Pacto de amor y sangre

Martes, 03 Junio 2014 02:00 Escrito por  Publicado en Ginés Vera Visto 1922 veces
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Llamados por la luna llena el grupo acudió al edificio abandonado. Una procesión de jóvenes vestidos de luto, maquillaje gótico y ruidosos collares. Encendieron las velas rojas sobre el pentáculo, la música hardcore empujó los cuerpos al baile. A continuación se les unió un lobo solitario. A la nueva, que acudió algo más tarde, cada uno se fue presentando por sus alias. El lobo estuvo a punto de lanzarse a su cuello; nunca había visto una criatura de labios tan negros y piel tan pálida. Intercambiaron miradas feroces antes del rito lunar. Pensando en ella se desconcentró; no protestó, aceptaría la penitencia que le impusiese el clan. De todas las propuestas venció la de la recién llegada.

El lunes, un sol inhumano empujó al lobo al interior del centro de transfusiones. Agradeció la sombra, aunque detestaba aquel olor aséptico a hospital. «¿Es su primera vez?», oyó en recepción. Asintió solemne. La empleada le acompañó hasta el patíbulo: la sala de extracción. Un verdadero vampiro le invitó a tumbarse. Contuvo el aliento mostrando los dientes. Si los demás lo supiesen le crucificarían antes del destierro más humillante. Algunos tubos de vidrio, agujas, una mampara blanca, una enfermera de espaldas. Fingiría acaso una dolencia repentina antes de que el doctor descubriese el brazo sin tatuajes. Pero no fue este sino ella, la enfermera, la nínfula Bathory. Hubo un silencio al notar sus delicadas manos; al cruzar la mirada, cayendo en la plácida noche de sus ojos. Hubiese querido que le extrajese hasta la última gota para seguir a su lado. Ella le advirtió que tuviese cuidado al levantarse… Lo achacó a una antigua leyenda, a un pacto de amor ancestral, de otra forma no se hubiese desmayado en su presencia. No le importó, ella le susurró que siguiese recostado. «Debería comer algo cuando salga». En eso pensó, ya en la puerta, aunque no se atrevió a pedírselo: devorarse mutuamente en algún sombrío rincón. Con un discreto movimiento de manos y sonrisa adolescente, ella depositó una nota: su teléfono, un corazón sangrante y un Elisabeth rubricado.

Ginés Vera

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