Los hierros del maletín

Viernes, 13 Noviembre 2020 12:06 Escrito por  Enrique S. Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 270 veces
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Ni siquiera el vozarrón de Cela, cuando lo saludó al cruzarse con él en la puerta del madrileño Café Gijón, consiguió sacar de su ensimismamiento al director de cine Luis García Berlanga. La cabeza le bullía como una sopa en la cazuela y no había resquicio en ella para otra cosa que no fuera la idea que albergaba para la realización de una nueva película. Desde que la noche anterior regresara de su viaje a Valencia, donde un amigo le contó la terrible historia de la que había sido testigo en su condición de abogado de oficio, su mente comenzó a poblarse de imágenes. Cada vez que cerraba los ojos, sobre el interior de sus párpados se proyectaba íntegramente, plano a plano, la secuencia final de la película que anhelaba rodar, y con la misma pavorosa sala blanca de fondo. De modo que esa mañana, en el Café Gijón, no se sumó a la tertulia de los poetas, como era su inveterada costumbre, sino que fue a sentarse en uno de los negros veladores de mármol. En su búsqueda de tranquilidad, se decidió por el velador que estaba más retirado de la bulliciosa tertulia de los cómicos, que presidía el actor Fernando Fernán-Gómez, pues era la que acaparaba el trajín de los camareros, con el vuelo de sus bandejas atestadas de cafés y algunas bebidas espirituosas. Luis García Berlanga se había citado en el Café Gijón con el escritor y guionista Rafael Azcona. Quería proponerle que colaborase de nuevo con él en la escritura del guion. Ya habían trabajado juntos en Plácido, la última película dirigida hasta ese momento por el cineasta valenciano, hecho que trenzó una sólida y entrañable relación profesional entre ambos. Azcona no se retrasó ni un minuto y, mientras colgaba su chaqueta de pana del respaldo de la silla, se vio inesperadamente arrollado por la verborrea de Berlanga, a quien la excitación por emprender un nuevo proyecto cinematográfico constituía siempre la causa de que su pasión conversadora acabara desbordándose como el cauce de un río después de un  aguacero.

 

- Se llamaba Pilar Prades –se había arrancado a contar el locuaz Berlanga-. Era conocida como “la envenenadora de Valencia”. Salió en la portada del semanario de sucesos El Caso. Hace cuatro años fue ejecutada mediante garrote vil en la prisión de mujeres del Paseo de la Pechina. El verdugo novato, apodado el Corujo, nada más ver a la condenada a la pena capital, se puso malo y tardó un buen rato en poner en práctica su macabro oficio. Al parecer, los carceleros tuvieron prácticamente que emborracharlo para infundirle ánimos, a juzgar por sus pasos tambaleantes. Un amigo mío presenció el suceso. Mi propósito es desarrollar esta historia  y convertirla en una película que suponga un sutil alegato contra la pena de muerte. Para salvar el inevitable escollo de la censura, claro, he pensado que habría que enfocar el filme desde la perspectiva del funcionario encargado de la ejecución, y no de la del reo, que desde luego para los censores resultaría de todo punto inadmisible. Bueno, Rafael, no creo que te cueste mucho adivinar el título que he escogido para la película –y Azcona, sin poder disimular en su mirada una expresión de espanto, aventuró su respuesta entre signos de interrogación: “¿El verdugo?”- “¡Ahí lo has clavado!” –y la exclamación del director de cine valenciano vino acompañada de un guiño de complicidad.

 

Bajo el envoltorio de un humor negro, el guion de Berlanga y Azcona contenía escenas que ponían en solfa los tres pilares fundamentales considerados intocables por la censura franquista: la política, la religión y el sexo. Por eso ninguno de los dos pensaba que su libro cinematográfico pasaría el primer control de la Comisión Nacional de Censura, dependiente del Ministerio de Información y Turismo, cuyo titular era Manuel Fraga Iribarne. Sabían que allí lo revisarían minuciosamente con lupa y a las primeras de cambio echarían mano de las tijeras de podar los textos. El guion, en efecto, sufrió catorce cortes, entre ellos el del ensayo para que el verdugo novato conociera cómo funcionaba el garrote vil. Pero los obtusos censores cinematográficos, increíblemente, dejaron intactas algunas de las escenas con más carga crítica. De manera que autorizaron el inicio del rodaje de la película. Y los ateos Berlanga y Azcona no dejaron de hacerse cruces tras conocer la feliz noticia. No obstante, ninguno de ellos se hubiera podido figurar entonces el carácter premonitorio que tendría su obra artística. Ese año de 1963, el régimen franquista volvió a dar muestras de su naturaleza sanguinaria y cruel: en abril, el comunista Julián Grimau fue condenado a muerte y fusilado en el campo de tiro del cuartel militar del barrio de Campamento; y más tarde, en agosto, a los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado, acusados sin pruebas de colocar varias bombas en dos edificios oficiales, los mataron a garrote vil en la prisión de Carabanchel. Hubo manifestaciones multitudinarias en varias capitales europeas y latinoamericanas.

 

En la primera planta del Palacio Borghese se encontraba la embajada de España en Roma. Si hubiera estallado allí una bomba atómica no habría causado ni una mínima parte de la tremenda conmoción que supuso el anuncio efectuado por el director de la Mostra de Cine de Venecia, Luigi Chiarini: “La película El verdugo ha sido seleccionada para competir en la sección oficial del festival”. En la legación aún tenían  bien presente las recientes protestas de los anarquistas italianos por las ejecuciones de sus compañeros españoles durante las cuales tildaban al dictador Franco de verdugo. A partir de entonces las autoridades del régimen no cejaron de presionar a Chiarini para que se desdijese de su decisión y retirase la película, pero el director de la Mostra no se plegó a ninguna coacción. De ahí que a Berlanga le diese mala espina la invitación que le cursó el embajador español, Alfredo Sánchez Bella, un acérrimo partidario del inmovilismo político, para que su equipo exhibiese la cinta en una proyección privada en la cancillería, previa a su pase oficial en el Palazzo del Cinema, sede del certamen veneciano, ubicado en el Lido. No podía descartar que los miembros del Servicio de Inteligencia Militar hubieran recibido órdenes de sus superiores para apoderarse por cualquier procedimiento de todas las copias del filme y de retenerlos a ellos en la embajada hasta la clausura del festival de cine. Es por lo que Berlanga acordó con la actriz Emma Penella, que interpretaba a Carmen, la hija del verdugo jubilado (Pepe Isbert) y la mujer del verdugo novato (Nino Manfredi), que excusase su asistencia al Palacio Borghese alegando padecer alguna ligera indisposición y mientras tanto se las ingeniase para poner a buen recaudo en Venecia una copia de El verdugo, sin que revelase a nadie su escondite.

 

No anduvo nada desencaminado el director de cine valenciano con sus conjeturas. Alfredo Sánchez Bella salió muy indignado de la proyección de El verdugo y, al cabo de unos minutos, montó en cólera: “Es uno de los más impresionantes libelos que jamás se han escrito contra España. No puedo entender qué clase de inútiles ocupan los despachos de la Comisión Nacional de Censura. Yo no voy a permitir que la película salga de aquí ni que se exhiba en la Mostra de Venecia”. Aunque, para alivio de Berlanga y sus acompañantes, el embajador no transmitió la orden de encerrarlos bajo llave en ninguna dependencia de la cancillería. El servicio de seguridad se encargó de echarlos a la calle, a empellones y sin privarse de propinarles algunas sonoras y dolorosas collejas.

 

Berlanga y Emma Penella recorrían la alfombra roja que conducía a la entrada del Palazzo del Cinema. Era el día del pase de su película en la Sala Grande. El director del festival veneciano les salió a su encuentro y, enormemente apurado, les susurró que  la copia de El verdugo había desaparecido. Emma Penella sonrió y le señaló a un gondolero, vestido con el traje típico, que venía de la trasera del palacio. “Me ha traído en su góndola desde el embarcadero de la Piazza San Marco –le confesó la actriz española a Luigi Chiarini, que ponía cara de no comprender absolutamente nada-. Él se ofreció muy amablemente a ocultar en su embarcación la copia de El Verdugo que yo le confié, después de encontrarme ayer la habitación de mi hotel patas arriba. Así que entremos, porque la cinta ya está en manos del proyeccionista”. A los espectadores que abarrotaban la sala se les puso un nudo en la garganta al oír el ruido de los hierros del garrote dentro del maletín del verdugo que encarnaba el actor Pepe Isbert.

 

 Al mismo tiempo que El verdugo recibía el premio de la crítica internacional, el dictador Franco, que acababa de visionar la película en El Pardo, sentenció: “Yo sé que Berlanga no es un comunista; es algo peor, es un mal español”.

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll