La apuesta

Viernes, 05 Junio 2020 14:07 Escrito por  Enrique S. Cardesín Fenoll Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 177 veces

Corrían los años setenta del pasado siglo. Yo tenía diecisiete o dieciocho años. Mi vida transcurría sin grandes sobresaltos ni tampoco excesivas alharacas. Los lugares de ocio y diversión para los jóvenes, en Torrent, no se prodigaban en exceso. Supongo que esto constituía la norma general en la mayoría de los pueblos y ciudades de España. Menos mal que el infame régimen franquista ya estaba boqueando como pez fuera del agua, y se comenzaban a respirar nuevos aires de libertad en la sociedad española. Aunque mis amigos y yo, y solo desde un punto de vista estrictamente político, continuábamos siendo el personaje machadiano que bosteza. Sí, ese del que don Antonio decía: “El vacío es más bien en la cabeza”. 

 

Aquel viernes de verano, como era costumbre desde hacía tiempo, mi pandilla se citó por la noche en ‘Ca Lluïset’, un bar ubicado en la Plaza Mayor, a la sazón denominada Plaza del Caudillo. El local no lucía ningún rótulo con ese nombre, pero desde que a mí se me alcanza siempre se le había conocido de esa forma. Me parece que ‘Lluïset’ era el remoquete de un antiguo dueño del local. El limón granizado se convertía cada estío en la especialidad estrella del establecimiento. Estaba para relamerse de gusto. Federico fue el primero de mis amigos en sacarse el carné de conducir. También fue el primero, lógicamente, en disponer de vehículo propio. Se compró un ‘Dos caballos’ de segunda mano, con más kilómetros hechos que un corredor keniata de cross. Cuando Federico llegó a ‘Ca Lluïset’ al volante de su furgoneta Citroën, no había en la zona mucho hueco para aparcar. Tampoco él era un hábil conductor. Lo sabíamos todos. Así que, en cuanto Federico consiguió encajar el morro del ‘Dos caballos’ en uno de los ajustados huecos disponibles, nos acercamos varios amigos hasta allí y agarramos la furgoneta por los bajos de la parte trasera y, a fuertes sacudidas y a modo de saltos de rana, la desplazamos hasta acoplarla en su sitio. Durante esa maniobra arrancábamos habitualmente los aplausos y las sonrisas de los parroquianos que tomaban el fresco en la calle. Pero jamás su ayuda. Pasado un rato, se originó entre nosotros una encendida discusión al respecto de una cuestión que tenía que ver con la furgoneta de Federico. Había algunos amigos, entre ellos Rafa el carnicero y Manolo el de la Torreta, que dudaban seriamente de que el ‘Dos caballos’ pudiera ir a Barcelona en menos de seis horas. Federico, preso de una ira bañada en ‘sol y sombra’ (copa de coñac y anís), consideró tales palabras una grave ofensa y manifestó, con lenguaje algo trastabillado, que no permitiría que se denostara de manera tan vil a su vehículo. Y  recibió de inmediato el apoyo de Alberto y Pele, también el mío. Entonces alguien, no recuerdo quién, lanzó al vuelo una apuesta. Si el ‘Dos caballos’ superaba el límite de las seis horas, los que defendíamos con tanto ardor como temeridad la tesis contraria tendríamos que pagar una paella de marisco a la vuelta del viaje, viaje que se realizaría esa misma noche sin falta. Federico, Alberto, Pele y yo recogimos el guante. Era ya cerca de la medianoche. 

 

Como solo Federico y Alberto estaban en posesión del carné, la conducción correría exclusivamente a cargo de ellos dos. Pele y yo ejerceríamos la función de copiloto, fundamental en este tipo de aventuras, ya que nuestro cometido iba a consistir en pegar la hebra con el conductor, darle mucho carrete, para que en todo momento mantuviera viva su atención y concentración, pues a nadie se le escapaba que las distracciones en carretera suelen acarrear a menudo fatales consecuencias. Federico se acomodó a placer ante el volante, y yo ocupé el asiento de al lado. Pele y Alberto, por su parte, se instalaron en el fondo de la furgoneta, tumbados sobre varias mantas raídas y deshilachadas y listos para descabezar un sueñecito. El ‘Dos caballos’ carraspeó como un contumaz bebedor de carajillos, y los amortiguadores nos hicieron creer por un instante que permanecíamos sentados sobre un balancín. En seguida pusimos proa hacia la carretera nacional de Barcelona, “que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas”.

 

No habíamos alcanzado aún la provincia de Castellón, cuando vino a suceder lo que ahora me dispongo a narrar: que la furgoneta comenzó a invadir el carril paralelo, dirigiéndose directamente hacia un camión que circulaba en sentido contrario. Yo eché varias miradas de soslayo a Federico, y me tranquilicé al comprobar que tenía los ojos abiertos. Pero la furgoneta no retornaba a su carril y el peligro de un choque contra el camión se hacía “cada vez más patente, negro y grande”. El camionero, ante nuestra ausencia de respuesta  a su insistente cambio de luces, y supongo yo que progresivamente alarmado, no tardó en pulsar con brío la bocina del camión, y ese fue sin duda el aviso que me impulsó a mí a agarrar con energía el volante de la furgoneta y, tras sucesivos y bruscos volantazos, logré cambiar su trágico rumbo, momento en el que Federico se despertó y, más sorprendido que acoquinado, pudo hacerse con el control del vehículo antes de que nos saliésemos de la carretera. Pele y Alberto, con cara de alucinados, aún tuvieron tiempo de ver por los cristales traseros cómo el camión había estado en un tris de pegarnos un lametazo cual si fuéramos un cucurucho de helado. Federico se detuvo en el arcén. Los cuatro amigos nos cruzamos las miradas de igual manera que los personajes de la película Casablanca en la escena final del aeropuerto. Y los comentarios entre nosotros sobraron. El cambio de relevo de conductor y copiloto se produjo antes de lo convenido. 

 

No llevaba yo ni quince minutos tumbado boca arriba sobre las mantas, con los ojos como platos y un ¡ay! en el cuerpo, cuando advertí que la furgoneta se volvía a parar. Me puse de rodillas en un santiamén y, al descubrir que la cabina se encontraba vacía, eché una ojeada a través del parabrisas, y la escena que presencié me produjo de repente un perceptible temblor de piernas y añadió otro ¡ay! a mi acongojado corazón. Alberto y Pele caminaban por la carretera, envueltos en los haces de luz proyectados por los faros del vehículo. Pero, ¿adónde iban? Por los gestos que hacía Alberto con las manos, que parecía como si dibujara algo en el aire, uno podía adivinar, ¡joder, joder!, que estaba examinando el sinuoso trazado de la curva peligrosa ante la cual nos habíamos detenido, cosa que corroboraba la señal de tráfico que yo podía ver a mi derecha. Al cabo, Alberto y Pele regresaron a la furgoneta y, con un ritmo lento y una suavidad de guante de seda, fuimos dejando atrás la dichosa curva, que a lo mejor era la misma en la que, según cuenta una leyenda urbana, se aparecía de improviso a los viajeros una mujer vestida con traje de novia, y la tez más blanca que el vestido, para advertirles que ella, en un infausto día, se había matado allí cuando iba en viaje de novios.

 

Algunas horas después, vislumbramos a lo lejos el contorno de la ciudad de Barcelona. Federico volvía a estar a los mandos de su furgoneta. Y en el puesto de copiloto yo, claro está. Enfilamos los primeros tramos de la avenida Diagonal y, al llegar a la altura de un edificio muy alto y negro, que luego supimos que era la sede de ‘La Caixa’, echamos de nuevo el freno y, emocionados por semejante gesta, optamos por dormir un rato. El calor del sol y las miradas curiosas que los viandantes arrojaban como flechas al interior de la furgoneta, nos animaron finalmente a adentrarnos en la hermosa y populosa capital catalana. Sin embargo, a nosotros no nos reconocía nadie por el camino, a diferencia de lo que le sucedió a Don Quijote durante su paseo a caballo por la ciudad, recién llegado a Barcelona. Por la tarde, para reponer fuerzas, nos metimos en un cine, donde programaban la película “La lozana andaluza”. La escena de la ducha, en la que la actriz italiana María Rosario Omaggio exhibía su cincelado y rotundo cuerpo, libre de estorbos textiles, me trajo a la memoria los primeros versos de una composición poética de García Lorca, tan leído por mí en aquellos monótonos y grises años: “La muchacha dorada/ se bañaba en el agua/ y el agua se doraba”.

 

Me parece que nunca pagamos esa paella.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

 

A mis amigos de entonces y de siempre

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