La talla gótica

Viernes, 09 Abril 2021 12:51 Escrito por  Enrique S. Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 435 veces
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El día de la inauguración de la Exposición Regional de Valencia, el 22 de mayo de 1909, nadie sabía quién era realmente ese personaje que se encontraba en el palco de autoridades al lado del principal impulsor del evento, el aristócrata y empresario Tomás Trénor, presidente del Ateneo Mercantil. Solo se sabía que era un porteño residente en París, marchante de arte, y que se presentaba a los desconocidos como Eduardo de Valfierno, marqués de Valfierno (de hecho, para romper el hielo y arrancar una sonrisa de la gente, solía decir “marqués de lo mismo”). La ceremonia inaugural se remató con el estreno del Himno de la Exposición, cuya música había compuesto para la ocasión el maestro José Serrano. Un broche final que tuvo como marco esplendoroso la gigantesca explanada de tierra bautizada como la Gran Pista. La interpretación del himno corrió a cargo de un grupo musical y coral formado por mil cien ejecutantes. A su término, el marqués de Valfierno se pasó la punta de su pañuelo de seda por los ojos, como si algún cuerpo extraño se hubiera metido en ellos, para intentar disimular ese rastro en forma de mirada líquida que la intensa emoción le había dejado marcado en su rostro. La misma mirada líquida que exhibía sin reservas el propio rey Alfonso XIII, cautivado también por la música. El monarca presidía el acto cómodamente sentado en una especie de trono, flanqueado por el resto de autoridades, todas ellas sin embargo de pie, igual que el público asistente. Alfonso XIII, después del último compás, ordenó que se volviese a interpretar de nuevo el himno. Pero en esta ocasión un murmullo de desaprobación circuló entre las filas blasquistas cuando resonó el primer verso de la letra, escrita y cantada en castellano: “Para ofrendar nuevas glorias a España”.

El marqués de Valfierno, miembro del selecto séquito que acompañaba al rey Alfonso XIII durante su visita a varios de los palacios del recinto ferial, era la única persona que llevaba consigo, enrollado en la mano, el catálogo de las piezas de arte que se mostraban en el pabellón de Bellas Artes: pinturas, esculturas, tallas, porcelanas, antigüedades… ¡Por gentileza de Tomás Trénor! Los primeros ejemplares habían llegado esa misma mañana al Ateneo procedentes de la imprenta. De manera que, si alguien le hubiera pedido prestado un momento a Eduardo de Valfierno el catálogo para echarle un somero vistazo, tal vez habría reparado en la señal trazada a mano que aparecía junto a la obra nº 168, bajo el epígrafe “Nuestra Señora del Pópul”. Era una talla gótica de madera policromada del siglo XIV, que había aportado a la exposición la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Torrent. Tan pronto el marqués contempló en directo esa valiosa escultura -una visión que reforzó la excelente impresión que ya le había causado la fotografía del catálogo: su virtuosa ejecución y su policromía aún viva-, decidió separarse del grupo. Tenía el propósito de cartografiar en su libreta de notas todo el lugar. Y debía hacerlo, claro, orillando el peligro de levantar cualquier tipo de sospecha. Exhausto y sudoroso, la tarde era cálida y húmeda, acabó su recorrido en la Fuente Luminosa, donde se refrescó la cara y las manos con el agua que surgía de la boca de dos delfines que coronaban un torreón acristalado y escalonado por donde el líquido se deslizaba hacia el estanque. No lejos de allí, se alzaba un quiosco de refrescos con la rotulación “Aguas de Torrent”. De diseño modernista: planta cuadrada con cuatro pilastras que sostenían su cúpula. Una instalación que suscitó en seguida el interés del marqués, pero no para ponderar su estilo arquitectónico, sino para determinar su utilidad. Por eso la estuvo examinado durante un buen rato.

Una mañana, mientra desayunaba en un café del parisino y bohemio barrio de Montmartre, Eduardo de Valfierno leyó en el periódico Le Temps el breve de la inminente inauguración de la Exposición Regional de Valencia. El pie de la fotografía que ilustraba el texto decía: talla gótica del siglo XIV de valor incalculable. Y entonces vino a rondarle por la cabeza, cual vieja mosca pertinaz, la idea de un nuevo y provechoso negocio. Él conocía a un pintor valenciano que plantaba su caballete cada día en la Place du Tertre y se ganaba la vida haciendo copias de gran calidad de algunos de los lienzos de su paisano Joaquín Sorolla. Así que apuró su café au lait, reclamó con gestos la atención del garçon, pagó su déjeuner y salió a la calle. Al cabo de una corta caminata, se reunió en la plaza atestada de artistas con el pintor valenciano. Se llamaba José Fortuny y frisaba los cincuenta años. De la comisura de sus labios le colgaba permanentemente un caliqueño apagado. Eduardo de Valfierno había hecho en el pasado algunos tratos bastante satisfactorios con él. De súbito, ese fugaz pensamiento le trajo el recuerdo de aquel cándido coleccionista de arte norteamericano a quien le endosó una de las pinturas falsificadas de Sorolla. Se lo imaginaba en el lujoso salón de su casa californiana completamente extasiado ante el cuadro por el que pagó una exagerada suma de francos. Ninguno de los del gremio del pincel o del cincel que poblaban el singular espacio de Montmartre ignoraba la condición de estafador de Eduardo de Valfierno. Tampoco que su título nobiliario era inventado. A pesar de ello, si él les proponía algún ‘trabajito’, fuera el que fuera, la mayoría lo aceptaba sin rechistar. Era un tipo encantador y dotado para la seducción. Aunque lo verdaderamente importante para ellos era que podían despreocuparse de los gastos de la habitación y la comida por algún tiempo. De ahí que José Fortuny, tras conocer el motivo que había conducido al marqués a entablar una conversación con él, sintió en el estómago la punzada de la decepción, de la contrariedad; en un principio había albergado la esperanza de una crematística propuesta por su parte. Aun así, no tuvo ningún inconveniente en hablarle de un antiguo compañero de la Escuela de San Carlos que tenía su taller de escultura en la calle Tapineria de la capital del Turia. Un hombre no muy dado a los vanos escrúpulos. Solo unos días después, Eduardo de Valfierno emprendió su viaje a Valencia, con el equipaje cargado de cartas dirigidas a su persona y firmadas por reconocidos pintores y escultores: Picasso, Modigliani, Braque, Duchamp, Rodin… Credenciales más falsas que una moneda de cuero que sirvieron para abrirle las puertas de par en par del Ateneo Mercantil de Valencia y, especialmente, las del despacho de Tomás Trénor.

La prensa internacional también recogía la noticia del robo de la talla “Nuestra Señora del Pópul”. El suceso se había producido la noche anterior a la clausura de la Exposición Regional de Valencia. Los responsables de la investigación manejaban la hipótesis de que la escultura estuviera a esas horas en poder de la persona que se habría mostrado dispuesta a pagar una bonita cantidad de dinero por ella, y el autor material huido y con la bolsa a buen recaudo. Pero erraban el tiro. Porque lo cierto era que la talla gótica no había salido en ningún momento del recinto ferial. Y no por culpa de ningún contratiempo. El plan urdido por el fingido marqués de Valfierno no perseguía sacar de allí la escultura original, solo buscaba que la prensa se hiciera eco de su desaparición. Esa era la prueba que le exigía un anticuario florentino de la peor catadura moral para estar seguro de que adquiría la auténtica talla del siglo XIV. De modo que, cuando el escultor de la calle Tapineria le entregó a Eduardo de Valfierno en la fecha acordada una primorosa copia de “Nuestra Señora del Pópul”, él se trasladó con ella a Florencia, donde la guardó en casa de un amigo perista. Luego, de vuelta otra vez en Valencia, reclutó a uno de los trabajadores del quiosco de refrescos Al cierre nocturno del recinto ferial, ese trabajador primero se escondió en el quiosco, después se apoderó de la talla gótica, y finalmente, envuelta en un saco de arpillera, la dejó oculta y entremezclada con los objetos destinados al almacén de Aguas de Torrent, y allí permaneció abandonada. Cuando dos años más tarde un operario descubrió la escultura en el almacén de Aguas de Torrent entre cajas apiladas, y un conservador del museo del Prado certificó su autenticidad, Eduardo de Valfierno ya había consumado otra estafa por el ‘procedimiento valenciano’. En agosto de 1911, convenció a un carpintero llamado Vincenzo Peruggia, cuya empresa realizaba unos trabajos en el museo del Louvre, para que robase La Gioconda. Antes había encargado seis copias de la pintura a un virtuoso falsificador de obras maestras. Vista la prueba irrefutable -la noticia del robo en la prensa-, cada uno de los seis coleccionistas privados con quienes el sedicente marqués pactó la venta creyó haber comprado el óleo original de Leonardo da Vinci. Como le ocurriera al anticuario florentino con la talla gótica del siglo XIV.

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

Modificado por última vez en Viernes, 09 Abril 2021 12:55