Días felices en el Hort de Trènor

Viernes, 18 Octubre 2019 12:32 Escrito por  Enrique S.Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 247 veces

A Esperanza le gustaba mucho más oír la radio que ver la televisión. Ella lo achacaba a su vista cansada, pero lo cierto era que le aburría la programación televisiva, salvo las reposiciones de cine clásico. Así que, sentada en su mecedora de mimbre, que había heredado de su madre, sintonizaba cada tarde el pequeño aparato de radio que acostumbraba a guardar en un bolsillo del batín. Y no se perdía ninguno de los boletines informativos horarios. En vísperas del ochenta y siete aniversario de Esperanza, su nieta Blanca, flamante maestra, aún seguía dándole vueltas al asunto del regalo. De modo que esa tarde se puso a zascandilear en torno a su abuela y, mientras se afanaba en acomodarle sobre el regazo la manta escocesa -con obstinada tendencia a escurrirse hacia los pies-, se decidió por fin a preguntarle: “¿Qué te haría ilusión que te regalase, abu?”. Esperanza alzó la mirada y fijó sus ojos en su nieta, si bien se percibía claramente que toda su atención estaba concentrada en la noticia que en esos momentos daba la radio: “Los restos mortales del escritor André Malraux han sido trasladados al Panteón de los Hombres Ilustres de Francia, en la parisina colina de Santa Genoveva”. De súbito, y saliendo de su estado de abstracción, Esperanza dijo: “Quiero ir a París. Solo para visitar la tumba de André Malraux”. Se hizo tan evidente el gesto de extrañeza de Blanca, que su abuela no pudo evitar el esbozo de una pícara sonrisa. 

A Blanca nadie de la familia le había contado nunca nada del pasado lejano de su abuela paterna. Lo que sabía únicamente de ella era que había ejercido el oficio de costurera. Pero Esperanza fue una de las jóvenes maestras republicanas que se apuntó voluntaria a las Misiones Pedagógicas, el proyecto de solidaridad cultural creado en 1931 por el Gobierno de la Segunda República y dependiente del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Su objetivo era fomentar la cultura general mediante bibliotecas populares. Esperanza representaba el modelo de mujeres modernas e independientes. Se convirtió en la persona de máxima confianza de María Moliner, que era la delegada de las Misiones Pedagógicas en la región valenciana. Y aparecía siempre a su lado durante las visitas de inspección que María Moliner (la futura autora del ´Diccionario de uso del español’) giraba por los pequeños núcleos rurales donde se habían repartido bibliotecas. Ningún obstáculo las arredró, y llegaron hasta el lugar más recóndito de la comarca de Utiel-Requena. Al iniciarse la guerra civil, Esperanza se incorporó a las Milicias de la Cultura, un cuerpo de docentes que tenía el cometido de facilitar la enseñanza básica y media a la tropa de combate; la cartilla escolar y la cartilla aritmética, ambas impresas por el Ministerio de Instrucción Pública, constituían los instrumentos de enseñanza. Acabada la contienda, Esperanza fue objeto de la apertura de un expediente de depuración por el bando vencedor y, posteriormente, expulsada  de la docencia. A partir de entonces se pasó bastantes años malviviendo con su trabajo de costurera. El padre de Esperanza murió de extenuación durante su encierro en el campo de concentración francés de Argelès-sur-Mer, en la costa mediterránea. Y su madre, aterrada por la represión desatada por el régimen franquista, quemó en una hoguera todos los libros de Esperanza, salvo uno, que ella había escondido bajo unos guijarros dentro de un campo de naranjos cercano: La condition humaine, del escritor francés André Malraux.

Blanca y Esperanza compartían habitación en un hotel situado en pleno Barrio Latino de París, a poca distancia de la universidad de la Sorbona; aunque ahora, claro, ya no se escuchaba por las calles hablar en latín, como sí acontecía en tiempos remotos. Blanca estaba tumbada sobre el centro de la cama, agotada del viaje, y Esperanza se ocupaba de vaciar las maletas y guardar la ropa en el armario, que colgaba de las perchas o dejaba minuciosamente plegada en los escasos anaqueles. Lo último que Esperanza extrajo de su maleta fue un libro, que depositó sobre su mesilla de noche. Presa de la curiosidad, Blanca se giró, estiró la mano y cogió el libro. Advirtió que era muy antiguo, de los que ahora solo se pueden encontrar en las librerías de viejo o de lance. Aunque exquisitamente conservado. De repente, ante la visión del título, escrito en francés, La condition humaine, las cejas de Blanca dibujaron en su cara de manera involuntaria algo parecido a dos signos de interrogación. Pero no obtuvo respuesta alguna de su abuela. Entonces buscó en el reverso de la portada la fecha de publicación: primera edición 1933. Sin embargo no había alcanzado aún su nivel más alto de estupefacción, cosa que vino a ocurrir cuando descubrió la dedicatoria: “Pour Esperanza, la voix de la liberté, la lumière du peuple. Avec mon amour éternel. Torrent, décembre 1936. André” (Para Esperanza, la voz de la libertad, la luz del pueblo. Con mi eterno amor. Torrent, diciembre 1936. André). –“Ahora mismo me vas a contar esta historia, ¿verdad, abu?”-dijo Blanca, los ojos abiertos como platos. –“Salgamos a dar un paseo”-propuso Esperanza. Y arribaron a la orilla izquierda del Sena y bajaron al muelle de Montebello, justo delante de la catedral de Notre-Dame. Y el continuo paso de los ‘bateaux’ fue punteando el relato de la abuela de Blanca. 

<<… Yo ayudaba a mi madre con la colada en Vora Sèquia, cuando pasó por la calle un destacamento militar. Sus integrantes vestían el uniforme de la aviación republicana. Era diciembre de 1936. Pocas horas después de su llegada, ningún vecino del pueblo ignoraba ya que la escuadrilla España, comandada por el aventurero y escritor francés André Malraux, que ostentaba el grado de teniente coronel (y eso que ni siquiera había hecho la mili), se encontraba acampada en el Hort de Trènor, cuya capilla había sido habilitada para dormitorio común. Yo no tardé en desplazarme a la heredad. Quería conocer personalmente a ese novelista galardonado con el prestigioso Premio Goncourt. Lo encontré en los jardines, posando  de pie para una foto, junto a su inseparable Paul Nothomb, un joven aviador belga de 22 años, y a Margot, la novia de Paul, ella sentada en un banco de piedra. La muchacha estaba empotrada en el destacamento como falsa corresponsal de guerra. Esa noche, y todas las demás noches de la provisional y efímera estancia de la escuadrilla España en el Hort de Trénor, compartí con ellos su frugal cena y su exquisita, amena y culta conversación. A los cuatro nos unía la común admiración por el filósofo alemán Friedrich Nietsche. No solo como gran pensador, también como gran escritor. Y proclamábamos sin ningún juicio en contra que su obra maestra era ‘Así habló Zaratustra’, el texto que contenía sus principales ideas. Malraux diría que, si Paul no hubiera superado el examen en el aeródromo de Barajas, lo habría contratado de todos modos porque era el único que había leído a Nietsche. Esos días dormí muy pocas horas, pero no falté nunca a la cita con mis soldados ávidos de enseñanzas. La última noche, nada más terminar la cena, Paul y Margot nos dejaron a André Malraux y a mí a solas, tras asentir la pareja al guiño que les dirigió el escritor, y que supieron interpretar correctamente, pues André padecía de tics nerviosos repetitivos. Nadie nos concedió el deseo de que el tiempo se detuviese aquella noche. Y el alba, desgraciadamente, vino a separarnos. A punto de partir hacia el aeródromo de La Senyera, en el término municipal de Chiva, Malraux me regaló su libro, en el que ya había escrito la dedicatoria>>.

A la mañana siguiente, Blanca y Esperanza comenzaron a ascender por la calle Sufflot, dejando a sus espaldas los jardines de Luxemburgo. Arriba, en la montaña de Santa Genoveva, patrona de París, se erigía el Panteón. Y Blanca, que tenía el runrún en la cabeza desde la noche pasada, se paró bruscamente y, con la mirada clavada en su abuela, le espetó: ¿Pero hubo algo entre André Malraux y tú?  

 

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

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