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Viernes, 13 Marzo 2020 10:15

¡Bombardearé las fallas!

El pintor y cartelista valenciano Josep Renau, que en septiembre de 1936 había sido nombrado director general de Bellas Artes, se encontraba supervisando el depósito en las Torres de Serranos de las últimas obras de arte evacuadas del Museo del Prado, una vez descargadas de los camiones militares que habían procedido a su traslado desde Madrid. Y a medida que observaba los precarios embalajes que protegían algunos cuadros de la pinacoteca, un rictus de preocupación fue ensombreciendo su rostro. Un gesto que mutó en tristeza al comprobar el lamentable estado en que había llegado uno de los más célebres lienzos de Diego Velázquez. Más tarde, Renau se desplazó a pie al Café Ideal Room, situado en el nº 19 de la calle de la Paz. Allí se había citado con el periodista y escritor estadounidense Ernest Hemingway. Desde que Valencia se había convertido en la capital de la República, en plena guerra civil, un enjambre de escritores y corresponsales extranjeros pululaba por la ciudad. El Café Ideal Room era uno de los lugares de reunión predilectos de casi todos ellos. Y evidentemente un poderoso foco de atracción, como el panal de rica miel de la fábula de Samaniego, para los agentes de los distintos servicios de espionaje. La tertulia en la que participaban de manera destacada Ernest Hemingway y el también escritor estadounidense John Dos Passos, constituía sin duda uno de los mejores reclamos del establecimiento. Cuando el pintor valenciano llegó al local, con un cartapacio bajo el brazo, ya no cabía ni un alma. Una atmósfera neblinosa y londinense dominaba por entero el recinto a causa del humo denso de los cigarros. A ese turbio ambiente contribuía muy activamente el largo puro habano que Hemingway atrapaba en la comisura de sus labios, con el que dibujaba caprichosos arabescos gaseosos que se disipaban en su vuelo hacia el techo. Renau advirtió que esa noche se sentaban a la mesa habitual de los escritores estadounidenses dos reporteros gráficos a quienes él conocía personalmente: Gerda Taro y Robert Capa. Por supuesto que a Renau le hubiera gustado quedarse a conversar un rato con el grupo, pero tenía comprometida una cena de trabajo con varios artistas falleros, entre ellos Regino Mas. De modo que mantuvo una breve y discreta charla con Hemingway, y, antes de despedirse, le hizo entrega del cartapacio. “Aquí tienes el boceto del que te hablé. De momento es material reservado. No queremos que se desbarate nada. Así que ponlo a buen recaudo, y espera noticias mías antes de dar la exclusiva –y mientras regresaba sobre sus pasos se fue extinguiendo como el sonido de un eco el “goodbye” farfullado al alimón por los integrantes de la tertulia.
El 11 de febrero de 1937 la Gaceta de la República publicó una orden del Ministerio de Instrucción Pública por la que se concedía 40.000 pesetas a la Alianza de Intelectuales para la defensa de la Cultura para la construcción de cuatro ‘fallas de carácter antifascista’. Se buscaba con esta iniciativa, además de apoyar la causa antifascista, recuperar el sentido crítico, popular y transgresor de las fallas de antaño. Josep Renau asumió el control artístico del proyecto. Su primera decisión fue encargar los bocetos al extraordinario dibujante valenciano Gori Muñoz, y pronto tomaron cuerpo sobre el papel los cuatro monumentos, que llevaban por nombre: La catedral, Coses d’ara, El Betlem d’enguany y La balança del món. La ejecución de la fallas corrió a a cargo del cenetista Sindicat d’Art Popular, cuyo presidente era Regino Mas. Un digno heredero de los artistas renacentistas valencianos, y poseedor de un ingenio con preciosas incrustaciones de socarronería, en palabras del poeta Pablo Neruda, un buen amigo suyo.
El general fascista Queipo de Llano ocupaba un suntuoso despacho en el edificio de Capitanía, un antiguo palacio ubicado en la sevillana plaza de la Gavidia. En su antesala, aguardaba a ser recibido en audiencia un espía de las fuerzas franquistas. Su semblante traslucía las huellas del cansancio y la falta de sueño. Con la entrada en el cuartel de los sublevados, el espía había culminado un tortuoso viaje por carretera desde Valencia. Sin embargo, Queipo de Llano se había marchado a Radio Sevilla para pronunciar una de sus despiadadas arengas. Este tipo infame, uno de los cabecillas principales del golpe militar, apodado el Virrey de Andalucía, empleaba el micrófono como otra arma de guerra, igual de mortífera que una ametralladora. Por la radio anticipaba el asesinato de miles de personas, señalaba a las víctimas, y azuzaba a los asesinos. Tras su nombramiento como jefe del Ejército Sur, inició una tremenda represión, y no tuvo empacho alguno en ponerse al frente de la ‘limpìeza política’ en Andalucía. Pasadas varias horas, el espía recibió autorización para acceder al despacho de Queipo de Llano. Golpeó la puerta con los nudillos, la franqueó, dijo “con el permiso de vuecencia”, dio unos pasos y, finalmente, se cuadró militarmente ante el general, a quien se podía ver todavía enardecido; las venas del cuello seguían en el punto idéntico de tensión y abultamiento que habían alcanzado durante la intervención radiofónica. El espía dejó un documento rollado sobre la mesa. Queipo de Llano lo desplegó, frunció el ceño y contempló con una mezcla de estupefacción y cólera el boceto de una falla, con su explicación escrita a mano al dorso.
Regino Mas y su equipo, ajenos del todo a los hechos que estaban sucediendo ese 12 de marzo de 1937, se afanaban en los últimos retoques de los ninots que formaban parte de la composición El Betlem d’enguany, dispersos por el taller de Benicalap. Esta falla era una sátira que ridiculizaba a los responsables del levantamiento militar y a la religión, convirtiéndolos en los personajes de un belén. El niño Jesús era Francisco Franco, con su bigote y gorra militar. El papel de la Virgen lo representaba el general Queipo de Llano, ironizando así con su ternura: él que mató a numerosos republicanos. La figura de San José reproducía la caricatura del general Miguel Cabanellas. El buey, con sombrero de copa, simbolizaba el capital y la mula, ataviada con una mitra papal, a la Iglesia católica. Los Reyes Magos (Hitler, Mussolini y un moro), regalaban al ‘niño Franco’ un tanque, un avión de guerra y un soldado, respectivamente. El boceto original de esta falla, dibujado por Gori Muñoz, era el mismo que Renau le entregó a Hemingway en el Café Ideal Room. Cuando el escritor estadounidense acudió a la sede de Bellas Artes para comunicar al propio Renau que le habían robado el boceto que había ocultado en su habitación del Hotel Inglés, el pintor valenciano ya había recibido de manos de su secretaria la transcripción íntegra de la amenaza radiada por el general Queipo de Llano:
- Pierdan toda esperanza las hordas rojas valencianas. Si se atreven a erigir esos blasfemos e inmorales monumentos de cartón y madera en sus calles, tengan por seguro que los destruiré. ¡Bombardearé las fallas! A una orden mía, los bombarderos de la Aviación Legionaria italiana despegarán de inmediato del aeródromo mallorquín de Son San Juan. ¡Valencia conocerá lo que es un pandemónium!
A la misma hora del encuentro de Renau y Hemingway, un intenso debate se había originado en el seno del Consell Municipal de València, órgano al que le correspondía acordar el lugar donde se tenían que plantar las cuatro fallas antifascistas. El alcalde Domingo Torres, de la CNT, temeroso de las terribles consecuencias que podría ocasionar un bombardeo sobre una aglomeración de público en torno a los monumentos falleros, se había decantado por prohibir la plantà. Pero dentro del Consell existían posturas encontradas. Al final, apaciguados los ánimos, se optó por exhibir los ninots en el interior de la Lonja.
Al día siguiente, el diario The New York Times publicó en su portada la crónica firmada por Ernest Hemingway, bajo el título: “Valencia no plantará sus fallas. El fascismo amenaza con bombardearlas”.


Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicado en Enrique S. Cardesín
Viernes, 24 Noviembre 2017 10:28

Un hijo en Berlín (1 de 5)

Adolfo vivía en Berlín, en el número 58 de la calle Oranienburger Strasse, a escasos metros de la Nueva Sinagoga. Era un piso de techos altos, pero de pocos metros cuadrados. Se accedía al portal de la casa atravesando el patio interior, ajardinado, del edificio. 

Adolfo era doctor en Química. Debido a la falta de oportunidades en España, tuvo que emigrar a Alemania, donde había conseguido un empleo en la empresa farmacéutica Bayer. Ahora ocupaba un puesto de responsabilidad en el departamento de innovación. Ya llevaba más de seis años en Berlín. Pero Adolfo ignoraba que no fue su currículo académico el que le abrió tan rápidamente las puertas de esa empresa puntera en su sector, sino una vieja amistad de su padre: un ciudadano alemán. Ni su padre ni su madre le habían hablado nunca de esa persona. 

La convivencia doméstica entre Adolfo y su padre en España nunca fue fácil. Y los años de fricciones constantes y de mayor distanciamiento entre los dos, coincidieron con la etapa universitaria del hijo: invariable protagonista de todas las huelgas y manifestaciones contra la política educativa del gobierno de Aznar, y militante de Izquierda Unida. Las comidas familiares eran el habitual campo de batalla. Siempre que Adolfo criticaba acerbamente la falta de derechos y libertades durante la larga y oprobiosa dictadura franquista, el padre se encolerizaba mucho y el tono de la disputa verbal se elevaba hasta extremos peligrosos. Así que a la madre, temerosa de que pudieran llegar en cualquier instante a las manos  -que era lo que presagiaba el aumento gradual de la intensidad de sus voces-, le tocaba templar gaitas, hasta que retornaba la paz a la mesa. Luego, el resto de la comida transcurría en un duro y afilado silencio, con padre e hijo sin levantar la mirada del plato; los ojos allí clavados como la puntilla en la testuz de un toro. La madre era consciente de que ninguno de los dos daría nunca su brazo a torcer. Su marido, que se llamaba Francisco,  había heredado el ideario de su suegro: falangista de la primera hora, que combatió en los frentes más encarnizados de la guerra civil española, y después se marchó a Rusia enrolado en la División Azul, y en el sitio de Leningrado le salvó la vida a un oficial de las Wafen-SS que estuvo en un tris de morir desangrado por las graves heridas sufridas en una pierna a raíz de la explosión de una granada de mano en la trinchera, toda alfombrada de nieve, en la que estaban parapetados junto a otros soldados alemanes y españoles. El abuelo de Adolfo era, además, un redomado antisemita. 

Adolfo se licenció con matrícula de honor en la Facultad de Química. Y logró un sobresaliente cum laude en su tesis doctoral. Esto propició que el padre se sintiera cada vez más orgulloso de su hijo. De modo que las discusiones entre Adolfo y Francisco fueron perdiendo virulencia, aunque continuaron latentes. La madre permanecía al quite y sacaba en seguida el capote cuando alguna noticia publicada en la prensa, en alusión a la situación política del momento, volvía a colocarlos uno frente a otro: ceñudos, agresivos y vocingleros.    

El padre de Adolfo, tras su reciente viudedad, acudió ese verano él solo a visitar a su hijo en Berlín. Los veranos anteriores lo había hecho siempre en compañía de su esposa.  A Francisco, cuando no se daba su largo paseo por el tradicional bulevar Unter den Linden, hasta alcanzar la Puerta de Brandenburgo, y desde aquí, vuelta a casa de Adolfo en sentido inverso, le gustaba quedarse en casa a pegar la hebra con la mujer que su hijo había contratado el último otoño para que se encargara diariamente de las labores del hogar, habida cuenta de que su trabajo no le dejaba apenas tiempo para tales menesteres. Adolfo le dijo a su padre que había tenido una inmensa suerte con la aparición de la mujer, la señora Sabath, pues era muy hacendosa y cariñosa; y atribuía a su hado teutón el hecho de que ella llamara un día a su puerta y le preguntara si necesitaba una asistenta. Justo en el momento en que él ya se podía permitir ese gasto. La señora Sabath lo cuidaba como a un hijo.

 

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Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicado en Enrique S. Cardesín
Viernes, 10 Noviembre 2017 10:12

Torrent distópico

A Diana Gimeno

 

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…”  

Por eso quiero contarlas, para que no se pierdan en el tiempo presente. Porque mi historia sucedió un día del año 2052. Supongo que os resultará extraño, quizá hasta inverosímil, o, sencillamente, un disparate más de tantos que emborronan las páginas de los burdos textos de ciencia ficción. Pero tenéis que creerme. ¡Yo vivo en el futuro! ¡Diantre!, después de esta asombrosa confesión mía, no es difícil imaginar que estéis deseando saber cómo he regresado hasta 2017. Solo os puedo confirmar que no existe ninguna máquina del tiempo. Hollywood ha hecho mucho daño con sus películas pseudocientíficas y de medio pelo. Sin embargo,  tengo prohibido transmitir cualquier otra información relevante. Lo siento. No es una excusa barata. Es que firmé un contrato de confidencialidad con la compañía que ha desarrollado la tecnología punta que ha convertido en realidad la fantasía humana de viajar al pasado. Si me voy de la lengua, según dispone la letra pequeña del contrato, los técnicos de la compañía procederán de inmediato al borrado del disco duro de mi cerebro, y acabaré vagando eternamente por la inmensidad de algún agujero negro, que ahora son de peaje; no os digo más. 

Aquel día, al levantarme de la cama, y luego descorrer la cortina de la ventana  y subir la persiana, tuve la certeza de que no iba a ser un día normal; porque, os adelanto, y esto sí que estoy autorizado a confesarlo, el futuro es tan monótono, gris y aburrido como el presente. Y los chuletones de Ávila solo se venden en las farmacias, con receta médica; la dosis recomendada es un chuletón de Pascuas a Ramos, que ha de tomarse  con dos gotas de vino tinto de Requena, que es el caldo que mejor marida con esas píldoras.

Lo primero que me sorprendió, al echar un vistazo por la ventana de mi habitación, fue la anómala tonalidad del cielo. Ni Jackson Pollock, aun vapuleado por una buena cogorza de expresionismo abstracto, hubiera sido capaz de pintar un cielo así. Una lámina de mercurio, eso es lo que parecía.  Y a ratos, aquel cielo emitía unos destellos intensamente rojos. Un parpadeo lumínico semejante al que emitían aquellas antiguallas que recibieron el nombre de aviones y que desaparecieron por culpa del globalizado ‘low cost’. En el futuro, del que yo vengo, cuando una especie se encuentra en peligro de extinción, se dice que está en modo Ryanair; no os digo más.

Al pisar la calle,  un chirimiri comenzó a empapar mi nueva cazadora vintage que había comprado ex profeso para este viaje al pasado, aunque pronto advertí que el líquido que estaba arruinando el basto tejido de mi cazadora no era agua sino una sustancia oleaginosa, como si el cielo estuviera perdiendo aceite. De modo que alcé la mirada, y un segundo después me quedé de una pieza. Ahí arriba, suspendida sobre mi cabeza, se hallaba lo que sin duda era una nave espacial, que ocupaba todo el cielo de Torrent, hasta donde se perdía la vista. Un número se repetía a lo largo de su base estriada: el 155.

Corrí a refugiarme bajo una de las múltiples marquesinas que inundaban la ciudad, en cuya pared vertical de cristal translúcido había instalada una televisión de plasma, que difundía noticias locales durante las veinticuatro horas. Pero el locutor que aparecía en esos momentos en la pantalla, anunciando un rimero de medidas parar restaurar el orden municipal,  era un completo desconocido para mí. Y el sonido de su voz, grave y oscuro, que parecía provenir de ultratumba, no solo me metía bien adentro el miedo en el cuerpo sino que me infligía unos escalofríos que recorrían mi espinazo a la misma velocidad que la banda ancha de mi nuevo móvil del tamaño de una mochila; no os digo más.            

Pero lo que me aterró de veras fueron las imágenes que ilustraban las palabras de ese sosias del monstruo del doctor Frankestein. Esas imágenes describían el instante preciso del desalojo del alcalde y de los concejales del consistorio municipal, sin darles tiempo a recoger los retratos de la familia. Y en seguida se vio a unas extrañas criaturas vestidas con ternos de color gris estatal pasando a ocupar los despachos, y en un plis plas cambiaron el mobiliario, el color de las paredes y las placas de las puertas. También comenzaron a desfilar por la cóncava pantalla las escenas de derribo de los símbolos identitarios de  la ciudad: las esculturas del xocolater y el granerer, y las cuatro ranas de su emblemática fuente.

He regresado a 2017, al año del origen del 155. Soy un Terminator, y me han encomendado una misión; no os digo más.   

 

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicado en Enrique S. Cardesín
Lunes, 06 Noviembre 2017 11:16

Los bastones

Me resisto a creer que todas las personas mayores, léase tercera edad, necesiten un bastón para andar. De acuerdo, probablemente lo necesiten muchos de ellos, pero me da la impresión de que un buen número de ellos, lo usa sólo para demostrar alguna cosa. No sé exactamente si quieren demostrar que están jubilados y ya tienen todo el derecho, o que han conseguido un estatus superior, algo así como si ganaran un galón en el escalafón de su existencia. Permítaseme esta observación no exenta de maldad, lo reconozco. 

Hay un argumento a favor del uso del bastón, argumento esgrimido por los facultativos que recomiendan su uso para no tener que arreglar piernas rotas después, y argumento al que se acogen los “pacientes” que esgrimen el miedo a caer, evitando así la posibilidad de romperse una cadera, por ejemplo. Pero seamos sinceros ¿verdad que muchas de estas personas llevan el bastón como si llevaran la bolsa de Mercadona? Los hay que realmente necesitan un apoyo para andar y ello es evidente. Los ves delante de ti andando con dificultad y entiendes que, por desgracia, lo necesitan de verdad. Pero muchos de ellos, cuando alcanza esa edad crítica en la que, probablemente, su amigo lleva un bastón, ellos también quieren llevar el suyo. Por imitación, por celos o por vaya usted a saber. Recuerdo ahora “El cochecito”, esa película de Marco Ferreri, interpretada magistralmente por José Isbert. Es el mismo caso que estamos hablando. Los celos llevan al protagonista a enemistarse con su familia hasta que les obliga a comprarle un cochecito de inválido sin hacerle ninguna falta. La película no hace más que reflejar a ese porcentaje de personas mayores que, por celos o por emulación, caen en el uso de un adminículo innecesario. Seguro que muchos de ustedes están reprochando mis palabras y probablemente sea con razón. Tal vez mi crítica les parezca que va demasiado lejos, pero sólo me estoy basando en lo que veo por la calle. Me estoy basando en las comprobaciones que hago a diario, cuando veo a esas personas mayores acompañadas de un bastón que arrastran a su lado, sin más –mi mujer me dice que siempre estoy mirando a los viejos, que por qué no miro a las chicas jóvenes, ¿verdad que tiene gracia?- No le falta razón. A veces es un poco obsesivo, pero es así como he podido constatar el sobreuso del bastón y tantas otras cosas que, evidentemente, no sirven para nada. Lo único que nos sacaría de dudas sobre su verdadera necesidad sería una encuesta a pie de calle, como ahora se dice. Aunque estoy convencido de que nadie iba a admitir que lleva el bastón por el simple hecho de llevarlo, para nada, lo mismo que el bolígrafo que suele adornar el bolsillo de pecho de sus camisas. Quien se dé por aludido con todo esto le pido disculpas. Peor es lo mío que tengo la maldición del observador. ¡Ya me gustaría a mí mirar sólo a las chicas jóvenes!

ÚLTIMAS NOTICIAS: Editado en el periódico LAS PROVINCIAS del pasado martes 24/10/2017: “Muere tras ser agredido a garrotazos por otro anciano en una residencia de Manises”. De donde se colige uno de los bonitos servicios que el bastón puede ofrecer a los susodichos ancianos desvalidos.

 

Rafael Escrig

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Viernes, 06 Octubre 2017 10:32

The Major of Torrente (3 de 4)

¡Pues si a lo más lejos que él llegó en toda su vida fue a la ciudad de Valencia!” Luego nos desplazamos a la cafetería y, tras inspeccionar los bocetos con delicado esmero y sumo detenimiento, el señor Burke efectuó un leve gesto de asentimiento con la cabeza que confirmaba sin necesidad de palabras la autoría del pintor José López Mezquita. Acto seguido, y después de dar varios sorbos a su café americano, que parecía contener más agua que un cuartillo de vino en tiempos de Quevedo, comenzó a narrarme la historia comprometida, en un castellano con marcado acento yanqui:  

<< El pintor José López Mezquita se trasladó a Valencia en 1929. El señor Huntington le había encargado una serie de retratos de carácter etnográfico. Se alojó en el Hotel Inglés, junto al bello Palacio del Marqués de Dos Aguas, en la entonces Plaza Canalejas. “Pinto en Torrente por la mañana, bañado por este sol incomparable, que ustedes aún no saben apreciar“, comentó José López Mezquita cierta embriagadora noche a un crítico de arte en una sala de baile de la calle Ribera. En El Vedat el pintor conoció a Vicente, el personaje del retrato The Major of Torrente, o sea, al abuelo paterno de usted [cuando aludió a mi abuelo una finísimo velo nubló mi mirada], a quien le preguntó si le gustaría posar para él vestido con el traje típico torrentí y portando en una mano la vara de alcalde. Forjaron ambos una estrecha amistad. En más de una ocasión, el artista prolongó la estancia en la casa veraniega de Vicente, donde tenían lugar las agotadoras sesiones de trabajo, para disfrutar de la gastronomía nativa. De vuelta en Nueva York, el pintor siempre ensalzó un arroz genuino de Torrent, el rossejat [en boca del conservador jefe el nombre del arroz sonó tan fuerte y alargado como una palabra alemana]. José López Mezquita, antes de echar cada mañana mano de los pinceles, acostumbraba a pasear por El Vedat,  y uno de esos días pegó la hebra con un joven de pequeña estatura que veía correr muy a menudo por las trochas que serpenteaban entre la frondosa pinada. El joven estaba entrenándose para boxeador.  Le dijo que se llamaba Baltasar Berenguer Hervás, pero que había escogido como nombre profesional “Sangchili”. Baltasar le confesó al pintor que había elegido este nombre para que su padre no se enterara de que había decidido consagrarse al boxeo. Su padre quería que estudiara, pero él sabía que no valía para los estudios. Un comandante de la guerra de Cuba había montado un gimnasio enfrente de su casa. Tenía un asistente chino. 

 

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Enrique S.Cardesín Fenoll

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Viernes, 29 Septiembre 2017 09:40

Agosto

Cada mes del año tiene un nombre propio y ese nombre un significado, pero ¿ese significado llega a influir en dicho mes? Obviamente que no.

¿Ocurre lo mismo con el nombre de las personas? Evidentemente el nombre de las personas se pone a priori de conocer el carácter o los detalles que van a marcar la singularidad de cada individuo. Será el sobrenombre o el apodo el que lo diferenciará de los demás, bien por algún rasgo distintivo de su carácter o bien por su fisonomía. Aunque todos sabemos que a veces, ese mismo nombre, por su rareza o su significado, puede convertirse en el apodo que marque a la persona para toda su vida. Pensemos en nombres como Tolomeo, Pepón, Silvestre o Calígula. Pero volvamos al nombre de los meses del año. Este agosto pasado, que hemos recorrido sufriendo sus terribles calores y su implacable sequía, ¿por qué debe su nombre al emperador romano Augusto Octavio?

Si repasamos la biografía de este personaje veremos que Augusto fue el primer emperador romano, que reinó entre el 27 y el 14 a.C., que se enfrentó a Marco Antonio, que amplió y afianzó las fronteras del imperio hasta el Danubio. No tuvo hijos varones de ninguno de sus tres matrimonios, por lo que adoptó a su yerno Tiberio para sucederle en el trono. Para que se comprenda la relación del nombre con el mes, hemos de aclarar que fue Octavio Augusto quien cambió el nombre de ese mes, hasta entonces denominado sextilis, por el de augustus, a imitación de su tío Julio César veintiún años antes con el mes quinctilis, que pasó a llamarse iulius. En la actualidad, la mayoría de los padres tiene un serio problema a la hora de elegir el nombre de sus vástagos. Generalmente no tenemos padrinos como Julio César, ni el senado nos homenajea con ningún título de augustus. Así que hemos de contentarnos con repetir el nombre de un familiar, ir al santoral caiga quien caiga, o poner nombres raros, por no decir absurdos y que las más de las veces más parece otra cosa que un nombre propio. A este respecto, siempre me ha hecho gracia el nombre de Adrián, por cierto, uno de los más populares últimamente. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los padres que colgaron ese nombre a su hijo, desconocen que su significado es: “juanete, inflamación en el dedo gordo del pie” (ver RAE).

Espero que nadie se encuentre ofendido por esta aclaración y que sigan viendo a su hijo con los mismos ojos de siempre, ¡faltaría más! Pero hemos de saber que los estudios de lexicografía nos indican que la polisemia es válida y aceptada en nombres comunes y que, cuando se da esa polisemia en los nombres propios, no establece que hayan de tener el mismo sentido, pero sí que existe una clara referencia. Así que, cuidado con el nombre que ponemos a nuestros hijos.

 

Rafael Escrig

 

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Viernes, 22 Septiembre 2017 10:50

The Major of Torrente (2 de 4)

Yo no desaproveché la ocasión de admirarlos cuando se expusieron en la Fundación Bancaja. Pero aún hubo de transcurrir bastante tiempo hasta que yo me decidiera a mantener contacto con la Hispanic Society, y cuando por fin lo hice, no confiaba mucho en obtener respuesta. El escepticismo no me fallaba nunca en los momentos cruciales que jalonaban mi existencia. Sin embargo, al cabo de un par de días  recibí un ‘mail’ firmado por Marcus B. Burke, conservador jefe del museo, quien manifestaba encontrarse enormemente interesado en examinar los bocetos de The Major of Torrente que obraban en mi poder; y además, acotaba el señor Burke, “estaría encantado de autentificarlos, desde luego sin ningún ánimo crematístico”. En todo caso,  lo que de verdad me espoleó la curiosidad fue el epílogo de su mensaje: “Y yo por mi parte le contaré a usted una curiosa historia, que seguramente usted desconoce, que tiene que ver con un incidente acontecido en Torrent [lo escribía con la nomenclatura correcta] en torno al cuadro en cuestión y en el que se vieron implicados, aparte del pintor, varios lugareños, entre ellos su abuelo paterno”. De modo que, con los bocetos dentro de un cartapacio marrón cerrado con gomas bajo el brazo, me encaminé sin demora hacia la estación de metro de Times Square. Pasé por debajo de un descomunal “Subway” inscrito en la marquesina de la entrada. Me subí a un convoy de la línea 1, con final de trayecto en El Bronx, y me apeé en la parada  157 th Street, a tiro de piedra de la Avenida Broadway, donde está enclavada la sede de la Hispanic Society, entre las calles 155 y 156.  Antes de entrar en el imponente edificio, solo me entretuve observando una escultura del Cid Campeador. Un amable empleado del museo me acompañó hasta las oficinas del señor Burke. El conservador jefe salió a recibirme y nos dimos un fuerte apretón de manos. Casi diría que con demasiada energía por su parte. Y sin solución de continuidad el señor Burke me condujo a la sala donde estaba colgado el retrato de mi abuelo, con una placa al pie que decía: “The Major of Torrente, 1929. José López Mezquita”. El señor Burke cazó al vuelo el esbozo de sonrisa que se perfiló en mi boca y no me quedó otra que aclararle el motivo: “Mi abuelo aquí, en Nueva York! No se lo creería él ni aunque pudiera verlo. 

 

 

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Enrique S.Cardesín Fenoll

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Jueves, 03 Agosto 2017 12:50

La tarea de escribir

No tengo nada que escribir, nada que decir. No se me ocurre nada. Estoy en blanco. Estas frases se suelen escuchar corrientemente entre los que escribimos algo. En realidad, decir, se pueden decir muchas cosas, pero sin sustancia. Son las cosas de interés las que a veces no salen de nuestra mollera. Otra cosa es que con el ejercicio de escribir vaya saliendo algo poco a poco. De hecho, una de las técnicas que se emplea en los talleres de escritura es la conocida como “cascada de ideas” que se obtiene dejando a la mano que escriba libremente. Se trata de escribir todo aquello que te venga a la cabeza, aunque no tenga sentido ni ilación. Al final puede servirte para perder ese miedo al papel en blanco tan coreado entre los escritores. Todos recordamos haber visto esa imagen en las películas en que el protagonista, escritor en este caso, empieza su relato frente a una máquina de escribir, pero siempre acaba sacando el papel, rompiéndolo y tirándolo a la papelera. Cosa que me parece un disparate con lo caro que es el papel y conforme está el asunto con el ecologismo. Por suerte, ahora, con los teclados del ordenador se puede escribir y corregir cien veces sin usar papel. Alguna ventaja habría de tener un ordenador, digo yo. Aunque esta ventaja no te asegura que te cueste empezar, que dudes y que rehagas lo escrito. En mi caso, yo siempre tengo hilvanadas un par de ideas que suelo escribir a mano en mi libreta de escribidor, esa que suelo llevar siempre encima con un bolígrafo Faber-Castell, que así de pijo soy. Y para empezar, siempre recuerdo lo que dijo el maestro Azorín con su habitual laconismo: “Escribir es tan sencillo como poner una palabra detrás de otra. Eso es todo”. Y ya que estamos en estas y suponiendo que alguien habrá entre los lectores de esta columna, con su corazoncito de escritor, que quiere comenzar a hacerlo o ya lo hace de una u otra forma, para él o ella van mis consejos: 1º Tener prevista alguna idea. 2º Empezar escribiendo en la cara B de un folio usado y 3º Pasarlo a limpio en el ordenador. No iban a creer ustedes que les contaría la técnica de Vargas Llosa o de Pérez-Reverte para conseguir una novela de éxito, verdad. Lo que sí les digo es que ellos empezaron igual: sin saber, con muchas dudas y practicando una y mil veces. Al final, el mejor tiene que corregir y corregir, después dejar lo escrito “en la nevera” como decía mi profesor y a la semana siguiente volver a repasar. Como última prevención imprimir y leerlo en papel (reciclado, por supuesto), esto se traducirá en un par de correcciones más. No te importe. Ha llegado ese momento en que lo que escribiste se ha mutilado por varios sitios y ha engordado por otros. Otro repaso, otra corrección y dalo a leer a tu persona de confianza. Después, si hace falta, le das el último toque y ¡por Dios, déjalo ya! porque si no lo haces se puede estar corrigiendo toda la vida. Ya puedes empezar. Todo es cuestión de ponerse. Ya sabes: “una palabra detrás de otra. Eso es todo.”

 

Rafael Escrig

 

Publicado en Rafael Escrig
Viernes, 30 Junio 2017 12:26

Una verdadera tortura

Que yo recuerde nunca dejó de quejarse, pero fue en los últimos años cuando más me afectaron sus protestas. Me indignaba cuando íbamos por la calle y no dejaba de refunfuñar por todo lo que veía, criticando a todos con quien se cruzaba. Era tal su intolerancia hacia todo el mundo que daban ganas de volverse a casa corriendo. Te imaginas lo que es estar todo el tiempo criticando a derecha e izquierda. Nadie se escapaba a su mirada inquisitorial y yo no era una excepción: los jóvenes porque eran jóvenes, los viejos porque eran viejos y yo porque no pensaba como él. Se quejaba del tráfico, de los móviles, de la televisión, de la política, de las modas, del servicio de autobuses, de los vecinos de escalera, de la suciedad de las calles, de los grafitis en las paredes, de los fumadores...

Según él, todo el mundo era sucio y vulgar. La mala educación era la norma y la tan cacareada amistad era una falacia ¡fíjate hasta qué punto! Pero el caso es que no sabía vivir solo. Una persona que ve un mundo tan horrible a su alrededor lo lógico sería buscar la soledad, el aislamiento de sus semejantes aunque sólo fuera por no ver sus tremendas imperfecciones. Pero no, él necesitaba tener a alguien al lado para que su crítica fuese oída, cosa que, al mismo tiempo le excitaba más, y conforme mostraba su enfado general se encolerizaba más y más sólo de oírse. Vivir con alguien así es un verdadero martirio, créanme. Una mañana me dijo que el café no sabía a nada. Se echó dos cucharadas más de azúcar y se lo dejó diciendo que sabía a papel mojado. Desde ese día le dio por comer sólo bocadillos de anchoas; a ninguna comida le encontraba sabor. Después llegó lo del oído. Empezó sintiendo unos fuertes pitidos. Le pusieron un aparato de esos que llamaban de última generación; se quedó sordo como una tapia. El día de su cumpleaños precisamente amaneció con una sombra en los ojos. Me dijo que lo veía todo gris oscuro. –Tengo la sensación de que me han tirado a los ojos un espray de color gris- dijo gritando. Ya era bastante torpe con la luz apagada, ahora tropezaba por todas partes. De qué se quejará ahora que no ve nada, me preguntaba yo. Pues se quejaba de sí mismo, de su mala suerte y, por supuesto, de mí que era quien estaba más cerca.

Terminó por sentarse en un sillón delante de una ventana, sin decir nada. Cerraba los ojos y dormitaba todo el tiempo. Durante aquellos días de profunda soledad, creo que llegué a echar de menos su insoportable conversación. Supongo que sufrí algo así como una especie de síndrome de Estocolmo. Terminó por no comer apenas, sólo estaba allí, sin moverse, sin hablar, sin ver ni oír. Yo, de una forma mecánica, le humedecía los labios y le cambiaba el pañal. Al principio de esa última etapa solía abrir las cortinas para que le entrara luz, después me di cuenta de que no servía de nada y la sala se convirtió poco a poco en una estancia vacía, lúgubre y gris, tan gris como el espray de sus ojos grises. Pasamos así cinco años, cinco años de agotadora inercia. Fue fácil ponerle un almohadón delante de la cara; no hizo ninguna fuerza. Siempre me he preguntado si ya habría dejado de respirar antes de eso. El problema ahora es que he heredado sus manías y no dejo de quejarme por todo y de criticar a todo el mundo. Nadie se escapa a mi mirada inquisitorial. Pienso que todo es horrible, que todo es feo e insoportable. No aguanto a la sociedad ni a las personas que la forman y, puesta a heredar, espero ese momento en que me quede sorda y ciega, como él,  y me deje caer abandonada sobre el sillón, solo que entonces nadie estará allí para cambiarme el pañal ni me pondrá una almohada en la cara que acabe con mi tortura. 

 

Rafael Escrig

 

Publicado en Rafael Escrig
Viernes, 30 Junio 2017 11:44

El preso de la Torre (1 de 2)

Un estrépito de cerrojos que abrían y cerraban sólidas puertas metálicas alertó a los reclusos del Reformatorio de Adultos de Ocaña, en la provincia de Toledo. Aún no eran las seis de la mañana de ese día de principios de verano de 1941. La implacable y trágica rutina de cada madrugada. Por eso los internos se incorporaron de un salto de sus catres y luego se abrazaron a las rejas de sus celdas con la inesperada fuerza que les procuraba la desesperación, también el miedo; o quizá el íntimo deseo de escapar de aquel duro encierro. Se les marcaba la angustia a todos ellos en sus macilentos rostros, como  surcos recién roturados en una tierra de labranza. Al eco de los apresurados pasos de los guardias civiles se añadía en las lucernas una nube de suspiros de alivio cuando los uniformados seguían adelante con su taconeo y el frufrú de sus correajes. Tampoco  me toca esta vez –era el susurro general de los penados que se mantuvieron fieles al legítimo gobierno de la Segunda República mientras se derrumbaban sobre sus lechos bajo el abrumador peso de la tensión vivida. El cabo primero al mando de la benemérita escuadra se detuvo por fin ante una celda, y antes de proferir orden alguna, volvió a releer el último párrafo de la hoja de conducción que esgrimía en la mano derecha: “Se halla vacunado reglamentariamente”. Acto seguido, y señalando con su prominente mentón a la cerradura, requirió al carcelero que abriese la celda. Allí dentro aguardaba, impasible, sereno e inexpresivo, el solitario preso que la ocupaba. Este había sido avisado el día anterior de que su petición escrita de traslado de prisión había sido aceptada y se iba a cumplimentar a primera hora de la mañana siguiente. Era un joven de treinta años, pero su aspecto físico, precozmente avejentado, desmentía esa edad y el cabo primero, nada más verlo, le calculó diez o quince años más como poco. Además, el guardia civil observó, en una punta de la almohada que aún conservaba la leve depresión producida por la cabeza del joven, una especie de florecilla roja, que en realidad eran unas mínimas manchas de sangre. El cabo primero sabía que el preso había pasado no hacía mucho tiempo por la cárcel de Yeserías, en Madrid, para ser atendido de una afección pulmonar. Cuando la comitiva alcanzaba la puerta de salida de la galería, un atronador grito quebró el espeso silencio que envolvía el recinto, como si alguien hubiera desgarrado enérgicamente una sábana para practicarle con una de sus tiras un torniquete en la pierna a un herido que perdía a chorros la sangre. ¡Viva el poeta de la revolución! –se oyó nítidamente.

 

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicado en Enrique S. Cardesín
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