El tercer acto

Divendres, 18 Gener 2019 11:06 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 189 vegades

Joan formaba parte de una pequeña compañía de teatro itinerante. Recorría con ella la geografía valenciana. Su repertorio estaba compuesto de clásicos del Siglo de Oro. A Joan le gustaba definirse a sí mismo como un humilde sucesor de los cómicos de la legua; aunque, por suerte, la ley no le obligaba a él a acampar a una legua de la población en la que iba a actuar, triste y penosa circunstancia que sí padecieron los comediantes nómadas durante el Renacimiento español, debido a su mala reputación.

 

La compañía de Joan ponía en escena aquella noche en Torrent, con motivo de las fiestas patronales, la obra de Lope de Vega, Fuenteovejuna. Joan encarnaba a uno de los personajes principales de la pieza, Frondoso, el fiel enamorado de Laurencia. Su actuación recibía invariablemente en todos los pueblos de su ruta una ovación cerrada y prolongada. En cuanto finalizó la representación teatral, accedió al improvisado camerino donde Joan se despojaba de sus ropajes medievales, un viejo amigo suyo, Senén, a quien no veía desde la marcha de este a Madrid, hacía casi un lustro, para cursar la carrera de arquitectura. Necesitaron aguardar a recobrar la calma, una vez desvanecida la emoción y el fuerte impacto por el reencuentro, para dejar de hablarse atropelladamente y dar paso a una inteligible conversación aderezaba de cariñosas palmaditas en la espalda. Senén comenzó a relatarle a Joan que había conocido a Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes y, desde el verano de 1932, él se encargaba junto con otros estudiantes de arquitectura de los montajes escénicos del grupo de teatro universitario La Barraca, fundado por el joven poeta y dramaturgo granadino, gracias al patrocinio del gobierno de la República, fundamentalmente del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Fernando de los Ríos, amigo de Lorca desde la época en que fue su profesor de sociología en la universidad de Granada.

 

Senén decidió prescindir en seguida de la hojarasca biográfica y no tardó en deslumbrar y sorprender a Joan con la buena nueva de la que era portador. La Barraca tenía previsto actuar dentro de dos días en  la ciudad de Valencia, en el marco del III Congreso de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos. Por decisión personal de Lorca, la obra elegida para la ocasión sería Fuenteovejuna. Pero había surgido un doble contratiempo. El actor que daba vida a Frondoso, a raíz de un desgraciado accidente doméstico, se había visto obligado a permanecer en reposo en Madrid. Después, en el vestíbulo de Atocha, se enteraron de que tampoco podía viajar a Valencia su sustituto, aquejado de un repentino ataque de ciática. Así que nada más arribar el elenco actoral y técnico de La Barraca a la Estación del Norte, Lorca entabló contacto con el escritor Max Aub, del que sabía que estaba enfrascado en la creación de otro grupo de teatro universitario ambulante en Valencia, que llevaría por nombre El Búho, y le imploró la urgente recomendación de un actor para interpretar a Frondoso. Max Aub, un par de semanas atrás, había visto representar este papel a Joan en la localidad de Xátiva y, claro, también él se sumó de manera entusiasta a las aclamaciones y el aplauso del público.

 

De golpe y porrazo, Senén abrió un paréntesis en su largo monólogo, sólo para comprobar en las facciones de Joan el efecto que le estaban causando sus palabras. Al cabo, estalló en una estruendosa carcajada, luego se abrazó con ímpetu a Joan y le dijo: “Federico García Lorca te espera mañana a las once en el teatro La Princesa”.  

 

El teatro La Princesa estaba emplazado en la calle Moro Zeit, en el barrio de Velluters. Joan se había presentado allí con tanta antelación que se encontró con las puertas cerradas a cal y canto. De modo que optó por buscar una cafetería donde ocupar el tiempo de espera con un refrescante café con hielo, pues la sensación de bochorno ya empezaba a hacerse sentir a esa hora de la mañana. Se decidió finalmente por un establecimiento que mostraba una conmovedora apariencia de desamparo, como si se hallara extraviado en aquel dédalo urbanístico. Joan se sentó a una mesa agazapada detrás de una gruesa columna.

 

De inmediato, un guirigay de voces acompañado de un fastidioso y rudo taconeo captó su atención. Ladeó un poco la cabeza hacia abajo para salvar el obstáculo de la columna y pudo observar las siluetas de varios jóvenes que se recortaban en el contraluz de la puerta de entrada. Pronto descubrió que todos ellos vestían la camisa azul de la Falange, con el yugo y las flechas en rojo sobre el corazón. El que andaba más rezagado ni siquiera procuraba disimular el objeto metálico que sobresalía de la correa de su pantalón: la culata de una pistola. Joan, instintivamente, se pegó aún más a la columna para ponerse a resguardo de las torvas miradas de los jóvenes falangistas. Estos comenzaron a hablar sin disimulo, seguramente ajenos a la cercana presencia de Joan, separado de ellos por el ancho elemento arquitectónico. Entonces, Joan distinguió un perceptible chasquido de dedos a la par que alguien confesaba: “Al poeta socialista, masón y homosexual le daremos matarile mañana en el teatro, entre bambalinas, durante la representación de Fuenteovejuna”. Y otro del grupo, la voz grave y aguardentosa, añadió: “Senén me dijo anoche que hemos tenido un golpe de fortuna, lo que va a propiciar que dispongamos del chivo expiatorio perfecto: el nuevo actor que se pondrá en la piel del personaje de Frondoso, un simpatizante comunista y, como Lorca, al parecer también homosexual. Creo que me mencionó su nombre… Ah, sí, Joan”.

 

A estas alturas de la conversación de los desalmados falangistas, el rostro anguloso de Joan ya se había mimetizado con la palidez del mármol de su velador y el miedo se le desbordaba por la comisura de sus ojos. “Así que en esto consiste el plan, en que la investigación policial concluya que el móvil del crimen ha sido pasional… Una riña de maricas, ja,ja,ja…”,  remachó un tercero. En ese mismo momento, y solapando la risotada de su camarada, el de la voz aguardentosa exclamó: “Mirad, aquí llega Senén”. Y sus acompañantes celebraron la noticia tamborileando con los dedos la marmórea superficie de la mesa. Senén apareció en la cafetería enfundado en el mono azul característico de los integrantes de La Barraca. De pronto se detuvo, fijando su mirada en la gruesa columna: “Joan, ¿qué haces tú aquí?, ¿no tenías que estar reunido ya con Federico García Lorca? Apenas unos segundos más tarde, se oyó una detonación. Seguidamente, un estrépito de sillas chocando contra el suelo. La cafetería se vació en un santiamén. El horrorizado dueño del local se acercó apresuradamente al cuerpo moribundo de Joan, cubierto el torso de sangre. Y vio que movía tenuemente los labios. Joan recitaba, con un hilillo de voz, el parlamento final de Frondoso: “Su majestad habla, en fin, / como quien tanto ha acertado. / Y aquí, discreto senado, / Fuenteovejuna da fin.” 

 

 

Enrique S. Cardesín

 

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