar por mi parte a Gibson: “¿Ha visto usted la película Medianoche en París, de Woody Allen?”. Sin embargo, rectifiqué a la velocidad de la luz y opté por no aguardar su respuesta, ya que observé con preocupación que mi juego dialéctico estaba tiñendo su rostro con una mezcla de impaciencia y de enojo. Así que proseguí yo con la génesis del hallazgo del cuaderno. “A ver…, a semejanza del protagonista de esa película, un escritor norteamericano que deambulaba por las calles de París soñando con los felices y bohemios años veinte, yo también fui transportado misteriosamente a tiempos pasados... Una noche, cuando vagaba por la calle de la Paz, me metí a tomar una copa en un local que, durante la guerra civil del 36, era el sitio predilecto de reunión de escritores, periodistas, fotógrafos y corresponsales extranjeros. Me extrañó que estuviera tan concurrido. Y más raro me pareció aún su atmósfera insólitamente cargada de humo. Sobre el velador contiguo al mío, reposaba un periódico. Era El Mercantil Valenciano, y traía en portada la noticia del acto de clausura del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, organizado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Una fotografía mostraba a un orador sobre una tarima instalada en la entonces Plaza de Emilio Castelar. El pie de foto decía: “Antonio Machado leyendo su discurso titulado ‘El poeta y el pueblo’. Por eso no tardé en reconocer a aquel hombre, de amplia frente despejada, “con algo de alcalde republicano y bueno de la ciudad, haciendo versos mentalmente y contando las sílabas por los dedos“(Francisco Umbral), que se encontraba sentado cerca de la puerta. Era Antonio Machado en persona, que escribía de rato en rato en un cuaderno de notas. Los fotógrafos Gerda Taro y Robert Capa charlaban animadamente en la barra.  Ella disparó su Leica para inmortalizar al boxeador de Torrent, Sangchili, que le narraba por enésima vez al artista fallero Regino Mas el desarrollo de su combate, a quince asaltos, con el panameño de color, Panamá Al Brown, también conocido como ‘la araña negra”, en la plaza de toros de Valencia, en la que el púgil valenciano se proclamó campeón de los pesos gallo, en junio de 1935.  De súbito, un horrísono estrépito de sirenas, que vino acompañado de la irrupción en el local de varios tipos que vestían al uso de los milicianos y que vociferaban: “La Legión Cóndor, la Legión Cóndor”, dejó vacío el café. A mí, sin embargo, la sorpresa me atenazó a la silla. Pasados unos minutos, conseguí salir a la calle, y apretaba contra mi pecho el cuaderno de tapas azules que se había olvidado con las prisas Antonio Machado. Nada había cambiado en la ciudad. Fuera del café, seguíamos estando en 2018. Me lo confirmó la enorme pancarta que colgaba de la fachada del edificio de la Fundación Bancaixa en la que se anunciaba la exposición del pintor Ignacio Zuloaga, del 13/04/2018 al 26/08/2018”.   

Ahora permanezco en un calabozo de una comisaría del centro de Madrid. Y se han incautado del cuaderno de notas del poeta Antonio Machado. Dicen que Ian Gibson  ha denunciado que yo se lo había sustraído mientras comíamos en un restaurante del barrio de Lavapiés.  Además, para mayor escarnio, he tenido yo que abonar  la cuenta de los dos.    

 

Enrique S. Cadesín Fenoll

 

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