La visita de Sara

Divendres, 16 Novembre 2018 10:48 Escrit per  Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 210 vegades

Unos vándalos se desplegaron como una exhalación por las instalaciones de la fábrica de hielo Nicolás Andreu Mora, que estaba situada en la calle Cervantes, cerca de la estación del trenet. Vestían monos de trabajo de color negro, ocultaban sus rostros tras máscaras de cartón y empuñaban imponentes hachas. Era la mañana del día 6 de junio de 1957. Sucedió todo tan rápido, que los trabajadores de la fábrica de hielo no tuvieron tiempo a reaccionar. Solo a contemplar, impotentes, la determinación y la ferocidad de unos desconocidos que la emprendieron a hachazos contra los compresores y las cámaras frigoríficas. El resultado de su fechoría, visible, espeluznante y devastador, puso los pelos como escarpias a los testigos: el dueño y los trabajadores de la fábrica. Y regueros de agua helada empezaron a fluir hacia la calle.

Hacía mucho calor esa mañana. La temperatura era más propia de los meses de julio o agosto que de las postrimerías de la primavera. Pepe trabajaba en la redacción de la revista Torre, donde se ocupaba de escribir las reseñas cinematográficas de las películas que se programaban en los cinco cines de Torrent: Cervantes, Gran Cinema Avenida, Montecarlo, Liceo y Salón Parroquial. Dentro de la redacción regía un ambiente sofocante que perlaba las frentes de gotas de sudor. Aun así, don Gregorio, el director de la publicación, se negaba testarudamente a poner en marcha “el albatros”. De esta manera habían bautizado, Pepe y otro redactor –el plantel completo de la revista-, al desvencijado y vetusto ventilador de techo. Y es que el rotor de sus aspas les evocaba el batir de las majestuosas alas de esa ave marina de gran envergadura. Don Gregorio, que se mostraba inflexible ante sus quejas y protestas, repetía cada año la misma cantinela: que el uso del ventilador comenzaba a partir del solsticio de verano. De modo que los programas de mano de la cartelera torrentina, que los exhibidores ya le habían hecho llegar a la redacción, se le quedaban a Pepe adheridos a sus manos húmedas, pegajosas, cual si fueran goma de mascar. En el ínterin, don Gregorio dejó encima de la mesa de Pepe un sobre en el que aparecía escrito su nombre familiar, al tiempo que le pedía disculpas por haberse olvidado de entregárselo ayer, cuando lo recogió del apartado de correos. Pepe rasgó el sobre con una plegadera y extrajo de su interior una tarjeta de invitación y una nota manuscrita, cuya autoría identificó sin lugar a dudas. Era la letra picuda característica de la caligrafía del señor Baviera. El señor Baviera era socio de uno de los tres cines emplazados en la Avenida: el Montecarlo, que en breve cumpliría nueve años desde su apertura. Pepe no se cansaba nunca de admirar la belleza de su fachada, con su torre alta y estrecha, su galería porticada y las tres formidables farolas que colgaban de lo alto de la amplia entrada entoldada. El salón contaba con un novedoso sistema de refrigeración. De ocho a diez barras de hielo se colocaban delante del ventilador instalado en el local y, a través de unos canalones, se expandía la sensación de aire fresco por el patio de butacas. En una sesión se podían consumir entre trescientas cincuenta y cuatrocientas barras de hielo. La nota manuscrita del señor Baviera que Pepe pinzaba con dos dedos, rezaba así: “Querido amigo, prepárate para una extraordinaria noticia, que seguro que te va a llenar de alborozo. Mañana por la tarde viene invitada por mí a nuestra ciudad la popular actriz española Sara Montiel. Vamos a presentarla al público torrentí en el salón del cine Montecarlo. La fábrica Nicolás Andreu Mora me ha garantizado que tiene sus cámaras frigoríficas a rebosar de barras de hielo. Así que tendremos el local refrigerado durante todo el evento. Junto a esta nota te envío tu invitación. Un saludo”.  Pero no fue hasta releer la nota, a renglón seguido de acordarse de la disculpa de su director, cuando Pepe reparó en que el señor Baviera la había escrito el día anterior. Lo que significaba que Sara Montiel se desplazaba a Torrent esa misma tarde. Y abrió unos ojos como platos. Y se puso a dar brincos y a hacer aspavientos, y a corretear de extremo a extremo de la redacción como pollo sin cabeza. Hasta que el rapapolvo de don Gregorio -su cara de esfinge permaneció inalterable pese a la excelente noticia-, lo hizo bajar de la nube en la que Pepe ya se felicitaba por la brillante entrevista a la actriz que habría de publicar en el próximo número de la revista Torre.  

En los cines de la ciudad de Valencia se había estrenado recientemente la película “El último cuplé”, protagonizada por la artista manchega de fama internacional, Sara Montiel. No en vano venía de rodar en Hollywood dos aclamados western, Veracruz, de Robert Aldrich y Yuma, de Samuel Fuller. Y de compartir títulos de crédito nada menos que con Gary Cooper, Burt Lancaster o Charles Bronson. La cinta del director Juan de Orduña estaba cosechando un inmenso éxito de público. Las salas valencianas que la proyectaban agotaban en cada sesión los billetes de la taquilla. No había tertulia de café en la que no se hablase de la escena en la que Sara Montiel cantaba el tango “Fumando espero” arrellanada en un ‘chaise longue’. Desde luego unas imágenes predestinadas a pasar por la fragua del ensueño y a ser grabadas a hierro en la memoria visual de los espectadores. No obstante, la película también había desatado una guerra sin cuartel entre los gerentes de los cines Capitol, Oeste, Coliseum y Lys. Cada uno de ellos quería ser el primero en conseguir que la actriz Sara Montiel estuviera presente físicamente en su sala para que el público valenciano le dispensase un merecido homenaje. De forma que desempolvaron el muestrario de sus malas artes: propagaron bulos, mancillaron reputaciones, reclutaron matones para amedrentar y escarmentar… Si bien la víspera del día 6 de junio de 1957 los cuatro gerentes serían depositarios a la vez de una confidencia: la Saritísima había aceptado la invitación de un empresario de cine torrentí. Enfurruñados y furiosos,  los exhibidores capitalinos acordaron el cese de sus hostilidades y se confabularon para urdir un malévolo plan que diera al traste con la visita de la estrella a Torrent.    

Pero los actos vandálicos en la fábrica de hielo no lograron su infame propósito. Pepe sería notario del aplauso y el cariño que le otorgaron a Sara Montiel sus admiradores durante su sosegado recorrido por una repleta Plaza Mayor. El señor Baviera, urgido por las desdichadas circunstancias, había permutado el salón del cine Montecarlo por la céntrica cafetería ‘Ca Peña’, propiedad de su familia, donde la gloriosa actriz haría alarde de su belleza, gracia y sensualidad, mientras compartía copa y conversación con el selecto grupo de invitados; entre ellos, Pepe, el hechizado redactor de la revista Torre.  

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

 

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