Carpesa

Martes, 22 Noviembre 2022 10:32 Escrito por  Rafael Escrig Publicado en Rafael Escrig Visto 91 veces
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Carpesa es una isla, me dice una mujer que vive allí hace muchos años. Tenía que ir andando hasta el instituto de Alboraya. Pasaba mucho miedo, me comenta.

 

Aquí apenas hay servicios. En el estanco, entre timbres y tabaco, venden algunos comestibles. El servicio de autobús de la EMT llegó después de muchas protestas y reclamaciones y sólo tiene un par de paradas prácticamente fuera del pueblo, en la carretera.

 

Veo que todo eso es así, que no hay un taller, ni un pequeño supermercado, ni una tienda donde comprar ropa interior, ni biblioteca, ni papelería. Pero eso sí, en la Plaza del Pueblo hay un flamante edificio de dos plantas, ocupado por el Ayuntamiento: dos empleadas en la entrada, alcalde pedáneo, policía, personal de limpieza... El Ayuntamiento no se priva de nada, mientras faltan los Servicios Sociales que has de ir a Valencia para que te atiendan.

 

Yo siempre he tenido la impresión de que Carpesa es un pueblo triste. Un pueblo cerrado donde viven personas cerradas en sí mismas, y ahora no se me va de la cabeza esa imagen de isla que me han dicho. Debe de ser así si nos atenemos a eso de que las cosas se ven mejor desde fuera, sin apasionamientos. Si encontramos algún vecino y preguntamos, nos mirará de arriba abajo con recelo, lo que confirmará nuestra impresión primera.

 

Las calles de Carpesa siempre están desiertas y desembocan en el campo que la rodea por completo. Las casas son sólidas, de ladrillo visto, como las de cualquier otro pueblo de la huerta de Valencia. Las puertas son tan sólidas como las casas que guardan y siempre están cerradas, como si tuvieran miedo de ser invadidas. En algún postigo entreabierto, tras la reja, he visto asomar el hocico a un perro de caza, y no ha ladrado. El silencio habita las calles y las casas.

 

Muchas de esas puertas grandes y sólidas, tienen una pequeña placa de latón con la imagen del Corazón de Jesús. Quizás es un recuerdo ancestral que distinguía a sus moradores de los de otra religión. Es peregrino pensar así pero plausible. Las familias más devotas quieren marcar así la diferencia. El labrador es conservador y devoto, porque su cosecha es su riqueza y depende totalmente del cielo para sobrevivir. El labrador reza y pide a Dios para que llueva o que no llueva, según convenga para que su cosecha sea grande y se le pague bien, aunque a veces se conforma sólo con que se la paguen.

 

Hay un vivero abandonado con muchas especies de palmeras y mucha maleza. Parece una pequeña jungla. -Ja ho han cremat quatre vegaes -me comenta un vecino tan serio como malcarado. -D´ací ixen rates i serps ben grans. L´altre día em vaig trobar a una volent entrar en casa. La vaig matar i la vaig tirar per ahí. Me ha costado sacarle las palabras. Da la impresión de que las gentes de Carpesa no quieren amistades; de que se bastan a sí mismos y desconfían de los desconocidos.

 

Todos conocemos el hecho de que el aislamiento geográfico, ha condicionado la lengua, las costumbres y hasta el comportamiento de las gentes ¿Sucederá lo mismo con Carpesa?

 

Entro en el bar donde se suelen reunir los labradores y la gente mayor y me acerco a una mesa. La mesa está ocupada por un señor mayor con bastón. Le pregunto si conoce alguna anécdota o algún suceso que haya ocurrido en Carpesa. Todo lo que me responde es que antes era camionero y estaba siempre fuera, que él no sabe nada. Me acerco a otra mesa donde hay una mujer mayor que no me recibe con buena cara. Al preguntarle me dice que ella ha vivido mucho tiempo en Andalucía, que no sabe nada. Está claro que se quitan las pulgas de encima y que nadie se abre a un desconocido como yo. En la tercera mesa que abordo conozco a Juan y a Pepe, ambos labradores jubilados, el uno por la edad, el otro por la cadera. Les pregunto lo que quiero saber y me contestan con ironía: - Carpesa és el poble dels penjats - me dicen- y se miran el uno al otro como si pensaran de mí: - !Ja té prou, ara que discórrega! Es como si hablaran en clave. Pregunto y pregunto y apenas adelanto nada.

 

En todos los pueblos tarde o pronto ocurren cosas, a veces graves, que la gente intenta ocultar y sólo quedan rumores sin fuerza que el tiempo va cubriendo con la pátina del olvido. Los mayores nunca hablan de ciertas cosas y cierran las puertas de sus casas, como si cerraran su corazón al dolor. ¿Será por eso que me parece un pueblo tan triste?

 

Carpesa tiene una torre campanario desmesuradamente alta, fina y esbelta como una moza que creció demasiado. Pegada a la fachada de la iglesia de los santos Abdón y Senén, hay un bar donde va la gente más joven. Lo profano junto a lo religioso, signo de nuestros tiempos. Pregunto a un hombre con quien me cruzo por la calle: - Hui obrin l´aigua i estan tots regant. Per la vesprá ja vindrá el personal per açí.

 

La plaza tiene una fuente con el escudo de Valencia, como la tienen las otras pedanías de la ciudad. Esa fuente recibe periódicamente la visita de un empleado que comprueba su presión y la salubridad. Carpesa tiene una calle del Raval, con esquinas y salientes. Y tiene una ermita a Sant Roc con un calvario y una verja que la cierra también, como todas las casas. Pasada la ermita y saliendo del pueblo hacia Benifaraig, está el Cementerio Parroquial. Es un curioso cementerio sin tapia exterior, donde los muertos pueden salir a tomar el aire y recordar la huerta donde antes trabajaban. Los pasillos se ven alineados como si se tratara de una librería donde cada nicho, como los libros, están ordenados en su anaquel. El cementerio está rodeado por la huerta, como una isla. Lo mismo que el pueblo de los vivos.

 

Rafael Escrig

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