Operación encubierta

Viernes, 11 Febrero 2022 10:56 Escrito por  Enrique S.Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 428 veces
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Isaac, Judith y Amos esperaban en la sala de embarque del aeropuerto internacional Ben Gurion de Tel Aviv. Estaban a punto de subir a bordo de un avión Boeing de la compañía El Al Israel Airlines con destino a Barcelona. Los tres eran miembros del Mossad, una de las agencias de inteligencia del Estado judío. Habían sido escogidos, tras superar con éxito las durísimas pruebas de selección, para ejecutar una operación de extremo riesgo en Valencia; una acción que, de quedar al descubierto, no solo podía originar un serio conflicto entre España e Israel, países que no mantenían relaciones diplomáticas mutuas, sino también, y esto era lo más grave para ellos, podía poner en serio peligro sus vidas. Corrían los años sesenta.

 

Los tres agentes del Mossad aterrizaron sin ningún contratiempo en el aeropuerto del Prat después de cuatro horas de vuelo bastante plácido. Y sin solución de continuidad, se desplazaron en seguida hasta la estación de ferrocarril para tomar un tren a la capital del Turia, donde habían reservado alojamiento en el Hotel Londres, que regentaba la familia del director de cine valenciano Luis García-Berlanga. Un edificio escalonado que se asomaba a la plaza del Caudillo.  Isaac lucía una poblada barba morena y, pese a ser el más joven de los tres agentes, era el jefe del dispositivo. Cuando se reunieron con él en la habitación sus dos compañeros, Isaac abrió una carpeta de plástico traslúcida y extrajo un documento calificado de máximo secreto, que él ya había consultado la noche anterior. Y comenzó a describirlo en voz queda: “En el encabezamiento aparece un código: HL401 y una ubicación: Valencia.  A continuación, se proporcionan detalles precisos del objetivo. Y finalmente, al pie del documento, se resume el propósito de la operación encubierta: identificación, captura y secuestro de Klaus Hoffmann”. Los tres espías israelíes, como parte de su exigente y concienzuda preparación, estuvieron a lo largo de varias jornadas analizando con interés, rigor y detenimiento todos los pormenores de la llamada Operación Garibaldi, en la que miembros del Mossad capturaron en Argentina al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann y lo trasladaron de forma ilegal a Israel para su juicio y posterior ejecución.  “Pero, ¿quién es ese Klaus Hoffmann?”-preguntó Judith. “Pues nada menos que el hombre de confianza y mano derecha –Isaac hablaba de memoria- de Reinhard Heydrich, el que fuera jefe de los servicios de seguridad del Tercer Reich, más conocido como el Carnicero, y responsable de la “solución final”, el plan de los nazis para aniquilar a los judíos. Klaus Hoffmann tuvo un especial protagonismo en la organización de la conferencia de Wansee, en Berlín, donde se reunieron funcionarios de alto rango del partido nazi para implementar el citado plan. Cuando la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial ya era un hecho irreversible, simpatizantes de la causa nazi en el extranjero brindaron a Klaus Hoffmann la oportunidad de escapar a España”. “Claro –apostilló Amos-, el dictador Franco hace la vista gorda con estos criminales de guerra. Se ve que es su manera de corresponder a la ayuda militar que le prestó la Alemania de Hitler para que prosperase su golpe de Estado contra el gobierno legítimo de la República”.

 

Unas semanas antes, el servicio secreto israelí había dado en Múnich con un antiguo colaborador de Klaus Hoffmann, llamado Franz Gúrtel. Le pincharon de inmediato el teléfono de su domicilio. Así averiguaron que ambos mantenían una comunicación periódica. En la última charla registrada por el Mossad, el tal Gürtel le anunció a su superior –a quien se dirigía siempre por el nombre en clave HL401- que tenían muy adelantados los preparativos para su salto a Argentina. Luego, la conversación giró en torno a las rutinas de Klaus en Valencia. Fue en ese momento cuando este desveló un dato ciertamente esclarecedor. Dijo que, como medida de seguridad y para pasar lo más desapercibido posible, acostumbraba a utilizar el ‘trenet’ en sus desplazamientos desde su lugar de residencia hasta su empresa de Import/Export recién establecida en la capital valenciana. Entonces el Mossad decidió poner en marcha la operación.

 

Judith tomó las riendas de las pesquisas sobre el trenet. Cada noche, después de la cena, y cuidándose mucho de que nadie los viera, los tres espías se juntaban en la habitación de Isaac para compartir la información recabada durante la jornada por cada uno de ellos. Judith pasó a informarles acerca de sus indagaciones. Sus dos compañeros, sin perder ripio y mirándola de hito en hito, comprendieron con una clarividencia fuera de toda duda que el resultado de la investigación de ella les franqueaba una puerta que, barruntaban, podría ponerles muy pronto en el camino de la ansiada localización de Hoffmann. Sabiendo ya que el trenet era un ferrocarril de vía estrecha que conectaba Valencia con algunos de sus pueblos limítrofes, no les quedó otra que armarse de paciencia y proceder a turnarse en la vigilancia de las dos principales estaciones: la de Jesús y la del Puente de Madera. Entre la documentación que manejaba Isaac había una serie de fotografías de Klaus Hoffmann y los tres agentes se conocían al dedillo su fisonomía, que presentaba un rasgo muy especial: una cicatriz le cruzaba de arriba abajo una de sus mejillas. En una de sus visitas al campo de exterminio de Auschwitz, un prisionero polaco le rajó la cara con un trozo de alambre. Klaus lo mató él mismo de un disparo a bocajarro.

 

Algunos días más tarde, Amos, que vigilaba la zona de los andenes de la estación de Jesús, reconoció a Hoffmann cuando se dirigía hacia un convoy situado en la línea 1. El espía aguardó unos segundos y luego se aupó al mismo vagón que su objetivo. Amos portaba una placa de inspector de policía falsa, para mostrársela al revisor si se daba el caso. Al cabo de varias paradas, Klaus Hoffmann se apeó en la población de Torrente, cosa que Amos averiguó al observar el letrero que colgaba de la marquesina de la estación. Después de transitar por varias calles, Hoffmann se detuvo ante una parada de autobús. Pronto arribó un coche de línea que, en la parte superior de la cabina, indicaba su término: El Vedat. Circularon por una carretera flanqueada de chalés y pinos. Llegaron a la última parada. Amos prosiguió su seguimiento a pie. No tardó en vislumbrar un sobrio edificio de cuatro plantas que emergía de aquel espacio arborescente, en el que Hoffmann se introdujo con naturalidad. Era el Hotel Lido. Y, claro, a Amos no le costó mucho atar cabos: HL401 (Hotel Lido, habitación 401). Ahora sí que la identificación era plena. Pasada la medianoche, los tres miembros del Mossad se habían apostado cerca de la entrada del hotel, dentro de un turismo de alquiler. Esa misma tarde, por medio de una comunicación cifrada, Isaac había sido informado de que Hoffmann tenía previsto reunirse al día siguiente con un contacto. En el aparcamiento del hotel estaban estacionados varios automóviles y una furgoneta con los cristales traseros espejados y en cuyos laterales figuraba la leyenda: “Verduras y hortalizas. El Morenito”. Ellos no sospecharon nada, pero en realidad la furgoneta era un puesto de vigilancia móvil del contraespionaje franquista.

 

Amaneció el 3 de febrero. En Torrente se celebraba una fiesta muy genuina: San Blas. Los agentes del Mossad, que caminaban guardando cierta distancia uno de otro, enfilaron la calle Ramón y Cajal, ya atestada de una muchedumbre que zascandileaba entre las dos filas repletas de tenderetes. A duras penas podían transitar entre la turbamulta: niños con gaiatos de panquemao en ristre, adolescentes armados con pelotas de cuero correteando detrás de las chicas, adultos comprando frutos secos o berenjenas de Almagro… Klaus Hoffmann acababa de detenerse al lado de una fuente. En eso que Judith vio a un individuo, que vestía gabardina gris, entablar una breve conversación con él mientras le ungía el cuello con una sustancia, sin tocarla con la mano, directamente de un recipiente mínimo. La tradición mandaba ungirse aceite sobre la garganta, como más tarde sabrían los tres espías. De súbito, el individuo desapareció entre la multitud, y al poco se produjo allí un gran revuelo. La gente rodeó a una persona tumbada en el suelo, boca arriba. Isaac se acercó al corro y descubrió que esa persona era Klaus Hoffmann. Estaba muerto. Y no le cupo la menor duda de que el criminal nazi había sido eliminado mediante un potente veneno que al contacto con la piel le había provocado la asfixia. A través del parabrisas del turismo de alquiler, los tres espías israelíes vieron pasar, aunque sin ningún gesto de sorpresa por la casualidad, la furgoneta de los cristales espejados. Lo que no oyeron, sin embargo, fue la transmisión que se hizo desde su interior: “Ya no cazarán al pájaro. Tampoco cantará. Pueden estar tranquilos en El Pardo. Corto y cierro”.

 

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

Modificado por última vez en Lunes, 16 Mayo 2022 12:38
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