En la ciudad roja

Divendres, 21 Setembre 2018 11:28 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 447 vegades

—Salam aleikum.  [La paz sea contigo]

—Aleikum salam.

Mohamed entrecruzó saludos con el dueño de la cafetería que frecuentaba en la calle Nicolás Andreu y luego ocupó una de las mesas emplazadas en la terraza del local. Pidió lo de costumbre: un té de menta. Mohamed ya llevaba algunos años residiendo en Torrent. Era natural de Marrakech, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, junto a Fez, Mequinez y Rabat. Allí había sido maestro de una escuela primaria, donde enseñaba el amazigh (lengua bereber).  Y muchas tardes, cuando el ocaso le arrancaba irisados destellos al minarete de la Koutoubia, acudía a la cercana plaza Jmaa el-Fna, incomparable marco urbano de las tradiciones culturales populares marroquíes, y relataba viejas leyendas ante un nutrido y heterogéneo público que se sentaba en círculo sobre el suelo de mosaico, a escasa distancia de un encantador de serpientes y de las cabriolas de un mono amaestrado con el que se fotografiaban los turistas por unos pocos dírhams. Mohamed se desprendió de la mochilla que llevaba sobre un hombro -no le gustaba cargarla a la espalda-, extrajo un libro y una libreta moleskine de su interior, y después la colgó del respaldo de la silla. Mientras Mohamed realizaba esta última acción, se dirigió hacia su mesa otro cliente habitual del café, que hasta ese momento había permanecido acodado en la barra. Este se llamaba Ibrahim y era originario de Fez. Saludó a Mohamed de una manera informal y se sentó a su lado. Por edad, hubiera pasado sin duda por hijo de Mohamed. Antes de venirse a España, Ibrahim ejerció durante un breve tiempo de guía turístico en la medina Fez el-Bali (antiguo Fez), que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981, aunque antes anduvo de aprendiz en una curtiduría de la medina, soportando el hedor de los excrementos de paloma que se empleaban para fijar el color de las pieles. Siempre que Ibrahim evocaba la medina Fez el-Bali insuflaba en el ánimo de sus oyentes el deseo vehemente de conocer ese laberinto de calles estrechas trufadas de comercios de todos los gremios que abarcaba una extensión que parecía no tener fin; de ese abigarrado espacio de colores, olores y sensaciones que saturaban placenteramente los sentidos; y de ese intrincado lugar en el que hasta el más osado forastero acababa desorientándose y perdiéndose sin remedio, como en épocas pretéritas se extraviaban los ejércitos invasores de la ciudad y quedaban fatalmente a merced de los habitantes que la defendían. Ibrahim tomó el libro de Mohamed en sus manos y lo abrió por la hoja que seguía a la portada, y se demoró leyendo la dedicatoria: “Para Mohamed por sus extraordinarias narraciones orales que tanto me han servido de inspiración. Un abrazo. Juan Goytisolo”. Ibrahim, antes de devolver el libro a la mesa, se fijó de nuevo en el título, “Señas de identidad”, y esbozó una amplia sonrisa, como si tensase la cuerda de un arco. Porque sabía lo que iba a ocurrir a continuación. Sabía que Mohamed, nostálgico de su pasado de cuentacuentos, se dispondría a contarle los pormenores de su entrañable amistad con el escritor español nacido en Barcelona en 1931. Pero Ibrahim también tenía otra certeza: que no rechistaría ni un ápice pese a haber oído tantas veces esa misma historia. Y no lo haría, desde luego, porque disfrutaba mucho de la compañía del maestro y de sus portentosas capacidades como narrador oral.

  «Un día de hace veinticinco o treinta años –comenzó Mohamed su relato-, entré en una librería del barrio de Guéliz y estuve curioseando entre sus anaqueles. Al cabo de un rato captó poderosamente mi atención una novela cuyo título estaba escrito en español. Aunque la novela no me atrajo porque estuviese escrita en ese idioma, lo cual, por otra parte,  no era nada raro, puesto que se encontraba en la sección de Literatura Española, sino por la fotografía del autor que aparecía en la contraportada. La observé con detenimiento y morosidad, y en seguida una mueca de estupefacción se asomó a mi rostro. Yo estaba seguro de que conocía a esa persona. Los rasgos de su cara me resultaban familiares. Hice memoria, y no tardé en visualizar mentalmente el rostro del europeo que escuchaba con reconcentrada atención mis relatos sentado en cuclillas sobre las losas de la plaza Jmaa el-Fna. Pagué el libro y salí de la librería. Por la noche, cuando terminé de narrar una leyenda que hincaba sus raíces en una aldea de la cordillera del Atlas, decidí acercarme al Café de France, que está situado en uno de los vértices de la triangular plaza Jmaa el-Fna, a tiro de piedra de la entrada al zoco. Yo conocía el hábito del europeo de acomodarse en la terraza del Café de France en cuanto se disolvía el círculo de mis espectadores. Sujeta por el brazo a mi costado portaba su novela, “Señas de identidad”. Al verme él, alzó una mano y me señaló con el mentón la silla vacía a su lado. No hicieron falta las presentaciones. El escritor español me dedicó su libro. Después de esa noche, vinieron muchas otras noches de amenas y literarias conversaciones en el Café de France frente a un té de menta. Y así me enteré de que Juan Goytisolo había fijado su residencia en Marrakech, en la ciudad roja…». 

La cartera advirtió que Mohamed estaba pegando la hebra en un café de la calle Nicolás Andreu. Ella llevaba en el carrito con ruedas una carta certificada  para él en la que había anotado la palabra ‘ausente’ después de llamar a  su casa. De modo que, al plantarse ante su mesa, le dijo a Mohamed que  agradeciese su buena fortuna por haberlo encontrado allí, “pues así te vas a evitar la molestia de tener que desplazarte a la estafeta para recoger la carta certificada que llevo para ti”. Cuando Mohamed averiguó que la carta estaba matasellada en Madrid, se le demudó el semblante y un perceptible temblor de sus manos provocó un regular y persistente aleteo del sobre. El aspecto oficial de la carta era la causa de su sobresalto. Ibrahim, que vislumbró en los ojos de Mohamed la geografía del pánico, intentó ahuyentar de su cabeza los malos presagios: “Serán buenas noticias. Ya lo verás”.  

A Mohamed lo condujeron hasta una butaca de las primeras filas. Desde allí gozaba de una óptima visión del atril. Se encontraba en el paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares. Juan Goytisolo había iniciado su discurso tras recoger de manos del rey Felipe VI el galardón como Premio Cervantes 2014.  Aparte de dos sobrinos del escritor, solamente Mohamed había asistido la víspera a la cena privada con Juan Goytisolo en un lujoso restaurante del centro de Madrid. El autor de “Reivindicación del conde don Julián”, a la hora de los postres, le rogó a Mohamed que les deleitara con una de sus legendarias fábulas.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Modificat el Dimarts, 25 Setembre 2018 14:10

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