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Viernes, 19 Junio 2020 09:47

La pandemia

Una pandemia como esta que aún estamos sufriendo nos pone a la vista la realidad del ser humano que no es otra que sus flaquezas: el límite de nuestra resistencia, el heroísmo junto con el egoísmo, la irresponsabilidad, el cinismo, la crueldad y el instinto de supervivencia. Y entre todas estas debilidades, nos surge ese dilema que aparece en todas las situaciones límite. El dilema de tener que optar entre quién muere o quién no muere.

 

El dilema de tener que decidir cuántas vidas cuesta el sostenimiento de nuestra economía. Tener que elegir entre que mueran infectadas cien personas o que un millón de personas se queden sin trabajo. ¿Cuánto vale la vida humana? La vida humana vale mucho para uno mismo y sus seres queridos. Mucho menos para el entorno que le rodea. Muy poco para quienes deciden por él sobre la marcha de un país y nada en absoluto para el resto del mundo.

 

Todo se reduce a resolver ese dilema y creo que ya se resolvió hace tiempo. Desde que escuché esa noticia de la mujer que se cansó de llamar a urgencias para que ingresaran a su marido de setenta años (anciano, según la clasificación oficial), con síntomas claros de coronavirus. La ambulancia nunca llegó, priorizó la atención a otra persona más joven. Se podría decir que esto tiene su disculpa porque la persona joven tiene más vida por delante. Más vida para producir, para consumir, para pagar impuestos, y el pobre “anciano” ya lo ha dado todo, qué importa si muere. El dilema se resuelve cuando ya tenemos decidido que una persona joven vale más que un jubilado, más una persona rica que una pobre, más un blanco que un negro, más un conocido que un desconocido, más el que tiene influencias que el que no las tiene.

 

El valor de una persona está en esas cosas, queramos o no. Frente a esta pandemia, el dilema se resolvió desde el principio, morirían los más mayores (los ancianos) y, como ocurre en una guerra de verdad, las vanguardias (médicos y sanitarios) los que van delante recibiendo de cara todo el fuego. Y en la retaguardia están los que deciden, claro. Los que deciden quiénes y cuántos han de morir. Todo es una cuestión de números.

 

No se acuerdan de Trump que dijo que si morían cien mil estadounidenses sería un éxito?

 

Rafael Escrig

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Lunes, 17 Febrero 2020 12:22

Los viajes

La época de las grandes exploraciones se sitúa a lo largo del siglo XVI con los viajes de portugueses y españoles en busca de la ruta más corta que les llevaría a Catay, donde estaban almacenados grandes tesoros y especias aguardando que fuéramos a cargarlas en nuestras carabelas. Todo por culpa —entiéndase la ironía— de un tal Marco Polo, hijo menor de la familia Polo, que le dio por coger la mochila y tomar el camino de la derecha según salía de su casa, en Venecia. Las historias y las pruebas de verdaderas riquezas que se trajo, animó a otros espíritus aventureros de épocas posteriores a repetir la hazaña, pero por un camino más corto a ver quién podía llegar antes. La carrera por ganar tiempo estaba servida y ésta se jugó en el mar. 

 

De esta forma se llega a la era de los descubrimientos: tierras nuevas, nuevas islas, nuevos mapas, nueva idea del tamaño de la Tierra. Por fin se demuestra que es redonda y que al final de la Mar Océana (el Atlántico de toda la vida) no había dragones ni bestias terribles devoradoras de hombres. Todo era cuestión de tomar la corriente y llegar a toda mecha. Desde entonces no hemos dejado de correr aventuras: por Oriente y Occidente, selvas y desiertos, Polo Norte y la Antártida, cumbres y fondos marinos y ahora los planetas. Imitando el lema de las Olimpiadas, podríamos decir eso de: más rápido, más lejos, más difícil. Pero la verdad es que el señor Marco Polo no hizo otra cosa que seguir la tradición familiar del comercio —Import & Export que se diría ahora— algo que se hacía desde mucho antes según nos refirió Ptolomeo, el griego contador de historias: viajar, comerciar, buscar nuevos clientes en nuevas rutas. De lo que se deduce que fue el comercio, en definitiva, lo que provocó la necesidad de desplazarse. Lo de descubrir y explorar era algo que venía añadido y lo del viaje por placer llegó mucho más tarde, metidos ya en el siglo XX.

 

Hace cuarenta y siete años recorrí media Europa con la mochila a la espalda. No fue ninguna hazaña, no descubrí nada, tampoco hice ningún negocio, por supuesto. Eran los años 70 y había una especie de fiebre que conectaba a todos los jóvenes de Occidente, fiebre que iba de la mano de las drogas, la música y los viajes “low cost”. Los años, que todo lo diluyen, como el agua, me bajaron definitivamente aquellas décimas de fiebre. Y, caso curioso, han tenido que ser los años otra vez, cuando ha vuelto a aparecer disfrazada de vacaciones de agosto, y este verano SDQ iré con mi mujer al Polo Norte. Nunca será la aventura de Amundsen ni la de Magallanes, pero será la nuestra. Y es que el deseo de viajar, sea por el motivo que sea, nunca cesa. 

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Viernes, 31 Enero 2020 10:08

Comercio en las alturas

El comercio es el centro y el eje sobre el que gira todo en este mundo. Es un hecho que las civilizaciones, las conquistas y las grandes exploraciones han tenido al comercio como su meta fundamental. Incluso las guerras, fueran grandes o pequeñas, han tenido al comercio como una de sus causas principales. El gobierno de un país se sustenta sobre las bases del comercio, que es lo mismo que decir de la economía. Los acuerdos comerciales entre los pueblos han sido origen de los conocimientos y avances de la humanidad. Desde los primeros pueblos históricos, tartesios, fenicios, griegos y romanos hasta nuestros días, comprar y vender es lo que nos ha movido desde que abrimos los ojos a la civilización. Hoy en día, las delegaciones comerciales, los acuerdos, intercambios y toda la diplomacia de las naciones se rige y lucha por establecer las bases comerciales más ventajosas. La importancia del comercio la podemos comprobar cuando vemos a los Jefes de Estado viajando a un país extranjero acompañados de los ministros de Asuntos Exteriores, de Industria y de Comercio y una nutrida delegación de sus empresas más internacionales ¿Qué es lo que ocurre en esas visitas que necesitan tan largo séquito? Lo que ocurre es que se van a estrechar lazos comerciales, que van a tratar de equilibrar las balanzas comerciales, que las empresas van a presentar sus productos con la mejor cara y al precio más competitivo. Comprar y vender a gran o a pequeña escala. Comprar y vender como lo hace el vendedor a domicilio, el hornero, el tendero, el fabricante de helados. Comprar y vender como lo hace Coca-Cola o un fabricante de muebles, como lo hace la farmacéutica o el agricultor. Comprar y vender como lo hacen los fabricantes de automóviles, o la zapatería, una empresa minera, la joyería, la inmobiliaria o el quiosquero de la esquina.

No sé si es conocido el sistema que rige en la compañía aérea Ryanair, que llega a extorsionar a su personal de cabina para que consigan un mínimo de ventas entre el pasaje en cada vuelo: perfumes, bebidas, tabaco y hasta boletos para una rifa que se realiza en pleno vuelo. Una vez más, comprar y vender. Mi experiencia más reciente ha sido en el vuelo de ida y vuelta Valencia-Tenerife con la compañía Evelop. A mitad del vuelo aparecen las azafatas reconvertidas en simples camareras, con un carrito para ofrecerte cosméticos, muy buenos, que ella los ha usado y le puede asegurar que dejan la piel muy fina, lo típico, hasta bocadillos, todo muy en plan Starbucks. Se hacen encargos para recoger en el viaje de vuelta. Lo del tabaco es lo más sorprendente. El dichoso carrito que se detiene en mitad del pasillo y secuestra a la otra mitad de los pasajeros durante veinte minutos, lleva todo un alijo de cartones de tabaco sorprendente y vuelve vacío. El interés de las azafatas por vender se explica por la comisión que cobran. ¿Queda algún lugar en la tierra en que no te quieran vender algo? Por cierto, pregunté si tenían el periódico y me contestaron un escueto no mientras alguien les alargaba un billete de 50 € para que se cobraran un cartón de Marlboro. ¡Alucinante!

 

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Viernes, 20 Diciembre 2019 12:27

El reloj

Si alguien quisiera escribir hoy en día la historia del reloj, le pondría el final en estos años, porque a pesar de que aún se siguen vendiendo, ya pasó su momento de gloria. El reloj, y más concretamente el de pulsera, es algo que está siendo olvidado por las nuevas generaciones. Si nos basamos en la observación, ésta nos mostrará lo innecesario que resulta llevar en la muñeca un reloj, cuando estamos saturados de soportes electrónicos que, además de informarnos y de comunicarnos con todo el mundo, nos dan la hora exacta. El resultado es que las relojerías van desapareciendo, lo mismo que los relojeros profesionales. La situación afecta en igual medida a los relojes de los edificios oficiales que cada vez están más abandonados, les ganaron la partida las pantallas electrónicas que dan la hora y la temperatura por toda la ciudad. El reloj de pulsera ve sus últimos días como un artículo de lujo, como si se tratara de una sortija de oro, unos zapatos de vestir, o una pluma de escribir Mont Blanc, esa con la que los políticos firman los documentos oficiales y los presidentes los tratados internacionales. Lo mismo le sucedió al reloj de bolsillo el siglo pasado, y lo mismo le ha sucedido hace poco a la lámpara incandescente, desbancada por los leds. No nos extrañemos si dentro de unos años ya no encontramos relojes en las tiendas. Será entonces la reconversión del sector relojero. Algo así como lo que sucedió en el Puerto de Sagunto cuando la reconversión de la siderurgia. En Suiza ya están viéndole las orejas al lobo por la bajada de ventas y por la competencia Oriental. Se quedarán media docena de empresas para fabricar relojes de lujo por encargo y las piezas de repuesto para los relojes tradicionales que queden por el mundo y quieran seguir con la tradición de dar las campanadas de fin de año. Es de suponer que ya lo tienen todo pensado y, en el peor de los casos, si la industria relojera se va al garete, quizá se metan a fabricar juguetes de cuerda con los millones de ruedecitas, engranajes, muelles y tornillos que les habrán quedado en stock.

Al cumplir mis hijos los 18 años les compré un reloj suizo de una buena marca. Ahora me doy cuenta de que pagué la novatada, lo mismo que cuando compré el primer biberón de cristal, que cuando se rompió el segundo, el siguiente lo compré de plástico. Creo que ahora estamos mucho más espabilados y eso de comprar un reloj de mil euros, sólo por lo que representa, lo dejamos para los mismos que se compran una pluma Mont Blanc, ya que nosotros nos hemos acostumbrado a mirar la hora en el móvil y a escribir con un Bic, o a lo sumo, con un Inoxcrom que lo hacen igual de bien que los más caros. 

 

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Viernes, 08 Noviembre 2019 10:10

Burdo maniqueísmo

Resulta tentador dividir a la sociedad en dos mitades iguales. Reconozco que lo suelo hacer (y quién no) a pesar de caer en el más burdo maniqueísmo. Me gusta diseccionar a la sociedad en dos partes, quizás lo haga por simplificar o sencillamente porque me divierte hacerlo. Por ejemplo, me imagino una sociedad dividida entre los aficionados a las series televisivas, esos que se conocen a todos los personajes y las temporadas, que viven deseando que empiece la siguiente y, por otra parte, los que pasan olímpicamente y lo que desean de verdad es un ciclo de clásicos musicales de Hollywood, entre los cuales me incluyo.

 

Otra clasificación sería la de quienes les gusta tanto el futbol que conocen todas las alineaciones, entrenadores, fechas y traspasos, del otro lado, entre los cuales también me incluyo, están los que no tienen ni idea de todo eso, ni les importa y creen que es la forma más pueril de ocupar el tiempo las personas adultas mientras imaginan que están implicados en algo serio. Podríamos hacer una tercera clasificación entre los que fuman y los que no fuman, supongo que a estas alturas ya habrán adivinado en cual me incluyo, pues sí, soy de los otros, de los que piensa que deberían poner la cajetilla a veinte euros. Otra clasificación podría ser la de los aficionados a la informática, esos que saben de ordenadores más que Bill Gates, que entienden de programación, de memorias gráficas, de bits y de megas como si los hubieran inventado ellos, de la otra parte están los que no entiende ni jota, como yo, y cuando aparece un aviso en la pantalla llaman inmediatamente a su cuñado para preguntar qué es eso. Podríamos seguir dividiendo a la sociedad entre los que se tatúan y los que no, entre los que se dejan barba y los que no, entre los que les gusta el vino tinto o los que lo prefieren blanco, entre los que les gustan los perros y los que prefieren los gatos. Las clasificaciones serían inacabables y probablemente no serían mitades exactas, pero sería una clara demostración de que el mundo tiene dos preferencias básicas, lo demás, los distintos tonos de gris, son algo secundario. Yo prefiero estar entre los que dicen negro a todo aunque sólo sea por llevar la contraria. ¡Qué le vamos a hacer!

 

 

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Viernes, 04 Octubre 2019 12:10

Asientos reservados

Lo de los asientos reservados del autobús es algo que tiene mucha miga y puede llegar a ser motivo de discusión entre los usuarios dependiendo de sus propios intereses. En cada trayecto del autobús se suele suscitar algún caso con los dichosos asientos. Todos conocemos esos asientos: son verdes y están reservados para las personas con movilidad reducida según se detalla en los derechos y deberes del cliente: “Respete los asientos reservados a personas con movilidad reducida, con bebés, ancianos y mujeres embarazadas”. Pero esta clasificación puede resultar difícil de interpretar, porque todo el mundo no tiene el mismo criterio sobre dónde comienza la ancianidad. Está claro lo de mujer embarazada o con bebés al brazo, también está claro lo de personas con movilidad reducida: bastón, muletas o andador. Veamos lo de ancianos. ¿Qué es un anciano o tener una edad avanzada? ¿Estar jubilado, tener setenta y cinco años, ochenta y dos o noventa y cuatro? Muchas personas, a pesar de ser mayores pueden estar en mejores condiciones que otras más jóvenes, cómo conocer el estado físico de cada uno y su necesidad de ir sentado. Es habitual que alguna señora “mayor” aunque sin problemas aparentes de salud ni de movilidad, suba al autobús con total predisposición a ocupar uno de los asientos reservados. Esa misma señora, es capaz de reprender al ocupante del asiento porque a su juicio, no le corresponde (hablo en femenino porque nunca he visto esa actitud en hombres). En alguna ocasión, quien va sentado se hace el loco para no dejar el asiento, pero también puede suceder que no se dé cuenta, que esté convaleciente, o mareado o tenga algún problema físico que no se aprecia a simple vista y al mismo tiempo, también ocurre que esa misma señora “mayor”, que no va precisamente con muletas, probablemente ha quedado con sus amigas para pasear o ir de compras o incluso para pasar la tarde bailando. 

 

En resumen: Si  eres una persona de “edad avanzada” y no  quedan asientos libres en el autobús, si no presentas ningún problema físico que te impida ir de pie y bien sujeta, no tienes más derecho que otro usuario a un asiento reservado, ni a quejarte por ello, porque la edad avanzada por sí misma sólo te da derecho a que los nietos te llamen abuela. Y no hablemos de cortesía ni de buena o mala educación, porque  si apelas a ella, habrás de saber que la buena educación ha de circular siempre en los dos sentidos.

 

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Viernes, 20 Septiembre 2019 10:40

La firma

Todos los días escribo una media de 3 a 4 horas preparando artículos, entradas para el blog de Facebook, ideas y correcciones. La mitad de ese tiempo con el ordenador y la otra mitad consumiendo tinta de mi Faber Castell, con un café delante. Y a propósito de mi Faber Castell, en las noticias de las tres de la primera cadena, he visto a no sé qué personaje, de no sé qué institución, firmando un documento oficial —creo que se trataba de un acuerdo entre partidos— con un bolígrafo Bic normal, el azul de toda la vida. ¿Sería que estaba sobre la mesa y lo tomó por estar más a mano, o ya lo llevaba en el bolsillo de su camisa? Supongo que lo primero y supongo también que el individuo en cuestión, con esa actitud, debía ser un personaje práctico, alguien que se preocupa más del contenido que del continente, una persona —sigo suponiendo— dedicada a su trabajo, que no le importa hacer todas las horas que sean necesarias y en lo que menos piensa es en el postureo. Supongo que era alguien de cierta importancia (aunque estemos hablando de políticos), y pienso que esa persona que firma un documento oficial con un Bic que encuentra sobre la mesa, debe de ser alguien pragmático, serio, que sabe dónde radica el verdadero valor de las cosas, que no es superficial y que se entrega con rectitud al trabajo. Debía ser alguien, y sigo suponiendo, que no se esfuerza por salir en la foto y no fuerza la sonrisa porque a él lo que le importa de verdad es que la firma de ese acuerdo que pone al pie del documento, sea un buen acuerdo para todos. Supongo también, y eso lo imagino por la forma en que firmó: de pie y con buena letra, que a pesar de que acuse los problemas de su cargo, se acuesta todos los días con la conciencia limpia. Pero, espere un momento, si todo esto es así, como supongo que es, no podemos estar hablando de un político, no es posible. Debo de haberme equivocado, la noticia estaría relacionada seguramente con el deporte, con el futbol, supongo. No, no, esperen un momento, tampoco es posible que se trate de un directivo de algún club de futbol. Entonces ¿quién sería ese menda intachable? A ver si no eran las noticias sino un reportaje de la 2 y el que yo vi firmando un documento con un Bic, en realidad era otra cosa. Todo puede ser, a esas horas estoy medio dormido. 

 

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Martes, 06 Agosto 2019 13:11

Justos por pecadores

Siempre me ha parecido muy curioso ver en las terrazas de los bares a las mismas personas, tanto por la mañana como por la tarde, consumiendo bien sea una cerveza, un café o una coca cola y, por supuesto, fumando su tabaco. Es evidente que tienen todo el derecho de hacerlo. Además, ello representa negocio para los bares y recaudación para el Estado. Pero veamos por curiosidad, de qué personas y de qué gasto estamos hablando: si se trata de sólo una cerveza por la mañana y un café con leche por la tarde, por ejemplo, el gasto medio sería de unos 3 euros, aunque si a esto sumamos el consumo de tabaco diario, estaremos hablando de 8 euros como mínimo. Pero no acaba ahí la cosa, porque ese cliente asiduo del bar, lo más seguro es que se tome algún chupito, que saque el tabaco de la máquina que cuesta unos céntimos más, que juegue al rasca-rasca, a la bonoloto o a cualquier otra lotería. ¿Qué significa esto? Que es previsible que esa persona que no es una, sino  que son miles, se puede gastar al día en estos vicios, una media de 10 a 15 euros, lo que al mes se traduce en un mínimo de 300 euros. Hasta aquí todo perfecto, como he dicho antes, si se lo pueden gastar, mejor para los bares y para el Estado, solo que da la casualidad de que, precisamente, muchas de esas personas son las que se supone que están en lo que llaman ahora, la frontera de la pobreza. Probablemente son parados o reciben una subvención de Asuntos Sociales y también es posible que sus hijos formen parte de esos niños que, según las estadísticas, pasan hambre en España. Disculpen mis reticencias en este asunto, pero siempre que escucho eso hay algo que rechina dentro de mí. No creo que sea tal cual nos lo presentan. 

Está muy bien que el Estado tenga herramientas y presupuesto para ayudas sociales, pero debería hacer mejor seguimiento de sus gastos. Yo sólo le pediría eso, que haga seguimiento de las ayudas y de las famosas subvenciones. Cada año aumenta el presupuestos para gastos sociales en unos cientos de millones, pero no se preocupen ustedes, que si hace falta más, este nuevo gobierno pondrá los impuestos necesarios para compensarlo, ya lo han dicho. Y así es como pagan justos por pecadores. Solidaridad ante todo, me parece perfecto, pero al final será usted y yo el que pague la solidaridad del gobierno. 

 

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Lunes, 15 Julio 2019 10:20

Libros

Tuve una época en la que acumulé cientos de libros, miles de libros. Muchos de ellos producto de compras impulsivas, a veces fue por el autor, otras veces por el asunto que trataba, o por la buena crítica y las más, por el gusto de tenerlos. He comprado libros desde que cumplí los veinte hasta pasados los setenta, unas temporadas con más empeño que otras, pero siempre manteniendo una media bastante alta. En pocas palabras, compré libros mientras tuve espacio para colocarlos. Pero el día tenía que llegar y llegó. Esos libros acumulados a lo largo de los años, fueron desplazando poco a poco a los anteriores ocupantes de la casa, anteriores habitantes con pleno derecho, como: las fotografías, los objetos y los recuerdos, que son esos seres abióticos que nos acompañan, a veces de por vida, y que a cambio de una mirada de vez en cuando, nos devuelven la memoria a la que volvemos una y otra vez con añoranza. Los libros se han convertido ahora en esos seres, no sé si abióticos del todo, pero que son los que pueblan los rincones de toda la casa. Los repaso y digo para mí: —estos me los compré en Madrid, este me lo dedicó fulano, este me lo regaló mengano, este otro me lo trajeron los Reyes Magos, gracias, gracias—. Internet, ferias, librerías y rastros han sido mis proveedores ¿Quiénes serán los herederos? Muchos de ellos tal vez vuelvan a esos lugares donde estaban antes de conocernos.

 

Ahora, pasada la fiebre acumuladora, sosegado el empeño y mermado el poder adquisitivo, que no el interés, de vez en cuando saco de una estantería aquel libro que nunca leí por una u otra causa y me felicito por tenerlo, ahora lo puedo leer tranquilamente y aplaudo la suerte de tenerlo. Y ahora también, mi nieta de dos años, pasea su dedito por los lomos de los libros a su altura y escoge uno de ellos, casi siempre es el mismo. Se sienta en el suelo con la espalda apoyada en la pared y hojea el libro abierto, se detiene en un punto y dice: ¡A! Una A mayúscula, rotunda y sonora. Sólo por ver esto ha valido la pena todo el gasto, todo el espacio ocupado y todas las discusiones con mi mujer sobre la oportunidad de dejar de comprar libros antes de que fueran ellos los que nos desplazaran a nosotros. Sí, valió la pena. 

 

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Viernes, 14 Junio 2019 10:15

Los escombros

En la ciudad de Valencia tenemos dos montañitas, dos montañitas mínimas. De hecho nos tomamos la licencia de llamarlas montañitas sin serlo, pero sigamos llamándolas así para entendernos. Las dos montañitas son artificiales y nacen de dos importantes derribos, que con la acumulación de sus restos, piedras y cascotes, se levantó un pequeño promontorio. Una de ellas es la conocida como “la Montanyeta de Elio” y está en los Jardines del Real. Está levantada con los restos del Palacio Real de Valencia derruido durante la Guerra de la Independencia en 1810. Toma su nombre del General Elio que tras la marcha del Mariscal Suchet, fue nombrado Capitán General de Valencia. La segunda montañita la tenemos en la Glorieta, frente a la Plaza de Tetuán. Nos podría pasar desapercibida, porque sólo es una pequeña elevación, más que una montaña. En este caso, se especula que está formada por los restos del antiguo Convento de Santo Domingo, que llegaba hasta la Ciudadela. Los solares resultantes fueron utilizados por el Mariscal Suchet para sanear la zona y crear un espacio ajardinado. Como podemos ver, ambas montañitas son coetáneas y, en cierto modo, tienen mucho que ver con el Mariscal Suchet, ambas nacen de sendos derribos y a ambas se les da el mismo uso, como parte de un jardín ¿qué otro podría ser? 

 

Hoy en día uno se pregunta adónde van a parar las toneladas de escombros que se generan a diario en una ciudad. Ya no está permitido dejarlos donde están y hacer montañitas con ellos. Hoy en día los escombros tienen tres destinos: se depositan en vertederos autorizados, se acumulan en lugares apartados para escarnio del entorno o se entierran bajo toneladas de arena en grandes hoyos no autorizados. En otros casos, tras un desastre natural, como un terremoto, por ejemplo, cuando lo urgente es que todo vuelva a la normalidad lo antes posible, es el mismo gobierno el que, sin contemplaciones, se encarga del enterramiento en fabulosos socavones. Allí van a parar mezclados, todos los materiales sin tener en cuenta ningún tipo de selección previa y olvidando totalmente el principio del reciclaje.

 

En la ciudad de Alepo, Siria, se supone que hay 15 millones de toneladas de escombros derivados de la guerra. Las canteras de Siria tardarían varios años en extraer el cemento para la reconstrucción. Por otra parte, si decidieran reciclar las ruinas, ahorrarían millones de dólares, pero tardarían aún mucho más tiempo en la reconstrucción, no se hará nunca. También se podría hacer una enorme montaña y plantar grandes árboles, macizos con flores y parterres. Tal vez crecieran amapolas como recuerdo de la sangre de todos los caídos. 

 

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