Azul, blanco y negro

Miércoles, 03 Diciembre 2014 01:00 Escrito por  Publicado en Ginés Vera Visto 2059 veces
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Hace tiempo que no juego a adivinar la forma de las nubes. De pequeño jugaba con mi hermano, sobre todo en vacaciones. La casa de mis abuelos era estrecha, un largo pasillo con habitaciones solo a un lado, como un peine. Algo que mi abuelo nunca usaba, se tapaba la cabeza con una boina negra, gastada. Mi abuela también tenía el pelo blanco, rizado; nos abrazaba nada más llegar de la ciudad con dos sonoros besos, repitiendo lo mucho que nos había echado de menos. Mi abuelo era más silencioso, apenas hablaba, lo hacían sus manos, sentado en el sótano, con la puerta abierta al patio. Allí remendaba sillas de madera, doblando los juncos verdes de enea arriba y abajo. Sillas grandes y pequeñas; todos nos sentábamos en las sillas de enea del abuelo. La casa estaba llena de sillas; en invierno solo estaban ellos, las sillas y un gato algo tuerto de un ojo, siempre arisco con las vistas, descansando en una silla. Tenía donde elegir. Había sillas para un regimiento, bromeaba mi hermano sentándose también en una, en otra, en otra... Los abuelos podían sentar a un pequeño ejército en ellas, decía. Soldados con su uniforme de gala en sillas de enea, como esperando ser fotografiados, mirando al frente. Siempre tuvo mucha imaginación, por eso no nos extrañó que se fuera a la capital, se hiciera escritor. Quizá por eso siempre me ganaba al juego de las nubes, distinguía una tortuga o una palmera donde yo solo veía penachos blancos, como el pelo de mis abuelos. Escribió libros para niños, recibió premios, hasta que un día se cansó y se inventó una puerta trasera sin despedidas. Suerte que mis padres ya no estaban, tampoco mis abuelos. En la casa del pueblo quedan algunas sillas, pocas. Como nubes en este cielo donde hoy, cerrando la puerta, he colocado el cartel de se vende. Me he sentado enfrente, en un banco de piedra, mirando al cielo en busca de una nube con forma de silla, de soldado, el rostro de mi hermano pidiéndome que no la vendiera, que conservara las sillas, las historias, los recuerdos. La nube que ha pasado no tenía forma de nada. Eso o que hace mucho tiempo que no juego a adivinar las formas de las nubes.

Ginés Vera