Crónica negra de un combate de boxeo

Viernes, 15 Noviembre 2019 14:21 Escrito por  Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 246 veces

Un nutrido grupo de periodistas deportivos aguardaba en los muelles de Nueva York el desembarco del pequeño boxeador español que había alcanzado la gesta de destronar al campeón del peso gallo, Alf Brown, un panameño apodado la Araña Negra, y con residencia en esa ciudad.  Uno de los presentes era el veterano cronista de boxeo del Times, Jeff De Niro, que había publicado en la edición de esa mañana de su periódico un amplio reportaje sobre Baltasar Belenguer, ‘Sangchili’, el púgil natural de Torrent que se había convertido en el primer campeón mundial de la historia del boxeo español. Jeff De Niro cubrió como enviado especial la pelea por el título que enfrentó a Sangchilli y al panameño Alf Brown, disputada un año antes, el 1 de junio de 1935, en la plaza de toros de Valencia. El periodista estadounidense destacaría en su crónica del combate la cerradísima guardia de la que hizo gala el boxeador torrentí, con la que esquivó inteligentemente la peligrosa derecha del campeón que tantas victorias le había dado antes del límite. Al día siguiente, Jeff acudió al hotel Palace para entrevistar a Sangchili, y entre ellos dos surgió una entrañable amistad. Por eso el periodista del Times se encontraba en los muelles de Nueva York, no solo como cronista sino también como miembro del comité de bienvenida. Sangchili había realizado la travesía a bordo de un lujoso transatlántico que partió del puerto de Gibraltar. Le acompañaba su inseparable manáger y entrenador, Jules Avernin.  Al comenzar a descender por la escalera de la embarcación que lo traía desde la Isla de Ellis, después de pasar el preceptivo control de inmigración, Sangchili se tuvo que agarrar con fuerza a la barandilla, encandilado por las ráfagas continuas de flases de los reporteros gráficos, para evitar dar un traspié y caer rodando escalones abajo o precipitarse a las aguas del río Hudson. En seguida que pisó tierra firme, se fundió en un cálido abrazo con Jeff De Niro. Acabada la breve rueda de prensa, en la que anunció que pondría en juego su corona mundial, el 29 de junio de 1936, contra el boxeador de Pittsburg, Tony Marino, Sangchili se subió a una soberbia limusina que lo trasladó al hotel Plaza. Él y Jules Avernin tenían allí reservadas sendas habitaciones en la decimosexta planta, con vistas a Central Park. 

 

 Vito Genovese, Don Vito, se estaba tomando un café ristretto en uno de los locales de la calle Mulberry, la arteria principal de la Little Italy neoyorquina. Desde el encarcelamiento de Lucky Luciano, quien sería condenado a más de treinta años por proxenetismo, el napolitano Genovese pasó a ocupar la jefatura en funciones de la familia criminal Luciano, una de las cinco familias mafiosas de Nueva York. Por su parte,  el calabrés Frank Costello, conocido como el primer ministro del hampa, seguiría ostentando el mismo puesto de ‘consigiliere’. A una señal de Don Vito, su habitual chasquido con los dedos, el camarero le llevó a la mesa el New York Times. El gángster buscó rápidamente las páginas de deportes. Aunque frecuentaba bastante los cuadriláteros, ni siquiera podía afirmarse que era un buen aficionado al boxeo. Pero la familia Luciano dominaba el mundo de las apuestas, de modo que se afanaba por estar al corriente de las noticias referentes al deporte de los puños. Había, claro, que velar por el negocio. De ahí que sintiera una gran curiosidad por el reportaje firmado por Jeff De Niro. A Don Vito muy pocas cosas le hacían sonreír; menos aún reír. Sin embargo en esa ocasión no pudo evitar mostrarse realmente expansivo, y el repentino estallido de su carcajada causó un enorme estupor entre sus hombres, nada acostumbrados a semejantes aspavientos del capo. A Don Vito le hizo mucha gracia enterarse de que ese boxeador de pequeña estatura, 1,55, de rostro moreno y pelo ensortijado, se había apropiado del nombre de un asistente chino que vivía cerca de su casa, llamado Sang Chi Li, y juntando todas las letras, lo adoptó como apelativo profesional: Sangchili. Bien es verdad que la anécdota no dio para más. Puesto que el mafioso apenas tardó un par de segundos en recomponer su característico aspecto ceñudo. Luego, un gesto pensativo se enseñoreó de su rostro; del que no parecía difícil adivinar su significado: money, money, money.

 

El escenario del combate por el título mundial del peso gallo era el Dycman Oval, el estadio de béisbol de los New York Cubans. Seis mil aficionados lo abarrotaban. Las apuestas se decantaban por el boxeador español: 7 a 1. Los periodistas a sueldo de la familia Luciano se habían encargado de recalcar en sus medios de comunicación en los días previos a la pelea la indiscutible superioridad del actual campeón. Obviamente, el clan mafioso había apostado mucho dinero por el aspirante. Embutido en un impecable traje de rayas, el gángster Vito Genovese se dejaba ver en la primera fila, escoltado por los jefes de las otras cuatro familias neoyorquinas. Fumaban todos ellos carísimos puros habanos Montecristo, por gentileza del gerente de un casino cubano. Un seco gancho de Sangchili en el primer asalto mandó a la lona a Tony Marino y el árbitro contó hasta siete segundos. Durante los siguientes asaltos el norteamericano fue capeando de mala manera el vendaval de golpes propinados por el torrentí. En el octavo, Tony Marino volvió a caer sobre el tapiz y fue contado en tres ocasiones por el árbitro. Entonces Don Vito, visiblemente inquieto, se giró hacia la fila de atrás y le dirigió una inquisitiva mirada a Frank Costello. El ‘consigliere’ ejecutó un sincronizado movimiento de cabeza y manos de inequívoca interpretación: “tranquilo, todo está bajo control”, mientras miraba de refilón al empleado encargado de  proveer de agua a los contendientes. Sangchili, entre tanto, seguía castigando a su adversario. Coincidiendo con el toque de la campana que ponía fin al penúltimo  asalto, un informante de Jeff De Niro, utilero del equipo de béisbol, se acercó a su asiento y le habló con la boca bien pegada a su oreja. El periodista se levantó de inmediato y siguió al utilero en dirección al almacén. Sangchili sentado en su esquina aprovechaba el último minuto de descanso para tomar aire y reponer fuerzas. El entrenador le refrescaba la cabeza con agua helada y el torrentí echaba un trago largo de una botella. El combate no se le podía escapar. Tony Marino estaba recibiendo una soberana paliza. No obstante, al pasar por su lado, a Jeff De Niro no le pasó desapercibida la extraña expresión de somnolencia de Sangchili. En cambio no reparó en los dos tipos que seguían su estela desde el preciso momento en que abandonó su sitio en el espacio delimitado para la prensa. Eran soldados de la mafia a las órdenes de Frank Costello. Cuando cruzó el umbral del almacén, el cronista del Times se horrorizó ante la visión del cuerpo sin vida del joven que había llevado el agua a los boxeadores. Yacía sobre un viscoso charco de sangre y presentaba un orificio en el centro de la frente. Jeff De Niro no era un experto forense, pero sabía que no se equivocaba al pensar que el disparo había sido efectuado a cañón tocante. Bajo el hueco de una estantería, detectó un envase. Lo cogió. Estaba vacío. Una etiqueta revelaba su contenido: narcóticos. Sangchili cayó de rodillas en la lona sin que mediara ningún golpe. Pese a sus grandes esfuerzos, ya no pudo levantarse. El periodista se sobresaltó al oír los gritos procedentes de las gradas del estadio: ¡Tongo, tongo, tongo! Un bullicio que apagó el sonido de los disparos. Jeff De Niro y su informante fueron abatidos. En el cuadrilátero, el árbitro terminaba la cuenta de diez segundos. El aspirante ganó la pelea por KO. Pero a Sangchili no le noquearon sus puños.         

                                                                                                 

 

 Enrique  S. Cardesín Fenoll

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.