Rosa

Viernes, 08 Abril 2016 10:29 Escrito por  Publicado en Ginés Vera Visto 1330 veces

Había insistido a sus amigas en que no le gustaban los tipos repeinados con pinta de vaqueros solitarios que ahogaban penas en la barra de cualquier bar. Por eso se sorprendió a sí misma al acercarse a aquel, tras un cruce de miradas. Los dos hablaron, rieron y, en un arranque de sinceridad, le susurró: ‘tienes pinta de mafioso’, poco antes de invitarle a conocer su piso de estudiante. Él, a cambio, le regaló una rosa roja regateada a un vendedor ambulante cuando nadie les miraba. A ella tampoco le gustaban los tímidos, los que se desnudaban en el baño pidiendo perdón, doblando cuidadosamente la ropa junto a la cama. Imaginó al día siguiente que aquella rosa valía, al menos, un secreto de buenos días. Él, tan misterioso, sin nada interesante que confesar, en tanto ella le había contado media vida, revelándole incluso aquel lunar en el hombro, igual de oculto y enigmático como Andrés… Dudó que fuera su verdadero nombre, lo olvidó tiempo después, aunque no del todo, en la resaca de otras noches de fiesta, con otras conquistas fugaces, con otros tímidos en bares discretos cuando comprendió que Andrés no le devolvería las llamadas. Ella venía a estudiar de un municipio pequeño, se sentía libre en la gran ciudad y precisamente de libertad le hablaron también en los corrillos de su facultad, de encabezar manifestaciones no solo haciendo sentadas en el césped del campus. Se unió así a un grupo de protesta frente al Congreso, en primera fila, para reclamar derechos e igualdad. En algún momento, una mañana, voló un cóctel incendiario, una masa de violentos, los de siempre, se sobrepasó; arreció una carga de los antidisturbios. Tras la estampida ella quedó inmóvil, marchita en medio de la confusión, el humo, las balas de goma y los policías a caballo. «Sabía que volvería a verte, que no eras un mafioso», le dijo en el suelo, tosiendo esperando el abrazo de Andrés, ahí estuvo segura de su nombre. Él se descubrió el casco prometiéndole que todo saldría bien, mientras destapaba el lunar con una pérfida rosa de sangre.

 

Ginés Vera

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