Mas allá de las sombras

Martes, 17 Enero 2023 11:28 Escrito por  Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 71 veces
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La primera vez no le di la menor importancia. Dije: Esto ha sido una gamberrada, cosa de chiquillos. Y mi mujer, Lola, por sugerencia mía, siguió tendiendo como siempre la ropa en el terrado de la finca. Pero, desde entonces, advertí que ella se removía mucho en la cama, suspiraba sonora y profusamente, y se apretaba a mi cuerpo con más fuerza que de costumbre. Incluso me daba un beso muy apasionado en la boca, antes de desearme buenas noches. Mi interpretación de estas señales me guio al convencimiento de que a Lola ese suceso le había infundido un cierto grado de temor cuyo efecto más visible era un incipiente insomnio del que yo no guardaba memoria que ella hubiera sufrido nunca… Mi marido, Salva, cuando subió al terrado conmigo para recoger la ropa, no reaccionó airadamente al descubrir mis bragas y mis sujetadores desparramados por el suelo y cortados a cachitos. Solamente dijo, en un tono neutro y casi inaudible: Esto ha sido una gamberrada, cosa de chiquillos. No se podía él ni imaginar cuán lejos se encontraba de la verdad del asunto. De la misma manera que siguió sin entender nada la tarde en que se volvieron a reproducir los hechos; mis bragas y mis sujetadores, desprovistos de ninguna gracia erótica, se hallaban de nuevo esparcidos a trozos de diversos tamaños por el terrado. Salva, en esta ocasión, y con los ojos inyectados en sangre, soltó un exabrupto: Me cago en la madre que lo parió… Me cago en la madre que lo parió, dije yo, con elocuente enfado, ante el paisaje que me ofrecía esa ropa interior de Lola íntegramente desbaratada. No sabía ya qué pensar. Pero, entonces, mis sospechas ya no recayeron sobre infantes gamberros, sino sobre algún vecino rijoso o, lo que era mucho peor, dominado por la depravación más repugnante. Y mi inquietud, en la bolsa de la vida, subió muchos enteros. Sin embargo, en seguida procuré enmascararla, para no añadir más angustia al pavor que mi mujer –o eso percibía yo- mostraba en su rostro, como una vieja cicatriz. De modo que bajé a casa para echar mano de una bolsita de plástico con cierre hermético, y acto seguido volví a subir al terrado y me puse a recoger del suelo los jirones de la ropa íntima de Lola y los introduje en la bolsita, poniendo, eso sí, especial cuidado en no tocarlos más de lo necesario. Tendríamos que llevarlos a la comisaría para que la policía científica los analizara en busca de posibles huellas del autor, le dije a mi mujer, al tiempo que miraba de hito en hito el escenario del crimen. Y en mi cabeza rápidamente se fue recreando la imagen de una cinta rodeando el terrado, donde se podía leer: “Policía. No cruzar”...  Vi a mi marido apresando con las puntas de los dedos, con una delicadeza digna de mejor causa, los pedacitos de mis bragas y mis sujetadores, y cómo luego los embutía en una bolsita de plástico. Tendríamos que llevarlos a la comisaría para que la policía científica los analizara, dijo Salva, haciendo gala de sus conocimientos adquiridos gracias a las series policíacas de la tele de las que era un adicto. De ahí que por un momento me lo imaginé con una lupa en la mano y una pipa humeante colgada de la comisura de los labios, y meneando la cabeza de arriba abajo en señal de que había resuelto el enigma de otro espinoso y enrevesado caso. Aunque yo no me veía, claro, en el papel de su ayudante Watson, ahora reconvertido en mujer. Sin duda mi marido quería mostrarse tranquilo y seguro con objeto de apuntalar lo que más bien era un deseo y no una realidad: que tenía la situación bajo control. Y, también, porque creía que yo, superada por los acontecimientos, me hallaba en un tris de sufrir un ataque de ansiedad. Para sacarlo de su errónea impresión, decidí que ya había llegado el momento de ir desenredando el caso…  Al regresar a casa, tras una dura jornada en la fábrica donde trabajo, dedicada a la reparación de maquinaria pesada, albergaba el propósito de  darme una gratificante ducha. No obstante, lo que contemplé al traspasar el umbral de la habitación de matrimonio me quitó las ganas en un santiamén. El cajón de la mesita de noche, donde Lola guardaba sus prendas de ropa interior, apareció volcado sobre la cama y todo su contenido, cortado a trozos mínimos, alfombraba prácticamente el cuarto. Sobre la superficie acristalada de la mesita, destacaba un libro, del que sobresalía el punto de lectura. Me fijé en el título, “Cincuenta sombras de Grey”, y su autor o autora era “E.L. James”. La faja que lo ceñía revelaba que se habían vendido ya más de treinta millones de copias de la novela. Abrí el libro por el lugar que señalaba el punto de lectura, y comencé a leer aleatoriamente, un párrafo por aquí, otro párrafo por allá. Estaban salpicados de palabras como miembro y clímax, y narraban las visitas frecuentes de la protagonista, Ana Steele, a los sex shop. De modo que deduje que el vecino rijoso o, lo que era mucho peor, dominado por la depravación más repugnante, había tenido la vil osadía de acceder a mi domicilio y sembrarlo de pistas con el único fin de infligirme una insoportable tortura mental. Y, para mayor desasosiego, hallé en el tocador una nota anónima confeccionada con letras versales recortadas de algún periódico, en la que se podía leer: “Vas a ver lo bien que nos lo vamos a pasar”. Así que resolví que ya había llegado el momento de denunciar los hechos, y rebusqué en el armario hasta que encontré la bolsita de plástico que había guardado allí… Me pasé toda la tarde visitando las tiendas de lencería de la capital. Al final, fundí la tarjeta de crédito en Lingerie de Nuit. Con varias bolsas llenas de prendas transparentes, encajes, corsés, ligueros y dos picardías, me subí al metro con destino a la parada de Torrent-Avinguda. Cuando ya estaba cerca de casa, llamé con mi teléfono móvil antediluviano al de Salva (mi marido –aunque tampoco yo me moría por ellos-  no se prodigaba haciendo los mismos regalos suntuosos que Christian a Ana).  Saltó el buzón de voz. Pero no dejé ningún mensaje… Fuera de mí, y sin paciencia para esperar la llegada del ascensor, bajé las escaleras a trancos. No omití ningún detalle ante la policía. Y también les entregué la bolsita con los trocitos de ropa íntima y la nota. Un par de agentes de paisano me acompañaron de vuelta a casa para iniciar las primeras pesquisas. Seguía tan ofuscado, que no caí en la cuenta de que la puerta solo tenía echado el resbalón… No había regresado Salva de la fábrica. Se ve que se había quedado a hacer horas. Vi que la habitación de matrimonio seguía intacta. Como yo la había dejado antes de marcharme a Valencia. Salvo que me olvidé de la nota y, por tanto, no comprobé si seguía encima del tocador. Así que, sin más demora, extraje de sus envoltorios las prendas de lencería y las repartí por toda la casa: unas bragas de encaje colgadas de un cuadro, un liguero sobre el sofá, un corsé en mitad del pasillo. Después me di un baño con agua caliente y abundante espuma, y esperé a mi marido tumbada en la cama, solo vestida con lo mismo que se ponía Marilyn Monroe para dormir: unas gotas de perfume… Cuando los agentes y yo irrumpimos en la habitación de matrimonio, mi apuro fue tremendamente morrocotudo Estuve a punto de exclamar: tierra, trágame. Pero mi boca acabó escupiendo, como si fueran huesos de aceituna: joder, joder, joder. En cambio, los policías abrieron unos ojos como platos. Mi mujer, al reparar en nosotros, saltó horrorizada de la cama y corrió a refugiarse en el baño, dejando en el aire idéntico efecto al de un reguero de pólvora…  Reconocí primero la voz de mi marido: joder, joder, joder, y luego, al levantar un poco la cabeza, observé a Salva plantado en la puerta y flanqueado por dos desconocidos. Di un ruidoso gruñido y salté de la cama como impulsada por un oculto resorte, y me escondí en el baño, sin entretenerme siquiera en cubrir mi desnudez. Entonces comencé a chillar como una posesa: Joder, Salva, joder, eres un obtuso, un auténtico cretino, joder… Oía a mi mujer gritar dese el baño: Eres un obtuso, un auténtico cretino, y empecé a atar cabos. Cada vez estaba más desolado y avergonzado. La sonrisa de oreja a oreja de los policías mientras abandonaban mi casa se me quedó grabada a fuego en la memoria… Después de hablar con Salva, me fui esa noche a la cama un tanto mohína y arrepentida. Pero, ¡oh!, encima de la colcha reposaba mi nueva y sexy ropa íntima, junto a una nota manuscrita (era la letra de mi marido), con la leyenda. “Nena, sílbame cuando estés lista”. Y yo exclamé, emocionada a la par que excitada: A la mierda el señor Grey.

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

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