Genio y figura

Viernes, 26 Febrero 2016 12:32 Escrito por  Ginés Vera Publicado en Ginés Vera Visto 1273 veces
Río Jándula Río Jándula

Nadie supo por qué Juan Caballero Pérez se echó al monte en el verano de 1828 para ponerse al frente de una partida de bandoleros en Cazalla de la Sierra. Solo un año antes se había casado con una joven llamada María Fernández. Dedicado a las labores del campo, hijo de labradores acomodados, había hecho algún dinero ayudando a los bandoleros dándoles refugio en las cuevas de la zona y guardándoles el dinero. Cuando escuché su historia estas vacaciones me quedé impresionado, indagué curioso, subí al monte, busqué aquellas cuevas y, una noche, a la luz de la luna, pensé en eso, en qué llevó a aquel hombre a tomar aquella decisión. Acaso se cansó de ver tanta injusticia en una Andalucía aislada con señoritos y caciques que disfrutaban de tierras y privilegios en tanto muchos paisanos pasaban hambre como criados, mendigos y trashumantes. Sabía leer y escribir,  e hizo honor a su nombre: caballero de apellido y de condición, varias anécdotas me lo confirmaron. Como aquella en la que perseguidos por militares por el monte, llevó al oficial a una pensión para que se recuperase de la caída de su caballo. El rey le propuso el perdón a cambio de delatar a sus compañeros, pero él afirmó sin dudar que sería un bandolero, sí, pero nunca un traidor.  Por él consiguieron el indulto no solo su grupo, también las tres cuadrillas de bandoleros que campaban por la región, conservando todos legalmente el fruto de sus fechorías. Se salvó así de la horca o de la famosa Ley de fugas por la que muchos bandoleros o simples sospechosos morían en los trasladados de una prisión a otra por intentar huir, voluntaria o involuntariamente. Aún tuvo tiempo ‘el Lero’ de casarse, tener hijos y vivir como tratante de ganado, también de escribir sus memorias en un libro. En la primavera de 1885, cuando ya rebasaba los ochenta, una infección acabó con su apacible vida. Sentado en una roca me lo imagino oteando, como yo ahora, el horizonte: las encinas, el río Jándula, la Sierra de Andujar. Diviso entre las jaras un lince solitario y me pregunto cómo habría sido conocer a Juan Caballero, cuáles de sus historias fueron ciertas, cuáles leyenda. Mejor haber sido paisano suyo, de Estepa, pues si era cierta esa otra, cuando iba de asaltos siempre preguntaba si había alguien de allí para dejarle en libertad.

 

Ginés Vera

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