Las últimas fotografías

Dilluns, 20 Mai 2019 13:46 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 132 vegades

Aurora abrió con su llave la puerta de la casa de su abuela materna. No sin dificultades. La cerradura estaba medio averiada. Ella ya le había advertido a su abuela que, si no llamaba pronto a un cerrajero, cualquier día se quedaría sin poder entrar en casa, y la broma le saldría por un ojo de la cara. La respuesta de la abuela era siempre la misma: “¡Bah!, qué falta me hace, si ya no piso la calle”. Y no le faltaba razón. La abuela de Aurora no salía de casa desde que se fracturó la cadera en el paseo de la Alameda una mañana de mucho viento.  Pero llevaba la cuenta exacta del tiempo transcurrido desde la fecha de su ‘mala pata’: “El próximo martes se cumplirán dos meses”. Aurora escuchó el cómputo actual del encierro de ella mientras trepaba a besos por sus mejillas todavía tersas, y su abuela se removía en su sillón orejero, aún enredada en las brumas de un descabezado sueñecito. “Y el andador que te ha comprado mi madre, ¿acaso solo lo tienes de adorno?”, la pinchó Aurora. Y la abuela, en un tono agrio, que acabó disipando un repentino y ancho bostezo, le respondió: “No pienso darles que hablar a las cotillas del barrio. Faltaría más”. 

 

La abuela de Aurora había cumplido noventa años. La casa donde vivía, dentro del casco histórico de Valencia, la había heredado de sus progenitores. En el verano de 1937, ella conoció al padre de su única hija, la madre de Aurora, a la que le puso su nombre. Las tres mujeres de la familia se llamaban Aurora. Valencia era entonces la capital de la República. La guerra civil que había provocado el frustrado golpe de Estado del 18 de julio de 1936, perpetrado por unos militares rebeldes, había forzado al gobierno legítimo de la II República a salir de Madrid y trasladarse a la capital del Turia, constituida en territorio leal. Y con motivo de la celebración del Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que organizaba la Alianza de Intelectuales Antifascistas, las calles valencianas comenzaron a poblarse de intelectuales, escritores, artistas, periodistas y fotógrafos, venidos de diferentes países. El Ideal Room, un café situado en la calle de la Paz esquina Comedias, se convirtió en el sitio predilecto de casi todos ellos. Por allí se dejaban ver Antonio Machado, Miguel Hernández, Pablo Neruda, César Vallejo, André Malraux, María Teresa León, Rafael Alberti, Octavio Paz, Ilya Ehrenburg… También algunos miembros de las Brigadas Internacionales, como el joven poeta francés Alain, que disfrutaba de unos días de permiso, antes de volver a incorporarse a la 35.ª División del Ejército Popular de la República. Una noche de sábado, la abuela de Aurora y su mejor amiga, Teresa, ambas insaciables devoradoras de libros, entraron en el Ideal Room. Ocuparon una mesa del fondo, y en seguida que la abuela de Aurora lo vio, ya no pudo despegar su mirada del rostro de aquel joven acodado en la barra. Era Alain, y él también sintió esa misma sensación maravillosa, la de no poder resistirse al impulso de mirarla a ella, arrobado, osado, y con el deseo grabado a fuego en sus ojos. “En tiempos de guerra el amor posee la fuerza de un aluvión que desbarata todas las ridículas convenciones”. Fueron las palabras que Alain le susurró a ella, a la noche siguiente, sus cuerpos desnudos y sudorosos arqueando el áspero colchón de plumas de una cama encajada entre las paredes desconchadas de la habitación de aquella pensión de la calle Hospital donde el brigadista se alojaba.”Pierde cuidado, poeta mío –dijo Aurora riendo-, que yo dejaré que tu boca se vicie y se desmande”.

 

-¡Hala, yaya, qué cámara de fotos más antigua que tienes!¡Y es una Leica! ¿Me la vas a regalar?- voceó Aurora desde las profundidades de un armario ropero, y sostenía entre sus manos la cajita de madera que su abuela le había mandado a buscar. Volvió Aurora junto a su abuela y colocó la cajita sobre la toquilla arrugada que la anciana alisaba maquinalmente en su regazo. Ella extrajo un manojo de fotografías, atado con un fino cordel, y de pronto una especie de gasa líquida le empezó a cubrir el blanco de sus ojos. “Hace muchos años de la última vez que vi estas fotografías. Tú aún no habías nacido, niña”, dijo su abuela intentando en vano ahogar un suspiro, y Aurora permaneció en silencio para no deshacer ese momento de vivísima emoción. Después, desanudó el atadijo y acercó la primera fotografía a su vista cansada, y Aurora pudo contemplar la figura de un joven vestido con el uniforme de las tropas republicanas, pelo  rubio y crespo, delineadas facciones, que asomaba su cabeza por la ventanilla de un vehículo con el capó abollado. “¡Huy, qué chico más guapo! ¿Quién es, abuela?” “Es Alain, tu abuelo. El general Walter, un polaco bolchevique que adquirió experiencia de combate en la revolución rusa, había ofrecido su vehículo para el transporte de algunos heridos, que se amontonaban en el asiento trasero. Alain había sido alcanzado en la pierna por la metralla de un caza biplano alemán. Aunque era uno de los supervivientes de una de las batallas más sangrientas de la guerra, la que aconteció en los alrededores de la localidad madrileña de Brunete. Y la fotógrafa alemana, Gerda Taro, con síntomas de agotamiento, decidió subirse a uno de los estribos laterales del automóvil. Con una mano se agarraba al techo para no caerse y con la otra no paraba de pulsar el disparador de su cámara Leica. Alain había conocido a Gerda y a su pareja sentimental, el fotógrafo húngaro Robert Capa, en el Ideal Room. Y en más de un ocasión les dieron las tantas a los tres mientras deambulaban por la ciudad en compañía del escritor norteamericano Ernest Hemingway, o tomándose la última copa en el bar del Hotel Palace. De ahí que Alain, ya lo ves (ella le iba entregando a Aurora una a una las restantes fotografías), aparezca en algunas imágenes trazando divertidas muecas en su rostro: ahora con un ojo grotescamente abierto, ahora con el labio inferior torcido y una punta de lengua fuera, ahora con la nariz arrugada y la frente fruncida… Pero la aviación nazi volvió a surcar el cielo y ametralló el campo sin piedad en vuelos rasantes. El conductor del vehículo dio un volantazo y Gerda Taro salió despedida, y cayó al suelo boca arriba, y la oruga de un blindado soviético que venía detrás le aplastó las tripas. Murió al día siguiente en un hospital de campaña levantado en El Escorial. Solo tenía veintiséis años. Alain me contó estos sucesos durante su exigua convalecencia. Traía en su petate la cámara Leica de Gerda Taro, que en la caída de ella, se proyectó contra el pecho de él, y una hoja del periódico francés L´Humanité (Aurora no perdió detalle de los delicados movimientos de las manos de su abuela al desplegar la amarillenta hoja y, por encima de su antebrazo, tradujo del francés: “La primera mujer fotógrafa fallecida en un conflicto”). Alain regresó al frente, y una semana después cayó abatido en Belchite. Yo no reuní fuerzas suficientes para llevar el carrete a revelar hasta pasados varios meses desde la noticia de su muerte.  De modo que aquí tienes, querida niña, las últimas fotografías de tu abuelo, que son las últimas fotografías, también, que realizó la valiente reportera gráfica Gerda Taro -concluyó su abuela entre sollozos. Y Aurora, claro, ya no insistió en preguntarle si le regalaba la cámara Leica.

 

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

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