No quiero ser cómplice

Jueves, 29 Julio 2021 16:49 Escrito por  Rafael Escrig Publicado en Rafael Escrig Visto 369 veces
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He estado en el Parque Natural conocido como “La Cabrentá” en Estubeny, a sesenta kilómetros de Valencia. Google nos dice que está considerado como un reducto de “selva mediterránea”. Formaciones kársticas y densa vegetación: almeces, laureles, lentiscos, rosal silvestre y otros arbustos. Lo peor es la masificación que, como en todas partes, no respeta las cosas y termina estropeando el continente y el contenido. En el recorrido por el parque, hay paneles que advierten sobre no ensuciar, no gritar, no molestar a la fauna, no coger nada, etc.

 

Algunos visitantes que coincidieron conmigo iban con sus hijos. Éstos debían tener entre ocho y catorce años. Se llamaban gritando, corrían por los estrechos caminos, levantaban polvo, reían, se empujan. Todo ello sin hacer caso a las normas que debían haber leído lo mismo que yo. No tuve más remedio que decirles que se les oía gritar desde cualquier rincón, y me respondieron que es que eran de pueblo. Una respuesta que era una clara burla a mi comentario. Con lo que opté por callar y seguir mi camino. Ellos siguieron igual, por supuesto.

 

Parece que no hay nada que hacer con las personas incívicas. Este comportamiento lo he observado también en otras ocasiones. Este tipo de personas, que tanto abunda, en lugar de enmendarse, se afianzan en su actitud, se envalentonan y son capaces de enfrentarse con cualquiera, antes que corregir su falta. Ellos son así y a mucha honra. Es como si con ello defendieran su seña de identidad más preciada: la mala educación y el incivismo.

 

Ese mismo día, por la tarde, en Cullera, que es donde pasaba el fin de semana, tuve que enfrentarme a otra situación parecida, les cuento: Era primera hora de la tarde y no había mucha gente por la calle. Voy paseando por la acera y en dirección contraria viene un muchacho de unos quince o dieciséis años que, conforme abre el envoltorio de bollería de su merienda, lo tira al suelo delante de mí. Ante esto, no puedo evitar decirle que no deben tirarse desperdicios al suelo. Y ahora volvemos al caso del principio. En lugar de reconocer su falta, el chaval se envalentona y me dice que él tira las cosas donde le da la gana. Sorprendido por una respuesta tan contundente, venida de una persona tan joven, del que no podía sospechar ese comportamiento, me atreví a decirle que vaya educación que le habían dado. Su respuesta, más contundente aún, fue amenazarme con darme un guantazo. ¿Me quieren decir cómo se maneja esto? Alguien podrá aconsejarme, de buena fe, que lo que debo hacer en adelante es no decir nada cuando vea esas cosas. Que con ello provoco a esa gente y un día puede que me pongan la mano encima. Sí, puede que ocurra eso un día, pero no por ello voy a mirar hacia otro lado. Ni puedo, ni debo. No se trata de ser valiente, es que me sentiría cómplice de esa mala acción si no dijera nada.

 

Rafael Escrig

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