Los envases

Viernes, 19 Enero 2018 12:27 Escrito por  Publicado en Rafael Escrig Visto 739 veces

Comenzaré este artículo de hoy con una pregunta: ¿Confía usted en la buena fe de los fabricantes al diseñar los envases de sus productos? Como compradores, al ver un producto en un escaparate o en una estantería, lo primero que nos llama la atención es el continente: el diseño, su color, la forma, el nombre y el mensaje. Esto es así y los fabricantes lo saben bien. Saben que al comprador es fácil de embaucar con espejitos y cuentas de cristal. Por una parte es de lo más lógico, el producto a la venta debe tener cierto atractivo, buena imagen y buena presentación. Una vez nuestra mirada ha tropezado con el señuelo de la imagen, la segunda cosa en la que nos fijamos es en el precio. En ese momento es cuando sacamos nuestra balanza de sopesar y colocamos en cada platillo los dos valores. Lo que miramos muy poco es esa información que se escribe con letra muy pequeña en una esquina de la etiqueta, y es precisamente esa información lo que más debiera importarnos, la que nos anuncia los componentes, las proporciones, el fabricante o el origen del producto, dependiendo de qué se trate. Dado que todo eso es, aparentemente, lo que menos nos importa, se deduce que en la mayoría de los casos no sabemos lo que compramos, es decir, que no sabemos comprar. Compramos la imagen que nos presenta la publicidad con todas las estrategias a su alcance. Hay quien dijo que la publicidad libra una guerra con el mercado, y nada más cierto puesto que las técnicas y las estrategias psicológicas que se emplean, son similares a las utilizadas en la guerra psicológica contra el enemigo en el campo de batalla. Pero aún hay más, hablábamos antes de la buena o mala fe de los fabricantes al diseñar los envases de sus productos y fíjense ustedes, por ejemplo, en ciertas cremas que se venden en tubos: cremas de belleza, dentífricos, cremas hidratantes, cremas medicinales, por nombrar sólo algunas. En todas ellas, una vez se supone agotado el producto, aún queda en su interior un tanto por ciento, a veces mucho, que tiramos a la basura sin poderlo aprovechar porque el diseño del envase no lo permite. Pensando mal, caemos en la cuenta de que el fabricante lo sabe y no le importa en absoluto, ya que con ello consigue que compremos antes otra unidad. Estos tipos de envase antes se fabricaban en aluminio y el usuario podía perfectamente ir plegando el tubo hasta sacar todo el contenido, con los actuales de plástico esto es imposible. Son muchos otros productos los que adolecen del mismo problema: briks de leche, latas de bebida, dosificadores, aerosoles y tantos otros que tiramos sin poder usar una parte de su contenido. Sabemos que en este primer mundo se desperdician toneladas de comida que tiramos a la basura (en España se estima en unos 1.325 millones de kilos al año), y ello, amén de ser una inmoralidad, es uno de los factores contrarios a la conservación del medio ambiente. Si sabemos esto, sepamos también que lo que queda en el interior de los productos envasados que tiramos, podríamos ahorrarlo con una operación tan sencilla como cortar el envase por la mitad e ir sacando. Esta es la cruzada que me he propuesto para este nuevo año, no tirar a la basura lo que todavía se le puede sacar un rendimiento y he empezado con los tubos de crema. No es que desconfíe del todo en la buena fe de los fabricantes, es que me revienta tener que tirar algo que aún sirve. Si lo hacemos todos así, ganaremos dinero y además ayudaremos con eso del cambio climático.

 

Rafael Escrig

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.