Tu lejano recuerdo me viene a buscar*

Divendres, 05 Octubre 2018 11:15 Escrit per  Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 483 vegades

Desde que recibió el whatsapp, a primera hora de la noche, no había parado de darle vueltas al asunto mientras deambulaba por la sobria habitación del hotel, con la inquietud propia del preso que fatiga la exigua extensión de su celda a la espera del inminente anuncio de la sentencia. Tampoco le dio ni un momento de respiro a su memoria, ya exhausta, como consecuencia del minucioso repaso al concienzudo plan que había puesto en ejecución unas horas antes de la recepción del mensaje telefónico. Si no hubiera leído ese conciso y extraño texto, ahora mismo estaría persuadido de que el desarrollo de su plan había sido intachable, sin ningún cabo suelto. ¡Pura perfección! Por el contrario, el whatsapp había conseguido hacer tambalear aquella convicción que le había acompañado durante la travesía en vaporetto de regreso a su hotel monástico. Un vaporetto al que se subió después de abandonar un suntuoso edificio y arrojar sus guantes al interior de una góndola amarrada a un noray del cercano embarcadero de la laguna. 

 Llevaba en Venecia poco más de un día. Estaba alojado en un antiguo convento reconvertido en hotel, próximo al barrio judío. Como disponía de algo de tiempo antes de realizar el trabajo que le había traído a la capital de la región véneta, decidió conocer la ciudad como otro turista más. Eso sí, buscaba los sitios de mayor afluencia de visitantes para pasar completamente desapercibido. Era una estricta norma de conducta suya, que cumplía a rajatabla en todas sus misiones: exponerse lo justo. No hubiera alguien dotado de ojo clínico que pudiera recordar su presencia al examinar las hojas de esos álbumes fotográficos que tanto gustan de coleccionar a los cuerpos policiales como los carabinieri. Hizo fotografías con la cámara de su smartphone desde el pórtico y los arcos del Puente Rialto, disfrutando de las vistas del Gran Canal, cuyas aguas agitaban toda clase de embarcaciones. De pronto, advirtió que una mujer, de ojos claros y larga cabellera rubia, lo miraba fijamente desde el asiento rojo de una góndola, cosa que le causó una ligera desazón; si bien esa pesadumbre se desvaneció tan rápido como las pompas de jabón que un niño hacía asomado al pretil del puente. Al cabo se incorporó a un nutrido grupo de alemanes que no perdían de vista al guía que levantaba en el aire un paraguas cerrado de color granate chillón, y caminando en comandita por calles serpenteantes y de poca anchura, desembocó junto a ellos en una abarrotada Piazza San Marco, en la que se erigía majestuoso y rígido el Campanile, con sus cinco campanudos vigías en lo alto. El guía primero situó al grupo frente a la fachada occidental de la bizantina basílica, y después comenzó a dar sus pormenorizadas explicaciones sobre el soberbio mosaico que la adornaba, de modo que él aprovechó la ocasión para alejarse con discreción del grupo, aunque aún pudo percatarse de la aviesa mirada que le echó de soslayo el malhumorado guía. Enfiló hacia el Caffè Florian, famoso por ser el primer café de Europa, donde tomó asiento en una de las mesas de la terraza y se entretuvo un buen rato contemplando el bullicio de la plaza en tanto que degustaba un spritz, la bebida típica veneciana. De repente chocó contra su mesa la mujer de ojos claros y larga cabellera rubia. Tras decir ella “I am sorry”, los dos se sostuvieron la mirada un instante que pareció eterno. Luego, la mujer desapareció por el fondo del local. Como ya faltaba poco para ponerse manos a la obra, él regresó al hotel remontando a pie sucesivos y variados canales. Y le resultó muy curioso el hecho de que las bolsas con la basura colgasen de las puertas de las casas. 

Un coleccionista de arte torrentí le había adelantado una cuantiosa suma de dinero -y quedó pendiente de desembolsarle otra cantidad similar a la entrega del codiciado objeto-, para que se desplazara al Palacio Ducal de Venecia. Allí se había inaugurado una exposición temporal con cuadros procedentes de la Hispanic Society of America, con sede en Nueva York. El coleccionista de arte sólo estaba interesado en uno de ellos, que había visto en el catálogo publicado de la exposición: el retrato de un varón vestido con el típico traje torrentí que esgrimía en una mano la vara de mando de alcalde. Era obra del pintor granadino José López Mezquita, y llevaba por título The Major of Torrente (1929). Fue un encargo del señor Huntington, fundador de la Hispanic Society, y el retrato correspondía a una serie de caracterizaciones de tipos valencianos. José López Mezquita lo pintó en Torrent. La ejecución del robo le salió a él a pedir de boca. Neutralizó las sofisticadas alarmas. Doblegó la resistencia de las cerraduras de alta seguridad. Cegó las cámaras de vigilancia. Descolgó el cuadro de la pared y extrajo el lienzo del marco, que enfundó en su mochila. Finalmente, salió del Palacio Ducal y arrojó sus guantes al interior de una góndola que le pilló de paso en su vuelta en vaporetto al hotel. En ese mismo momento, una mujer surgía de las sombras de los soportales y atravesaba la Piazza San Marco en dirección al embarcadero. Más tarde, al salir él de la ducha, oyó el sonido característico de un mensaje de whatsapp. Se sentó al borde de la cama y cogió el teléfono, que reposaba en la mesita de noche. Observó la pantalla. Una foto identificaba a su remitente. Y la sorpresa lo catapultó de la cama como impulsado por un muelle. Era la mujer de ojos claros y larga cabellera rubia. Él leyó el texto: “Do you want to have a drink in the hotel bar? Bring the picture, of course”. Y tradujo en un susurro: “¿Quiere tomar una copa en el bar del hotel? Traiga el cuadro, por supuesto”. 

Al año siguiente se volvieron a reunir los dos en Venecia. Pero en esta ocasión se alojaron juntos en el mismo hotel. La mujer era la jefa de seguridad del museo de la Hispanic Society of America. Por mediación de ella él fue contratado como responsable de prevención de robos en el Guggenheim de Nueva York. El coleccionista torrentí no fue denunciado pero tampoco recuperó el dinero adelantado para el robo. Con este dinero la pareja se compró un pequeño apartamento en el SoHo de Manhattan. Después de unos días en Venecia, ambos se trasladaron a Torrent para que ella cerrase los flecos del evento cultural más importante en años. Por primera vez se expondría en nuestra ciudad, concretamente en el Emat, el cuadro The Major of Torrente (1929). 

 

(*) Letra de la canción Venecia sin ti, de Charles Aznavour

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

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