No es un cuento de Navidad

Viernes, 11 Diciembre 2020 12:17 Escrito por  Enrique S. Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 294 veces
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Era un domingo de mediados de diciembre. Había terminado la última misa matinal en la parroquia de la Asunción. El sacristán, mientras cerraba la portada principal enmarcada por columnas salomónicas, se fijó en un hombre solitario parado junto a la cruz de piedra que se alzaba en medio de la plaza. Vestía harapos y estaba muy enflaquecido. Sin embargo, en seguida reconoció a quien fuese su más íntimo amigo de juventud, avecindado en Canals. Y cayó en la cuenta de que habían transcurrido casi dos décadas desde el día que se despidieron, sin poder contener las lágrimas, en la Estación del Norte de Valencia Fue una mañana de enero de 1937. Ninguno de los dos había cumplido aún los diecinueve años. Ambos enarbolaban sendas banderas rojinegras de la CNT.  Pero solo uno de ellos se subió al tren con el propósito de enrolarse en la Columna Durruti para derrotar a los militares sublevados contra la República. La familia del  sacristán, pudiente y muy devota, consiguió que él desistiera de “cometer esa locura”. Concluida la guerra civil, y gracias a la intercesión del párroco, pudo eludir la represión del régimen franquista por su pasada militancia anarquista. Al cabo de unos años, sustituyó a su padre en el oficio de sacristán, el mismo oficio que ya habían ejercido anteriormente su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo. Ese domingo de mediados de diciembre, la Plaza de la Iglesia se quedó vacía de feligreses. Solo permanecieron allí los dos antiguos amigos, observándose desde la distancia. Hasta que el sacristán echó a andar, y el hombre solitario siguió sus pasos.

 

  En su despacho de la calle Ramón y Cajal, el jefe local de Falange rasgó el sobre que le había entregado en mano su secretaria. Usó para ello un abrecartas que tenía tallado el escudo con el yugo y las flechas. A medida que leía la carta, en cuya parte superior izquierda figuraba el membrete de la Secretaría General del Movimiento, su sorpresa inicial se fue transmutando en una avalancha de emociones que imprimieron a su ánimo un estado de exaltación, de perceptible euforia. Y comenzó a soñar despierto: Esto me puede dar la oportunidad de ascender en el escalafón: ¿jefe provincial de Falange? Volvió a introducir la carta en el sobre y se dirigió sin pérdida de tiempo al Ayuntamiento. Sentado frente al alcalde, que sujetaba entre sus manos la hoja mecanografiada, el jefe local de Falange acarició la idea de estar viendo su propia imagen reflejada en un espejo. Pues los gestos del primer edil, ante la buena noticia recibida, reprodujeron en el mismo orden los suyos, idénticos como dos gotas de agua. El aspecto propio de la ilusión esculpido en sus rostros. Y, para redondear la semejanza, el alcalde  también se dejó mecer por la ensoñación, y musitó para sí mismo: Esto me puede dar la oportunidad de obtener la designación para un cargo público de mayor relevancia: ¿gobernador civil de la provincia?, ¿procurador en Cortes?  Cuando al fin bajó de su nube, el alcalde se topó con la ladina sonrisa del jefe local de Falange, de inequívoca interpretación, por lo que recompuso en seguida su habitual gesto circunspecto, subrayado por el fino bigotillo que recorría su labio superior cual hilera de hormigas, y acordó con su camarada ponerse en seguida manos a la obra. No les suscitó ningún debate la decisión sobre la familia a elegir. No podía ser ninguna otra que la de mayor abolengo de la ciudad.  Así que solo les quedó pendiente el otro asunto, más peliagudo. Optaron por dejarlo en manos del párroco de la iglesia de la Asunción.

 

   Los hombres y mujeres que frecuentaban el templo vieron un día a un desconocido barriendo el atrio de la iglesia, todo alfombrado de arroz, después de la celebración de una boda. Un hecho que les despertó la curiosidad, de modo que sintieron unas irrefrenables ganas de saber más cosas de él. El párroco les contó su encuentro casual en la calle con esta persona. quien le imploró ayuda para su sustento económico, y le refirió que era un pecador que se había labrado la ruina por culpa de su infausta adicción a las timbas clandestinas, donde se apostaba mucho dinero, y las cartas se lo habían quitado todo: casa, familia, trabajo, amistades. Así que, desde entonces, el sacerdote le proporcionaba ropa usada donada a la beneficencia para que vistiese con decoro y le daba unas pesetas por su trabajo de limpieza. Pero la historia real del desconocido era otra bien distinta. Solo el sacristán la conocía. Como también el motivo que le había traído a Torrent. Aquel joven anarquista de Canals, que había combatido a las órdenes de su paisano Ricardo Sanz García, primero en la Columna Durruti y después en la 26.ª División del Ejército Popular de la República, se había  pasado los últimos quince años de su vida encerrado en la prisión de San Miguel de los Reyes, de la que había salido en libertad hacía unos pocos días. Ahora planeaba junto con otros correligionarios asestarle un duro golpe al aparato propagandístico de la dictadura. El sacristán aceptó de buen grado encargarse de preparar ‘el encuentro casual’ con el párroco. Le confesó a su viejo amigo que se lo llevaban los demonios cada vez que veía a Franco entrar bajo palio en las iglesias. 

 

El régimen franquista había puesto en marcha una campaña bajo el lema “Esta Navidad, siente un pobre a su mesa”, con el fin de promover entre los ciudadanos más acomodados un sentimiento de caridad hacia los más necesitados. Lógicamente, todas las delegaciones de Falange habían sido previamente informadas por carta, en la que se les exigía, de manera expresa y sin sobreentendidos, el firme compromiso y el máximo esfuerzo para volver a deslumbrar al mundo entero con otro éxito en esta nueva y piadosa empresa. La asunción de tamaña responsabilidad no podía entrañar, claro, la causa de la euforia que arrastró dulcemente al jefe local de Falange y al alcalde a albergar el ensueño de un futuro político prometedor. La explicación se hallaba en la coletilla de su carta, que no figuraba en las otras: Torrent había sido la población nacional escogida para que el Noticiero Cinematográfico Español -el No-Do que se proyectaba semanalmente en todos los cines españoles-, grabase en ella el reportaje dedicado a la campaña. Una noticia de la que se hicieron eco la prensa y la radio del Movimiento, además del extenso despliegue de carteles que forraban las paredes de los centros públicos: sociales, culturales, deportivos.

 

Pero los espectadores de los cines españoles no verían nunca ese reportaje dedicado a la campaña. Y sus protagonistas, en cambio, no conseguirían apartar nunca las imágenes de su memoria. Todo estaba a punto para la cena de Nochebuena en la casa solariega de un personaje de rancio abolengo emparentado lejanamente con el conde de Trénor. Los técnicos del No-Do ocupaban sus puestos con sus cámaras y sus micrófonos para registrar hasta el más nimio detalle. La mesa de madera de roble del barroco comedor se mostraba bien surtida de apetitosos manjares, y el pavo trufado se seguía cocinando en el horno de hierro fundido. Los dueños de la casa,  vestidos de punta en blanco, aguardaban la inminente llegada del menesteroso -según expresión de la pareja-, para compartir con él la compasiva velada. También se encontraban congregadas en la casa las fuerzas vivas de la ciudad, porque no querían desaprovechar la enorme popularidad que podía reportarles su aparición en el noticiario cinematográfico. Ya se veían en sus nuevos y flamantes cargos: uno de jefe provincial de Falange, otro de gobernador civil de la provincia, otro de purpurado... Su intención era saludar al invitado de honor y luego marcharse a sus casas para cenar en familia. Sin embargo, los deseos no siempre se cumplen. Y en esta ocasión no se iban a cumplir. Para la elección del pobre, el párroco había consultado a sus feligreses. Hubo unanimidad. Propusieron a la persona que se había arruinado y perdido a su familia como consecuencia de su nociva afición a las cartas. El antiguo combatiente de la Columna Durruti no acudió solo a la noble mansión, sino que lo hizo en compañía de diez miembros de la oposición clandestina al Régimen, que habían coincidido con él en la prisión de San Miguel de los Reyes. El sacristán había desempolvado su vieja bandera rojinegra, que todos estos años había mantenido oculta en el falso fondo de un armario de la sacristía, y se unió a ellos. Amordazaron y ligaron a todos los circunstantes a las sillas de época del comedor,  salvo a los técnicos del No-Do, a quienes les pidieron de manera educada que no dejaran de grabar en ningún momento nada de lo que allí aconteciera. Cenaron con calma, fraternidad y buen humor, a la vista de unas autoridades cuyos sueños de grandeza se desvanecían como el humo en el aire. Luego salieron al balcón y colgaron una bandera republicana y una pancarta con la leyenda: “Por la libertad y la justicia social”.

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll