El Tigre de Gales

Viernes, 10 Septiembre 2021 11:04 Escrito por  Enrique S. Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 151 veces
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Tom Jones, ‘el Tigre de Gales’ Tom Jones, ‘el Tigre de Gales’

Desde hacía varias semanas las cuatro amigas, Clara, Rocío, Violeta y Luz, que compartían un piso de alquiler, se mostraban muy contentas e ilusionadas. Justo el tiempo en que se venía promocionando,  por medio de anuncios en la prensa valenciana, cuñas radiofónicas y carteles pegados en algunas calles de Torrent, el gran acontecimiento musical. Y a partir del mismo momento en que se enteraron de la noticia se pusieron manos a la obra para juntar las cuatrocientas pesetas que costaba cada entrada: un excesivo dineral para ellas. Las cuatro jóvenes se encontraban cursando una carrera universitaria que compaginaban con empleos escasamente  remunerados, en un intento, no obstante, de depender lo menos posible del abnegado esfuerzo económico de sus familias. Clara, la más concienciada políticamente, era además una activa militante antifranquista y estaba afiliada a la organización libertaria “Mujeres Libres”. De modo que se buscaron nuevos trabajos para los fines de semana, trabajos que tenían pensado dejar tan pronto lograran reunir el dinero que precisaban: mil seiscientas pesetas.

 

A sus treinta y cinco años, el cantante galés Tom Jones era ya un artista consagrado y una de las figuras internacionales del pop. El 20 de abril de 1975 aterrizó en el aeropuerto de Barajas. Se disponía a iniciar su primera gira por España, con el espectáculo titulado “El show de Tom Jones”. Acababa de publicar su nuevo álbum “Somethin bout you baby I like” (Algo sobre ti que me gusta). Gracias a los buenos oficios de Vicente Moya, Cuco, quien anteriormente había formado el grupo Cuco y Los Escorpiones y ahora era promotor de conciertos y representante, entre otros, de los cantantes valencianos Nino Bravo y Juan Bau, la sala Bony de Torrent también se iba a constituir en el marco de una de las galas de la gira del crooner de voz cálida y caudalosa apodado El Tigre de Gales. Esto sería el 27 de abril, después del paso del británico por las ciudades de Madrid, Bilbao y Reus. Parece ser que Tom Jones, cuando le informaron de que la sala Bony, que se publicitaba como la discoteca más grande de Europa (cinco pistas de baile y un reservado exclusivo para parejas llamado el “salón azul”), estaba en una ciudad de poco más de 45.000 habitantes, no pudo evitar que una mueca de estupefacción se asomara a su rostro, pero la sorpresa no llegó al río -bromeó uno de sus colaboradores más cercanos-, en vista de que no se le desrizó ni un solo cabello de su genuino pelo rizado.

 

En el tocadiscos que Rocío se había traído al piso alquilado no paraban de sonar las canciones de Tom Jones. Todo era un trajín de vinilos y un hipnotizante rodar de surcos. Algunas veces las cuatro amigas solían canturrear al alimón, como si fueran componentes de un coro, el estribillo del pegadizo tema “Delilah” (My my my Delilah. / Why why why Delilah). Luz era la que mejor daba el tono. Tenía muy buen oído para la música. Violeta, sin embargo, desafinaba como un piano que hubiera perdido parte de sus teclas; si bien, por otro lado, solo ella había aprendido inglés y su vanidad no tenía fondo llegada la hora de ser requerida por las otras para que les tradujese las letras. Todas ellas se sentían cautivadas por la gran voz del artista galés. Cuando se conocieron y empezaron a salir juntas, al hablar de sus preferencias musicales, en un pub de moda del barrio del Carmen, celebraron muy ruidosamente, entrechocando sus copas, la coincidencia de que Tom Jones fuese para las cuatro su cantante extranjero predilecto, Pero Clara, de la que entonces sus amigas no sabían nada de sus actividades políticas clandestinas y de su espíritu revolucionario, consideró necesario en ese momento apostillar que ella no sentía ninguna atracción física por él -censuró acremente su aspecto de macarra-, sino que estaba perdidamente subyugada por su poderosa voz de trueno. “Claro, por eso Tom interpretó la canción de la película Operación Trueno, la cuarta entrega del agente secreto James Bond, que encarnó el escandalosamente deseable Sean Connery” –dijo Rocío, y todas rieron con ganas e hicieron ojitos, y luego dejaron en el ambiente una melodía de suspiros. Rocío era una lectora empedernida de las novelas de Ian Fleming.

 

Por fin llegó el día 27. Un domingo coloreado del mismo azul que se ve en los recortables para niños. Los propietarios  de la sala Bony invitaron a Tom Jones y a su nutrido séquito a degustar una paella en el restaurante El Romeral, allí donde  un batallón de marciales pinos envolvía el establecimiento y alfombraba de agujas y piñas secas las suaves colinas del Vedat. Antes de tomar asiento en sus mesas, el cantante galés se puso a pegar la hebra con los anfitriones y les contó sus humildes orígenes: hijo de un minero del carbón; un oficio que él mismo probablemente hubiera ejercido de no haber padecido a los doce años una tuberculosis por la que tuvo que guardar reposo durante dos años; y antes de dedicarse profesionalmente a la canción –el intérprete apenas tenía un momento de respiro-, trabajó como albañil y vendedor a domicilio. Casi al final de la conversación, mejor un soliloquio del galés, apareció por allí Cuco, el promotor, acompañado de unas jóvenes desconocidas: Violeta, Luz y Rocío. La tarde anterior, ellas se habían personado, angustiadas y desesperadas, en el estudio de radio donde él presentaba su programa musical Cucolandia. Fueron a solicitarle su favor. Ahora, en El Romeral, y enrabietado por los hechos que terminaba de conocer por boca de Violeta, Tom Jones amenazó con dar una rueda de prensa ante los corresponsales de la prensa extranjera, cosa que sin duda podría poner en algún serio aprieto a los jerarcas provinciales del Régimen. Cuco, seguidamente,  hizo algunas llamadas.

Dos días antes del acontecimiento musical, Clara había acudido a una reunión de la coordinadora del movimiento estudiantil en lucha contra el franquismo.  A sus amigas les había dicho de forma confidencial que ella era partidaria de la convocatoria de una huelga de alumnos permanente. Algunos miembros de la coordinadora albergaban la sospecha de que estaban siendo sometidos a vigilancia y seguimientos por parte de la Brigada Político Social. Desde entonces, Clara había extremado todavía más sus medidas de seguridad. Antes de acceder al lugar de la cita, distinto de una vez para otra, daba vueltas por los alrededores para comprobar que nadie anduviera tras sus pasos. A la par que sus amigas saltaban de alegría en casa celebrando que ya habían conseguido las entradas para “El show de Tom Jones”, la policía política franquista echaba la puerta abajo del piso secreto donde Clara asistía a la reunión. Todos los presentes fueron detenidos y trasladados a las dependencias de la Jefatura Superior de Policía. O alguien se había descuidado fatalmente o había algún topo dentro de la coordinadora –era el barrunto que martilleaba la cabeza de Clara, ya sentada en el furgón celular. Las amigas de Clara comenzaron a alarmarse cuando vieron que ella no volvía a casa por la noche. Rocío tenía un primo destinado en la Policía Judicial. Y por este supo que la Brigada Político Social esa tarde había efectuado una redada. Luz, la más melómana del grupo y oyente habitual del programa radiofónico de Cuco, fue la que propuso dirigirse a día siguiente a la emisora de radio para hablar con él. Las tres amigas se confabularon para no dejar a Clara en la estacada.

 

A las ocho menos cuarto de la tarde del domingo 27 de abril de 1975, Tom Jones, El Tigre de Gales, saltó al  escenario de la sala Bony, la colosal discoteca emplazada en la calle Zaragoza, en el corazón de Poble Nou. Vestía pantalón negro acampanado, chaleco oscuro y camisa con chorreras. Poco antes, se había apeado de un lujoso deportivo y una multitud se arremolinó a su alrededor haciendo interminable su corto tránsito hacia la puerta de entrada. Entre su repertorio no pudo faltar, claro, su primer éxito internacional, “It’s Not Unusual”, que en 1965 se encaramó hasta el número uno de las listas en el Reino Unido. Ni tampoco la balada “Delilah”. Una hora más tarde, Tom Jones recibió en su camerino a Rocío, Luz, Violeta y Clara. A esta última se abrazó con fuerza y cariño y le dio varios besos en las mejillas, una tierna escena que contemplaron a través de la puerta entornada los agentes de la Brigada Político Social asignados a su vigilancia. Aún pasaría Clara esa noche en los calabozos de la Jefatura. En los interrogatorios, ella se pondría a musitar las canciones del artista galés. No saldrían otras palabras de su boca.                      

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

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