Mi abuela paró la revolución

Divendres, 20 Juliol 2018 08:57 Escrit per  Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 537 vegades

Mi abuelo materno se quedó ciego. No fue como consecuencia de ningún accidente sino por causas patógenas. Aunque el pronóstico médico, para alivio de la familia, resultó bastante tranquilizador. La ceguera era reversible. Solo que mi abuelo materno necesitaría armarse de paciencia. Pues don Julián, el médico de cabecera, no le ocultó que la duración del tratamiento para recuperar por completo la visión no iba a ser ni mucho menos breve. Con otra dificultad añadida, que tendría que desplazarse a diario a la capital para acudir a la consulta del oftalmólogo en quien debería confiar su curación. Una pesada rutina de ida y vuelta en el trenet que unía Torrent con Valencia. 

Mi abuelo se llamaba José Fenoll Viñes. Trabajaba de albañil. Gracias a la ayuda desinteresada de otros compañeros de profesión, levantó la casa de una planta de la calle Campoamor, que fue su domicilio hasta que un buen día cogió los bártulos y se marchó con su mujer y sus hijos a Tetuán, que en aquel tiempo era la capital del protectorado español de Marruecos, meses antes de la sublevación militar contra el gobierno legítimo de la Segunda República y la posterior y cruenta guerra civil. Una aventura vital a la que mi abuelo no sobreviviría.  

Cuando mi abuelo José se quedó ciego, ya habían nacido sus tres hijos: mis tíos Raimundo y Carmen, y mi madre, Josefina, la pequeña. A su mujer, mi abuela Rosa, todo el vecindario  la conocía no tanto por su nombre de pila como por su apodo, “la Coleta”. Algo que, por otra parte, era una inveterada costumbre en el Torrent de la época. Casi todas las familias arrostraban un apodo: les Morqueres, les Mosquetes, la Traganta… Si a los hermanos mayores de mi madre alguna persona les preguntaba por la calle de quién eran hijos, ellos siempre respondían a vuelapluma: “Somos hijos de la Coleta”. 

Así que la adversidad llamó a la puerta de esa casa de Campoamor coronada por un trenzado de tejas morunas. Y mi abuela Rosa hubo de afrontar una angustiosa, complicada y tremenda situación. Se vio impelida a sacar adelante a sus hijos, sola, porque su marido, inopinadamente, se había quedado ciego. Pero si algún rasgo de la personalidad de mi abuela materna destacaba sobre cualquier otro, ese era, sin la menor duda, la fortaleza de ánimo. También un genio de mil diablos. Mi madre lo sufrió bastante a menudo en su adolescencia y su primera juventud allá en tierras norteafricanas, adonde ella llegó con poco más de tres años. Ese tiempo de Tetuán no fue un tiempo entre costuras, sino entre helados y polvorones, que eran los productos de repostería que, en consonancia con la estación del año, elaboraban mis abuelos en su propio obrador de la calle Mohamed Torres. 

Aquel día del mes de octubre de 1934, mi abuelo José le dijo a su mujer que tenía un mal presentimiento y que sería prudente suspender por algún tiempo las visitas al oftalmólogo de Valencia. Y es que, tras las elecciones de 1933, el político Alejandro Lerroux, fundador del Partido Republicano Radical, lideraba el gobierno de la Segunda República, apoyado en las Cortes por ‘las derechas’ de Gil-Robles, y el ambiente en las calles era cada vez más enrarecido, y menudeaban los episodios de violencia, de agresiones físicas, de daños materiales… Pero mi abuela Rosa, cual Júpiter tronante, zanjó la cuestión con una de sus habituales y rotundas frases: “¡No me vengas con puñetas, home! Ni siquiera una maldita revolución me impediría a mí llevarte a Valencia para seguir con tu tratamiento”. Luego, asió enérgicamente el brazo de su marido y tiró sin muchos miramientos de él hacia fuera de la casa. Mi tía Carmen presenció la escena oculta bajo el asiento de mimbre de una mecedora, sin apenas pestañear. 

Ese mismo día, y alentado desde amplios sectores de la izquierda, dio comienzo en algunas ciudades españolas, también en Valencia, un movimiento huelguístico revolucionario que, pasado el tiempo, sería conocido como la Revolución de Octubre de 1934. Aunque mi abuela Rosa, cuando pronunció su inapelable frase, no podía saber eso: que se había puesto en marcha en España una revolución. 

Al recalar mis abuelos en la estación del trenet, que se encontraba a poca distancia de la calle Campoamor, mi abuela Rosa se abstuvo de hacer ningún comentario sobre el hecho que acababa de conocer: no había circulación de trenes. Los empleados ferroviarios, mayoritariamente afiliados al sindicato UGT, se habían sumado a la huelga. La incipiente revolución ponía de esta manera a prueba la proverbial tenacidad de mi abuela, otro de sus rasgos prominentes. De modo que ella sentó a su marido en un banco con traviesas de madera instalado en el vestíbulo de la estación y, sin llamar a la puerta ni pedir permiso, irrumpió en el despacho del factor de circulación. No estaba solo. Había un nutrido grupo con él. En torno a una mesa, donde se veía arrumbada una máquina de escribir Underwood, consumían viandas y bebidas dos maquinistas, dos revisores, un oficial de taller y el responsable de la taquilla. Al apartado rincón donde aguardaba mi abuelo llegó primero un apagado rumor de voces,  después una discusión que aumentaba de volumen a semejanza de lo que acontece en el clímax de una pieza musical interpretada por una orquesta, y al final estalló tal guirigay, que se hizo imposible entender alguna cosa, si bien mi abuelo se entretuvo todo el rato intentando desenredar la maraña de interjecciones, exclamaciones, palabras gruesas, expresiones ofensivas… De golpe y porrazo, un espeso silencio como una niebla descendiendo sobre un sotobosque cubrió la estancia donde permanecía impasible mi abuelo. Aunque a él, sin embargo,  no le dio tiempo a valorar qué podría estar sucediendo, porque en seguida un grito al alimón rasgó esa gruesa cortina de silencio: “¡Viva la clase obrera!”. Y automáticamente mi abuelo José levantó el puño.

El tren hizo su entrada en la estación término de Jesús, en el sur de la ciudad de Valencia. Del convoy se apearon solamente dos viajeros: mi abuelo José y mi abuela Rosa. Una peripecia que narraría a sus pacientes incontables veces durante su vida el oftalmólogo de la capital.  

 

A Júlia Murillo

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