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Viernes, 05 Octubre 2018 11:15

Tu lejano recuerdo me viene a buscar*

Desde que recibió el whatsapp, a primera hora de la noche, no había parado de darle vueltas al asunto mientras deambulaba por la sobria habitación del hotel, con la inquietud propia del preso que fatiga la exigua extensión de su celda a la espera del inminente anuncio de la sentencia. Tampoco le dio ni un momento de respiro a su memoria, ya exhausta, como consecuencia del minucioso repaso al concienzudo plan que había puesto en ejecución unas horas antes de la recepción del mensaje telefónico. Si no hubiera leído ese conciso y extraño texto, ahora mismo estaría persuadido de que el desarrollo de su plan había sido intachable, sin ningún cabo suelto. ¡Pura perfección! Por el contrario, el whatsapp había conseguido hacer tambalear aquella convicción que le había acompañado durante la travesía en vaporetto de regreso a su hotel monástico. Un vaporetto al que se subió después de abandonar un suntuoso edificio y arrojar sus guantes al interior de una góndola amarrada a un noray del cercano embarcadero de la laguna. 

 Llevaba en Venecia poco más de un día. Estaba alojado en un antiguo convento reconvertido en hotel, próximo al barrio judío. Como disponía de algo de tiempo antes de realizar el trabajo que le había traído a la capital de la región véneta, decidió conocer la ciudad como otro turista más. Eso sí, buscaba los sitios de mayor afluencia de visitantes para pasar completamente desapercibido. Era una estricta norma de conducta suya, que cumplía a rajatabla en todas sus misiones: exponerse lo justo. No hubiera alguien dotado de ojo clínico que pudiera recordar su presencia al examinar las hojas de esos álbumes fotográficos que tanto gustan de coleccionar a los cuerpos policiales como los carabinieri. Hizo fotografías con la cámara de su smartphone desde el pórtico y los arcos del Puente Rialto, disfrutando de las vistas del Gran Canal, cuyas aguas agitaban toda clase de embarcaciones. De pronto, advirtió que una mujer, de ojos claros y larga cabellera rubia, lo miraba fijamente desde el asiento rojo de una góndola, cosa que le causó una ligera desazón; si bien esa pesadumbre se desvaneció tan rápido como las pompas de jabón que un niño hacía asomado al pretil del puente. Al cabo se incorporó a un nutrido grupo de alemanes que no perdían de vista al guía que levantaba en el aire un paraguas cerrado de color granate chillón, y caminando en comandita por calles serpenteantes y de poca anchura, desembocó junto a ellos en una abarrotada Piazza San Marco, en la que se erigía majestuoso y rígido el Campanile, con sus cinco campanudos vigías en lo alto. El guía primero situó al grupo frente a la fachada occidental de la bizantina basílica, y después comenzó a dar sus pormenorizadas explicaciones sobre el soberbio mosaico que la adornaba, de modo que él aprovechó la ocasión para alejarse con discreción del grupo, aunque aún pudo percatarse de la aviesa mirada que le echó de soslayo el malhumorado guía. Enfiló hacia el Caffè Florian, famoso por ser el primer café de Europa, donde tomó asiento en una de las mesas de la terraza y se entretuvo un buen rato contemplando el bullicio de la plaza en tanto que degustaba un spritz, la bebida típica veneciana. De repente chocó contra su mesa la mujer de ojos claros y larga cabellera rubia. Tras decir ella “I am sorry”, los dos se sostuvieron la mirada un instante que pareció eterno. Luego, la mujer desapareció por el fondo del local. Como ya faltaba poco para ponerse manos a la obra, él regresó al hotel remontando a pie sucesivos y variados canales. Y le resultó muy curioso el hecho de que las bolsas con la basura colgasen de las puertas de las casas. 

Un coleccionista de arte torrentí le había adelantado una cuantiosa suma de dinero -y quedó pendiente de desembolsarle otra cantidad similar a la entrega del codiciado objeto-, para que se desplazara al Palacio Ducal de Venecia. Allí se había inaugurado una exposición temporal con cuadros procedentes de la Hispanic Society of America, con sede en Nueva York. El coleccionista de arte sólo estaba interesado en uno de ellos, que había visto en el catálogo publicado de la exposición: el retrato de un varón vestido con el típico traje torrentí que esgrimía en una mano la vara de mando de alcalde. Era obra del pintor granadino José López Mezquita, y llevaba por título The Major of Torrente (1929). Fue un encargo del señor Huntington, fundador de la Hispanic Society, y el retrato correspondía a una serie de caracterizaciones de tipos valencianos. José López Mezquita lo pintó en Torrent. La ejecución del robo le salió a él a pedir de boca. Neutralizó las sofisticadas alarmas. Doblegó la resistencia de las cerraduras de alta seguridad. Cegó las cámaras de vigilancia. Descolgó el cuadro de la pared y extrajo el lienzo del marco, que enfundó en su mochila. Finalmente, salió del Palacio Ducal y arrojó sus guantes al interior de una góndola que le pilló de paso en su vuelta en vaporetto al hotel. En ese mismo momento, una mujer surgía de las sombras de los soportales y atravesaba la Piazza San Marco en dirección al embarcadero. Más tarde, al salir él de la ducha, oyó el sonido característico de un mensaje de whatsapp. Se sentó al borde de la cama y cogió el teléfono, que reposaba en la mesita de noche. Observó la pantalla. Una foto identificaba a su remitente. Y la sorpresa lo catapultó de la cama como impulsado por un muelle. Era la mujer de ojos claros y larga cabellera rubia. Él leyó el texto: “Do you want to have a drink in the hotel bar? Bring the picture, of course”. Y tradujo en un susurro: “¿Quiere tomar una copa en el bar del hotel? Traiga el cuadro, por supuesto”. 

Al año siguiente se volvieron a reunir los dos en Venecia. Pero en esta ocasión se alojaron juntos en el mismo hotel. La mujer era la jefa de seguridad del museo de la Hispanic Society of America. Por mediación de ella él fue contratado como responsable de prevención de robos en el Guggenheim de Nueva York. El coleccionista torrentí no fue denunciado pero tampoco recuperó el dinero adelantado para el robo. Con este dinero la pareja se compró un pequeño apartamento en el SoHo de Manhattan. Después de unos días en Venecia, ambos se trasladaron a Torrent para que ella cerrase los flecos del evento cultural más importante en años. Por primera vez se expondría en nuestra ciudad, concretamente en el Emat, el cuadro The Major of Torrente (1929). 

 

(*) Letra de la canción Venecia sin ti, de Charles Aznavour

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

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Viernes, 21 Septiembre 2018 11:28

En la ciudad roja

—Salam aleikum.  [La paz sea contigo]

—Aleikum salam.

Mohamed entrecruzó saludos con el dueño de la cafetería que frecuentaba en la calle Nicolás Andreu y luego ocupó una de las mesas emplazadas en la terraza del local. Pidió lo de costumbre: un té de menta. Mohamed ya llevaba algunos años residiendo en Torrent. Era natural de Marrakech, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, junto a Fez, Mequinez y Rabat. Allí había sido maestro de una escuela primaria, donde enseñaba el amazigh (lengua bereber).  Y muchas tardes, cuando el ocaso le arrancaba irisados destellos al minarete de la Koutoubia, acudía a la cercana plaza Jmaa el-Fna, incomparable marco urbano de las tradiciones culturales populares marroquíes, y relataba viejas leyendas ante un nutrido y heterogéneo público que se sentaba en círculo sobre el suelo de mosaico, a escasa distancia de un encantador de serpientes y de las cabriolas de un mono amaestrado con el que se fotografiaban los turistas por unos pocos dírhams. Mohamed se desprendió de la mochilla que llevaba sobre un hombro -no le gustaba cargarla a la espalda-, extrajo un libro y una libreta moleskine de su interior, y después la colgó del respaldo de la silla. Mientras Mohamed realizaba esta última acción, se dirigió hacia su mesa otro cliente habitual del café, que hasta ese momento había permanecido acodado en la barra. Este se llamaba Ibrahim y era originario de Fez. Saludó a Mohamed de una manera informal y se sentó a su lado. Por edad, hubiera pasado sin duda por hijo de Mohamed. Antes de venirse a España, Ibrahim ejerció durante un breve tiempo de guía turístico en la medina Fez el-Bali (antiguo Fez), que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981, aunque antes anduvo de aprendiz en una curtiduría de la medina, soportando el hedor de los excrementos de paloma que se empleaban para fijar el color de las pieles. Siempre que Ibrahim evocaba la medina Fez el-Bali insuflaba en el ánimo de sus oyentes el deseo vehemente de conocer ese laberinto de calles estrechas trufadas de comercios de todos los gremios que abarcaba una extensión que parecía no tener fin; de ese abigarrado espacio de colores, olores y sensaciones que saturaban placenteramente los sentidos; y de ese intrincado lugar en el que hasta el más osado forastero acababa desorientándose y perdiéndose sin remedio, como en épocas pretéritas se extraviaban los ejércitos invasores de la ciudad y quedaban fatalmente a merced de los habitantes que la defendían. Ibrahim tomó el libro de Mohamed en sus manos y lo abrió por la hoja que seguía a la portada, y se demoró leyendo la dedicatoria: “Para Mohamed por sus extraordinarias narraciones orales que tanto me han servido de inspiración. Un abrazo. Juan Goytisolo”. Ibrahim, antes de devolver el libro a la mesa, se fijó de nuevo en el título, “Señas de identidad”, y esbozó una amplia sonrisa, como si tensase la cuerda de un arco. Porque sabía lo que iba a ocurrir a continuación. Sabía que Mohamed, nostálgico de su pasado de cuentacuentos, se dispondría a contarle los pormenores de su entrañable amistad con el escritor español nacido en Barcelona en 1931. Pero Ibrahim también tenía otra certeza: que no rechistaría ni un ápice pese a haber oído tantas veces esa misma historia. Y no lo haría, desde luego, porque disfrutaba mucho de la compañía del maestro y de sus portentosas capacidades como narrador oral.

  «Un día de hace veinticinco o treinta años –comenzó Mohamed su relato-, entré en una librería del barrio de Guéliz y estuve curioseando entre sus anaqueles. Al cabo de un rato captó poderosamente mi atención una novela cuyo título estaba escrito en español. Aunque la novela no me atrajo porque estuviese escrita en ese idioma, lo cual, por otra parte,  no era nada raro, puesto que se encontraba en la sección de Literatura Española, sino por la fotografía del autor que aparecía en la contraportada. La observé con detenimiento y morosidad, y en seguida una mueca de estupefacción se asomó a mi rostro. Yo estaba seguro de que conocía a esa persona. Los rasgos de su cara me resultaban familiares. Hice memoria, y no tardé en visualizar mentalmente el rostro del europeo que escuchaba con reconcentrada atención mis relatos sentado en cuclillas sobre las losas de la plaza Jmaa el-Fna. Pagué el libro y salí de la librería. Por la noche, cuando terminé de narrar una leyenda que hincaba sus raíces en una aldea de la cordillera del Atlas, decidí acercarme al Café de France, que está situado en uno de los vértices de la triangular plaza Jmaa el-Fna, a tiro de piedra de la entrada al zoco. Yo conocía el hábito del europeo de acomodarse en la terraza del Café de France en cuanto se disolvía el círculo de mis espectadores. Sujeta por el brazo a mi costado portaba su novela, “Señas de identidad”. Al verme él, alzó una mano y me señaló con el mentón la silla vacía a su lado. No hicieron falta las presentaciones. El escritor español me dedicó su libro. Después de esa noche, vinieron muchas otras noches de amenas y literarias conversaciones en el Café de France frente a un té de menta. Y así me enteré de que Juan Goytisolo había fijado su residencia en Marrakech, en la ciudad roja…». 

La cartera advirtió que Mohamed estaba pegando la hebra en un café de la calle Nicolás Andreu. Ella llevaba en el carrito con ruedas una carta certificada  para él en la que había anotado la palabra ‘ausente’ después de llamar a  su casa. De modo que, al plantarse ante su mesa, le dijo a Mohamed que  agradeciese su buena fortuna por haberlo encontrado allí, “pues así te vas a evitar la molestia de tener que desplazarte a la estafeta para recoger la carta certificada que llevo para ti”. Cuando Mohamed averiguó que la carta estaba matasellada en Madrid, se le demudó el semblante y un perceptible temblor de sus manos provocó un regular y persistente aleteo del sobre. El aspecto oficial de la carta era la causa de su sobresalto. Ibrahim, que vislumbró en los ojos de Mohamed la geografía del pánico, intentó ahuyentar de su cabeza los malos presagios: “Serán buenas noticias. Ya lo verás”.  

A Mohamed lo condujeron hasta una butaca de las primeras filas. Desde allí gozaba de una óptima visión del atril. Se encontraba en el paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares. Juan Goytisolo había iniciado su discurso tras recoger de manos del rey Felipe VI el galardón como Premio Cervantes 2014.  Aparte de dos sobrinos del escritor, solamente Mohamed había asistido la víspera a la cena privada con Juan Goytisolo en un lujoso restaurante del centro de Madrid. El autor de “Reivindicación del conde don Julián”, a la hora de los postres, le rogó a Mohamed que les deleitara con una de sus legendarias fábulas.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

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Viernes, 23 Marzo 2018 12:10

Un asunto municipal en Shanghái (3 de 3. FIN)

El regidor y Suyin acabaron adentrándose en el barrio antiguo de Shanghái, y el recorrido por el bazar de Yùyuán, en busca de la tienda que regentaba un amigo de la intérprete, Tian, a quien la joven había telefoneado la noche pasada para solicitarle que les ayudase a salir del embrollo, y donde este vendía diferentes modelos de Rólex falsos, se hizo casi interminable, agotador, mareante. Pero, de improviso, un cordón policial les impidió seguir avanzando. Y Suyin volvió a agarrar al regidor del antebrazo y tiró con fuerza de él, impeliéndole a cambiar la dirección de la marcha. Al girar su cabeza, el concejal pudo vislumbrar de refilón la tienda que sellaban tres o cuatro policías, y se horrorizó ante la imagen entrevista: un joven nativo inclinado sobre un mostrador repleto de relojes dorados, el torso y la cabeza bien visibles, porque el resto del cuerpo lo ocultaban los tableros de madera verticales, y un viscoso reguero de sangre se extendía a la altura de su garganta, que mostraba un profundo corte de lado a lado, como el que acostumbran a ejecutar los diestros matarifes en el matadero en las operaciones de degüello. 

Suyin y el concejal de Urbanismo consiguieron recobrar el resuello durante el trayecto de metro entre las estaciones de Yuyuan Garden y Xintiandi, que era la estación más cercana al apartamento de la chica. Pero el rostro del regidor se demudó cuando ella le reveló que uno de los policías que acordonaban la tienda de su amigo Tian era el mismo que reconoció en la matanza del antiguo Palace Hotel. “Uno de los tres pistoleros que asesinaron a sangre fría al magnate”-dijo. De igual forma le provocó sudores fríos al concejal la hipótesis que, a renglón seguido, aventuró Suyin: “Es evidente que la banda de mafiosos conoce de antemano nuestros movimientos y se anticipa a ellos”. Luego, la muchacha se ensimismó, aunque resurgió en seguida formulándole a él una pregunta directa, al tiempo que hundía su mirada en esos ojos del representante municipal a los cuales ya les era imposible sustraerse al espanto: ¿Te has puesto tú en contacto con alguien en las últimas horas? Y al concejal de Urbanismo no le hizo falta meditarlo demasiado: “Sí, he hablado esta noche con el intermediario de la operación que me ha traído hasta Shanghái, un financiero colombiano. Entendía que debía saber lo que le había ocurrido al magnate”. “¿Y le desvelaste alguna cosa más?” –se impacientó ella, aunque pudo refrenar a tiempo un acceso de irritación. El concejal, humillando la cerviz, repuso: “Le conté que nos íbamos a reunir esta mañana con tu amigo Tian en el bazar de Yúyuán”.

Los muebles volcados, los cajones revueltos, los cojines rasgados, los colchones destripados, los armarios vacíos, la ropa desperdigada por las habitaciones; un ciclón no hubiera causado tantos estragos al apartamento de Suyin como la catástrofe que ella y el concejal de Urbanismo contemplaban en esos momentos y que sin lugar a dudas había sido originada por la acción destructora del hombre. Solo una mesita auxiliar permanecía intacta, y en su superficie de metacrilato reposaba un cenicero de recuerdo en el que aún humeaba un cigarrillo, y al lado había una caja de cerillas gentileza del restaurante La Provincia de la ciudad de Medellín. De suerte que el regidor, asaltado por un negro presentimiento, corrió raudo a la habitación que había ocupado la noche anterior. Y pronto corroboró sus malos presagios: la lustrosa cartera de piel había desaparecido y con ella, todos los documentos concernientes a la construcción del mayor centro de ocio de Europa, su pasaporte y el billete de avión de vuelta a España. En cualquier caso, como su organismo ya estaba ahíto de sobresaltos, no pudo ni siquiera concentrar fuerzas para configurar su voz y proferir alguna maldición o lamento. El concejal de Urbanismo había pasado de ese modo a convertirse en un indocumentado en China. Y eso no era lo peor; lo peor, por el momento, pues sabía que todo es siempre susceptible de empeorar, era que una organización criminal, probablemente dedicada al blanqueo de capitales, con conexiones con algún cartel colombiano y con policías corruptos de Shanghái a sueldo, quería darle caza. Entonces el concejal de Urbanismo se acercó a Suyin, enjugó con sus dedos las lágrimas que se deslizaban por el rostro desolado y abatido de la intérprete, le dio un tímido beso en los labios, y le preguntó: “¿Te apetece una taza de té?” Pero la respuesta de Suyin vino a silenciarla el estruendo de los fuegos artificiales que comenzaron a dispararse desde el río Huangpu como acto final de la celebración del Día Nacional de la República Popular China.

FIN

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Viernes, 12 Enero 2018 11:21

Un hijo en Berlín (4 de 5)

Varios días después, Uwe recibió una carta escrita por el abuelo de Adolfo. En ella, el viejo camarada de Wolfgang le daba las condolencias por la muerte de su padre, y a continuación le hablaba de las cuitas de su hijo Francisco y de su nuera. “No pueden tener hijos. Ninguno de los dos. Los repetidos análisis que les han hecho coinciden en el mismo resultado. Y son concluyentes. Están hundidos. El árbol genealógico se marchita irremediablemente con mi hijo Francisco. Es un golpe duro. Yo me siento tremendamente desolado”. El viejo camarada de Wolfgang se desnudaba emocionalmente en el texto para conmover a su destinatario. Eludía hablar en él de cobrar ninguna deuda. Pero se veía que era un propósito implícito de la cruz a la fecha. 

Uwe, al acabar de leer la carta, desvió su mirada hacia el retrato de su padre, que colgaba de la pared del fondo de la habitación donde tomaba el café en la sobremesa, y exhaló un sonoro suspiro. Su cara comenzó gradualmente a iluminarse, como si un fino polvo que sobrevolara la estancia fuera depositándose en ella y le inoculara una desbordante alegría. Dijo: “Voy a poder cumplir mi promesa, padre”. Y sonrió aviesamente.  

Esa misma noche, convocó en su despacho a la criada y a Esther. Cuando las tuvo delante, se deshizo en atenciones hacia ellas, y les anunció que él se iba a ocupar de todo, siempre y cuando las dos mantuvieran en secreto el embarazo. Dijo que Esther tendría que ocultarse en la buhardilla, y la criada, además de hacer circular la noticia de que ‘su hija’ había abandonado la casa para irse a vivir con su novio, tomaría en su poder las llaves y asumiría la responsabilidad de que ninguna otra persona tuviera acceso a la buhardilla, salvo él. “Pero si alguna de vosotras –miró fijamente a la criada y a Esther, con unos ojos de hielo susceptibles de hacer tiritar a sus oyentes- comenta este asunto con alguien, ahora o en el futuro, aparte de que os echaré a patadas de mi casa, sin consentir que os llevéis otra cosa que lo puesto, no dudaré en complicaros la vida de tal modo que desearéis no haber nacido”.  Ninguna de ellas osó contradecir a Uwe, ni oponer objeción alguna. No obstante, se vio a Esther mordiéndose los labios con saña, y al cabo un hilillo de sangre, como un mínimo pincel, se los fue pintando de rojo. La criada permaneció inmutable todo el rato: la cabeza humillada y los brazos pegados al cuerpo, como si hubiera nacido así: una compacta masa de carne constituida por el tronco y las extremidades superiores.

Cuando Esther salió de cuentas, Uwe ya había prevenido al camarada de su padre y al hijo de este, Francisco –el padre de Adolfo-, quienes aguardaban el alumbramiento en la casa que Uwe Schreck había heredado de su padre, ubicada en el número 58 de Oranienburger Strasse, y que había estado cerrada hasta la caída del muro. Unos días antes, Uwe había depositado en la caja fuerte de su despacho los documentos que acreditaban una adopción legal. Se los había proporcionado un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores, de quien Uwe conocía ciertos secretos inconfesables que al otro no le convenía que decidiera airearlos, puesto que eso entrañaría el final de su carrera política y, peor aún, daría fatalmente con sus huesos en la cárcel.

Esther tuvo un niño, que nació en la misma buhardilla donde la parió a ella su madre, Sara Shabat, aunque eso no lo sabría hasta algún tiempo después. La criada le contaría a Esther la infeliz y triste historia de Sara la primera noche que durmieron a la intemperie. A pesar de que las dos mujeres mantuvieron siempre un hermético silencio, Uwe las echó sin contemplaciones de casa, de la que salieron con el leve peso de un hatillo de ropa vieja, al día siguiente de que Francisco y su padre se llevaran al niño, tras el visto bueno de la enfermera no titulada que asistió al parto. Francisco, de regreso en España con el niño, le dijo a su mujer que habían logrado la adopción gracias al poder y a la influencia de Uwe Schreck, el hijo del antiguo camarada de su padre, Wolfgang Schreck. Le pusieron al niño de nombre Adolfo. Uwe fue su padrino de bautizo. Sería la última vez que este pisaba España. 

 

continuará...

Enrique S.Cardesín Fenoll

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Viernes, 14 Julio 2017 11:12

El preso de la Torre (2de 2, fin)

A las ocho de la mañana el preso partía de tierras manchegas en un vehículo oficial escoltado por varios guardias civiles. Uno de ellos, antes de que el recluso se aupara al Land Rover de color verde, lo cacheó minuciosamente y le sacó de un bolsillo del pantalón un sobre arrugado y manoseado, y leyó en voz alta el nombre que figuraba en el remite: Josefina. Se lo devolvió de malos modos y dijo: Seguro que es la mujeruca con la que está arrejuntado el quemaconventos éste -y su apostilla arrancó las carcajadas de sus compañeros a la par que celebraban la ocurrencia con extravagantes contorsiones de sus cuerpos.

A punto de arribar a la ciudad de Valencia, el motor del Land Rover comenzó a emitir unos broncos sonidos que presagiaban una inminente avería. El cabo primero, que mostraba en su rostro el gesto característico de quien ha masticado con saña una fruta agria, aceptó a regañadientes la recomendación del conductor de efectuar una parada a fin de que un mecánico le echase cuanto antes un vistazo al vehículo. Y en seguida desdobló sobre la guantera el mapa de carreteras y averiguó que podían detenerse en la población de Torrente, donde existía una construcción conocida popularmente como la Torre que albergaba calabozos para poder ingresar al preso hasta que un mecánico revisase y reparase lo que en su caso hubiera que reparar a fin de reanudar el viaje sin más contratiempos hacia el Reformatorio de Adultos de Alicante, que era su destino final. 

El vehículo transitó por una ancha vía arbolada y con algunas casas residenciales a sus flancos. Y el preso distinguió a través de la lona entreabierta que sellaba la parte posterior del Land Rover el rótulo que lucía un edificio encalado de dos plantas y con balcón enrejado: Gran Cinema Avenida. Al cabo de unos minutos se detuvieron frente a una torre medieval de base cuadrangular  que tenía adheridos unos porches.      

Confinado en un angosto habitáculo, el preso recordó aquellas palabras cervantinas, “en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento”, y esbozó una sonrisa tan amplia como las que se colgaban de sus labios cuando pensaba en su bebé Manolillo. Y volvió a leer por innúmera vez la carta de la que no se separaba nunca y en la que su compañera Josefina le contaba que ella y el bebé sólo tenían para comer pan y cebolla. A continuación el  preso extrajo del bolsillo de la camisa el carboncillo que le regalara su amigo Antonio Buero Vallejo a la conclusión del retrato que le hizo cuando coincidieron en la cárcel de Torrijos, en Madrid, y se puso a escribir sobre la pared: “En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba.”

 

FIN

Enrique S.Cardesín Fenoll

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Viernes, 30 Junio 2017 11:44

El preso de la Torre (1 de 2)

Un estrépito de cerrojos que abrían y cerraban sólidas puertas metálicas alertó a los reclusos del Reformatorio de Adultos de Ocaña, en la provincia de Toledo. Aún no eran las seis de la mañana de ese día de principios de verano de 1941. La implacable y trágica rutina de cada madrugada. Por eso los internos se incorporaron de un salto de sus catres y luego se abrazaron a las rejas de sus celdas con la inesperada fuerza que les procuraba la desesperación, también el miedo; o quizá el íntimo deseo de escapar de aquel duro encierro. Se les marcaba la angustia a todos ellos en sus macilentos rostros, como  surcos recién roturados en una tierra de labranza. Al eco de los apresurados pasos de los guardias civiles se añadía en las lucernas una nube de suspiros de alivio cuando los uniformados seguían adelante con su taconeo y el frufrú de sus correajes. Tampoco  me toca esta vez –era el susurro general de los penados que se mantuvieron fieles al legítimo gobierno de la Segunda República mientras se derrumbaban sobre sus lechos bajo el abrumador peso de la tensión vivida. El cabo primero al mando de la benemérita escuadra se detuvo por fin ante una celda, y antes de proferir orden alguna, volvió a releer el último párrafo de la hoja de conducción que esgrimía en la mano derecha: “Se halla vacunado reglamentariamente”. Acto seguido, y señalando con su prominente mentón a la cerradura, requirió al carcelero que abriese la celda. Allí dentro aguardaba, impasible, sereno e inexpresivo, el solitario preso que la ocupaba. Este había sido avisado el día anterior de que su petición escrita de traslado de prisión había sido aceptada y se iba a cumplimentar a primera hora de la mañana siguiente. Era un joven de treinta años, pero su aspecto físico, precozmente avejentado, desmentía esa edad y el cabo primero, nada más verlo, le calculó diez o quince años más como poco. Además, el guardia civil observó, en una punta de la almohada que aún conservaba la leve depresión producida por la cabeza del joven, una especie de florecilla roja, que en realidad eran unas mínimas manchas de sangre. El cabo primero sabía que el preso había pasado no hacía mucho tiempo por la cárcel de Yeserías, en Madrid, para ser atendido de una afección pulmonar. Cuando la comitiva alcanzaba la puerta de salida de la galería, un atronador grito quebró el espeso silencio que envolvía el recinto, como si alguien hubiera desgarrado enérgicamente una sábana para practicarle con una de sus tiras un torniquete en la pierna a un herido que perdía a chorros la sangre. ¡Viva el poeta de la revolución! –se oyó nítidamente.

 

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

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Viernes, 16 Junio 2017 10:42

Territorio del dolor (3 de 3, fin)

Olga telefoneó a Salvador para pedirle que le llevase a casa el plano de París, ya que recordaba que él lo había guardado en su mochila antes de que se subiesen al tren que los trasladaría al aeropuerto Charles de Gaulle. Olga quería indicarle a una amiga la dirección exacta de la librería “Shakespeare and Company”.

Salvador estuvo rebuscando durante un buen rato por los armarios de su apartamento; desde que regresaron del viaje, no había vuelto a hacer uso de la mochila. Cuando la encontró, introdujo en ella un libro para ir leyéndolo en el metro, y se encaminó hacia la estación de Torrent. Nada más tomar asiento en el tren, descorrió la cremallera de uno de los bolsillos de la mochila y, al palpar lo que parecía ser un sobre bastante grueso, se sintió atraído por la curiosidad. Lo reconoció en seguida. Era el sobre que recogió del suelo en los jardines de Luxemburgo, y que supuestamente había perdido aquel extraño anciano que apareció ahorcado de un   árbol   en  ese  mismo   parque   parisino.  Rasgó  el   sobre,   y  extrajo   primero   una   nota manuscrita. Comenzó a leer: “Sé que él ha venido a matarme. Después de tanto tiempo, quiere concluir su felonía. Su nombre es Félix Villarreal (aunque ahora vive en España bajo la falsa identidad de Abdón Granero). Los dos combatimos en el maquis. En la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. Pero nunca sospechamos que era un infiltrado de las fuerzas franquistas. Él fue quien proporcionó a la Guardia Civil nuestra última posición en Cerro Moreno. Cayeron  abatidos todos mis camaradas. Yo pude salvar la vida gracias a que regresaba de entregarle un correo a un contacto nuestro en la zona. Oí las ráfagas de ametralladora. Los gritos. Las imprecaciones.  Al final, el estremecedor silencio. Y vi a Félix Villarreal recibiendo abrazos y palmadas en la espalda de cada uno de los asaltantes. Pero yo no le voy a dar la satisfacción de que me mate. Vive la République!  I´m  Brian McCoy”.

Salvador, al finalizar la lectura, no podía dominar los temblores de sus manos, y la turbidez de la mirada lo incapacitaba para ejecutar acción tan primaria como devolver la nota al interior del sobre.  Le costó un enorme esfuerzo poder sosegarse. Pero, recobrada la serenidad, y aun soportando el persistente  martilleo de sus sienes por causa de unas emociones desbocadas,  sacó el fajo de fotografías que completaba el contenido del sobre. No le fue difícil a Salvador adivinar que su padre, Abdón Granero, saldría posando en todas las fotografías. Una flecha, pintada con tinta roja, apuntaba directamente a la cabeza de su padre, en cada una de sus imágenes; y de la flecha, se desplegaba una leyenda, como si fuera la cola de un cometa: “El rostro de la traición”.

 

Fin

Enrique S.Cardesín Fenoll

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Viernes, 10 Febrero 2017 11:14

El peso de la memoria (1 de 4)

A mis padres, Enrique y Josefina 

 

El vehículo oficial camuflado, un Renault 12 de color azul, circulaba a gran velocidad por la arteria principal de la ciudad. Estaba ocupado por tres inspectores de la Brigada de Investigación Social, más conocida popularmente como la Brigada Político-Social. Esteiro, que iba arrellanado en el asiento de atrás, no llevaba ni una semana en la unidad; era su primer destino tras jurar el cargo. Y sentía algo más que una picazón en el estómago. Su cabeza era un campo de batalla entre sentimientos encontrados. 

 - Agárrate fuerte, novato, que nos lanzamos a tumba abierta. A nosotros no se nos va a escapar el pájaro –dijo el conductor, que se apellidaba Castillo, y era el más antiguo de los tres.

A Esteiro, su compañero Castillo le parecía un personaje cervantino. Pues siempre remataba sus frases con lugares comunes: “Esto lo solucionamos en un santiamén”, “cuando nos vea el menda se va a quedar de una pieza”.

 El copiloto, conocido en la unidad por el remoquete de “el Mudo”, sin duda hacía honor a su apodo, toda vez que aún no había despegado los labios desde que salieron de Jefatura. También aseguraban algunos colegas –a sus espaldas, claro- que poseía una mirada propia de un ave rapaz, concretamente del quebrantahuesos. Y no sólo la mirada.

 Corría el mes de abril de 1971. Castillo, Esteiro y el Mudo formaban parte del operativo encargado de la detención de los integrantes de la organización universitaria del Partido Comunista de España, una de las estructuras de oposición al Régimen que más quebraderos de cabeza estaba causando en los despachos del Gobierno Civil. De ahí que la contundente actuación policial no se podía demorar ni un día más, porque se acopiaban noticias en la Brigada, recabadas de diferentes fuentes, de que los miembros de esa organización se aprestaban a hacer mucho ruido en el inminente 1º de Mayo.  

 De modo que los tres inspectores enfilaron la avenida hacia el domicilio de un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, llamado Vicente Vergara, a quien las autoridades gubernamentales adornaban con la vitola de enemigo público número uno. Los policías tenían la orden, tajante e inexcusable, de proceder a su detención y, acto seguido, realizar un minucioso y exhaustivo registro de su vivienda. La aprehensión de la imprentilla ciclostil o “la vietnamita” se había convertido en una obsesión para los responsables políticos. Había que acabar con la impresión de las octavillas clandestinas.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

 

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Viernes, 28 Octubre 2016 14:08

La tejería (9 de 9, FIN)

El hijo le entregó el cuaderno a la madre, abierto por la página en la que don Justo refería el asesinato de su padre. Felisa, arrasada en lágrimas, alzó la vista del cuaderno a tiempo de ver a su hijo saliendo de casa con una pistola en la mano. Felisa, espantada, vociferó: “¿Adónde vas con esa pistola? ¿Qué quieres, que te maten como a tu padre?”.

Tras varias horas de intercambio de disparos, los maquis asaltaron el ayuntamiento y dieron muerte a toda la banda de facinerosos. Sacaron los cadáveres a la calle, y los alinearon ante la puerta. Menos el de don Manuel, el alcalde. A este lo dejaron en su despacho, sentado en su sillón, con dos agujeros en el cráneo. Pedro, con evidentes signos de tortura, entró en el despacho del alcalde y levantó del suelo el cuerpo sin vida de Gustavo, y con él en brazos se dirigió a casa de Felisa, flanqueado por los maquis. La aldea parecía deshabitada.  

Algunas semanas después, la prensa extranjera reproducía en primera plana el diario de don Justo. Los guardias civiles del puesto de Ademuz fueron fusilados. Aunque la prensa del Régimen publicó que habían caído heroicamente en una emboscada llevada a cabo por los maquis en la Sierra Tortajada. Felisa y Pedro ya se encontraban refugiados en Francia. Ella estaba embarazada.  

Los vecinos de Sesga renovaban cada día las flores frescas de la tumba de Gustavo. Y el primer acuerdo que adoptó el nuevo ayuntamiento fue cambiarle el nombre a la escuela. No habrá olvido para el maestro don Justo.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicado en Enrique S. Cardesín
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