El autobús de las 16:50

Viernes, 26 Mayo 2017 10:24 Escrito por  Rafael Escrig Publicado en Rafael Escrig Visto 1097 veces

Como otras tardes, me encontraba esperando el autobús junto con algunas personas más. Delante de mí, una mujer joven con su hijo de un año y medio aproximadamente, en el carrito. El niño lloriqueaba y estiraba las manos hacia su madre intentando soltarse de sus ataduras. Ella, sólo pendiente de su móvil, pasaba el pulgar por la pantalla arrastrando imágenes y textos sin cesar con la mirada fija en su juguete. El niño reclamaba la atención de su madre con lloros cada vez más fuertes resbalándose peligrosamente del carrito. La gente miraba hacia otro lado con visibles gestos de nerviosismo, pero nadie quería intervenir ¿quién iba a decirle a una madre lo que tenía que hacer? Cada uno sabe cómo tiene que educar a su hijo ¿quién es uno para meterse donde no le llaman? Ella sabrá lo que hace. Estos, u otros parecidos, debían ser los pensamientos de todos los que estaban en la parada. Algunos se miraban el reloj con impaciencia deseando que llegara pronto el autobús para que terminase aquella situación, pero pasaban los minutos y todo continuaba igual: el niño llorando y la madre más pendiente de su móvil. De repente, con la velocidad de un felino, le arranqué de un zarpazo el móvil de sus manos y lo estrellé contra el asfalto de la carretera al tiempo que pasaba un camión de 20 toneladas. El móvil saltó entre las ruedas del camión hecho pedazos. Por un lado aparecía la carcasa destrozada y unos metros más allá la pantalla aplastada con las tripas por fuera, como un enorme escarabajo vuelto de espaldas. Algunos circuitos y la batería sobresalían como si fueran las patas del animal. La imagen del móvil zoomorfo abierto por la mitad en medio del tráfico, daba un poco de lástima. Nadie lo retiró hacia la acera para que no siguieran pasando más coches por encima aunque ya no se podía hacer nada por él. El niño, confundido por el ruido, dejó de llorar. La madre que se había llevado las manos a la boca ahogando un grito de sorpresa, miraba al móvil –ahora inmóvil- sin entender lo que estaba pasando. En ese momento llegó el autobús. Un movimiento automático, como un tropismo, recorrió el cuerpo de todos los presentes, preparándose para subir. La mujer guardo su móvil en el bolso y llevó el carrito hacia la portezuela que se abrió delante de nosotros. Con el esperado desorden de siempre fuimos subiendo en busca de ese asiento vació de pasillo, en el lado contrario del sol. La mujer con su bebé se colocó en la plataforma central junto a una ventanilla y le acercó un biberón con agua. Todos habíamos olvidado ya aquellos minutos interminables. El niño, entresudado, bebía incansable. Yo, al fondo del autobús, miraba la calle a través del cristal imaginando que un ejército de hormigas robóticas estaría acudiendo en esos momentos a hacerse cargo del movilóptero indefenso. Lo desmenuzarían y llevarían cada una de sus partes a través de las conducciones de fibra óptica excavadas en las aceras, hasta una cavidad donde acumulaban cables, arandelas, circuitos y otros restos de objetos rotos e inservibles, Dios sabe para qué.

 

Rafael Escrig

 

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