Joanot

Viernes, 11 Septiembre 2020 10:43 Escrito por  Enrique S. Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 116 veces
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Tomeu y su maestro de gramática, Pere Costa, salieron de les escoles de Valldigna, situadas junto a la vieja muralla musulmana. Se conocían con ese nombre porque estaban al lado de la casa del abad del monasterio de Santa María de la Valldigna. Aunque eran escuelas municipales, sólo podían acceder realmente a ellas los hijos de las familias que se hallaban en disposición de correr con los gastos de la educación. Los maestros vivían de las colectas de los estudiantes. Tomeu era el primogénito de un artesano de la seda, que gozaba de una posición económica desahogada. El maestro de gramática, con ocasión de su aniversario, había invitado a su educando predilecto a degustar las exquisitas viandas que servían en un célebre mesón que se encontraba a escasa distancia de la Puerta del Mar. Durante el breve paseo a pie hasta el mesón, Tomeu no paró de hablar de un poema que días atrás había llegado a sus manos, en una copia manuscrita, y que la noche pasada él había leído de corrido, deslumbrado por su belleza; una lectura que no le hizo sentir pesadumbre alguna por las horas robadas al sueño. Con el rabillo del ojo, Tomeu pudo observar cómo Pere Costa asentía levemente con la cabeza una y otra vez, y no le pasó tampoco desapercibido ese brillo especial que iluminó su mirada. Por eso no le produjo ninguna sorpresa el hecho de oír de sus labios el título del poema y el nombre del autor: “Veles e vents” y Ausiàs March. El maestro de gramática había leído la mayor parte de la obra del poeta nacido en Gandía, cuya muerte aconteció seis años antes.

 

- ¡Silencio, malditos bellacos, si no queréis probar el acero de mi espada! Sabed que estáis en presencia del autor del más extraordinario libro de caballerías que se haya escrito nunca –oyeron vociferar Tomeu y su maestro de gramática cuando se adentraron en el establecimiento-. Y si alguna de vuesas mercedes se atreve tercamente a negarlo, que no le quepa la menor duda de que su agravio pronto recibirá de mí una ‘lletra de batalla’.     

 

Tomeu era un joven avispado y nada timorato. De modo que ese inesperado episodio no le generó ninguna sombra de inquietud. Pero sí excitó, naturalmente, su curiosidad. Sobre todo la literaria. Él que era un ávido devorador de los textos que ponían en circulación los copistas. Así que repasó de arriba abajo a la persona exaltada. Y si alguien se hubiera molestado en preguntárselo, habría aventurado que frisaba los cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco años. También reparó en sus ropajes. Y aun ajados y moteados de manchas carmesí, que iban aumentando a medida que el vino de la jarra de la que bebía a morro se esparcía por su indumentaria como resultado de su ostensible ebriedad, no por ello se dejaba de apreciar su buen paño. Lo que llevó a Tomeu a colegir que era una persona de noble linaje. Pere Costa le vino a confirmar todas y cada una de sus conjeturas. Le dijo que se llamaba Joanot Martorell. Que las dificultades económicas por las que atravesaba desde hacía bastante tiempo, estaba al borde de la ruina, lo habían conducido a penar una existencia para la que no hubiera sospechado estar predestinado un hombre de su insigne linaje. Su abuelo, Guillem Martorell, había sido miembro de la tesorería real. Por otro lado, era de dominio público que Joanot Martorell había sido en su juventud un caballero luchador y belicoso, en exceso aficionado a les ‘lletres de batalla’, que eran cartas de desafío: un caballero retaba a otro caballero a un combate, que podía ser a muerte o a primera herida, para vengar agravios personales.

 

-  Es cierto que corre la especie de que Joanot Martorell ha escrito un libro de caballerías, al que ha dado por título “Tirant lo Blanch”. Sin embargo, yo no he tratado hasta ahora con ningún amanuense que haya hecho una copia de ese presunto texto –remachó el maestro de gramática.

 

A partir de las revelaciones de Pere Costa, el joven Tomeu se pasó el resto del ágape enredado en un único pensamiento: Joanot Martorell. Se sentía poderosamente atraído por él, como si su figura y sus circunstancias lo imantaran sin remedio, fatalmente. Al maestro de gramática, en efecto, no le costó ningún esfuerzo adivinar el motivo del cambio que se había operado en Tomeu, tan locuaz antes de entrar al mesón y luego tan callado y ensimismado. En el momento de la despedida, algo le rondaba por la cabeza a Pere Costa. Sin embargo, cuando se acordó de lo que quería advertirle, Tomeu ya se había alejado demasiado, y su advertencia: “No se te ocurra hablarle al señor Martorell de Ausiàs March”, sólo tomó la forma de un susurro inaudible.   

 

Joanot residía en la plaça de Sant Jordi, a tiro de piedra de la Puerta del Mar. Esa mañana del veinticuatro de abril el joven estudiante de gramática se dirigió rebosante de entusiasmo hasta allí. Pero aún no sabía que Joanot acababa de morir. Desde el día de la comida con su maestro, Tomeu llevaba una semana visitando a Joanot Martorell en su casa. En tan poco tiempo, había tenido la virtud de convertirse en el depositario de todas sus confidencias y, por añadidura, en el damnificado de su desabrido carácter y de su humor de perros. Tomeu disfrutó mucho con las historias de los viajes de Joanot a la corte del rey Enrique VI de Inglaterra. “No diría yo que me causó alguna extrañeza que este monarca por mí tan querido un día se volviese loco –le confesó Joanot una tarde sacudida por intensos aguaceros que amenazaban con inundar Valencia más pronto que tarde-. El castillo de Windsor era una cueva de conspiradores y felones”. En uno de esos viajes, el rey le concedió a Joanot la gracia de aceptar el papel de juez en su combate a muerte con su primo Joan de Monpalau, con quien mantenía un largo intercambio de ‘lletres de batalla’. Joanot quería lavar la deshonra de su hermana Damiata. Bajo la promesa de matrimonio su primo mantuvo relación carnal con Damiata y luego no cumplió con su promesa de casamiento. Joan de Monpalau no compareció al duelo de Londres y el pleito lo zanjó definitivamente mediante el pago de una buena suma de florines a Damiata. La víspera del día veinticuatro, Joanot le narró a Tomeu los pormenores del libro de caballerías que comenzó a escribir a principios de enero de 1460. Le habló del apasionado romance que vivió en Londres con una hermosa mujer bretona llamada Blanca. “En homenaje a ella -dijo-, le di al personaje principal de mi libro el nombre de Tirant lo Blanch”. Siguió con el relato de su amor por la literatura y recapituló sobre los numerosos libros que había leído, merced a sus viajes por Inglaterra, Portugal y Nápoles. En esto que Tomeu lo interrumpió bruscamente y le preguntó a bocajarro: “¿Le gusta la poesía de Ausiàs March?”. De repente el rostro de Joanot mutó de su habitual palidez a un rubor tan ardiente que no hubiera sido descabellado pensar que la mano que hubiera intentado hacerle en ese momento una caricia habría quedado de inmediato reducida a cenizas. Aunque el inaudito cambio de color de la cara no fue ni mucho menos el único prodigio que presenció ese día Tomeu. Jamás hubiera imaginado que tal atronador sonido pudiera salir expelido de la cavernosa boca de Joanot y que se propagara por toda la casa como las ondas originadas por una piedra arrojada al agua. “Espero que al mezquino Ausiàs le haya tocado vagar eternamente por los nueve círculos del infierno de Dante -bramó-. No creo que haya existido o exista sobre la faz de la tierra una persona tan desconfiada como lo fue él en vida. Celebradas las capitulaciones matrimoniales, Ausiàs aún tardó dos años en casarse con mi hermana Isabel, porque no se fiaba de recibir la dote acordada. Así que yo le tuve que ceder a mi hermana mis últimas posesiones en el valle del Xaló, allá por tierras alicantinas, para que él se decidiese a pasar por la vicaría. A raíz de ese suceso los hados de la fortuna me empezaron a ser esquivos. Y pasado el tiempo, acuciado por las necesidades, hube de entregar el manuscrito original de “Tirant lo Blanch” al prestamista Martí Joan de Galba como prenda de los cien reales que recibí de préstamo”.  Esa mañana del veinticuatro de abril, Tomeu acudía rebosante de entusiasmo a la casa de Joanot porque la tarde anterior el prestamista Martí Joan de Galba le había permitido hojear el manuscrito original de “Tirant lo Blanch”. Pero Tomeu ya no tuvo la oportunidad de poderle expresar a Joanot su admiración por la soberbia obra que había escrito. Las campanas doblaban por él.

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

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