Cartas a Adèle

Viernes, 14 Enero 2022 10:23 Escrito por  Enrique S.Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 497 veces
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En los primeros días de enero de 1812, dos compañías de húsares, al mando del general francés Joseph Reille, ocuparon Torrent, y rápidamente se apoderaron del convento de Monte-Sión, del que expulsaron a los franciscanos descalzos, para utilizarlo como cuartel. El convento, que estaba situado sobre una cima, resultaba un inmejorable puesto de observación y de control de las vías de tránsito terrestres. Los húsares eran unidades de caballería ligera, y tuvieron una importante y decisiva participación en la conquista de Valencia, formando parte de las tropas comandadas por el mariscal Suchet, a quien el emperador Napoleón Bonaparte le concedió el título de duque de la Albufera por su brillante victoria. Salvo esporádicos hostigamientos de las partidas de guerrilleros, la Valencia gobernada por Suchet gozó de una calma y una normalidad mucho más efectivas que en otros territorios conquistados por el Ejército Imperial Francés. El mariscal decidió mantener una administración española y colocó a la cabeza de los órganos municipales a aquellos hombres que consideró que eran “prudentes, íntegros e imbuidos de auténtico interés por su tierra”. Varios escuadrones de húsares continuaron acuartelados en Torrent, y los vecinos se vieron forzados a alojar en sus casas a oficiales y soldados y, claro, a mantenerlos sin decir ni mu. Al médico Juan Verdet, un hombre seguidor del pensamiento ilustrado y detractor del absolutismo monárquico, que hablaba la lengua francesa con sobresaliente fluidez y rico vocabulario, le tocó en suerte un comandante de vasta cultura y de ideas progresistas, que respondía al nombre de Claude. Este lucía mostacho –el bigote era obligatorio entre los húsares- y vestía el colorido uniforme de manera impecable en todo momento y circunstancia. El médico vivía con su mujer y su hijo de once años, Jaime (le puso este nombre en homenaje a su admirado Jean-Jacques Rousseau), en una vivienda de una planta ubicada cerca de la Torre. A pesar de su credo liberal, era una persona respetada en igual medida tanto por los denominados patriotas –partidarios del regreso del rey Fernando VII- como por quienes se adhirieron con entusiasmo a la causa napoleónica, a excepción de uno de ellos, el secretario del Ayuntamiento, su antagonista más furibundo en las tertulias del casino, con quien sostenía a menudo encendidas discusiones, en especial cuando tocaban el tema de la Asamblea constituyente que se estaba celebrando en Cádiz con el fin de aprobar una Constitución que cambiara el régimen político. En la suntuosa casa del secretario del Ayuntamiento se hospedaba nada menos que el propio general Reille.

 

Una mañana, el comandante Claude le pidió permiso al médico para llevar a su hijo Jaime –que también hablaba francés- al convento de Monte-Sión, donde la soldadesca quería festejar su cumpleaños. Allí el muchacho se quedó de una pieza cuando contempló a algunos soldados abrir las botellas de champán con el sable; deslizaban el sable a lo largo del lomo de la botella y luego con la hoja daban un golpe seco al gollete y quebraban el vidrio, separando la parte superior del cuello del resto de la botella. Los húsares fueron los primeros en crear la tradición en el ejército galo de abrir las botellas de champán con un sable para celebrar las victorias en el campo de batalla. Jaime no había probado nunca esa bebida y el comandante le escanció un mínimo trago directamente en su boca, tan abierta como el gua donde se introducen las canicas, y las burbujas le hicieron sentir cosquillas en la nariz, y después estornudó con estruendo, lo que provocó la unánime carcajada de los soldados. Ni Jaime ni el comandante comentarían nada sobre ese suceso durante la comida en la casa familiar. Acordaron, tácitamente, que sería su secreto. Sin embargo, a partir de aquel día, ambos serían incapaces de eludir soltar una risa cada vez que a Jaime le asaltara un estornudo, generando la lógica extrañeza entre sus padres.

 

Jaime no olvidaría nunca el mes de agosto de 1812. Es verdad que vino cargado de extraordinarios acontecimientos. Pero por lo que a él le atañía personalmente, ninguno alcanzaría el lugar de privilegio que había de ocupar en su memoria la amistad que forjó en esos días con un niño francés de su misma edad, quien, con el correr de los años, sería considerado como uno de los grandes escritores en lengua francesa de todas las épocas.  En ese verano de 1812, Valencia se iba a convertir en la capital de las Españas. A raíz de la derrota de las tropas francesas en la batalla de los Arapiles, infligida por el ejército aliado al mando del primer duque de Wellington, y ante su imparable avance hacia Madrid, José I, que ostentaba el título de rey de España por designio de su hermano Napoleón Bonaparte, huyó de la capital y puso rumbo a Valencia. Salió acompañado de una caravana compuesta de 20.000 personas y 5.000 carros. En uno de los carros viajaban dos niños. Eran los hijos del general Joseph Hugo: Eugène y Victor, de doce y diez años. En los días previos a la partida del rey José I, el general Hugo ordenó a un soldado de caballería que portase un correo a su hermano de sangre y tocayo, el general Joseph Reille (siempre habían ido a la par en los ascensos y en las condecoraciones por méritos de guerra), en el que le pedía el favor de que se hiciera cargo de sus hijos mientras permanecieran en tierras valencianas. En la parada de bienvenida, alineada a la puerta del palacio de los condes de Parcent, lugar elegido para la residencia real, Reille se encontraba al lado de la máxima autoridad, el mariscal Suchet. Después de la recepción, se subió a un carruaje junto a los dos niños. A su llegada a Torrent, Eugène y Victor Hugo tenían dispuesta su habitación en la casa del secretario del Ayuntamiento.

 

El médico Juan Verdet poseía una excelente biblioteca, y entre sus baldas se podían hallar libros de Voltaire, Rousseau, Rabelais, Perrault y otros, en su lengua original. De modo que los hermanos Hugo, ávidos lectores y  poetas precoces, no tardaron en frecuentar la casa del médico, y muy pronto Victor congenió con su hijo Jaime, de quien se hizo inseparable; de hecho, pasaba más tiempo en su casa que en la del secretario del Ayuntamiento. En cambio, Eugène, debido a la rivalidad que mantenía con su hermano por todo, se comportó distante e indiferente. Sin embargo, cuando descubrió que Jaime ayudaba a Victor en la escritura de unas cartas, se llenó de resentimiento hacia él. La primera noche que Victor se quedó a dormir con Jaime volcó el talego de sus confidencias sobre las frescas sábanas de lino. Le contó que en Madrid había estado interno en una residencia religiosa de los Escolapios, y que un padre pío, al observar que se pasaba las clases componiendo poemas de amor, lo tuvo enfilado hasta el último momento. Llegado a ese punto, le reveló el amor que sentía hacia una niña llamada Adèle Foucher, un año menor que él. Sus padres eran amigos íntimos, y quedaban a menudo los domingos en el jardin de las Tullerías de París. Adèle era muy ingeniosa y se inventaba todo tipo de juegos, a los que siempre se apuntaba Eugène. No le faltó detalle alguno al retrato sobre la hermosura de Adèle que pintó verbalmente Victor, y un cohibido Jaime, a medida que su amigo lo trazaba, sintió un calor creciente en sus mejillas arreboladas, “nunca antes –le susurró al oído- ningún niño me había hablado de enamoramientos”.  De golpe y porrazo, Victor se amohíno. Temía, según dijo, que ella se olvidara de él por culpa de la distancia que los separaba. Entonces, Jaime le propuso que le escribiese y le enviase una carta cada día a París, que él le echaría una mano con el significado de las palabras castellanas y le mostraría los lugares más bellos de su villa para que luego se los describiese en los papeles a Adèle. Víctor Hugo se admiró del impresionante sentido del humor de Jaime y de su enorme capacidad de fantasear. Y ambos disfrutaron mucho durante el proceso de escritura de las cartas a Adèle. En una ocasión, el comandante Claude echó una ojeada al texto por encima de los hombros de ellos y, con la intención de ponderar el estilo, dijo: “Un nuevo Molière”, pero en seguida Victor Hugo le espetó: “Quiero ser Chautebriand o nada”. Eugène también estaba enamorado secretamente de Adèle, aunque no se atrevió jamás a confesárselo a nadie. Ni siquiera a ella. Vivió su amor como un tormento. Y descubrir que su hermano y Jaime le escribían al alimón una carta cada tarde, le causó una gran turbación y un profundo y perdurable resentimiento hacia el torrentí. Victor Hugo se casó a los veinte años con Adèle. Hasta ese día le había escrito unas doscientas cartas.

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll