El duelo

Divendres, 15 Febrer 2019 11:54 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 166 vegades

Lluís Fuster enfiló la calle Don Juan de Austria de la ciudad de Valencia. Sudoroso y sofocado, la camisa blanca adherida al cuerpo como una segunda piel, y bien visible en la frente el cerco de la badana de su sombrero panamá en cuya cinta llevaba sujeta todavía la tarjeta con la palabra prensa. Pronto accedió a la redacción del diario El Pueblo, donde trabajaba como redactor en la sección de Local. Su jefe, el periodista Félix Azzati, lo había enviado aquella bochornosa mañana de julio de 1903 a cubrir la noticia de un nuevo y violento enfrentamiento entre blasquistas y sorianistas. El movimiento político republicano valenciano denominado blasquismo había surgido en torno a la figura del escritor, periodista y político Vicente Blasco Ibáñez. Un movimiento que ostentaba la hegemonía política en la capital desde 1889 y, por ende,  resultaba victorioso en todas las elecciones. El éxito radicaba en su identificación con la cultura popular y republicana. Pero el donostiarra Rodrigo Soriano, número dos del blasquismo y aspirante a ocupar el lugar del líder, provocaría la escisión del movimiento blasquista a raíz de un artículo suyo, ‘Revolucionarios de entretiempo’, que había aparecido en el propio diario El Pueblo, del que Soriano era su editor y Blasco Ibáñez su fundador y director. Y la corriente política valenciana que lo secundó pasó a llamarse sorianismo. A partir de la ruptura, los acérrimos partidarios de uno y otro se habían lanzado a una alocada escalada de terribles escaramuzas callejeras, saldadas hasta el momento con tres muertos y numerosos heridos. Aún no había acabado Lluís Fuster de encajar la hoja en el rodillo de la máquina de escribir,  dispuesto a plasmar la secuencia de los hechos ocurridos en la Plaza de Emilio Castelar, ante la asustadiza mirada de los concejales asomados al balcón del Ayuntamiento, cuando Félix Azzati a grito pelado reclamó su presencia en el despacho de dirección. Blasco Ibáñez, que ocupaba por Unión Republicana  un escaño en el Congreso de los Diputados, se pasaba prácticamente todo el tiempo en Madrid. Así que a Félix Azzati le tocaba ejercer también las funciones de director de El Pueblo. Lluís Fuster reparó en seguida en el gesto apesadumbrado que exhibía Azzati, quien retorcía entre sus manos un telegrama, como quien exprime una media naranja para sacarle todo el jugo. Azzati no le leyó a Lluís ni una letra del telegrama, sino que se aprestó a decirle que se debía personar a toda prisa en la oficina de administración del periódico para recoger el billete del tren correo con destino a Madrid que partía de la Estación del Norte a primera hora de la noche. “Te tienes que subir inexcusablemente a ese tren”-Azzati imprimió a su voz un tono de dureza para ahuyentar cualquier queja o lamento-. “Tras recoger el billete –prosiguió-, te acercarás a la vivienda de Blasco Ibáñez en la playa de la Malvarrosa, donde una empleada te hará entrega de un estuche. Constituirá el único equipaje que portarás contigo y bajo ninguna circunstancia lo soltarás de la mano. En ningún momento ni lugar”. Y el periodista nacido en Cádiz puso un especial énfasis al pronunciar la palabra lugar, que acompañó de un esclarecedor guiño. “De modo que no te quedes ahí parado como un pasmarote. Lárgate de una vez”–bramó Azzati. Justo en el instante en que Lluís empuñaba el pomo de la puerta del despacho, su jefe de sección y director en funciones de El Pueblo le susurró: “A ver, Fuster, un nimio detalle; un  colaborador de Vicente Blasco Ibáñez te estará esperando en el vestíbulo de la estación de Atocha”. 

 

Lluís Fuster viajaba solo en su compartimento del tren. No llevaba leídas ni veinte páginas de la última novela de Blasco Ibáñez, La catedral, publicada ese mismo año, y ya no pudo sustraerse por más tiempo a la insana curiosidad de descubrir el contenido del estuche de noble madera que parecía revestir una importancia capital. Se palpó la llave, que le colgaba del cuello. Y nada más abrir el estuche y contemplar su interior, Lluís Fuster dio un respingo tan sonoro que él mismo se sobresaltó al oírlo. Tenía a la vista dos artesanales pistolas de chispa, de cañones patinados y las cachas de nogal, y los aperos necesarios para su uso y mantenimiento. De improviso, volvió a resonar en su cabeza la advertencia –aunque él juraría que la expresión le sonó en su momento más bien a una amenaza- proferida por Félix Azzati: “No sueltes el estuche de la mano bajo ninguna circunstancia…”. Y desde entonces Lluís Fuster sostuvo una enconada contienda con sus párpados para que no se le cerrasen. El periodista y político valenciano Luis Morote era la persona que lo aguardaba en el vestíbulo de Atocha. Mientras salían fuera de la estación, Morote no podía disimular el sentimiento de asombro que le producían esos ojos despiertos y resplandecientes que ofrecía Lluís Fuster. Nunca hubiera dicho que el redactor de El Pueblo había pasado la noche en vela. 

 

Era el 13 de julio de 1903. Llovía en Madrid desde el alba. Sin tregua y a cántaros. Lluís Fuster, sentado en el pescante de una berlina tirada por dos caballos, se cubría con un saco de arpillera para no calarse. El conductor de la berlina, en cambio, manejaba diestramente las riendas desentendido por completo del tremendo aguacero que caía. Tres personas ocupaban la caja: Vicente Blasco Ibáñez, Luis Morote y el director del semanario El Evangelio, Ignacio Santillán. Se dirigían a una quinta del barrio de Hortaleza. Era el sitio acordado por Blasco Ibáñez y Rodrigo Soriano para batirse en un duelo con pistolas. El campo de honor. No era el primer desafío para Blasco Ibáñez. Tres años antes se había retado con el director del diario La Correspondencia Militar, Fernández Arias, disputa de la que resultó levemente herido en un muslo. El autor de La barraca y Entre naranjos vestía un impecable traje de algodón con su habitual pañuelo blanco de bolsillo. Se había recortado ligeramente el bigote y su semblante no transmitía ninguna inquietud. Sin embargo, no sucedía así en el caso de sus dos padrinos de duelo. Ignacio Santillán y Luis Morote lucían un aire circunspecto que delataba una innegable ansiedad. Sobre el regazo de Luis descansaba el estuche de noble madera con las dos pistolas de chispa. Entrando en la quinta, Lluís Fuster distinguió a lo lejos el mostacho con puntas hacia arriba que caracterizaba al otro contendiente, Rodrigo Soriano, quien se hacía acompañar igualmente por sus dos representantes. La berlina se detuvo a unos veinte metros de este grupo, y solo se apearon de ella los tres ocupantes de la caja; Lluís Fuster y el conductor permanecieron sentados en el pescante. Al cabo, los duelistas se saludaron cortésmente aunque sin apretón de manos. El íntimo escozor de la querella que les había llevado hasta allí se mantenía muy vivo. Rodrigo Soriano escogió pistola. Luego, él y Blasco Ibáñez comenzaron a caminar en sentido opuesto hasta una distancia de 29 pasos. La torrencial lluvia formaba delante de ellos una tupida cortina de agua que les dificultaba enormemente la visión. Rodrigo Soriano disparó al aire. Vicente Blasco Ibáñez se tomó su tiempo para fijar bien la puntería. Pero erró el disparo.   

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

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