Un hijo en Berlín (3 de 5)

Viernes, 29 Diciembre 2017 11:13 Escrito por  Enrique S.Cardesín Fenoll Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 941 veces

Si no hay peor cuña que la de la misma madera, el hijo legítimo de Wolfgang, Uwe Schreck, era un vivo ejemplo. Cursó sus estudios en los colegios más elitistas del Berlín occidental. Aún adolescente, se afilió al Partido Nacionaldemócrata de Alemania, la principal formación de ultraderecha del país. Pero él no aspiraba a ocupar ningún cargo orgánico, menos aún institucional; sino que se consideraba un hombre de acción. Pensaba que no era bastante con el ejercicio de la política para conseguir la implantación del Cuarto Reich. Así que se integró pronto en uno de los grupos neonazis más violentos. Esta organización clandestina se reunía en la taberna Mesón del Verdugo, donde almacenaba el arsenal bélico y preparaba minuciosamente sus ataques contra los establecimientos regentados por inmigrantes: rotura de escaparates, incendio, género volcado y pisoteado… En ocasiones agredían físicamente a las personas con bates de béisbol. Wolfgang estaba al corriente de todas las actividades de su hijo, y las aplaudía con delectación. Pero lo que ignoraba es que muchas noches Uwe se colaba de rondón en la habitación de una de las criadas, Esther, varios años mayor que él. Wolfgang aún no le había contado su secreto.   

Wolfgang y su hijo Uwe visitaron con frecuencia en España al abuelo y al padre de Adolfo. A la llegada o al regreso de su destino turístico en la Costa del Sol. Allí tenían atracado durante todo el año un yate de gran eslora. Francisco y Uwe eran de la misma edad. Y compartían la misma ideología ultraderechista. Francisco se integró, también en su juventud, en el grupo neofascista Guerrilleros de Cristo Rey. A Uwe lo invitaban siempre a sus reuniones, y el alemán les enseñaba diferentes técnicas para ejecutar con éxito las acciones violentas. Los radicales españoles lo escuchaban con rendida admiración. Ejercía de traductor Francisco, que hablaba con mucha soltura el idioma germano. Uwe se hacía cruces ante la permisividad de las autoridades franquistas. “Al contrario de las alemanas -se quejaba agriamente-, que nos someten a nosotros y a otros grupos neonazis a una vigilancia y control férreos, y son implacables en nuestra persecución y desarticulación”. 

Wolfgang le había relatado muchas veces a su hijo el desventurado lance de la trinchera en el frente ruso. Y se palpaba la prótesis de la pierna izquierda siempre que lo recordaba. En el lecho de muerte, estrechándole las manos con las pocas energías que le quedaban, le arrancó a Uwe la promesa de acudir en auxilio del viejo camarada que le salvó la vida aquel aciago día de la explosión de la granada. “Cuando se te presente la oportunidad -le dijo-, cosa que a mí no me ha sucedido nunca; y eso que, bien lo sabe Dios, lo he deseado muy vivamente”.  Con los ojos velados por las lágrimas, el hijo asintió con la cabeza; la intensa emoción no le dejó pronunciar palabra, solo gruñidos, como si alguien le hubiera agarrado del cuello y lo estuviera asfixiando. Al final, casi a punto de expirar, con un hilo de voz, Wolfgang le reveló a Uwe que había tenido una hija con una mujer judía. “Esther es hija mía”. Pero ya no le quedó tiempo para reparar en la súbita palidez de Uwe.

En el velatorio de Wolfgang, la sirvienta que simulaba ante los restantes miembros de la casa, incluido el servicio, que era la madre de Esther (se hizo cargo de la crianza de la niña desde el mismo día en que Sara, su madre verdadera, fue arrestada por la Gestapo), se acercó a Uwe y le susurró al oído: “Su hermanastra, señor, está embarazada. Y ella dice que el padre es usted”.  Uwe clavó su manaza en el brazo de la criada y la atrajo enérgicamente hacia sí, hasta pegar la oreja de ella en su boca, y silabeó calmosamente: “Yo no tengo nada que ver con una judía. Entérate. Y no vuelvas a decirme nunca más que es mi hermanastra”

 

Continuará...        

Enrique S.Cardesín Fenoll

Modificado por última vez en Viernes, 29 Diciembre 2017 11:16

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