Materia de conflicto

Viernes, 12 Noviembre 2021 10:33 Escrito por  Enrique S. Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 227 veces
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Duelo a Garrotazos - Goya Duelo a Garrotazos - Goya

Luis

- Venga, Lumbreras, que vamos a dar un paseo.

  El perro, cuando vio a su dueño con la correa en la mano, le lamió los dedos y comenzó a brincar y ladrar. De puro contento.

El día amaneció gris y desabrido, pero fue mejorando con el paso de las horas, hasta que mostró su cara más espléndida al atardecer. Un cielo límpido y una temperatura apacible. Como si se hubiera vestido con sus mejores galas para salir de fiesta.

El dueño del perro, Luis, era un hombre de invariables costumbres. Tras el desayuno, veía durante un rato el magacín de Telecinco, y luego sacaba el perro a la calle. Y repetía la salida con el animal, por la tarde, a renglón seguido de una reparadora siesta cómodamente arrellanado en su sillón orejero. El coro de los ronquidos se acompasaba con el traqueteo que producía el pedal de la máquina de coser de su mujer.

Lumbreras, que era un perro de raza indeterminada, de pelaje negro y motas blancas en la cabeza, no le andaba a la zaga a su dueño en lo tocante a las costumbres. Se paraba siempre ante el primer árbol con el que se cruzaba en su camino, levantaba la pata trasera izquierda, echaba una corta meada, y, finalmente, barriendo la tierra con sus patas traseras, cubría por completo la zona irrigada.

Luis vivía a un tiro de piedra del polígono industrial El Molí, enclavado entre el carrer Picanya y el Barranc de Torrent, una superficie donde la franquicia de restaurantes de comida rápida McDonald´s levantó su primer establecimiento en nuestra ciudad, hace ya unos cuantos años. Esta era la zona predilecta de Luis para los paseos vespertinos con Lumbreras. De modo que esa tarde se encaminaron ambos también hacia allí.

Lumbreras lo olisqueaba todo, como un avezado sabueso. Y, desde luego, no había árbol o farola que se librara de su cotidiano ritual de la meada, aunque ya no expeliera gota alguna. A esa marcha casi procesional, enfilaron el carrer Indústria. Entonces, Luis sufrió un repentino apretón, sin visos de que fuera a remitir. Por lo que se alarmó ante la posibilidad de irse de vareta. Así que, después de echar una ojeada en derredor, escogió el sitio a su juicio más reservado y se puso a evacuar. Los visajes de su rostro, durante todo el proceso intestinal, dieron puntual noticia de su mudable estado de ánimo: desde el repentino apuro hasta el placentero alivio. Entre tanto, Lumbreras se había alejado de su dueño, no se sabe si para no ver a este en postura tan inusual que a sus ojos lo despojaba de toda dignidad humana o para no dañar su fino olfato con la hedionda vaharada que empezaba a expandirse. Aún seguía Luis personificando la popular figura del caganer, cuando apareció por allí otro perro, que se acercó hasta él, y detrás del animal venía un tipo que frisaba los 65 años, tocado con gorra de béisbol y portando en la mano una rama de naranjo, que usaba a modo de bastón. El individuo de marras, al llegar a la altura de Luis, se puso a reprenderlo a grito pelado:

-  Guarro, te has puesto a cagar ahí para que mi perro se coma tu asquerosa mierda. Pedazo de cabrón, ahora te vas a enterar –y el tipo se puso a asestarle a Luis, con la rama de naranjo, como si vareara un olivo, golpes por toda su geografía corporal. Sin embargo, debido a su postura tan poco airosa, el dueño de Lumbreras apenas pudo repeler la  agresión, sólo protegerse la cara con los antebrazos, y realizando un ímprobo esfuerzo para no caerse encima de sus propios excrementos. El sujeto de la gorra de béisbol, sin decir ya oxte ni moxte, se marchó del lugar en menos que canta un gallo, y en paralelo correteaba su perro, con la lengua fuera.

A poco pasaron casualmente por escenario tan escatológico dos muchachos que le daban patadas a un balón de fútbol prácticamente desinflado, y estos, sobreponiéndose al hedor ambiental, socorrieron a Luis y le ayudaron a desplazarse hacia el cercano McDonald´s, donde un empleado dio aviso a la policía y a los servicios médicos. Lumbreras estaba de nuevo junto a su amo. Recostado sobre una pierna, ponía las orejas tiesas y abría mucho los ojos cada vez que Luis profería un quejido de dolor.

 

Fernando

<<Yo le voy a contar lo que pasó, señor guardia. Y esta señorita tan guapa que se sienta aquí a mi lado, sí, eso es, la abogada de oficio, seguro que no me va a dejar mentir. Me llamo Fernando, y nadie me conoce por ese apodo que usted menciona, el Buscapleitos, y el que afirme lo contrario es un maldito bellaco y habrá de tenérselas tiesas conmigo. Vivo en la calle de un poeta que cantaba “Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela…”. Ya ve, señor guardia, yo de chavea era muy leído y sentía mucha afición por la escuela. De acuerdo, ya voy al meollo del asunto que nos ocupa, como lindamente dice usted, señor guardia. ¿Qué hice yo el pasado viernes, a media tarde?  Pues yo se lo voy a decir, con pelos y señales. Después de la manduca, una paellita precocinada de Mercadona acompañada de un buen tinto Don Simón, de los de tetrabrik, claro, que no está uno para echar la esmirriada pensión por la ventana, me pegué una sobada de un par de horas en el sofá, dado que no le tengo yo ninguna querencia a la tele. Al cabo, cogí al Loquillo; lo llamo así, sabe usted, por que es un perro que se alborota en seguida y se pone como loco ladrando, pero, por otra parte, es tan bueno, que no le cuesta a uno arregostarse con este chucho. Y nos fuimos de paseo al polígono, por donde está lo del “Macdonal” ese. Por allí pispé a un tipejo, que lo tengo muy visto por el barrio, acuclillado y con los pantalones bajados hasta los tobillos. Y ya se puede usted barruntar lo que estaba haciendo: cagar. ¡Huy!, le pido disculpas por mi pobre vocabulario, señor guardia; pero, en efecto, estaba cagando en una zona en la que retozan habitualmente los perros.  Así que, al ver que mi Loquillo se iba derechamente hacia la mierda, amonesté a ese mentecato diciéndole que se fuera a otro sitio a hacer sus cosas. Y ahora, señor guardia, le diré a usted lo que ese canalla me respondió, de muy malos modos y sin pizca de educación. Me dijo: “Yo cago donde me da la real gana. De forma que vete de aquí, o te voy a dar un sopapo. Que a ti no te quieren ni tus hijos”. Entenderá, señor guardia, que no tuve otra salida que enzarzarme con él. De pura lógica. Pues no va el mamón y me mienta a los desgraciados de mis hijos, que mal rayo les parta a todos. Estoy mejor solo que en compañía de esos cinco botarates desagradecidos. Ay, señorita abogada, disculpe usted esta parla mía tan grosera, pero es que cuando me enciendo no estoy para delicadezas. Y no hay nada que me saque más de mis casillas que esos hijos del diablo que me quieren desahuciar de mi casa ¿Qué si le golpeé con mi bastón? ¿Eso es lo que me pregunta usted, señor guardia?  Verá, ese asqueroso cogió una piedra de buen tamaño, la embadurnó de mierda y me la arrojó a la cabeza, y la piedra me pasó rozando la oreja izquierda y su olor, sabe usted, lo tengo todavía clavado en la nariz. Mi reacción, faltaría más, fue atizarle en seguida un bastonazo. No recuerdo ahora si uno o más de uno. En legítima defensa, ¡eh!, esto que quede claro. ¿No es así como lo dicen en las películas de pegar tiros? Vale, vale, ya me ciño a los hechos. Pero, insisto, fue en legítima defensa. ¡Las cosas claras y el chocolate espeso! Y, en cuanto al bastón, quiero aclarar que no era un bastón propiamente, sino una rama de naranjo, que me hace muy bien el avío, pues las piernas ya no me responden igual que cuando era joven. Y talmente esto que le he contado fue lo que sucedió. Solo la verdad y nada más que la verdad. Entonces, ¿ya puedo irme a casa? Descuide, señor guardia, que si me citan del juzgado, acudiré sin falta. Yo no me escondo de nadie. Pero si ese puerco se cree que, por haberme denunciado, me va a sacar los cuartos, va apañado. ¡Vaya que si va apañado! Igual que mis hijos con la herencia. Ya se lo puede ir diciendo usted si quiere al juez de mi parte. Bueno, gracias, señor guardia, y también a usted, señorita abogada. Que es usted muy guapa, señorita, y tiene usted cara de lista.  Por fuerza, ¿no?  Habiendo llegado a abogada… Sí, sí, ya me levanto y me voy. ¡Adiós! >>.                    

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

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