Alma de gato

Martes, 03 Junio 2014 02:00 Escrito por  Publicado en Ginés Vera Visto 1811 veces
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Lo encontré o me encontró —no sabría decir—, un día, en un callejón. Bastó una mirada para seguirme a casa. No le gustaba que le acariciase, solo a veces. Le alimentaba bien, aunque era muy escrupuloso con el agua. Venía a menudo a mi mesa, quizá por esa curiosidad innata, a leer lo que escribía; luego se sentaba, solemne, con su mirada profunda. Aparecía y desaparecía a voluntad. Me fui acostumbrando a sus salidas nocturnas, a sus ausencias. La más larga durante tres días. Llegó de madrugada, lastimado. Fue la única vez que me dejó curarle, como esos adolescentes eludiendo la mercromina, rezongando. Le imaginé a veces rondando a las gatas del barrio; padre de varias camadas sin quedarse demasiado en el mismo lugar.  Riñendo con otros por las sobras del restaurante.

Un día, cuando terminó de acicalarse, le hablé: «Puede que no nos veamos más —Me miró afectado, como si comprendiera—. He de pasar por el quirófano, los médicos no están seguros —parpadeó atento—. Me gustaría tener siete vidas como tú, o al menos que pudieras prestarme una». Se lavó la cara y, silencioso, se acostó en su rincón. Le dejé comida y agua para varios días. En el quirófano me pidieron que contase de diez a uno, mucho antes las luces se apagaron. Lo siguiente que recuerdo fueron voces, siluetas, movimientos detrás de una ventana. Caminar por el alfeizar, un olor delicioso a pescado en el callejón del restaurante, una gata mirándome inquieta desde un balcón.

Ginés Vera