Matar a la virreina

Divendres, 12 abril 2019 12:35 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 156 vegades

Una lucha encarnizada entre las tropas reales al mando del capitán Diego Ladrón de Guevara  y el exhausto y menguado regimiento de agermanats liderados por el tejedor Vicente Peris, que tuvo como campo de batalla las calles de Valencia, puso fin a la revolta de les Germanies, que ya se prolongaba tres años. Un conflicto armado que se originó, entre otras causas, por las protestas de los elevados impuestos. Vicente Peris, tras el incendio de su casa natal, situada cerca de la iglesia de San Juan del Mercado (parroquia de los Santos Juanes), se rindió al oficial monárquico. En cambio, el torrentí Pere Compte, otro de los dirigentes agermanats, propietario de una herrería en el carrer Vora Sèquia, pudo sortear el cerco realista y huir de la ciudad. Al cabo de unos días, alcanzó la Serra Perenxisa, donde se escondió junto a otros artesanos que también combatieron a las órdenes de Vicente Peris y saborearon las mieles de la gloria bélica con su victoria sobre el ejército del virrey Diego Hurtado de Mendoza en la batalla de Gandía.

 

Germana de Foix, hija de una hermana del monarca francés Luis XII, contrajo matrimonio con Fernando II de Aragón, que había enviudado hacía poco de la reina Isabel la Católica. Germana de Foix contaba 18 años y él frisaba los sesenta. Era delgada y de extraordinaria hermosura. Fernando el Católico murió en el empeño de lograr sucesión de Germana. Algún tiempo después, el nieto primogénito de Fernando el Católico, Carlos I de España, todavía un adolescente, conoció en Valladolid a su abuelastra, quien ya tenía 30 años, y se quedó prendado de su belleza y mantuvo con ella un apasionado y oculto romance, que sembró de rumores los pasillos de la corte. Para acallar los dimes y diretes de la aristocracia, Carlos I decidió casar a Germana de Foix, su abuelastra y fogosa amante, con un caballero alemán que integraba su séquito, Juan de Brandenburgo; además, la nombró virreina de Valencia.  Germana de Foix sucedió al virrey Diego Hurtado de Mendoza y no tardó en desatar una brutal represión contra los sublevados de les Germanies, con cientos de ejecuciones y la confiscación de sus bienes. Según una especie que circuló en la época, las horcas de madera se tuvieron que sustituir por horcas de piedra para aguantar el incesante ritmo de ejecuciones ordenadas por la virreina y su marido, que ostentaba el cargo de capitán general del Reino de Valencia. El 3 de marzo de 1522, acusado de un ‘crim de germania’, fue ejecutado Vicente Peris, el velluter.

 

Al torrentí Pere Compte le confiscaron sus bienes y propiedades: la herrería y la casa. Lo perdió absolutamente todo. Aunque lo que de verdad le revolvió las tripas, con tal saña que el dolor se le hizo insoportable, fue averiguar cómo malvivían su mujer y sus dos hijos de corta edad. Expulsados del domicilio familiar y acogidos en casa de unos parientes muy pobres, subsistían merced a las verduras, las frutas y las hortalizas que desechaban los agricultores los días de mercado. Pere Compte siguió escondido en la Serra Perenxisa, y no le quedó otra salida que echarse en brazos del bandolerismo. Él, un reputado herrero, convertido en asaltante de caminos y de heredades rurales. Al igual que sus compañeros de infortunio, finos artesanos que abarcaban los diferentes gremios. Pere Compte comenzó, de esta manera, a penar una existencia de extrema dureza y acechante de peligros. La muerte le rondaba a cada paso por las serpenteantes trochas que recorría. Pues eran frecuentes las escaramuzas con las milicias creadas por las autoridades municipales para combatir el bandidaje. Los perseguidos agermanats estaban mal alimentados y peor pertrechados. Las armas de fuego que colgaban de sus hombros o portaban en bandolera databan de los tiempos en que los gremios del Reino de Valencia fueron armados ante la amenaza de la piratería turca.       

 

Otro Fernando, Fernando de Aragón, duque de Calabria, se convirtió en el tercer esposo de Germana de Foix, a raíz del fallecimiento del marqués de Brandenburgo. La virreina de Valencia aún conservaba su hermosura, pero había adquirido una irrefrenable tendencia a la obesidad. Con el duque de Calabria, el Palacio Real, sede oficial de los virreyes, se pobló de fiestas poéticas y musicales.  Supuso una época de esplendor de la cultura valenciana. A escasos días para la Semana Santa, Germana de Foix ordenó enviar un mensajero a Torrent para que transmitiese a las autoridades municipales y eclesiásticas su decisión de presidir ese año el Encuentro Glorioso, cuya representación se escenificaba frente a la medieval Torre. El mensajero, antes de su regreso a Valencia, se pasó por la taberna del Coixo para recobrar fuerzas. Y se echó al coleto varios chatos de un buen moscatel torrentí, que le soltaron la lengua. Uno de los parroquianos abandonaría en seguida el local y, a lomos de su montura, enfilaría hacia la Serra Perenxisa.  

 

Al amanecer del Domingo de Resurrección, Pere Compte y otros tres agermanats se adentraron en Torrent por el Barranc de l´Horteta y luego se encaminaron por parejas a sus escondrijos. Aguardarían allí hasta que comenzasen a procesionar los pasos de la Virgen y de Jesús Resucitado, protagonistas del Encuentro Glorioso. Los agermanats habían planeado formar parte del cortejo que habitualmente acompaña a esos pasos, y así ocultarían sus rostros bajo la tela del capirote y las armas de fuego bajo el hábito de nazareno. Un plan concebido para matar a la virreina. 

 

Un suntuoso carruaje decorado en pan de oro y tirado por cuatro caballos se detuvo a la puerta del consistorio municipal. Germana de Foix, virreina de Valencia, se apeó del vehículo y saludó una a una a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas que permanecían protocolariamente  alineadas y enfundadas en sus mejores galas.  A continuación, la virreina ascendió la empinada escalera que conducía al salón de recepción de invitados ilustres, donde el alcalde le ofreció un presente. Nada menos que un miembro de la cuadrilla de Pere Compte.  Era un platero de mediana edad. Había bajado también de la Serra Perenxisa. A hurtadillas y sin decírselo a nadie. Al entrar en el salón, encadenado de pies y manos, el agermanat se arrojó a los pies de la virreina y le imploró clemencia. Germana de Foix le preguntó qué deseaba en pago de su defección. Él, humillando la cabeza, respondió: “Salvar mi vida y recuperar mi taller de platería”.

 

Mientras se acercaban a la muchedumbre congregada en torno al paso de la Virgen, Pere Compte y su compañero se dieron cuenta en seguida de que habían caído en una trampa. Ningún nazareno, aparte de ellos dos,  llevaba el capirote puesto. No tuvieron tiempo de echar mano de sus escopetas. Cayeron abatidos al instante. La misma suerte corrieron los otros dos agermanats, a pocos metros del paso de Jesús Resucitado. 

 

Germana de Foix no dejó de recibir vítores y aplausos de la gente durante todo el recorrido. También hubo murmullos de admiración por la larga capa de terciopelo que lucía. El Encuentro Glorioso culminó ante la histórica Torre. En su interior, en la primera planta, el platero pendía de una soga. Sin vida. Y a sus pies, esparcidas, había treinta piezas de plata.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

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